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Tiempo anclado

Tiene Alejandro Espinosa querencia por los subterráneos, como si desde ellos fuera más fácil ingresar en el bullicio de las calles y nombrar la oscuridad aguardentosa de los suburbios. Recuerdo mi lectura del potente texto Angebite of Inwit (Contrabando, 2018), donde el autor mexicano nos dice que cuando la vida le rebasa en tragedias la convierte en literatura: una de las cosas que hacen humano al hombre, escudo para no dejarse herir por la crueldad y la implacable contrariedad del vivir.

Y así, en la semioscuridad, Julián Segovia empieza su relato, también escribe, pero aquí intuimos que lo hace como una forma de autocastigo, como quien toma partido por el débil frente al poderoso. Y así las cosas —nos dice—, resignación ante su propia vida, el hundimiento en el alcohol, el fracaso sin piedad. A Mélida Areúsa, su amante, la encontraron muerta en la bañera y el caso sigue abierto. Recapitula. Vuelve atrás, la voz interior arma la reconstrucción del origen.

Ha dejado la carrera, forma parte de esa cofradía de estudiantes dipsómanos que escriben o que fingen hacerlo, que quieren irse, esta vez con la imaginación; no hay dinero para el soñado viaje a Europa.

Dejan las carreras truncas, beben como esponjas, se van abriendo camino hacia los cerros, deforman el lenguaje; hay una humildad que nace en la complicidad de los borrachos. A Mélida Areúsa el Fauno le deja la tela horrorosa del sillón manchada de semen.

"Frases que nos descubren que la tragedia empieza en esa ciudad destechada, de tedios interminables, también de un miedo del que añora demasiado lo que nunca existió"

Los cinco personajes de la novela tienen su turno de palabra. Son las voces de un coro donde todo es un mismo yo, el escritor elige estas máscaras, todas le pertenecen, en cada momento chasquea los dedos y encuentra formas de lenguaje que lo acercan a Esquilo, padre de la tragedia, y a Aristófanes, de la comedia, a escritores contemporáneos, como James Joyce o Roberto Bolaño, saltándose los imprecisos límites de los géneros literarios. Y con Mélida Areúsa y Jennifer González cambiará de sexo, como si oscilásemos de un sexo a otro, construirá el sentir femenino, nos hará sentir que por diversos que sean los sexos, estos se confunden.

Frases que nos descubren que la tragedia empieza en esa ciudad destechada, de tedios interminables, también de un miedo del que añora demasiado lo que nunca existió. Y en ese esplendor verbal, tan raro de encontrar en las planas escrituras de hoy, surge el humor, la sorpresa ante diálogos de esta guisa:

¿Cómo te hiciste puta?

Pus cogiendo, cómo va a ser, como se hace todo en esta vida,

¿cómo somos felices? Pus cogiendo.

(Jennifer González. Esos güeyes me secuestraron II, página 127)

Huérfanos. México es un país de orfandades, de niños sin padre, que luchan por dejar atrás las cicatrices de una infancia que los dejó al descubierto, que se refugian en tabernas y allí el mundo es intemporal y todas las especies se mezclan, las angustias se diluyen en anforitas de ron y cahuamas de cerveza (litronas) y se acaba vomitando el pasado en excusados ajenos.

"Los cuatro libros que conozco de Espinosa Fuentes rodean y aguijonean la escritura, esa extraña transacción que hace que el sujeto se convierta en objeto, en substancia"

Consumido por la posibilidad de una vida más alta, en el poder ser de una sensibilidad que tiende a quebrar el orden discursivo, irrumpe la poesía, como belleza y como euforia, como invisible conexión entre prosa y pensamiento, el que escribe sucumbe así ante el desafío de convertir cada frase en un poderoso deseo de cambiar el mundo.

Los cuatro libros que conozco de Espinosa Fuentes rodean y aguijonean la escritura, esa extraña transacción que hace que el sujeto se convierta en objeto, en substancia, y con el discurrir del tiempo en su esclavo, pues para ella vive; y así, de exaltación en exaltación, se acerca a la locura.

Si cada personaje se abre en canal en un monólogo que es de su exclusiva propiedad y que cae de forma avasalladora en el solipsismo, podemos pensar que subjetividad y materia lingüística nos llevan por el corredor sin ventanas del monólogo interior; sin embargo, no es así y aquí el lenguaje es código compartido con los lectores, es diálogo e ironía, es trivial y es profundo a un tiempo.

"Nos toma de la mano y nos lleva dentro de ese gran socavón, la cantera de la Ciudad Universitaria, un hoyo de cientos de metros de profundidad"

Espinosa teoriza in extremis sobre la escritura, sabe agarrarse al timón de esa nave, como si quisiera inventar un nuevo tipo de obra, no podía ser de otra manera en un escritor que ha puesto tanto en el diseño de su texto. Mundo anclado o recipiente donde entregarse por entero: literatura revolucionaria, único resquicio por donde escapar de la desolación de este presente, por donde vencer simbólicamente a la muerte; es un ojo en vigilia perpetua, eso es la escritura: un ojo.

Nos toma de la mano y nos lleva dentro de ese gran socavón, la cantera de la Ciudad Universitaria, un hoyo de cientos de metros de profundidad donde hay empresas, bares donde beber y hasta campos de fútbol, y donde por lo menos una vez al mes encuentran algún estudiante suicida que saltó desde la avenida.

La realidad se torna espesa y se deforma como si la realidad y el sueño se confundieran.

¿Esa sima de la Ciudad Universitaria quiere ser metáfora de un desorden supremo, salvaje?

"Espinosa lanza paletadas de carbón al fuego: su escritura se produce en formas y ritmos variables, recodos, curvas que van conformando su voz"

Julián Segovia es condenado y va preso, da igual si fue por venganza o por desquite, en las cárceles se consume piedra, esta seduce de tal grado a los marginados porque es la única droga: hablan las piedras, Pedro Vallejo es el vehículo para que el propio lenguaje nos hable, este es la piedra, la piedra filosofal y la piedra es Dios pero no sabe que lo es dijo —el maestro Eckart— y el autor se inventa un diccionario de piedras, que a nuestro modo de ver constituye el epicentro de esta novela. ¿Novela?

Tiene el español de México la fuerza del cuero tenso. Espinosa lanza paletadas de carbón al fuego: su escritura se produce en formas y ritmos variables, recodos, curvas que van conformando su voz, sus imágenes a veces se encadenan descubriendo la hondura de su visión del mundo.

Piedras, colecciones de piedras que abren paréntesis metafísicos, meditaciones que buscan tal vez dar un sentido a esta realidad de humaredas, escombros y despojos.

Cada personaje recibirá esa extraña locuacidad que le otorga el autor, son cinco las voces y al final se suma un invitado, una sexta voz, que quiere expresar su bestial indiferencia.

"Vive Julián en el corazón o hígado de la Santo Domingo, así le llama al epicentro de las colonias, esos barrios pertenecientes a las dieciséis alcaldías que componen la rebautizada Ciudad de México"

Pero no se engañe el lector tratando de encontrar en esas manifestaciones de lejanía, desapego y claudicación signos de una no pasión, antes al contrario, este texto es un progresivo internarse en la condición humana, en la fermentación y efervescencia de lo que van dando estas vidas sobrepasadas por su tremenda historia

El lenguaje popular y el culto se fraguan en esta obra cerrada, autotélica, tal vez sea la ciudad aquí, la megalópolis; nos dice el autor del ex DF que las cucarachas eran empleadas del diablo, y más adelante con la pujanza de un William Blake leemos esta frase de gran belleza:

Y así pasaron los días entre el violín y el viento.

Vive Julián en el corazón o hígado de la Santo Domingo, así le llama al epicentro de las colonias, esos barrios pertenecientes a las dieciséis alcaldías que componen la rebautizada Ciudad de México, antes Distrito Federal, como si su cuerpo hubiera querido crecer y crecer por sus extremidades deformadas y no tuviera fin, como esa pandemia exclusivamente mexicana, que se apresuraron a proclamar controlada para que no panda el cúnico; juegos verbales, el autor se ríe y nos invita a reírnos con él, cervantino, libre en la aventura sin fin de las palabras: riza el rizo; es una manera de luchar contra la tiranía de un destino que se refuerza con la mortal gripe apocalíptica.

"La atemporalidad es la proyección autista del tiempo, es decir, la visibilización del mismo tiempo, la transfiguración de realidades, el buscar el conocimiento del qué se siente, de qué son, del dónde sin importar tanto el cuándo"

Y en esa tristeza de la soledad de su guarida Julián lee libros que no tratan de nada; irán apareciendo Mélida Areúsa, Cuautli, Jennifer. Se huele esa tristeza de los cerros, acostumbrado itinerario para los que la vida tornó pícaros o que nacieron hijos de esa loba vida; eterno estudiante de francés medieval es Pedro Vallejo, uno de los cinco personajes, el que escribe el “Diccionario de piedras”, poderoso basamento.

Pienso en la palabra hígado, sustituto del corazón como bomba de riego, que nos aferra a la seriedad de la vida, porque no nos engañemos, uno es su hígado; no puede faltar en la novela mexicana el horizonte cirrótico de sus protagonistas, velado homenaje a Malcom Lowry; con desparpajo, Espinosa, da esas anforitas de ron a los desatendidos del mundo.

"No es entonces extraño que de forma radical el autor nos lleve a una encrucijada donde se pierden las marcas temporales, los contornos espaciales y caigamos por ese enorme agujero"

La atemporalidad es la proyección autista del tiempo, es decir, la visibilización del mismo tiempo, la transfiguración de realidades, el buscar el conocimiento del qué se siente, de qué son, del dónde sin importar tanto el cuándo: coro de voces, cinco vidas, en memoria, todo es memoria, memoria de sus palabras abocadas a una memoria del cuerpo, que será el gozne donde opera esta novela híbrida, compleja, enriquecida de palabras mexicanas y de un bello castilla, metamórfica, mezcla de la vieja enjundia del polinizador y de la savia india: en sus rocas, en las piedras, fantasmas, perspectivismo móvil.

No es entonces extraño que de forma radical el autor nos lleve a una encrucijada donde se pierden las marcas temporales, los contornos espaciales y caigamos por ese enorme agujero, ciudad subterránea de la mastodóntica Ciudad Universitaria, donde podría llevarnos un cuadro de De Chirico.

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Autor: Alejandro Espinosa Fuentes. Título: Mundo anclado. Editorial: Contrabando. Venta: Todos tus libros.

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