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Un hombre de Tacoma erige su propia estatua en el espacio

Un hombre de Tacoma erige su propia estatua en el espacio

Pocos habrán leído “They stopped the moving sands”, salvo en la forma de notas y diagramas de flujo, compuestos por capas y más capas de páginas desplegables, pero ese artículo que nunca se terminó —aunque apareció bajo un aspecto bastante más legible en The road to Dune— dio lugar a la saga más impresionante jamás escrita en el género de la ciencia ficción. Frank Herbert tenía treinta y seis años cuando descubrió la existencia de un proyecto del Departamento de Agricultura americano consistente en detener el corrimiento de las dunas de Oregón por medio de la plantación de hierbas. Por entonces Herbert ya había desarrollado una amplia experiencia personal sobre otro tipo de corrimientos, en este caso en el seno de su mente, a la manera de otros exploradores del inconsciente como John C. Lilly, Timothy Leary y Terence McKenna, mediante la toma controlada de psilocibina. Se dedicaba a la cría aficionada de hongos alucinógenos y a escribir relatos de ciencia ficción en sus ratos libres. Quizá no exactamente a la manera de Lilly (véase la película Altered States, de Ken Russell, pero sobre todo leamos con atención todo cuanto Lilly escribió acerca de la Entidad de Estado Sólido y su contraparte, la Oficina de Control de Coincidencias en la Tierra), pero Herbert también abrió un portal hacia una dimensión extraterrestre que en muchos sentidos redibujó la Tierra: inspiró a músicos (sobre todo a finales de la década de 1970) y a cineastas (mátenme si quieren, pero La guerra de las galaxias se lo debe casi todo a Herbert, más que a Kurosawa), redibujó el guión de las space operas venideras y, de haber salido airoso con su plan, Jodorowsky hubiera cambiado el mundo gracias a su versión cinematográfica de Dune: no logró su cometido, pero toda la epopeya que supuso el intento de rodar una película basada en la novela de Frank Herbert llegaría a ser tan apasionante —y a la larga tan influyente— como la ficción misma en la que se inspiraba.

"La única editorial que decidió publicarlo fue una firma dedicada a la edición de libros sobre reparaciones de coches, Chilton Books, pero tenía a un gran aficionado a la ciencia ficción en la plantilla que lo apostó todo por la obra de Herbert"

El primer avistamiento de Dune se produjo en diciembre de 1963, cuando Analog —la revista anteriormente conocida como Astounding Stories, todavía editada por John W. Campbell— publicó la novela corta “Dune World”, que fue serializada hasta febrero de 1964, y posteriormente la continuación, “Prophet of Dune”, que apareció entre enero y mayo de 1965. Las dos novelas tuvieron una buena acogida y Herbert se dedicó a reescribirlas —“Dune World” pasaría a ser el Libro Primero: Dune, en la obra final, y “Prophet of Dune” se dividiría en el Libro Segundo: Muad’Dib y el Libro Tercero: El profeta— mientras buscaba editor. Veinte lo rechazaron. La única editorial que decidió publicarlo (a un precio equivalente a 50 euros de hoy) fue una firma dedicada a la edición de libros sobre reparaciones de coches, Chilton Books, pero tenía a un gran aficionado a la ciencia ficción en la plantilla que lo apostó todo por la obra de Herbert. Sterling Lanier fue despedido por las malas ventas de Dune, aunque siguió involucrado en el mundo de la edición (en una firma especializada en ediciones de la Biblia), siguió escribiendo relatos fantásticos, clasificando especies animales desaparecidas e incluso algunas nunca conocidas —su segunda mayor afición era la criptozoología—, y esculpiendo preciosas figuritas basadas en los personajes de El Señor de los Anillos, que Tolkien admiraba. Su novela Hiero’s Journey, que publicó Chilton seis años después de despedirlo, fue una de las principales influencias del juego de rol Dungeons & Dragons. Ahora pensémoslo un momento: Lanier hizo que Dune terminara publicándose, se carteaba con Tolkien, introdujo sus figuritas en el canon de El Señor de los Anillos (hoy es posible encontrarlas en el Instituto Smithsonian) e influyó en un juego ampliamente extendido que a su vez desencadenó otras muchas influencias. Y todo ello reunido en un solo hombre que para el mundo en general —ese mundo que hubiera dado un vuelco, no lo olvidemos, si Jodorowsky se hubiera salido con la suya… gracias al descubrimiento de Lanier— seguirá siendo un desconocido.

Dune comenzó como novela autoconclusiva, pero su éxito entre los lectores —mucho después de que Chilton se hubiera resignado a no rentabilizarla nunca— y la propia naturaleza de la trama llevaron a Frank Herbert a continuar la saga del joven Paul, heredero de la casa Atreides e hijo de Leto Atreides, regente del planeta Caladan. Quienes no hayan leído la novela pero hayan visto aunque sea una vez las películas de La guerra de las galaxias se encontrarán en un territorio familiar: las dunas de Arrakis y los gusanos gigantes productores de una especia llamada melange tienen su reflejo en el planeta Tatooine y el sarlacc cuya guarida en las arenas sobrevuela la Bantha-II con Luke Skywalker, Han Solo y Chewbacca como prisioneros a bordo. Paul Atreides es un Luke con poderes ya prácticamente desarrollados (Paul, además, tendrá gemelos, igual que Luke es el mellizo de Leia), y todo cuanto gira en torno a Arrakis (princesas y política imperial) Lucas lo absorbe sin maquillar demasiado los detalles. Las narrativas de ambas historias son muy diferentes —y aquí yo reconozco mi absoluta devoción por las novelas de Herbert—, pero cabría decir que existe una línea en nuestro circular espacio exterior en la que se unen el remoto futuro feudal de Dune y los sucesos ocurridos hace mucho tiempo en una galaxia muy lejana.

"Frank Herbert murió en 1986, sin concluir la serie, pero su hijo Brian recopiló algunas notas y escribió junto a Kevin J. Anderson, un especialista en continuaciones y refritos, la secuela de Casa capitular Dune"

La historia de Paul Atreides se desarrolla en el siguiente capítulo de la serie, El mesías de Dune, en el que Paul, erigido como nuevo emperador, ha dejado de ser el jovencito de buen corazón de la primera novela, o lo sigue siendo pero sumado a lo que podemos llamar, sin temor a meternos en los berenjenales de Tatooine, su lado oscuro. Todavía hoy esta novela sigue siendo desconcertante —por decirlo suavemente— para muchos seguidores de la saga, aunque las reservas, o ya directamente el rechazo de los lectores, pareció suavizarse un poco desde que Lucas introdujo en Anakin Skywalker una dualidad no voy a decir similar, sino calcada de la de Paul Emperador. Tan calcada que, del mismo modo en que Herbert concedió gemelos a Paul Atreides, Lucas también se los concedió a Anakin. Las dos novelas posteriores, de hecho (Hijos de Dune y Dios emperador de Dune), se centran en la historia de los dos gemelos, Ghanima y Leto, gobernadores de Dune desde los nueve años, y especialmente en Leto, que tendrá que desafiar algunos de los designios de su padre. Herejes de Dune y Casa Capitular Dune se desarrollan prácticamente por entero alrededor de la antigua escuela de Bene Gesserit, que cualquier buen lector de Goethe, de Rilke, de Sylvia Plath, incluso de los sagrados poetas gnósticos, identificará enseguida con las misteriosas Madres, “diosas que reinan altivas en completa soledad, desconocidas para vosotros los mortales, y que a nosotros no nos gusta nombrar”, en palabras de Mefistófeles. Todo esto, como se ve, lo cuento un poco de puntillas, porque toda gran historia es un descubrimiento y no quiero arruinar las sorpresas del argumento a nadie; dicho lo cual, recomiendo encarecidamente no leer bajo ninguna circunstancia (recuerden a la mujer de Lot) los resúmenes editoriales de las contraportadas, escritos con buena voluntad bajo las servidumbres del mercado pero innecesarios para aquellos que conozcan la saga, y un destripamiento absoluto para quienes se acerquen a ella por primera vez.

Frank Herbert murió en 1986, sin concluir la serie —cuyo último capítulo, en realidad, se puede leer perfectamente como un final—, pero su hijo Brian recopiló algunas notas y escribió junto a Kevin J. Anderson, un especialista en continuaciones y refritos, la secuela de Casa Capitular Dune, dividida en dos tomos, y la friolera de diez precuelas. Es posible que no haya un escritor más dotado que Anderson para crear una supersaga alrededor de una serie de grandísimas novelas (que Arthur C. Clarke fue el primero en comparar en grandeza con El Señor de los Anillos), puesto que ha contribuido durante años a hacer crecer el universo expandido de La guerra de las galaxias (y aquí quien tenga oídos, que oiga). Pero la pregunta es: ¿todo esto tiene algo que ver con Dune? Yo no puedo responder a esa cuestión, porque ni he leído las novelas de Anderson ni tengo el menor interés en leerlas, y tampoco siento que me esté perdiendo algo por no hacerlo. Herbert creó un universo que se sostiene solo incluso —por poner una imagen a lo que es una saga inconclusa— en la punta de un único pie, y por otra parte sus relecturas son inagotables. Yo he pasado algo más de un mes leyendo por cuarta o quinta vez cada uno de sus tomos y me he encontrado con nuevos y misteriosos pasadizos que se internaban por lugares hasta ahora para mí desconocidos.

Me pregunto por qué muchos de aquellos que pueden leer a Homero maravillados por el argumento pero sin preocuparse de la forma han mostrado (y en algunos casos siguen mostrando) ese desdén a lo que se ha dado en llamar literatura de género. ¿Literatura seria, literatura para el pasto de las ovejas lectoras? Frank Herbert escribió otras muchas novelas más allá de Dune, para mí La peste blanca y Los creadores de dios entre las mejores de ellas, algunas con ideas nunca usadas, conceptos de difícil escritura como el que articula el argumento de Los ojos de Heisenberg. Sólo por estas novelas hubiera merecido un cumplido reconocimiento. Por lo que hizo en Dune merecería ser inmortal.

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Autor: Frank Herbert. Título: Saga Dune (seis tomos). Editorial: Debolsillo. Traducción: Domingo Santos y Montse Conill (revisiones de David Tejera Expósito).

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