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Un día más

Te escribe un mensaje: que lo siente, que estos días —“ya sabes, las comidas, la familia”— son absurdos y el tiempo pasa rápido, pero que te llama hoy mismo, sin falta. Le dices —querrías decirle tantas otras cosas— que no pasa nada, que es normal y que no tiene importancia. No llama.

El absurdo protocolo de una amistad que se derrama por los bordes. Los lazos fuertes de otras épocas, desplazados por la distancia y el olvido. Nos hacemos algo más extraño aún que dos desconocidos: una relación que muere y huele a hogar vacío. Como cuando visitas la casa donde vivieron tus abuelos. Esa misma sensación de paredes vacías, pero tan llenas.

Estos días te escondes debajo de los días. Que pase todo. Que sea rápido. Que pronto se me olvide que casi todos me olvidan.

Porque en el fondo, te convences, es ley de vida. Y en realidad siquiera es importante. ¿Qué es un cumpleaños? Un día más, lo sabes. Un día más, les dices a todos aquellos que te escriben con excusas y olvido. Pero no tanto. Pero no todo.

Aunque siempre parezcan los amigos
recordarnos, es más anhelo nuestro
que verdad su interés hacia nosotros:
ellos viven sus vidas y en contadas
ocasiones recuerdan que existimos.

Sólo viven sus vidas, no precisan
de nosotros para sentir que viven.
Y nosotros gastamos nuestro tiempo
esperando que un gesto suyo diga
que somos y que estamos junto a ellos.

Los versos de Ángel Paniagua se convierten en un bálsamo que curan la herida a la vez que inciden en ella. Debajo de los días (Raspabook, 2018) es el libro de un hombre que se enfada consigo mismo, con su mundo, que lo rechaza todo y lo desea todo. Que espera y desespera y grita y llora y está solo aunque esté rodeado de libros, discos, cintas de vídeo y de personas.

Con un ritmo solemne, magistralmente cuidado, el poeta residente en Cartagena entrega en este libro de poemas sus últimos casi 20 años de trabajo literario. El testamento del descreído, el grito en el desierto, las llagas de la edad en el centro del diario. Sobre todo ello arma Paniagua este último título de poesía construido con oficio y talento, con emoción y tradición, con elegancia y enfado.

Mira mis manos, el mechón blanco que sostienen

Las manos empiezan a envejecer, repletas de dedos fríos que presionan los “resortes del miedo”. Torcidos, hinchados, con las manchas de los años que se acumulan a partir de cierta edad. Manos que toman el lápiz y escriben el miedo en el papel: a estar solo, a que les rodee la farsa, a no haber sido entregadas en caricias tantas veces como debieron. Estas son las manos que escriben Debajo de los días, un libro que no quiere ser amargo, pero en el que se acaba por imponer el tono exacto de la vida: apenas somos una fibra del conjunto, un atisbo de luz tras montañas de nubes que se empeñan en taparlo.

El amor ya no es amor, sino espejismo. La amistad, tan solo un recuerdo feliz de otro yo más joven, menos cansado. ¿Quién es el hombre al que miras en el espejo? ¿De quién ese mechón blanco que sostienes y que se empeña a aparecer en tu cabeza? ¿Cómo ha desaparecido el sabor de la fruta, el berrido animal del sexo, la piel de otros de tu cama? Todo, asume el poeta, se ha desvanecido, se ha ido perdiendo: la ilusión ha finalizado. Porque

Las cosas no van bien últimamente.
A cierta edad, la casa de los padres
es una casa ajena y tu desorden
no cabe allí. Pesadamente late
el corazón. No duermes bien, tus sueños
ya no tienen el ágil desenlace
que quisieras. Hay muchos libros nuevos
que no puedes comprar y que te hagan
aprender, descubrir. No te dedican
canciones en los bares ni te buscan
para sitios de culto. No disfrutas
de tu tiempo, no vas a recitales
con amigos —cansados de llevarte
y tener que pagar también las copas—.
Desayunas revueltas y cadáveres
en El Cairo o Damasco. Las palabras
no se presentan sin avisar ni dicen
esas cosas hermosas de la vida
—ni las musas acuden ya a salvarte
de la desdicha y de la soledad—.
La gente no te quiere. También tú
te alejas de los otros como nunca.
No hay nadie que te ame y te haga ir
a esa orilla del mar como una ola
de alegría. Te ven llegar las calles
y van en pos de ti diciendo puto,
hechicero, viejo, falso, malhechor
y otros muchos ignominiosos nombres.

No conozco este no amor

Estructurado en tres partes, Debajo de los días centra la segunda, «Oro y vacío (el hilo de los nombres)» en los estragos del amor. Paniagua canta a aquellos hombres que le hicieron sentir, que fueron el descubrimiento, que le enseñaron palabras como pasión, misterio, orgasmo, virtud, temor, incertidumbre. Un manojo de recuerdos se exponen al “sol que funde en uno solo / los rostros y los nombres del lejano, / evanescente, inasequible sueño”.

Porque en el amor, la esperanza; en el sexo, la vida; en la compañía, la paz. Como estos versos de Enrique, que todavía siguen resonando, aunque pasen los días, aunque nadie llame, aunque las canas se hagan poderosas en el centro:

Tú fuiste aquello, sí, por vez primera,
el amor o su imagen, dolorosa
mordedura sin nombre todavía
sin la ardiente pulsión con que el deseo
definía y nombraba aquel dolor
inconcreto y constante, aquel continuo
afán de tu presencia y compañía
que dejó en el muchacho que yo era
una marca indeleble y cerró el paso
a otros que empezaban a ofrecerme
su amor y a quienes nada pude dar,
pues de nada era dueño: sentimientos,
pasiones, el deseo que aún seguía
oculto, se escribían con las letras
de tu nombre.

Aunque parezca triste
no fueron años malos: los recuerdo
con una extraña mezcla de nostalgia
y hastío, con la fuerza del deseo
luchando por abrirse paso en mí,
pero también con el convencimiento
de que mi amor por ti fue la semilla
de esta extraña costumbre de intentar
explicármelo todo con palabras.

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Autor: Ángel Paniagua. Título: Debajo de los días. Editorial: Cuadernos del Laberinto. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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