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Conversaciones que cambian vidas

Conversaciones que cambian vidas

Los nervios del primer encuentro turban a ambos. Inmóviles, se observan sin recato y valoran si la realidad está a la altura de sus expectativas. Son tan diferentes… Ni su aspecto, ni su origen, ni su lengua tienen parecido alguno. El silencio empieza a pesar, adquiere consistencia y se convierte en una barrera infranqueable. Alguien tiene que hablar y acabar con la tensión del momento. Si en condiciones normales ya resulta difícil romper el hielo, cuando uno de los interlocutores viene de otro planeta, el fracaso parece asegurado.

"Quien espere acción, ultimátums catastrofistas y marcianos hostiles, que cambie de canal"

La situación se da en la película La llegada, que, pese a su sinopsis, no es una historia de ciencia-ficción al uso y va mucho más allá de la clásica invasión alienígena. De un día para otro, doce naves extraterrestres aparecen dispersas por el planeta, despertando la curiosidad de quienes se preguntan cómo han llegado, de dónde vienen y qué quieren. Para entablar un imposible diálogo, los Estados Unidos (ya sé que suena a tópico) eligen a una prestigiosa lingüista, que ejercerá de traductora. Quien espere acción, ultimátums catastrofistas y marcianos hostiles, que cambie de canal, porque la cinta tiene miga y desafía nuestras más arraigadas ideas preconcebidas. Además de su original forma de abordar el contacto con otra civilización, goza de una factura estética impecable: las naves son estilizadas figuras negras que levitan sobre la tierra (la comparación con el mítico monolito de 2001, una odisea en el espacio resulta inevitable) y el aspecto de los alienígenas se aleja de todo clásico del género. Sin olvidar que estuvo nominada al Oscar a la mejor película.

Pero como en toda buena película, la fuerza reside en el texto. Se trata de una adaptación del premiado relato La historia de tu vida, de Ted Chiang. Sin desvelar más de lo estrictamente necesario, diré que la estrategia que permite a la protagonista conversar con los alienígenas le otorga una llave que abre puertas cuya existencia ignoraba. Porque el aprendizaje de un idioma cambia nuestra forma de ver el mundo y nos aporta cualidades que nunca hubiéramos imaginado. Es lo que se denomina “relatividad lingüística”, teoría según la cual nuestra lengua materna influye en la forma en que conceptualizamos la realidad. La gramática y el vocabulario determinarían la manera de asimilar cuanto nos rodea. Un mismo hecho sería percibido como distinto por quienes no comparten el mismo idioma. Todo ello confirmaría que no existe una verdad absoluta y reivindicaría el rol de la lengua como vehículo de la especificidad de cada cultura, pues nos predispone a ver el mundo con una mirada heredera de una historia mayor que nosotros mismos.

"No hace falta conversar con un extraterrestre para darnos cuenta de lo que podemos aprender con un simple diálogo"

Pero la realidad no es tan clara como podría parecer, y la teoría se comprueba gracias a sutiles matices, casi imperceptibles. Una misma palabra puede evocar ideas dispares dependiendo de la cultura que esté detrás (o delante) del idioma en que se inscribe, como si entrara en resonancia con partes distintas de la mente del lector. De ahí la peligrosidad de las traducciones literales y la necesidad de comprender el significado profundo de cada frase, y de cada contexto cultural, antes de aventurarse a encontrar las palabras que lo expresarían correctamente en una u otra lengua. Ya he reflexionado otras veces sobre este dilema (“La palabra equivocada”, “Trampas de la lengua”) y he podido contrastar los preceptos del relativismo lingüístico. Llevo diez años viviendo en Francia y comparto casa con tres lenguas que escucho, leo y hablo a diario (francés, rumano y español), gracias a mi país de acogida, a mi mujer y a mi hijo. Cada una de ellas condiciona mi forma de expresarme e incluso de sentir. Si esta visión global me ha permitido reconocer las limitaciones de mi lengua materna, también me ha enriquecido y enseñado que cada idioma aporta algo distinto. No hace falta conversar con un extraterrestre para darnos cuenta de lo que podemos aprender con un simple diálogo. Solo basta con hablar con quien tengamos al lado y escuchar con sinceridad para cambiar nuestra forma de ver el mundo.

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