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Tal de Saavedra y la navaja de Occam

Tal de Saavedra y la navaja de Occam

En el cuadragésimo capítulo de la primera parte del Quijote, Cervantes, por boca del capitán cautivo, presenta al gobernador otomano de Argel, Hasán Bajá, como un «homicida de todo el género humano», con tintes de lo que hoy calificaríamos de psicópata. «Sólo libró bien con él un soldado español», añade el capitán, «llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra». Este pasaje, aunque contradicho por la Información hecha en Argel a instancias de Cervantes en octubre de 1580, justo antes de regresar a España, es uno de los elementos que ha servido, infundadamente, para conjeturar la existencia de una relación homosexual entre el «rey de Argel» y el autor del Quijote. Ahora bien, al margen de este asunto, la mención del tal de Saavedra también ha atraído la atención de la crítica. Ello se debe a que Cervantes, por un lado, amplió así su apellido sin ninguna base genealógica conocida y, por otro, se lo atribuyó además al deuteragonista de El trato de Argel (con la forma Sayavedra) y al protagonista de El gallardo español (Fernando de Saavedra). En principio, este empleo por sí sola de la adición al apellido (mejor que segundo apellido, pues no es tal) no debería suscitar ningún problema, ya que responde al elemental decoro por el que el autor se separa de un personaje que, siendo en cierta medida trasunto suyo, aparece presentado de forma favorable, a fin de no incurrir en vanagloria. Pero en el cervantismo hay un sector irredento al que le disgustan las obviedades.

"En este punto, no estará de más recordar que Saavedra es un apellido toponímico que remite a una parroquia del municipio de Begonte, en la provincia de Lugo"

Fue el hispanista francés Louis Combet quien, en un libro suyo «psicoestructural» de 1980, le sacó punta al asunto. A su juicio, la adopción de Saavedra, por un lado, y su empleo a solas para el alter ego del autor, por otra, mostraban un rechazo simbólico de la figura paterna, a partir del cual, por una de esas piruetas del psicoanálisis lacaniano, el cambio onomástico se convertía en el nacimiento simbólico del «sujeto del masoquismo». Además, tal sustitución simbólica implicaría implícitamente y por vía del travestismo la figura de la «madre dominante», pues Sayavedra derivaría de saya verde, que Combet interpreta como «falda verde». Sin embargo, en la leyenda sobre el origen de dicho apellido de donde el hispanista francés saca esa falsa etimología, la expresión se refiere a la sobreveste o casaca de un caballero durante la conquista de Almería por Alfonso VII (como ya expliqué en un trabajo publicado en 2004). En este punto, no estará de más recordar que Saavedra es un apellido toponímico que remite a una parroquia del municipio de Begonte, en la provincia de Lugo, cuyo nombre deriva de Sala(m) Vetera(m), es decir, Caserío Viejo, como Pontevedra lo hace de Ponte(m) Vetera(m), o sea, Puente Viejo, y, en el otro extremo de la Península, Morvedre (Murviedro en castellano, la actual Sagunto) deriva de Muru(m) Vetulu(m), esto es, Muro Viejo.

"Aunque yendo por diferentes derroteros, otros estudiosos también le han buscado motivaciones hondamente psicológicas a la adopción de Saavedra"

Aunque yendo por diferentes derroteros, otros estudiosos también le han buscado motivaciones hondamente psicológicas a la adopción de Saavedra. Así, María Antonia Garcés, en dos trabajos suyos de principios del presente siglo (2001 y 2003), recogió la idea de Combet, pero la relacionó con el trauma del cautiverio, tras el cual Cervantes habría adoptado ese postizo onomástico inspirado por un personaje del romancero de frontera, el cautivo Sayavedra, basado en las peripecias de un sevillano histórico del siglo XV, Juan de Saavedra. La idea fue retomada en 2013 y repetida a principios de 2024 por Luce López-Baralt, quien, a pesar de conocer la etimología latina de Saavedra, cree poder corroborar la interpretación de Garcés de «una crisis identitaria ya irremediablemente fronteriza» mediante un cruce «baciyélmico» (que es el salvavidas del cervantismo náufrago) entre un Saavedra «godo» (sic) y un apelativo árabe que dicha autora transcribe como «Shaibedraa‘» o «Shaibedraa@» e interpreta como «brazo defectuoso». A su juicio, se trata de un compuesto de šāyiba «mancha» y, por extensión, «defecto, tacha, tara» (sin que explique la pérdida de la -a final) y aḏ-ḏirāˁ «brazo», lo que, según la sintaxis árabe, significaría «defecto o tara del brazo», no «brazo defectuoso» y por lo tanto, no se podría aplicar como «un epíteto –un “mal nombre”–que se lanza con sorna a un tullido del brazo» (adviértase que la sorna la incluye López-Baralt de su propia cosecha). En realidad, en el apellido norteafricano Šāyib aḏ-Dirāˁ, pronunciado aproximadamente Sheybedhraa, el primer elemento remite al clásico šāyib y dialectal šāyeb ‘canoso, viejo’, que no tiene nada que ver con šāyiba, que deriva de otra raíz árabe.

Aun dejando de lado que Sheybedhraa habría dado en español áureo algo como Xéybedra o Xeybedrá (esdrújulo o agudo, nunca llano), hay que notar, ante todo, que Cervantes no estaba lisiado de un brazo, sino de la mano izquierda, como consta por numerosos testimonios coetáneos, tanto propios como ajenos, empezando por su padre, que en 1578 recuerda que su hijo participó en la batalla de Lepanto, de «donde salió herido de dos arcabuzazos en el pecho y otro en la mano izquierda, que quedó estropeado de ella» y en 1580 lo describe como «manco de la mano izquierda de un arcabuzazo», y acabando por él mismo, en la instancia realizada en 1590 para pasar a Indias, donde señala que en dicha batalla naval «perdió una mano de un arcabuzazo». Por lo tanto, un «epíteto» dirigido a Cervantes tendría que referirse a la mano, no al brazo.

"Al preparar su nueva biografía cervantina, aparecida el 1 de octubre de 2025, Alfredo Alvar Ezquerra tuvo la idea de consultar sobre el tema a Chat GTP"

Gracias a la abundante lexicografía sobre el árabe argelino iniciada a raíz de la dominación francesa de Argelia en 1830, sabemos que šāyiba constituye una palabra del registro culto, por lo que no es dialectal en sentido estricto, y además que al manco de la mano se lo designa con varias locuciones bien establecidas: ˁāyeb / sāqat men al-yed o men yed-ho, que significan ‘tullido de la/su mano’, o debbūz men yedd-ho, ‘lisiado de su mano’, empleándose meqtuˁ el-yed, literalmente ‘cortado de la mano’, para referirse a quien la tenía amputada, teniendo además en cuenta que, en árabe norteafricano, yedd suele designar también el antebrazo, mientras que ḏerāˁ o ḏrāˁ designa sobre todo la parte superior del brazo, entre el hombro y el codo. No hace falta ser un experto para advertir que resulta imposible sacar de aquí nada parecido a Saavedra.

Al preparar su nueva biografía cervantina, aparecida el 1 de octubre de 2025, Alfredo Alvar Ezquerra tuvo la idea de consultar sobre el tema a Chat GTP, el cual le respondió, con toda razón, que algo parecido a Shaibedraa «no es una palabra estándar en árabe dialectal para “estropeado” o “manco”, y a cambio le proponía varias posibilidades en «lengua tamazight», es decir, en bereber. Antes de avanzar, conviene advertir que tanto López-Baralt, con los arabistas a los que consultó, como Alvar, con la inteligencia artificial, cometieron el fallo metodológico de hacer una pregunta con respuesta inducida, lo que casi nunca da buenos resultados.

"Pero, ¿de dónde sale entonces ese enigmático apéndice del apellido cervantino? Sin duda, no del cautiverio"

El biógrafo, en fin, dio por buena una de las sugerencias de Chat GTP, hasta el punto de aparecer destacada en el anuncio de la obra en la página web de su editorial, La Esfera de los Libros, en estos términos: «Un cautivo que de Argel [sic] con el apellido Sahavedrá, que significa “brazo estropeado” en lengua tamazight, la que él oyó durante su cautiverio». Esto, sin embargo, no es posible; primero, porque, como queda dicho, Cervantes no tenía el brazo estropeado, sino la mano, y segundo, porque la ciudad de Argel no está en zona de lengua bereber, sino árabe. En todo caso, en la principal variedad argelina de bereber, el cabilio, la palabra usual para manco es aneˁˁaybu, que además deriva de un préstamo árabe, el verbo ˁayyab ‘estropear, alterar’, de la misma raíz que ˁāyeb en la ya vista expresión ˁāyeb men yed-ho ‘tullido de su mano’. De nuevo, nada que ver con Saavedra.

Mal guiada por la inteligencia artificial, aunque no enteramente por su culpa, la especulación psicologista sobre el apellido cervantino como la «fusión cultural de sus Saavedras españoles y de su tara física dicha en dialecto berebere» como «una rebelión contra lo que le había tocado vivir», combinando un «inmenso orgullo y dignidad» con «rabia o con heroica grandeza», se desfonda irremisiblemente.

Pero, ¿de dónde sale entonces ese enigmático apéndice del apellido cervantino? Sin duda, no del cautiverio, pues Cervantes no lo adoptó a su regreso de Argel en 1580, sino un lustro más tarde y solo lo empleó de forma sistemática hasta que llegó a Andalucía en 1586 o 1587 como comisario de abastos para la Armada Invencible. La circunstancia no resulta casual, porque en ese momento la combinación Cervantes Saavedra era llevada por familias relevantes en Córdoba y Sevilla, donde, además, residía el quinto conde del Castellar, don Gaspar Juan Arias de Saavedra. En la ecuación de estos dos apellidos gallegos (Cervantes procede del nombre de otra localidad de Lugo) entran también los Sotomayor (otro topónimo gallego, representado en Orense y Pontevedra), que se consideraban una rama de los Saavedra; de ahí que un hermano de Gonzalo de Cervantes Saavedra (al que me referiré a continuación) se llamase Alonso Cervantes de Sotomayor, lo que también explica por qué Magdalena, la hermana de Miguel, había adoptado como apellido (mucho antes que él añadiese el Saavedra) la forma Pimentel de Sotomayor o simplemente Sotomayor.

"En definitiva, frente al distorsionador lecho de Procusto se ha de preferir siempre la pulcritud de la navaja de Occam"

En esta línea de libre adopción de apellidos con base en parentescos legendarios, Miguel de Cervantes no asume la forma llevada por su amigo, compañero de armas y posible pariente lejano, el cordobés Gonzalo de Cervantes Saavedra, hasta que tiene que partir para Andalucía, como ya señaló con buen tino Jean Canavaggio en su biografía cervantina de 1986, si bien concediendo cierta credibilidad a la infundada interpretación «psicoestructural» de Combet. Para colmo, en su última edición (de 2015), Canavaggio ha sucumbido a la tentación berberisca y, en línea con los anteriores estudiosos, considera que «El cruce entre el nombre gallego Saavedra y el Shaibedraa argelino ilustraría, pues, la síntesis de un conflicto emocional en su reivindicación de una identidad ambigua».

Antes bien, al volver a la tierra de sus antepasados, Cervantes manifestaba, con su adición onomástica, los antiguos vínculos andaluces de su familia, al identificar a su portador como miembro de un linaje asentado en la capital cordobesa al menos desde mediados del siglo XV, haciendo así más fácil asociar al escritor con el recuerdo de su abuelo, el licenciado Juan de Cervantes, familiar del Santo Oficio, quien ejerció privadamente la abogacía en Córdoba desde 1506 y, tras ocupar diversos cargos en otros tantos lugares, fue letrado de la ciudad entre 1551 y 1556, año de su muerte. En definitiva, la información histórica fehaciente solo permite inferir que la adopción por Cervantes de la extensión Saavedra no guarda relación con ningún trauma psíquico ni mucho menos con un imposible «epíteto» árabe o bereber, sino que pretende evidenciar su ascendencia andaluza y, en especial, cordobesa, así como dejar bien expresa su hidalguía.

Habiendo, como hay, una plena justificación en la mentalidad del Siglo de Oro para la adopción del topónimo gallego de origen latino Saavedra como parte del apellido de Cervantes, conforme a la (para nosotros, peculiares) prácticas onomásticas del período, resulta ocioso, cuando no impertinente, irse a las costas de Berbería a buscar lo que el alcalaíno tenía en casa, sobre todo cuando para encontrarlo hay que darle mancuerda a los vocablos para hacerles decir lo que uno quiere, procedimiento siempre abocado a la confesión desesperada. En definitiva, frente al distorsionador lecho de Procusto se ha de preferir siempre la pulcritud de la navaja de Occam. Dicho en plata, se ha considerar preferible la explicación que da cuenta de los datos disponibles de la manera más sencilla.

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Una primera versión, más breve, de este artículo apareció en la Tercera de ABC el 22 de abril de 2026.

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Pablo75
Pablo75
14 ddís hace

“en el cervantismo hay un sector irredento al que le disgustan las obviedades.”

Gran verdad. Pero me temo que el autor de este artículo esté incluido en dicho sector, que sea un cervantista al que le gustan muy poco los muchos misterios que hay en la vida de Cervantes.

Por ejemplo: el autor del Quijote era un erudito que sabía latín y griego (hay 1270 citas de esas dos lenguas en su novela). En ella habla de por lo menos 429 libros, entre los cuales la Biblia y el Corán, que conocía bien, como también la obra de Vives (escrita en un latín muy difícil y prohibida en España) de la que hay en «Don Quijote» 400 referencias. Dicho autor conocía, además de la cultura greco-romana, la cultura italiana, la hebrea, la medieval, más el derecho, la teología, la retórica, la mitología, la historia y varias ciencias (matemáticas, astronomía, medicina).

El problema es que los cervantistas nos dicen que Cervantes no hizo estudios superiores y no sabía ni griego ni latín. ¿Cómo es posible tanta erudición en un soldado y un funcionario dedicado a la recaudación de impuestos y a negocios varios, que vivió una vida de aventurero y de empleado pobre al que por su condición de converso se le prohibió irse a América para mejorarla?

Dicho de otra manera: la vida conocida de Cervantes es incompatible con su obra (en cantidad y calidad).

Me gustaría mucho saber qué piensa Alberto Montaner de ese misterio que resume muy bien el artículo (que se puede encontrar fácilmente en internet en formato pdf) «¿Quién escribió el Quijote? », del historiador y filólogo Francisco Aguilar Piñal publicado en 2011, en el Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras.

Alberto Montaner
Alberto Montaner
13 ddís hace
Responder a  Pablo75

El “Quijote” lo escribió Cervantes, sin duda alguna. Lo decía el autor y lo admitían sus contemporáneos sin excepción. Eso se llama atenerse al sentido literal y aplicar la navaja de Occam. En todo caso, si se cree que hay un problema, el planteamiento correcto es intentar explicar cómo pudo Cervantes saber lo que, según nuestra anacrónica percepción del asunto, no podía saber. Tan solo en el caso de que, desde los parámetros de una persona del Siglo de Oro, fuese completamente inexplicable que Cervantes supiera lo que sabía se podría plantear otra alternativa. Lo contrario es crear el problema porque se tiene de antemano la solución (un comportamiento característico del cervantismo irredento al que me refiero en el artículo). Sin embargo, cuando uno conoce la trayectoria y la obra de otros personajes de la época sin estudios oficiales (desde Garcilaso a Lope de Vega), se percata de que ese retrato del soldado aventurero e ignorante no se sostiene. Por cierto, a Cervantes no se le denegó el paso a las Indias por ser converso, de lo que no solo no hay prueba alguna, sino que queda desmentido por el hecho de que su abuelo fue familiar del Santo Oficio, para lo que se exigía limpieza de sangre, así como por la ejecutoria de hidalguía de su padre, Rodrigo Cervantes.