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Tal día como hoy nació un centroeuropeo escarmentado

Tal día como hoy nació un centroeuropeo escarmentado

Thomas Bernhard  (1931-1989) nació un 10 de febrero de 1931 hace 90 años (aunque algunas fuentes aseguran que fue el 9). Murió en el mismo mes, el día doce, pero de 1989. Si hubiese sobrevivido hasta el presente, el dramaturgo, narrador y poeta se habría encerrado. Se habría despachado a gusto de un portazo. A sus 58 años, Bernhard había visto todo derrumbarse. Vivió la Segunda Guerra Mundial, la posguerra europea, la invención de un continente y su colección de fantasmas patrios, de los que él sabía, y bastante.

Nadie como Bernhard odió tanto y tan bien su país, y sin embargo, o justo por eso, una rara lucidez aún recorre como una advertencia las páginas por él escritas. «Todos juntos sólo somos en la última mitad de siglo un solo dolor. Es nuestro estado espiritual». Con esa frase recibió el Premio de Literatura de Bremen. Bernhard, el escarmentado centroeuropeo, el odiador vocacional, el aguafiestas; él, que detestaba los reconocimientos y a quienes los concedían, consiguió apresar en esa frase el drama contemporáneo. Incluso en una época hasta hace unos meses obsesionada con la felicidad, ese dolor seguía ahí.

"Testigo de la historia de Austria, y completo renovador de su literatura, Thomas Bernhard se hacía llamar el Gran Denigrador"

Testigo de la historia de Austria, y completo renovador de su literatura, Thomas Bernhard se hacía llamar el Gran Denigrador. Sintió por su país un malestar que atraviesa las 19 novelas y 17 piezas teatrales que componen su obra y que cobra fuerza en lo más conocido de su escritura, esa saga autobiográfica que incluye El origenEl sótanoEl alientoEl frío y Un niño. En sus páginas, Bernhard describió como nadie la náusea que generan las patrias y la sobreactuación de lo propio.

Al narrador de Tala la rabia hacia lo doméstico lo devoró a dentelladas. Le arrebató el oxígeno para hacerlo carburar en otra dirección. Un ahogo prodigioso. Ocurrió con el narrador de El malogrado, aquella novela inspirada en la vida del pianista Glenn Gould y que está contada por uno de los amigos no virtuosos del pianista —Bernhard estudió música en el Mozarteum de Salzburgo—. También se ahoga el aprendiz de 16 años que en El sótano huye de la escuela y su familia —los laboratorios donde las patrias muerden con más fuerza— en el acto mecánico de llevar y traer víveres como mozo de los recados de un oscuro comercio del barrio más pobre de Salzburgo.

No es extraño que Bernhard contrajera el ahogo de sus personajes. Durante años estuvo recluido en un sanatorio a causa de su mala salud. ¿Sus quebrantos provenían de su exceso de lucidez? ¿Fue ésa la alcabala que tuvo que pagar por anticiparse a la peste de la solemnidad; la erótica del narcisismo y, lo que es peor, las consecuencias de esa infancia perpetua que lleva a las sociedades a enamorarse de sus propios tiranos? ¿Acaso por eso Bernhard y sus hombres se asfixiaban y ardían en la ventisca de sus propias intemperies? Porque se dieron cuenta mucho antes de que estábamos condenados a ser sólo ese dolor.

"Permanece patente a lo largo de libro el apoyo incondicional del editor a Bernhard durante décadas, una solidaridad que superó desagradables episodios"

Hace tres años, la editorial Suhrkamp, que durante décadas dinamizó la vida literaria alemana y cuyo director, Siegfried Unseld, mantuvo relación con Bertolt Brecht, Hermann Hesse, Max Frisch, Günter Grass o Rainer Maria Rilke, publicó el volumen Correspondencia (1961-1988), en el que reunía un total de 500 cartas seleccionadas y en el que quedaba al descubierto su relación de amor-odio con Bernhard. El tono de las cartas entre ambos tiene grandes sobresaltos anímicos, arrebatos que están a mitad de camino entre el desprecio y la avidez, y que se transmiten en la prosa de las cartas y postales publicadas. “Un autor es alguien absolutamente lamentable y ridículo y, bien visto, un editor también”, le escribió Bernhard en noviembre de 1967 a Unseld, con quien sostuvo una relación de más de casi 30 años interrumpida en varias ocasiones.

Bernhard remite cartas desde su casa en Ohlsdorf, desde Viena, Palma de Mallorca o, en 1985, el hotel Plaza de Madrid. Unseld responde desde Fráncfort del Meno, sede de Suhrkamp, pero también de Dubrovnik, Salzburgo, Zúrich o Albufeira.

Permanece patente a lo largo de libro el apoyo incondicional del editor a Bernhard durante décadas, una solidaridad que superó desagradables episodios, como la decisión del escritor de vender en los setenta a la salzburguesa Residenzverlag su célebre serie de relatos autobiográficos. Un golpe bajo, una negativa de arraigo, como todo en él.

De esa controversia hay material en Correspondencia, como de otras sonadas polémicas del levantisco Bernhard: de sus encontronazos con los festivales de Salzburgo al secuestro judicial de su novela Tala en Austria en 1984; de su perpetuo choque con la crítica al enorme escándalo que supuso en la Viena de 1988 el estreno de Heldenplatz, última obra dramática, en la que reprochaba a los austríacos el júbilo con que recibieron a Hitler.

En el desagradable torbellino de la última provocación llegó lo inevitable. En noviembre de 1988, tres meses antes de la muerte de Bernhard, Unseld giró un telegrama, el último, en el que escribió en minúsculas: “Para mí no solo se ha alcanzado un límite doloroso sino que se ha traspasado (…). No puedo más”. A lo que el escritor respondió: “Bórreme de su editorial y de su memoria”. Y así fue, para siempre.

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