Con los cantautores sucede que, por más famosos y prestigiosos que sean, en cuanto cruzan las fronteras de su país o de su lengua se convierten en completos desconocidos. Lo normal es que a ningún aficionado español le suene Francesco Guccini. De la misma manera, solo a una pequeña parte de los italianos que aún echen algún vistazo a los créditos de las canciones les sonará el nombre de Joan Manuel Serrat, y tal vez sea indirectamente por su relación con títulos tan dispares como la dialectal La ziatta o el éxito de Mina Bugiardo e inconsciente. Por fortuna, en alguna rara ocasión surgen personas como Sergio Sacchi (Milán 1948 – Girona 2026), que no era solamente un connaisseur de ambos mundos, sino que dedicó su vida a superar limitaciones y a borrar fronteras, creando un territorio superior —o más bien un reino ideal— en el que los artistas y las melodías encuentran nuevos modos de relación y acaban configurando una inesperada comunidad, un espacio plurilingüe y libre, sin otro objetivo que la felicidad ocasional, que es la mejor manera de crear belleza.
El incuestionable valor literario de las letras de Sabina crea enormes dificultades a todo aquel que pretenda hacerlas cantabili en cualquier otra lengua, pues abundan en juegos de palabras, rimas internas, dobles sentidos, coloquialismos, referencias culturales, citas de otros poetas y guiños a la actualidad o a la historia. En las versiones incluidas en el disco Molto più di un buon motivo, interpretadas por Lu Colombo, Sergio Sacchi desplegó tal variedad y efectividad de recursos que su trabajo quedará para siempre como una obra maestra de la adaptación. Con un gran oído para la prosodia y la rítmica, se conformaba con la literalidad cuando era factible (Jugar por jugar > Giocare per giocare, Contigo > Insieme a te), y cuando no lo era encontraba soluciones imaginativas y poco invasivas a los problemas numéricos (19 días y 500 noches > 19 giorni e 600 notti), antroponímicos (El café de Nicanor > Al chiosco di Giosuè) o fraseológicos (Cerrado por derribo > Chiusura per fallimento, Noches de boda > Lune di miele, Camas vacías > Camera vuota, Nos sobran los motivos > Molto più di un buon motivo). La intervención en los títulos puede parecer poca cosa, pero es en realidad el signo de un gran trabajo de reescritura que, como en las mejores traducciones poéticas, se toma todas las libertades posibles para conseguir la fidelidad máxima. El mejor ejemplo del talento de Sacchi es sin duda su versión de De purísima y oro, en la que la España de posguerra se convierte, con el título de Millenovecentoquarantasette, en la Italia del dopoguerra. Una misma emoción para un público distinto. Es posible que los nombres de Miguel de Molina y Totò ya digan poco a los jóvenes de hoy, sean españoles o italianos, pero en los versos de Sabina y Sacchi adquieren esa inmaterial pureza de lo que nunca pasará de moda, porque merecen la perennidad de las cosas bien hechas.
Y ahora resulta que acaba de morir Francesco Guccini, una de cuyas últimas publicaciones fue precisamente un texto sobre Sacchi en la edición italiana de la revista Rolling Stone. Fuera de Italia, donde se le ha dedicado como es lógico un enorme despliegue informativo, la noticia de su muerte en agosto ha quedado reducida a una nota de agencia recogida por pocos periódicos, pero si entre los lectores de estas líneas hay alguien que conserve la esperanza de encontrar buena literatura en las canciones, basta con que escuche para empezar —por no decir nada de tributos de atento lector como Odysseus, Signora Bovary, Cirano o Don Chisciotte— un puñado de canciones que ya han superado la infamia del tiempo y el escrutinio de los zoilos, pues vivir conociéndolas siempre será mejor que seguir ignorándolas: La locomotiva, Incontro, Auschwitz, Via Paolo Fabbri 43, Eskimo, Autogrill o Vorrei son algunas piezas maestras de un gran escritor que nos ha legado cientos de canciones y una docena de libros entre ensayos y novelas.
Hace exactamente medio siglo que Guccini compuso y grabó L’avvelenata, lúcido y disruptivo manifiesto de hoja perenne y valor universal. Hace solo unos días, Marta y yo (es decir, Marta y Micó) decidimos incluirla en español en el repertorio de nuestro último concierto, en el “Giardino delle Rose” de Florencia y ante un público de turistas perplejos y de italianos agradecidos por el recuerdo a su admirado compatriota recién desaparecido. Para entender la importancia y la singularidad de Francesco Guccini, basta con leer lo que cantamos:
FRANCESCO GUCCINI
LA VIPERINA
Traducción de José María Micó
Si yo hubiese previsto todo esto,
viendo el fin, el pretexto y tales conclusiones,
¿os creéis que por estas cuatro perras
y esta gloria de mierda habría hecho canciones?
Vale, lo admito, sí, me he equivocado,
y me podéis gritar “¡Crucificadlo!”,
pero debéis saber que en mi linaje,
prolífico y variado, nadie más ha estudiado.
Mi padre con razón solía decirme
que cobrar la pensión es lo más importante;
mi madre, siempre dando en el clavo,
decía que un graduado vale más que un cantante.
Joven e ingenuo, perdí la cabeza,
y con mis libros, mi provincianismo,
mi jeta de don nadie, mi arribismo sin fe,
mi pasotismo, esto es lo que me queda.
Y así a vuesas mercedes, militantes,
críticos y pedantes, les pido mil perdones:
jamás he dicho que de las canciones
florezcan la poesía ni las revoluciones.
Yo canto cuando puedo y me apetece,
al margen de silbidos o de aplausos:
si os vendo o no mis discos no me afecta,
no los compréis y luego cubridme a escupitajos.
Según vosotros qué puede importarme
tomarme la molestia de estar aquí cantando;
me da mucho más gusto emborracharme,
o masturbarme en casa, follar de vez en cuando…
Si estoy de mal humor escribo hurgando
en lo más hondo de nuestras miserias:
suelo tener que hacer cosas más serias,
como el andar tirando, aún vivo y coleando.
¡Yo todo y nada, imbécil, borrachuzo,
yo poeta y bufón, yo anárquico y fascista,
yo rico, yo pelón, yo radical,
diferente e igual, negro, hebreo, comunista!
¡Yo maricón, yo seductor cantante,
yo falso, yo veraz, cretino y genio,
yo con mi angustia aquí de madrugada,
con mi vino y mis ganas de decir sacrilegios!
Según vosotros quién me obliga a estar
atendiendo a cualquiera que tenga un calentón;
el médico sentencia “Es depresión”:
ni dentro del retrete me gozo mi momento.
Y yo que siempre he dicho que era un juego
esto de componer rimas y versos:
¡la broma es ya pesada, compañeros,
comprad mis posaderas, que las vendo a buen precio!
Colegas cantautores, grey selecta,
que se vende en la noche a cambio de millones,
vosotros que podéis hacéis muy bien
llenándoos los bolsillos, no solo los cojones.
¿Qué más puedo decir? ¡Seguid cantando,
que siempre existirá (no hay quien lo niegue)
un músico frustrado, un criticastro,
un cura o un beato soltando estupideces!
Si yo hubiese previsto todo esto,
viendo el fin y el pretexto, quizá volviera a hacerlo;
me gusta hacer canciones, beber vino,
me gusta armar jaleo, y soy de nacimiento
tan tonto que por eso visto siempre
mi ropa de diario sin disfraz:
aún tengo muchas cosas que contar
a quien quiera escuchar, ¡y a la mierda lo demás!


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