Basta adentrarse unas páginas en las novelas de Nina Lykke para advertir que su literatura posee el exquisito sabor de la subversión. Discreta y apacible en apariencia, la prosa de esta escritora noruega peca de una rara forma de insumisión: la búsqueda del matiz que la ortodoxia cultural dominante ha arrebatado a la conversación pública.
Durante buena parte de la novela presenciamos la espiral de una madre obsesionada por conseguir que Sigurd, el hijo, le explique qué ha motivado su distanciamiento para poder comprender la situación y, si aun fuera posible, enmendar aquello que hizo mal. Las explicaciones, sin embargo, nunca llegan realmente —o tardan semanas, en una suerte de ghosting filial— y, cuando por fin aparecen, lo hacen en forma de vaguedades del tipo: “rebasas mis límites”, “si tengo que explicártelo, ese es precisamente el problema”, “tienes que permitirme sentir lo que siento”, “mi verdad me pertenece”.
Precisamente en ese tipo de lenguaje hay algo muy significativo. Ida no queda excluida de la vida de su hijo por reaccionaria ni por conservadora, sino porque ha dejado de compartir el lenguaje con el que su hijo interpreta el mundo. Ella pide hechos y ejemplos concretos mientras que Sigurd responde con un vocabulario terapéutico y académico-militante que clausura la conversación antes incluso de empezar, pues cualquier intento de diálogo exige aceptar unos códigos que han sido fijados de antemano y el propio intento de cuestionarlos constituye, para Sigurd, una confirmación de su culpa. No extraña que Ida llegue a sentir que su hijo ha sido captado por una secta. Conforme avanza la novela, la transformación de Sigurd resulta casi total. A la progresiva dejadez de su aspecto se suma una forma de hablar que produce la impresión de que alguien hubiera elaborado por él un manual para interpretar cualquier conversación con su madre.
A partir de cierto momento, lo más interesante de la historia no es el aprendizaje de Ida —que termina aceptando la posibilidad de una vida sin su hijo— sino el hecho de que la novela invierte —e impugna— el relato generacional dominante. No son solo los padres sino también los hijos quienes pueden ejercer formas de crueldad, manipulación o violencia afectiva. Además, pone en cuestión una de las convicciones más arraigadas de nuestro tiempo: la de suponer que toda innovación implica necesariamente una mejora, olvidando que algunas formas heredadas de entender el mundo quizá encerraban una sabiduría que nuestra época ha desestimado con excesiva facilidad.
Baste de ejemplo el propio Sigurd que, como padre, se niega a corregir a sus hijos cuando le gritan o le golpean hasta hacerlo sangrar porque considera prioritario validar sus emociones; que acepta prolongar el uso del pañal hasta los cinco años en nombre del respeto a los ritmos individuales de los niños; y que, mientras todo ello sucede, está más preocupado por pesar en una báscula los granos de café del desayuno.
Desde Estado del malestar hasta ¿Dónde están los adultos?, Lykke parece llevar escribiendo, en el fondo, una misma novela: la sátira-diagnóstico de los desvaríos de la sociedad occidental contemporánea. La pieza clave de esta sátira, en cada una de las novelas de la escritora noruega, es el humor. Un humor de superficie serena y fondo despiadado que no busca simplemente distender el ánimo, sino volver decibles ciertas verdades incómodas. A través de él, Lykke parece retar al mundo tal como es ahora, ofreciendo al lector la posibilidad de un desquite vicario: el placer de escuchar a unos personajes formular aquello que uno llevaba tiempo pensando sin encontrar las palabras —o el contexto— para decirlo en voz alta.
Dicho sea también que Lykke evita a toda costa moralizar y tampoco propone regresar a un pasado idealizado ni restaurar ninguna edad de oro. Lo que lamenta es, entre otras cosas, la pérdida de unos adultos capaces de asumir la incomodidad de educar, de distinguir entre autoridad y autoritarismo, de sostener un criterio sin convertirlo en dogma y de aceptar que querer a alguien implica, a veces, contrariarlo.
En definitiva, si usted también se pregunta con frecuencia dónde están los adultos; si alguna vez ha tenido la sensación de que todas las series de televisión parecen repetir exactamente la misma narrativa; si sigue pensando que poner los pies sobre el respaldo del asiento en el autobús es una descortesía antes que una conquista de la libertad; si ve que algunos actos culturales confunden transgresión con zafiedad; si, en definitiva, también tiene la impresión —como Ida— de que todo el mundo asistió a una reunión secreta a la que usted no fue invitado, entonces las novelas de Nina Lykke son para usted.
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Autora: Nina Lykke. Título: ¿Dónde están los adultos? Traducción: Ana Flecha Marco. Editorial: Gatopardo. Venta: Todos tus libros.


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