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Todas hieren, la última mata (Tiempos de coronavirus 11)

Todas hieren, la última mata (Tiempos de coronavirus 11)

El sábado por la mañana, al despertarme, encontré que el reloj se había parado. Di cuerda a los dos orificios y apunté en un papelito que eran las diez de la mañana del sábado, luego cerré la puertecilla de madera y cristal. Él sigue a su aire, marcando las medias en las horas; y en las medias, lo que le viene en gana. No se lo reprocho. Hemos llegado a un pacto de silencio: “con que sigas con tu vaivén, para mí es suficiente. No me importa lo que señales”. Como para decirle que ese día se había adelantado una hora en todos los relojes del mundo.

Esto escribió Julio Cortázar: “Cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente un reloj, que los cumplas muy felices, y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con ancora de rubíes (…) Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo, pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca”.

"El caso es que Cela, en su discurso de agradecimiento del Nobel, arrancó la lectura con una alusión a la fugacidad de la vida con esa sentencia, a tantos atribuida"

“Vulnerant omnes, ultima necat”. Todas hieren, la última mata. La frase, a cincel en relojes de sol de muchas iglesias, está pintada también en algunos relojes de pie. Parece ser que Pío Baroja tenía uno con la inscripción. El caso es que Cela, en su discurso de agradecimiento del Nobel, arrancó la lectura con una alusión a la fugacidad de la vida con esa sentencia, a tantos atribuida, como homenaje a quien consideró su maestro.

Tengo al lado una foto de don Pío en papel barato y aún sin enmarcar en la que, sí, hay un reloj, pero de consola, no de pie. Está encima de un aparador. Es compacto, cuadrado y con la esfera pequeña. En la imagen, el escritor le da la espalda. Don Pío, con chaqueta, pañuelo al cuello, barba, boina y manta encima de las piernas, acerca un plato a la cocinera o la criada que le sirve lo que podría ser una tortilla de bonito o un trozo de merluza. Al lado, dos trozos de pan, un cuchillo y un tenedor en perpendicular, como si ya lo hubiera utilizado. El vaso de cristal o tiene agua o nada. Apenas se aprecian, en el extremo superior de la foto, tres lágrimas de cristal de una lámpara. Dos cortinas de encaje ocultan las hojas de los ventanales de la puerta  a un balcón (¿quizá a la calle Ruiz de Alarcón, cerca de la Academia de la Lengua y del Museo del Prado, donde vivió sus últimos años y hay un cartel en el portal con su nombre pero al que le falta la tilde en Pío?). Enfrente espera su turno su sobrino Julio Caro Baroja, con su bigote y seguramente, imposible verlo, su pajarita. El impaciente sobrino, y seguramente ya sabio antropólogo, tiene un trozo de pan en la mano y la servilleta sin desenrollar. Allí debían recibir porque en otra imagen he visto que aparecen Baroja y Cela con el reloj detrás. A saber qué ha sido del reloj. Lo suyo es que estuviera en Vera del Bidasoa, en Itzea, ese caserón donde le pilló el 18 de julio y desde donde cruzó, andando, la frontera.

La escultura de Pío Baroja en la cuesta de Moyano no me gusta. A quién pudo ocurrírsele que posara quieto, con las piernas abiertas y cogiéndose las manos por delante. Baroja estaba andando siempre, con las manos en la espalda y algo de chepa. Con Azorín o sin él. De mucho mayor empaque es la fotografía de Nicolás Muller en la que aparece solo en el Retiro, con barba blanca, sombrero clásico, abrigo largo y bufanda, todo en tonos oscuros. Y nadie alrededor. No se aprecia del todo pero parece que Baroja estuviera huraño. Andando sin andar. “Haga como que camine, don Pío, pero despacio”, parece que le acaba de decir el retratista.

"Cela escribe que Pío Baroja está caracterizado de Pío Baroja: camisa de cuello blando, los pantalones caídos, boina, manta… y, dentro, Pío Baroja"

En un libro de entrevistas de Cela figura la que le hizo a Pío Baroja y Nessi cuando tenía 78 años y se publicó el 15 de diciembre de 1950 en el Correo Literario. Cómo no transcribir este párrafo: “El reloj vuelve a dar otra hora, una hora más. Los otros relojes lo siguen, un poco retrasados, como temiendo la mordedura de la hora que van a dar. Los relojes de Pío Baroja son primos hermanos de aquel otro reloj, tan querido por el novelista, en cuya esfera campeaba un lema entre cartujo y existencialista: Todas hieren, la última mata”.

En el encuentro Baroja dijo que no le gustaba ni el cubismo ni el surrealismo —a ver— y que estaba releyendo sus obras completas. “A mí me parece que las novelas que son como copia de la realidad salen mejor. La sensualidad pervertida está toda copiada de la realidad. Es un libro que me gusta. Y Mala hierba y Las noches del Buen Retiro”. Cela escribe que “Pío Baroja está caracterizado de Pío Baroja: camisa de cuello blando, los pantalones caídos, boina, manta… y, dentro, Pío Baroja”. Parece que, pese a la leyenda, era un hombre de buen conformar: “Si le falta un poco, usted lo hincha…”.

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