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Subversiones surrealistas

Subversiones surrealistas

Hay deberes que nos llaman de forma callada, obligaciones que caminan a nuestro lado y que, de vez en cuando, nos susurran cuál será el próximo paso. Es un ejercicio de coherencia que reduce nuestra libertad a la capacidad de encajar las piezas del puzle en el lugar que les corresponde. Como cuando rescatamos de la memoria aquello que parecía olvidado o perdido en un limbo del que difícilmente se regresa.

"El siguiente paso parecía evidente: envolver el ascensor con los poemas de Soupault, como un tótem que haría justicia al olvidado autor"

Esas ocasiones aparecen de forma esporádica y hay que saber reconocerlas para poder ceder el paso a quien se lo ha ganado. Buena parte de mi labor como arquitecto consiste en identificar esos momentos que reivindican su papel en la construcción del presente, como me sucedió en la renovación de un colegio francés. Uno de los objetivos del proyecto, suprimir las barreras arquitectónicas, nos obligó a crear un ascensor exterior. Y tuvimos que integrar a este inesperado invitado en una fiesta ya empezada: buscar las conversaciones en las que pudiera aportar algo útil, ganarse la confianza de la audiencia y entrechocar su copa con las del resto.

Para encontrar la excusa que facilitara las cosas nos inspiramos en el personaje que daba nombre al colegio. Philippe Soupault fue un poeta francés, cofundador del movimiento surrealista junto con André Breton, con quien escribió Los campos magnéticos, una de las primeras obras surrealistas. Pero Soupault acabaría por ser expulsado del colectivo que quería liberarnos del yugo de la razón a través de la imaginación. Tanto nosotros como el equipo del ayuntamiento que nos encargó el proyecto ignorábamos su historia, así que el siguiente paso parecía evidente: envolver el ascensor con los poemas de Soupault, como un tótem que haría justicia al olvidado autor. Los alumnos podrían así leer su obra mientras esperan al ascensor o juegan durante el recreo. Aunque solo se tratara de una lectura anecdótica, pues la verdadera misión del texto sería despertar la curiosidad y dar ganas de leer.

Si bien introducir a un joven escolar a la poesía surrealista parecía misión imposible, acabamos encontrando un pequeño libro que nos esperaba desde su publicación, como si el propio Soupault lo hubiera anticipado todo. Pour mes amis les enfants era el título de una serie de poemas dirigida al público infantil. Pero lo que Soupault no pudo prever es el giro surrealista que acabó dando la historia. Pedimos un prototipo de chapa de aluminio para confirmar que el resultado reflejaría la idea que plasmamos en los planos del proyecto. Que las letras, transformadas en grupos de pequeñas perforaciones circulares, se distinguirían con claridad. Y entonces sucedió lo inesperado, que nada tenía que ver con el aceptable resultado del ensayo.

"Seguro que Philippe Soupault, desde su tumba de Montmartre, nos dedica una mueca contrariada"

Un político local pasó por la obra y denunció el subversivo mensaje que queríamos transmitir: “Vive le roi, vive la reine / vive l’amour à bas les lois / puisque tu es la souveraine / de nos rêves et de nos joies” (Viva el rey, viva la reina / viva el amor abajo las leyes / porque tú eres la soberana / de nuestros sueños y de nuestras alegrías). La estrofa contenía dos graves incorrecciones: ensalzaba la monarquía, como si la Revolución Francesa nunca hubiera sucedido, e incitaba a la desobediencia («abajo las leyes»). Poco importaba que el amor estuviera detrás o se tratara de un lenguaje metafórico. Y yo, que solo veía la carga emocional de los versos y su poder evocador, no podía entender tal comentario. Estos arquitectos nos van a arruinar el mandato, se decían en el ayuntamiento, que nos pidió que remplazásemos el poema.

Al final no cambiamos nada. Alegamos que la estrofa ya aparecía en los planos, que nadie se había tomado la molestia de ver antes. Seguro que Philippe Soupault, desde su tumba de Montmartre, nos dedica una mueca contrariada. Contento por ver la segunda vida de sus poemas, pero a la vez triste por comprobar cómo la corrección  de nuestro tiempo amenaza con destruir el onírico mundo que un día concibió.

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