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Sueños desde la casa amenazada

Sueños desde la casa amenazada

Valdemar, en su línea de acercar a los lectores las obras más desatendidas y (lamentablemente) más desconocidas de los autores apegados al misterio, acaba de publicar una nueva novela de Sheridan Le Fanu, del que ya han publicado algunas otras obras —recientemente Los archivos del doctor Hesselius, que incluye maravillas como “Té verde” y “Carmilla”— y del que ojalá publiquen muchas más. Lo escribo así, a la manera de una gran noticia, en primer lugar porque la publicación de un buen libro siempre supone una gran noticia, y en segundo lugar porque siempre es una gran noticia la publicación de cualquier libro (todos son buenos) de Sheridan Le Fanu. Pensemos solamente que sin él es bastante posible que nunca hubiéramos leído La vuelta de tuerca, de Henry James, ninguno de los cuentos de fantasmas de ese otro James, M. R., y quizá tampoco Drácula, al menos tal y como lo conocemos: en el capítulo expurgado finalmente de la novela completa, “El invitado de Drácula”, una doble de Carmilla aparece en el misterioso personaje de la condesa Dolingen de Gratz, ante cuya tumba se desploma un enloquecido Renfield (por lo menos quiero pensar que es él). La historia es tan buena como el misterio que rodea toda la creación de Drácula, que, por lo visto, contenía episodios hoy desaparecidos en los que Stoker revelaba los secretos de la Golden Dawn: pero a efectos narrativos y de pura estructura hizo muy bien en extraer ese capítulo inicial del conjunto y mucho mejor —no es Drácula, pero es un muy buen cuento de terror— en no quemarlo: la moda que alumbró toda una época.

"Se casó con una mujer que le dio cuatro hijos y, sin quererlo, le hizo probar los sinsabores que pueden destrozar la vida conyugal"

Sheridan Le Fanu escribió novelas históricas, relatos y novelas de misterio —lo que el mercado literario de 1860 llamaba sensation fiction, más o menos un derivado de las novelas góticas y los casos criminales al estilo de los penny dreadfuls, cuyo origen se encuentra en las novelas de Wilkie Collins—, y al contrario que muchos de sus rivales en el género, lo hacía en un estilo cuidado en el que se sostenía la clave principal de sus historias: una intensa recreación atmosférica, ese privilegio que mi querido Lovecraft consideraba muy superior a una buena trama, más que el efecto sobrenatural hacia el que Le Fanu, de hecho, sentía muy poco apego. Vivió la mayor parte de su vida entre estrecheces, escribía sobre una mesita que había pertenecido al dramaturgo y bon vivant de la Regencia Richard Brinsley Sheridan (familiar suyo y buen amigo de Byron), se casó con una mujer que le dio cuatro hijos y, sin quererlo, le hizo probar los sinsabores que pueden destrozar la vida conyugal entre un hombre imaginativo y una mujer neurótica, a la que sin embargo adoraba. Existen algunas páginas de su diario, escritas tras la muerte de su esposa, en las que las palabras “Dios”, “gran Dios”, “oh tú Dador de Vida”, “oh tú que nos perdonas por nuestros pecados”, etc., aparecen garabateados (porque son realmente garabatos: nada que ver con la elegante letra de su pobre mujer) como cincuenta o sesenta veces a lo largo de un pliego. Le Fanu se sintió muy culpable por su muerte, ocurrida en eso que se llama “misteriosas circunstancias”, un día después de su última crisis de histeria. La razón de esas crisis se deduce que tuvo como desencadenante la pérdida de fe en Dios, el gran Dios, el Dador de Vida, etc.: “Cuando mi mujer se despedía de alguien que le era muy querido siempre le abrumaba la idea insoportable de que ya nunca lo volvería a ver. Si alguien a quien apreciaba caía enfermo, aunque no corriera peligro se desesperaba y pensaba que jamás se recuperaría. Una noche, poco antes de su muerte, me torturaba la idea de que si se hubiera ganado el amor del Salvador, al menos habría tenido una seguridad y una garantía… Yo la amaba casi hasta la idolatría, pero ella siempre dudaba, y a veces incluso descreía de mi amor, por más que yo estuviera ahí declarándome, dando pruebas de ello… Su conversación y hasta sus cartas estaban siempre llenas de la muerte”. El golpe que sufrió le llevó, entre otras cosas, a no escribir ficción hasta tres años después —La casa junto al cementerio (1861) y El tío Silas (1864)—, una especie de despertar que coincidió, no sé si extrañamente, con la muerte de su madre.

"Silas es un tipo con un pasado ambiguo, jugador y libertino, al que la buena sociedad cerró sus puertas veinte años atrás a causa de un escándalo"

El tío Silas, que apareció en la habitual forma seriada con el título de Maud Ruthyn en la Dublin University Magazine, poco antes de que Richard Bentley la publicara en la también habitual división en tres tomos, era una adaptación revisada y aumentada de dos relatos cortos, “Un episodio en la historia secreta de una condesa irlandesa” (Dublin University Magazine, 1838) y “El primo asesinado”, que apareció entre los relatos de la colección Ghost Stories and Tales of Mystery en 1858. La trama, o por lo menos su costura principal, es la siguiente: Maud Ruthyn es la hija única de Austin Ruthyn de Knowl, viudo, millonario e hipocondríaco. A su muerte, los fideicomisarios de la herencia (Maud es todavía menor de edad) se sorprenden al descubrir que la joven quedará bajo la tutela del tío Silas, el hermano menor de Austin Ruthyn. Silas es un tipo con un pasado ambiguo, jugador y libertino, al que la buena sociedad cerró sus puertas veinte años atrás a causa de un escándalo “especialmente desagradable” que le proporcionó su creciente mala reputación (aquí planea la sombra, una vez más, de Byron, que no seré el primero en reconocer). Se tiene la sospecha de que Silas estuvo involucrado en la extraña muerte de un tal Mr. Charke, quien es posible que fuera asesinado. Desde el momento en que Maud llega a la casa, toda la novela, sobre la que pesa —tanto como sobre nosotros— un progresivamente turbador pathos claustrofóbico, avanza entre sucesos enigmáticos hasta culminar en ese juego para campeones de la deducción lógica que durante el siglo XIX fue poco menos que un subgénero literario: el misterio de la habitación cerrada. Misterio que aquí y allá se ve salpicado por perturbaciones en la lógica del mundo real, por grietas y desgarros en ese telón pintado que es el escenario de la (mal) llamada realidad, por fulgurantes asomos a un universo de pura imaginería ocultista que roza por momentos las visiones de Swedenborg. E. F. Benson, que al igual que Le Fanu fue un fabuloso escritor de relatos de terror, supo expresar como pocos el secreto más profundo de El tío Silas, ese “sosegado método acumulativo que conduce a un intolerable terror”:

En su destreza narrativa, en ese gradual crescendo hacia el más horrendo capítulo, titulado “La hora de la muerte”, la obra es una verdadera obra maestra del sentido de la alarma. Hay que avanzar mucho para llegar hasta el clímax, pero desde la primera página en adelante no hay pausa alguna en ese incansable plic plic plic que suponen tantos ominosos y amenazadores incidentes. Le Fanu acumula en el creciente anochecer, capítulo a capítulo, el espanto de la inmensa oscuridad. Por esta oscuridad, al principio intermitentemente, asoman los inquietantes rostros de la gobernanta francesa, de Dudley Ruthyn, del tío Silas, criaturas que son de carne y hueso pero también más horribles que cualquier fantasma. Hay momentos en que nos convencemos de que esa oscuridad, poco a poco, se va despejando, cuando ciertos personajes desaparecen de la escena. Pero si no acertamos a verlos no es porque hayan desaparecido, sino porque la noche está congregando sus sombras; y nosotros sabemos que en alguna parte de ese manto de tinieblas todos ellos estarán tramando algo, y que tarde o temprano regresarán para llevar a cabo su plan aterrador.

Contar algo más de este libro sería contar demasiado (como en general lo es contar la trama de un libro: se tiene la misma sensación de estar explicando un chiste). Pero añadiré esto, que casi siento como el supremo halago: con El tío Silas, como con cualquier historia, en realidad, de Le Fanu, siempre nos queda la impresión de haber estado en un lugar real, de haber tocado sus objetos y hasta haberlos cambiado de sitio. La imaginación de Le Fanu, a fin de cuentas, era verdaderamente poderosa. Murió durante la noche, en el 18 de Merrin Square, Dublín, el 7 de febrero de 1873, a los cincuenta y ocho años de edad, y fue enterrado, para su descanso eterno (o eso es lo que uno espera), en el cementerio —al pie de ninguna casa— de Mount Jerome. Nelson Browne, uno de sus primeros biógrafos, escribió lo siguiente acerca de su muerte:

El rastro del horror, que tan característicamente sugería la cercanía de la muerte en las historias de Le Fanu, al parecer le visitó en sus últimas horas. Durante muchos años había dormido presa del terror a sus horribles pesadillas, una de las cuales regresaba con amenazadora insistencia. En ella veía una de esas casas malditas que a menudo describe en sus novelas, una mansión tan ruinosa y tambaleante que parecía que iba a venirse abajo en cualquier momento para enterrar al soñador, que asistía a la escena con impotente horror. Esta pesadilla le resultaba tan espantosa que Le Fanu, a menudo, gritaba en sueños. Mencionó el problema a su médico, que estaba tratándole por un problema del corazón. Cuando sobrevino su final, el médico se inclinó sobre los ojos del cadáver, abiertos de puro horror, y murmuró: “Lo que temía… ¡la casa al final cayó!”

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Autor: Joseph Sheridan Le Fanu. Traductor: Pablo Sorozábal Serrano. Título: El tío Silas. Editorial: Valdemar. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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