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Primeras páginas de Tinieblas, de Fernando Gamboa

Primeras páginas de Tinieblas, de Fernando Gamboa

Primeras páginas de Tinieblas, de Fernando Gamboa, la nueva entrega de de las aventuras del Capitán Riley.

Capítulo 1

El punto de control militar estaba al final de la calle 12 NW, justo antes de su intersección con la avenida Constitution. Los dos edificios federales a ambos lados de la calle hacían las veces de pórtico hacia el National Mall, y entre ellos se extendían secciones de alambres de espino, custodiadas por una pareja de tanques ligeros M1A2 y varias decenas de soldados de la guardia nacional, pertrechados con ametralladoras Thomson y aparatosas máscaras antigás.

Más de mil hombres, mujeres y niños hacían cola pacientemente frente a la garita donde las enfermeras voluntarias comprobaban el color de la esclerótica de todo aquel que deseara acceder a la zona restringida. Si el blanco del ojo presentaba el menor indicio de rotura de vasos sanguíneos, automáticamente se sacaba de la fila a la persona en cuestión y se la conducía a una caseta anexa donde un médico militar le tomaba la temperatura y realizaba un examen más a fondo. Si el resultado era positivo, se la internaba de inmediato en la zona de cuarentena y probablemente ya no se volvería a saber de ella nunca más.

Cuando la fila de personas delante de Alexander Riley ya se acercaba a su fin, el capitán del Pingarrón estrechó la mano de Carmen Debagh, que caminaba a su lado, y respiró profundamente. El viento soplaba del suroeste, así que la nube de humo y ceniza que nacía al otro lado del Potomac se extendía por toda la ciudad, inundándola con el olor de la carne quemada procedente del crematorio. Un hedor que ya impregnaba cada poro de piel y cada prenda de ropa de los habitantes de Washington DC.

—¡Adelante! ¡No se detengan! —apremió un sargento con la voz ahogada detrás de la máscara.

Obediente, la fila avanzó. Delante de Carmen y Alex, una pareja de ancianos de aspecto acomodado se animaban mutuamente sobre la salud de su nieto; por lo que Alex oyó de manera involuntaria, sus padres habían muerto y llevaba más de una semana en la zona de cuarentena.

Carmen, que también los había oído, se aferró en silencio al brazo de Riley como si se tratara del último salvavidas en un barco que se hundía.

—Siguiente —dijo una enfermera con voz cansada, dirigiéndose a ellos con un gesto de la mano.

Alex avanzó en primer lugar, le mostró al sargento la identificación de la Oficina de Inteligencia Naval que le permitía estar ahí, y seguidamente se volvió hacia la enfermera. Con un gesto mil veces repetido, la mujer levantó la barbilla de Riley con su mano enguantada mientras con la otra le iluminaba ambos ojos con una linterna de bolsillo.

Más allá del vidrio de la máscara antigás de la enfermera, Riley vio el rostro agotado de una mujer joven, víctima de unas ojeras impropias de su edad.

—Limpio —dijo escuetamente, y con un gesto de la cabeza le indicó que avanzara, dejando el sitio libre para que examinara a Carmen.

La tangerina se situó en el punto donde había estado Riley, y cuando la enfermera se disponía a reconocerla, en la cola que se extendía calle arriba, estalló un alboroto que hizo a todos volver la cabeza en aquella dirección.

A unos cien metros, dos hombres se habían enzarzado en una fuerte discusión a gritos, hasta que uno de ellos sacó un revólver y disparó a quemarropa al otro. De inmediato se inició una estampida de aterrorizados ciudadanos corriendo en todas direcciones para ponerse a salvo, al tiempo que un pelotón de soldados salía de su refugio tras los sacos terreros y corría hacia el lugar con las armas listas para disparar.

—Es el segundo tiroteo del día —observó la enfermera meneando la cabeza con abatimiento—. Este país se va a la mierda… —concluyó volviéndose hacia Carmen.

—Saldremos adelante —dijo en cambio la tangerina con aplomo—. Ya lo verá.

Tras la máscara, unas arrugas en la comisura de los ojos de la enfermera delataron un amago de sonrisa. Con un gesto invitó a Carmen a seguir adelante sin molestarse en examinarla, quizá porque se había olvidado de que aún no lo había hecho, quizá porque en el fondo lo importante era controlar a la gente que salía de la zona de cuarentena, no a la que entraba en ella.

 

Una vez superado el puesto de control, caminaron unas decenas de metros hasta desembocar en el National Mall, el enorme espacio ajardinado frente al Capitolio y la Casa Blanca, presidido por el monumental obelisco a Washington.

Hacía solo unos tres meses, cuando llegaron a Estados Unidos, habían paseado por aquel mismo lugar mientras una fina nevada caía perezosamente sobre la capital y Riley le mostraba a Carmen con cierto orgullo patriótico el Memorial de Lincoln o el imponente edificio del Museo Smithsonian.

Ahora, en cambio, el National Mall, desde los jardines del Capitolio a la orilla del Potomac, era un inmenso hospital de campaña donde centenares de tiendas del ejército se alineaban ordenadamente para dar cabida a los miles de infectados que ya no tenían sitio en los hospitales de la ciudad y que se confinaban en la llamada zona de cuarentena a la espera de que superasen la enfermedad o muriesen horriblemente, ahogados en su propia sangre, que era lo que por desgracia sucedía en la gran mayoría de los casos.

La zona de cuarentena, más que un gigantesco hospital de campaña, era una leprosería, un lugar donde morir sin contagiar a otros. Innumerables campos idénticos habían surgido en todo el país como única respuesta posible a la brutal irrupción del virus Aussterben en Estados Unidos. Hacía diez semanas que había aparecido el primer caso, y desde entonces el presidente Roosevelt había establecido el estado de emergencia y el toque de queda en todo el país, en un vano intento de controlar el contagio. Pero ya era demasiado tarde y aún ni siquiera estaba claro cuáles eran los vectores de contagio para poder evitarlos. Cuando surgían los primeros síntomas, el enfermo ya llevaba más de una semana infectado y contagiando a todos los que había a su alrededor. Era una epidemia imparable, de la que incluso la Primera Dama había caído víctima, y aunque el gobierno y los científicos no dejaban de repetir que hallar la vacuna era cuestión de semanas, ya nadie lo creía o, en cualquier caso, no creía que llegara a tiempo de salvar a la mayor parte del país.

Se decía que de los ciento treinta millones de ciudadanos del país, más de veinte millones habían perecido ya, caído enfermos o sufrido los primeros síntomas. Las estimaciones más realistas, sin embargo, apuntaban al doble de afectados y a otros tantos infectados que aún no mostraban síntomas pero que estaban contagiando a los de su alrededor. Dado el índice de supervivencia y la tasa de contagio, algunos periódicos habían especulado que a finales de año la población total de los Estados Unidos se habría reducido a solo veinte o veinticinco millones de habitantes. Y eso, señalaban, siendo optimistas.

Carmen se adelantó hasta un gran panel de madera situado justo frente a la entrada: veinte metros de madera y corcho donde se clavaban cientos de hojas mecanografiadas con los nombres de los internados en el campo.

Cuando Riley llegó a su altura, justo antes de que se desatara aquella locura, ella estaba repasando los nombres de las listas marcadas con una A. No pudo evitar fijarse en que una cuarta parte de los nombres estaban tachados, y al mirar a su alrededor comprobó los gestos de angustia de aquellos que habían descubierto el nombre de algún ser querido bajo una inapelable línea roja.

Cientos de personas se acercaban a las listas con gesto esperanzado. Algunas lanzaban exclamaciones de alivio y corrían hacia las tiendas, mientras otras lloraban, se abrazaban en busca de consuelo o se derrumbaban sobre la pisoteada hierba como títeres sin hilos.

—Alcántara, Joaquín —dijo Carmen señalando con patente alegría una de las hojas mecanografiadas—. Sección H-8.

Por alguna razón, Riley había estado seguro de que no iba a encontrar el nombre de su amigo tachado. Era imposible que hubiera sobrevivido contra todo pronóstico a los mayores peligros imaginables para acabar muriendo a manos de un insignificante bicho microscópico.

—Vamos —apremió a Carmen tomándola de la mano—. Es por aquí.

Se alejaron de aquel muro de las lamentaciones en dirección al obelisco, que ahora estaba rodeado de un mar de tiendas color verde. Carteles clavados en postes señalaban las secciones del campo de cuarentena como si se tratara de auténticas calles y distritos de una ciudad habitada solo por moribundos.

De continuo salían y entraban de las tiendas soldados de la Guardia Nacional acarreando camillas, unas con enfermos que acababan de ingresar, otras con cadáveres envueltos en sacos de lona que en unas horas estarían ardiendo en el crematorio, sumando todo lo que quedaba de ellos a la nube negra que cruzaba el río y flotaba sobre la ciudad como una sombra, saturándola de olor a muerte.

Un soldado se acercó a ellos y señaló los bolsos que ambos llevaban colgados del hombro.

—Pónganse las máscaras —les ordenó hoscamente, pasando por su lado sin detenerse.

Asintieron y, echando mano al interior de los bolsos, sacaron sus pequeñas máscaras antigás terminadas en un aparatoso filtro y se las colocaron sobre la cara para cubrirse la nariz y la boca.

Alex se quedó mirando por un momento a Carmen, la mujer a la que amaba y que se encontraba ahí por su culpa. Su pelo negro estaba recogido en una coleta, y un grueso abrigo gris ocultaba completamente su sinuoso cuerpo, dejando solo a la vista el rostro y el cuello; aun así, a Riley le seguía pareciendo irresistiblemente hermosa. Por un momento sintió deseos de decirle que lo sentía, que no debería estar allí y que si algo le sucediera, no se lo perdonaría jamás. Pero entonces ella puso los brazos en jarra y preguntó:

—¿En qué estás pensando?

En lugar de sincerarse, Alex le dio un golpecito al filtro de la máscara de Carmen con el índice y respondió con fingida despreocupación:

—En que pareces un oso hormiguero.

Carmen resopló bajo la máscara y chasqueó la lengua.

—Anda, tira. —Se dio la vuelta y se puso en marcha con paso decidido.

 

Tardaron casi diez minutos en hallar la tienda con el indicativo H-8 pintado en un costado. Sin decir nada Carmen tomó la mano de Riley, pero no en busca de su apoyo sino ofreciéndolo. En el interior de aquella tienda estaba el mejor amigo de Alex, quizá agonizando y, a pesar de la aparente tranquilidad que se esforzaba en exhibir, sabía que ver a su compañero de armas de la guerra civil española en ese estado lo destrozaría por dentro.

—¿Vamos? —la animó Alex, apartando la lona de la entrada.

Carmen asintió y se introdujo en la tienda.

Riley la siguió resuelto pero, a su pesar, se detuvo nada más cruzar el umbral como si se hubiera encontrado con un muro invisible.

Dos hileras de diez camastros, una a cada lado de la tienda, ocupaban casi todo el espacio disponible dejando en medio un estrecho pasillo por donde apenas podían cruzarse dos personas. Una línea de escuálidas bombillas colgaba del techo, aportando algo de luz a la escena dantesca del interior para la que de ningún modo podría haberse preparado.

En cada uno de los camastros había un infectado. El padre de alguien, la hija de alguien, el nieto de alguien… Veinte hombres, mujeres y niños en aquel pequeño espacio resistiéndose a morir, rezando en silencio para ser parte del cinco por ciento que la estadística sentenciaba que sobrevivían a la infección. Uno de cada veinte. Uno por tienda.

Alex se preguntó fugazmente si aquella proporción de un superviviente por cada tienda era fruto del azar o alguna extraña treta psicológica de los médicos militares.

—Allí —dijo Carmen señalando al frente.

Riley alargó el cuello y le pareció adivinar una silueta algo más abultada que las de alrededor. Sí, aquel era Jack.

Hasta ese momento no se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento.

Con paso vacilante, como si sus piernas no acabaran de pertenecerle, Riley avanzó entre las dos hileras de camas seguido de cerca por Carmen.

Los enfermos junto a los que pasaban se encontraban en su mayoría inconscientes o tan débiles que ni se movían; demacrados, sudorosos y desmadejados sobre los finos colchones como si hubieran caído en ellos de cualquier modo y ya no hubieran podido reunir las fuerzas para recolocarse. Tan solo un par levantaron la mirada, quizá con la vana esperanza de ser ellos a quienes iban a visitar.

La cama de Joaquín Alcántara era la penúltima de la fila de la izquierda. En silencio se situaron uno a cada lado. Carmen se sentó en el borde junto a la figura yaciente. El otrora orondo rostro de Jack era una máscara demacrada y cenicienta; sus sonrosadas mejillas eran valles surcados de arrugas, y el cabello castaño se le pegaba a la frente, sucio y húmedo. Con suma ternura a través de su mano enguantada, Carmen le arregló el pelo y Alex pudo ver cómo una lágrima resbalaba por su mejilla derecha.

El marino abrió entonces los ojos y por un momento se quedó mirando a los dos recién llegados con desconcierto. Necesitó unos segundos para reconocer a sus amigos en la penumbra y tras aquellas máscaras de caucho y metal.

—Hola, Jack —dijo Riley agachándose junto al camastro—. ¿Cómo te va?

El gallego estiró una dolorosa sonrisa, mostrando las encías ensangrentadas. Sus ojos eran dos globos inflamados enrojecidos.

—Ya ves… —musitó con un hilo de voz—. Tomándome unas vacaciones a cuenta del Tío Sam. Aunque si te digo la verdad —añadió alzando débilmente el dedo y señalando alrededor—, el servicio aquí es pésimo y los vecinos unos muermos. Es la última vez que vengo a este sitio.

—Hablaré con la dirección —le aseguró Riley.

—¿Cómo te encuentras? —inquirió Carmen, incapaz de asumir la despreocupación de aquellos dos hombres.

—Perfectamente —contestó Jack, viéndose presa de un súbito ataque de tos que le hizo doblarse por la mitad—. ¿Por qué… lo preguntas? —añadió al recuperarse, con aire de extrañeza.

Carmen meneó la cabeza y sonrió a su pesar debajo de la máscara.

Entonces el gallego se volvió hacia Riley y vio en sus ojos ese sentimiento de culpa del capitán del Pingarrón que tan bien conocía. Aun en su estado, adivinó lo que su amigo estaba pensando.

—Hicimos… todo lo que pudimos —masculló.

Alex levantó la vista hacia las otras diecinueve personas que ocupaban la tienda.

—No fue suficiente —alegó resoplando.

—Dicen que unos pescadores de Plymouth —apuntó Carmen, detallando un rumor que había oído en la radio—, encontraron en sus redes una probeta con virus y que la abrieron sin imaginar lo que contenía. Al llegar a tierra todos estaban infectados sin saberlo, y de ahí, la propagación llegó a Boston y ya fue imparable.

—De algún modo, esa maldita cosa sobrevivió a la explosión y el naufragio. Si tan solo hubiéramos… —añadió Riley cerrando el puño derecho hasta blanquear los nudillos—. Estuvimos tan cerca…

La mano de Jack se posó débilmente sobre la manga de la chaqueta de Alex.

—Eso ya no importa —musitó.

Riley asintió.

—No, ya no importa.

Jack trató de respirar profundamente echando la cabeza hacia atrás, pero el aire parecía resistirse a entrar en sus pulmones y todo lo que consiguió fue generar un extraño silbido dentro de su tráquea.

Carmen y Riley aguardaron un instante, aguantando la respiración como si eso fuera a ayudar a su amigo.

Finalmente, el gallego exhaló lentamente y cerró los ojos.

—Anoche soñé con Julie y César… —dijo, y una mueca de infinita tristeza se dibujó en su rostro—. Creo que… hicieron bien.

—No es cierto —replicó Alex de inmediato—. Debían haber aguantado. No debieron perder la esperanza de conseguirlo.

Jack negó lentamente con la cabeza.

—Quizá uno de los dos hubiera sobrevivido… —alegó—. Pero no ambos.

—Opino igual —intervino Carmen—. Se querían demasiado para vivir el uno sin el otro. Así se fueron juntos y sin dolor… no como el pobre Marco.

—Y os aseguro que duele… un cojón de pato —afirmó el segundo del Pingarrón con expresión crispada—. Por cierto… ¿Sabéis algo de… Elsa?

Alex negó con la cabeza.

—Desde que se la llevaron los militares no he vuelto a saber nada. Ni siquiera en la OIN saben dónde la tienen, o no me lo quieren decir. Pero estará bien —agregó—. Si creen que en su sangre puede estar la clave de la vacuna se preocuparán de mantenerla protegida y bien cuidada; de eso puedes estar más que seguro.

—Ya, claro… —El gallego cabeceó torpemente—. Y hablando de alimentación… Me habréis traído algo de comer, ¿no?

Jack Alcántara sabía perfectamente que en su estado era incapaz de digerir ningún alimento sólido, pero no por eso evitó poner cara de decepción cuando se disculparon por no haberlo pensado.

—Tiene bemoles… que me vaya a ir al otro barrio… como un figurín. Si lo sé… —sonrió tibiamente, dándose una débil palmada en la aún prominente barriga— pillo esta cosa antes.

—No digas eso —lo reprendió Carmen—. Eres un hombre muy fuerte. Seguro que saldrás de esta.

El gallego movió la cabeza, dubitativo.

—En peores plazas hemos toreado, amigo mío —dijo Riley poniéndole una mano en el hombro—. Dentro de unas semanas estaremos comiéndonos un filete de medio kilo cada uno en el mejor restaurante de la ciudad.

Jack le dirigió una mirada de suspicacia.

—Invitarás tú, ¿no?

Riley sonrió para sí.

—Ya veremos —objetó mirando a Carmen de soslayo—. Lo cierto es que el taxi para venir a verte nos ha costado un pico.

—Mira que eres rácano… —lo acusó Jack—. La próxima vez que… —comenzó a decir, interrumpiéndose por un nuevo ataque de tos aún más fuerte que el anterior.

Esta vez la sangre se acumuló en la boca del gallego, pero tuvo las fuerzas para reclinarse sobre el costado y escupirla al suelo en lugar de hacerlo sobre sus amigos.

Estuvo casi un minuto inclinado sobre el borde de la cama, respirando con dificultad mientras un hilo de sangre colgaba de sus labios hasta el suelo, donde se había formado un charco de sangre y miasmas.

Carallo… —musitó—. Qué asco.

—Buscaré a alguien que lo limpie —resolvió Carmen poniéndose en pie y mirando alrededor.

Jack movió la cabeza e hizo un gesto de desánimo con la mano.

—No te molestes… Ya te he dicho que el servicio es pésimo… Aún estoy esperando… mi chocolatina en la almoha… —No pudo acabar la frase: de nuevo comenzó a toser como si los pulmones estuvieran a punto de salírsele por la boca.

En ese preciso momento, un médico atraído por el ruido de toses entró en la tienda. Llevaba una máscara integral que le cubría toda la cabeza, dándole más o menos el mismo aspecto que tenían los marcianos de las portadas de Astounding, solo que este extraterrestre en particular llevaba una bata blanca manchada de sangre y parecía estar de muy mal humor.

—¿Qué hacen ustedes aquí? —inquirió, entre exhausto e irritado, con la voz ahogada por la mascarilla—. Esta no es zona de visitas.

Riley le mostró la identificación de la OIN.

—Oficina de Inteligencia Naval —recitó a modo de salvoconducto.

—Por mí como si son del gabinete presidencial —replicó el médico, apartando la acreditación—. No pueden estar aquí importunando a mi paciente.

—También es nuestro amigo —alegó Carmen.

El médico se volvió hacia ella y negó con la cabeza.

—Pues pronto dejará de serlo, si no lo dejan recuperarse en paz. Necesita hasta su último gramo de fuerza para superar la enfermedad. Así que, por favor, lárguense y déjenlo descansar.

Riley se quedó mirando aquella enorme cabeza, buscando tras los dos gruesos cristales redondos los ojos del humano que había detrás. Los vio, aun en la penumbra de la tienda, y encontró en ellos sincera preocupación.

—Tiene usted razón —admitió el capitán del Pingarrón—. Ahora mismo nos vamos.

La cabeza de insecto espacial del médico asintió sin decir nada.

Carmen volvió a pasar la mano por el pelo de Jack.

—Ponte bien, ¿de acuerdo? —Le guiñó un ojo con picardía—. Encontraremos a Elsa y le diremos que la estarás esperando.

—Yo le daré un beso de tu parte —agregó Alex.

—Por encima de mi cadáver —replicó Jack, y al darse cuenta de lo que acababa de decir soltó una carcajada borboteante que le hizo toser una vez más.

—¡Fuera de aquí! —ladró el médico, señalando la salida imperiosamente—. ¡Los dos!

Echando la vista atrás, preocupados por la virulencia del último acceso de tos de su amigo, la pareja recorrió el macabro pasillo hasta alcanzar la salida de la tienda. Un instante después estaban de vuelta bajo la brillante luz del día.

Se miraron el uno a la otra y, ante la tienda donde yacía su amigo y rodeados de aquella ciudad de muertos vivientes, se abrazaron como nunca lo habían hecho, no solo expresando sin necesidad de palabras cuánto se amaban, sino aferrándose con la desesperación del náufrago que en mitad del océano ve acercarse una aleta de tiburón.

Entonces y para sorpresa de Alex, Carmen se separó de él y se hizo a un lado, ahogando apenas una tos espesa.

Riley se quedó completamente quieto, íntimamente aterrorizado.

Carmen levantó la vista hacia él, con una calma sobrenatural en la mirada.

—No pasa nada —dijo en un susurro.

Volvió a toser y se vio obligada a levantar la mascarilla por encima de la boca.

Del labio inferior le cayó una gota de sangre.

 

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