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Tex Patton y la isla de plástico, de Paula Gonzalo

Tex Patton y la isla de plástico, de Paula Gonzalo

A sus trece años, Tex Patton parece un chico normal. Es cierto que, desde niño, es capaz de predecir las tormentas con asombrosa exactitud. O de saber dónde hay que cavar para encontrar un pozo subterráneo, pero jamás se hubiera imaginado el poder que se esconde en su interior y que, este verano, va aflorar con toda su intensidad.

Zenda adelanta el primer capítulo de Tex Patton y la isla de plástico, de Paula Gonzalo (Destino).

***

1. LA LLUVIA

¡¡¡RIIING!!!

La campana del instituto Bedford, de Noxfield, resonó aquella mañana con un timbre especial. Era el sonido que anunciaba el comienzo de las vacaciones de verano. Tex Patton y Josh Harner cogieron sus mochilas y salieron a toda velocidad de clase, como si no pudiesen esperar ni un segundo más para empezar a disfrutar de la mejor época del año.

—¡Salid en orden y sin gritar, chicos! —repetía una y otra vez la señorita Harriet.

Pocos mensajes podrían resultar más inútiles que aquel. Era imposible no gritar. De hecho, lo mejor era no ponerse delante del portón de salida, para evitar la estampida de chicos y chicas corriendo hacia sus casas como si el mundo fuera a acabarse en aquel mismo instante.

Junto a la entrada principal, una ordenada fila de autobuses amarillos esperaba a que subiesen los niños que vivían en la parte más alejada de la ciudad.

Loic, Henry y Peter, los matones del instituto, estaban apoyados contra el muro del patio intentando encontrar una presa fácil con la que meterse: uno de sus pasatiempos favoritos. Eran los hijos de los tres grandes magnates del petróleo que habían hecho fortuna en aquel pueblo, un territorio de contrastes en el que convivían todo tipo de aves y peces con grandes plataformas petrolíferas. Loic era el más alto de los tres. Llevaba el pelo largo para ocultar una cicatriz que atravesaba el lado izquierdo de su rostro, desde la mitad de la frente hasta la oreja, dibujando una media luna.

Era una de esas mañanas resplandecientes de mediados de junio, en las que el cielo parece pintado por la mano de un niño, con copos de algodón dispersos sobre un manto azul brillante. Tex y Josh habían dado un rodeo para evitar encontrarse con aquellos tres descerebrados.

Josh se había adelantado unos metros. Caminaba absorto en sus pensamientos, con la mirada clavada en el suelo. Llevaba el pelo largo para ocultar los audífonos, aunque todo el mundo en el instituto sabía lo de su sordera. Antes de que pudiera alcanzar la salida, Loic, Henry y Peter aparecieron súbitamente. Josh ni siquiera los oyó acercarse por detrás.

—Eh, ¡¿se puede saber adónde vas, engendro apestoso?! —gritó Loic para que Josh se volviese.

Loic solía olvidar de forma caprichosa que Josh no oía nada cuando hablaban a su espalda. Tex llegó corriendo justo en el momento en el que Loic tiraba a su amigo al suelo.

—Pero ¿se puede saber qué haces? —dijo, ayudando a Josh a levantarse.

—¡He suspendido Matemáticas por culpa de este imbécil! —se quejó Loic.

Lo señaló con el dedo hasta casi rozar la punta de su nariz.

—Pero ¡¿qué dices?! ¿Crees que la señorita Harriet no sabe que obligas a Josh a hacerte los trabajos? Ese examen lo has suspendido tú solito, colega. ¡Así que déjanos en paz!

Josh se levantó con dificultad. Se había hecho daño en la rodilla al caer. Estaba a punto de echarse a llorar cuando vio acercarse la delgada figura de la señorita Harriet con las gafas sobre la punta de su afilada nariz. Incluso desde allí podía ver cómo se le hinchaban las venas del cuello justo antes de estallar en una buena reprimenda:

—¡Loic, Henry y Peter, los tres a mi despacho! —gritó con determinación.

Tex y Josh aprovecharon la intervención de su profesora para marcharse de allí lo más rápido posible. Se detuvieron al llegar a un gran banco de piedra cerca de la plaza, jadeando.

—¡Menudo idiota! Te juro que el día menos pensado le voy a partir la cara a ese tío —dijo Josh, con la típica voz gutural que tienen muchas personas con problemas de audición, a la vez que signaba sin parar.

—Tranquilo, colega —lo calmó Tex—. Ya verás como la señorita Harriet no se ha tragado lo del trabajo y le enviará una notita para que el ricachón de su padre vea lo bien que le ha ido en clase.

—Eso no estaría nada mal. Llevan todo el año obligándome a trabajar para ellos y metiéndose conmigo por el color de mi piel y por mi forma de hablar. Me tienen hasta las narices.

Tex se acercó a su amigo. Aquel no había sido un año fácil para él, aunque sus notas seguían siendo las más brillantes de todo el instituto.

—Anda, olvídate de esos pringados. Hoy comienzan las vacaciones y tenemos todo el verano por delante para hacer lo que nos dé la gana, sobre todo no verles el careto a esos tres.

—Tienes razón, ¡eso suena de maravilla!

—Y ¿sabes lo que también suena de maravilla?: Perritos calientes del infierno. Venga, te invito a una muerte segura por picante.

—Amigo, has dicho las palabras mágicas —dijo Josh, secándose la nariz con el antebrazo.

***

El Perro Salvaje no estaba demasiado lejos de la casa de Josh, así que, después de comerse un par de perritos, decidieron regresar. Caminaban con la boca ardiendo y las orejas calientes, e iban bebiendo agua para apagar aquel incendio en la lengua. Su madre salió a su encuentro al pasar por delante del Nueva Delhi, su pequeño local de venta de comestibles. Allí se podía conseguir desde una docena de huevos hasta una pelota de goma o una caja de destornilladores. Le había puesto ese nombre para no olvidarse de la India, su tierra natal, desde donde había emigrado a Noxfield hacía años. Se acercó a ellos sonriendo mientras se limpiaba las manos en un pequeño delantal blanco atado por encima del sari.

—¡Hijo, no me digas que ha vuelto a pasar algo con esos chicos del instituto! Vienes cojeando…

—Estoy bien, mamá, no es nada. Tendrías que ver cómo ha quedado el otro.

Josh se rio, guiñándole un ojo a Tex con complicidad.

—Sí, Ramala, no te preocupes, no ha sido nada. Al final la señorita Harriet les ha echado una buena bronca y los ha mandado a casa con una nota, así que seguro que les caerá un buen marrón.

—No querría ser yo el hijo de Jordan Mayor —dijo Josh—. Solo verlo pasar me hiela la sangre. Creo que, después de ganar tanto dinero con esas plataformas en el mar, le corre petróleo por las venas.

—Bueno, ya está bien, chicos, será mejor que entremos para echarle un vistazo a esa rodilla.

—Nos vemos por la tarde, Josh.

—Pues me parece que esta tarde no va a poder ser, Tex —respondió ella con su singular acento indio—. Tenemos que ir al médico, al audiólogo, para la revisión trimestral. Si superamos esta prueba, es posible que le pongan el implante.

—¡Oh, Josh, eso sería genial! Seguro que todo irá bien. Con ese cacharro ya no tendrías que llevar audífonos.

—¿Te imaginas, colega? Voy a convertirme en un auténtico ciborg, eso sí que es una pasada.

Ramala se metió en la tienda sonriendo. Josh entró tras ella, caminando como un robot. Antes de desaparecer tras la puerta, se oyó el eco metálico de su voz, como si fuera C-3PO:

—A-di-ós, co-le-ga. Te lla-mo lue-go.

El bosque Richmond estaba lleno de árboles centenarios. A Tex le encantaba pasear por allí y escuchar el repicar de los pájaros carpinteros en los troncos, el suave canto de las alondras, los carboneros o el pequeño azulejo de garganta azul. Sentía que podía comprender su forma de comunicarse.

Acababa de descubrir tres pequeños polluelos de carpintero pileado ocultos en el interior de un gran abeto. Allí parecían estar calientes y protegidos. Sus diminutas cabezas sobresalían del nido, pidiendo comida con desesperación. La madre apareció con el almuerzo y las crías se abalanzaron sobre su pico. Tex se había sentado contra un enorme nogal para verlos mejor. Estaba tan absorto que no se dio cuenta de la llegada de Loic, Henry y Peter en sus bicis.

—¡Menuda sorpresa, chicos! ¿Habéis visto quién está aquí? El idiota de Tex Patton, escuchando el canto de los pájaros —se burló Loic.

En su cara se dibujaba una sonrisa perversa. Los tres apoyaron sus bicis en el tronco de unos árboles, haciendo crujir las hojas secas que se amontonaban en el suelo.

—¿Qué pasa? Que yo sepa no estoy haciendo nada malo.

—Y ¿dónde has dejado a tu amiguito? Pensaba que erais inseparables.

—Inseparables como vosotros tres, que parecéis trillizos —respondió Tex.

—¿Sabes lo que nos ha pasado por culpa de tu amiguito el sordo? —dijo acercándose.

Tex aprovechó para ponerse de pie a toda prisa al ver que Loic iba hacia él con los dientes apretados, mostrando sus brackets como si fueran una siniestra dentadura metálica. Henry y Peter avanzaban poco a poco detrás.

—Mi padre se va a cabrear cuando vea la nota de la señorita Harriet, y eso no me gusta nada. ¿Y sabes de quién es la culpa? ¡Contesta! ¿Sabes de quién es la culpa? —dijo Loic, afilando su mirada.

Henry y Peter se movían despacio, cercándolo con el sigilo de unos animales al acecho. Los tres estaban allí de pie, con las piernas separadas y los brazos en tensión, como tres pistoleros en el salvaje oeste a punto de de senfundar su revólver. Tex trataba de pensar deprisa. Entonces, advirtió un tronco que había en el suelo, justo detrás de Henry. Tenía que aprovechar el factor sorpresa antes de que fuera demasiado tarde. De un empujón, tiró a Henry al suelo, segundos antes de que Loic se lanzara sobre él con el puño en alto. Tex aprovechó la confusión para salir de allí corriendo. Henry se había hecho daño en la cabeza al caer. Loic y Peter se acercaron para ver cómo estaba.

—¡Dejadme en paz! —gritó—. ¡No dejéis que se escape!

Tex corría con todas sus fuerzas, tratando de no mirar atrás. Loic y Peter montaron en sus bicis a toda velocidad. A Tex le latía el corazón muy deprisa, retumbaba en su pecho mientras se alejaba de allí a la carrera. Por suerte, se había librado de uno de sus perseguidores con aquella caída. Cuando ya parecía salir de los límites del bosque, se fijó en unas nubes verticales, blancas y densas, que comenzaban a formarse, cubriendo el azul del cielo.

Descendió campo a través por el parque Greencoast, tratando de despistarlos. Sin detenerse, giró la cabeza y vio a Loic montado en su Raleigh Chopper, la bici más increíble que se puede tener. Loic fruncía el ceño, furioso, haciendo desaparecer sus ojos diminutos, y el viento le apartaba el pelo, dejando al descubierto aquella cicatriz que le deformaba la cara.

—¡Maldito engendro! ¿Quieres parar de una vez? ¡Me estás haciendo sudar como una bestia!

Cuando torció hacia la vieja estación de tren, Tex estaba agotado. Le pesaban las piernas y sus deportivas le apretaban tanto que le habían hecho una ampolla enorme. Jadeaba con fuerza, intentando llenar sus pulmones de aire y olvidar la quemazón en el pie. No podía pensar en el dolor, tenía que seguir huyendo.

A medida que lo invadía la desesperación, el cielo se volvía cada vez más oscuro. Un manto de nubes bajas cubrió el sol y llenó el aire de una humedad pegajosa. Comenzó a sentir aquel picor en mitad de la espalda, justo entre los omóplatos. Era una especie de irritación que sentía siempre, en la espalda y tras las orejas, cuando estaba a punto de llover. La bici de Peter se le acercaba peligrosamente:

—¡Ya casi te tengo, Tex Patton, y te aseguro que te vas a acordar de lo que has hecho!

Antes de que terminase la frase, rompió a llover; primero, unas tímidas gotas y, al poco, con mucha fuerza, hasta convertirse en un verdadero aguacero que fue tiñendo el asfalto de un gris oscuro. Tex seguía corriendo. Una energía nueva parecía invadir su cuerpo. El cansancio se desvanecía conforme se empapaba más y más. Lo cierto es que siempre había tenido una relación especial con la lluvia, pero aquello era algo inédito. Sus piernas se recuperaban del esfuerzo, su respiración se sosegaba, ya ni siquiera le dolían los pies. Sintió ganas de saltar por encima de los coches, de recorrer la ciudad entera como si nada fuese capaz de detenerlo.

Loic y Peter todavía lo seguían de cerca, pero había logrado distanciarse de ellos un par de metros antes de entrar en el camino de la vieja estación. Tex conocía cada rincón de aquel lugar, así que sabía por dónde llevarlos para que sus bicis quedaran encalladas en el fango. Antes de colarse por el túnel y salir de la estación, a Peter se le quedó la rueda delantera clavada en un charco, salió despedido por los aires y se dio de bruces contra el suelo.

—¡Cuando te pille, voy a partirte las dos piernas! —gritó furioso—. ¿Me oyes, desgraciado?

No sabía cuánto tiempo llevaban persiguiéndolo, debían de haber recorrido unos cuatro kilómetros. En cuanto vio a lo lejos el camino a su casa, Tex redujo la marcha. Antes de avanzar los últimos metros, paró para mirar atrás. Loic se había detenido, parecía exhausto, y miraba hacia él con su melena negra empapada sobre la cara. Nunca lo había visto tan furioso. En adelante, tendría que andar con mucho cuidado, porque sabía que no dejaría pasar lo sucedido sin más, pero en ese momento le tocaba disfrutar de su pequeña victoria. Acababa de darles una lección a tres chicos mucho más grandes y fuertes que él, y esa era una sensación nueva que dibujaba una sonrisa de satisfacción en su cara.

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Autora: Paula Gonzalo. Ilustrador: Dani Catalina. Título: Tex Patton y la isla de plástico. Editorial: Destino. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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