Lentamente se va recuperando la obra de uno de los escritores y periodistas que más preocupación mostró por la vida en los barrios populares —donde se asentó la inmigración— de la Barcelona de los 60s y 70s. Ahora se publican sus cuentos inspirados en dichas zonas de la ciudad.
En Zenda ofrecemos una narración de Un hombre va: Antología de relatos (Lapislàtzuli), de Paco Candel.
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LA HIGUERA
Yo tengo una higuera. La higuera es mía porque la he plantado yo. Y porque además de plantarla, la he cuidado con cariño regándola, librando sus hojas del pulgón y su tronco de las hormigas, y podando con esmero sus ramas inútiles. Si la higuera vive me lo debe a mí. La higuera –por todo eso que acabo de contar y por algo que no sé definir– es mía. Pero la tierra en que vive, no. Esto ya es más grave.
Yo, por esa casa, y por esa tierra, a cambio de vivir en ella, y de poseerla, hago de sacristán, estoy al cargo de una portería. Otros pagan un alquiler. Estamos igual. Si algún día dejo de hacer de sacristán esta casa dejará de ser mía, y me quedaré sin casa y sin tierra. Pero lo más absurdo es que me quedaré sin higuera porque no me la podré llevar conmigo. La persona que venga detrás de mí a ocupar esa casa, esa tierra y ese empleo, tendrá una higuera que no le habrá costado nada, ni una peseta, ni diez céntimos, ni cinco centavos, he aquí la cosa extraña. A mí, la higuera, tampoco me ha costado nada. Es la única cosa que no me ha costado nada. No, aún hay otra cosa que no me ha costado ni cinco: la máquina de escribir. Me la regalaron. El cura de mi novela. Aunque tal vez pronto me quedaré sin ella porque está vieja y muy cascada. Y una cosa es cierta: que a mí no me ha costado ni cinco, pero a quien me la regaló, o a quien se la regaló a él, le costó mucho más de cinco –céntimos y duros– y más de diez también, ya lo creo. Cuando la máquina de escribir se estropee y se rompa me quedará sólo la higuera, la única cosa que no ha costado ni a mí ni a nadie dinero.
Yo, además de la higuera, la máquina, la pluma, y digamos también la tierra y la casa, tengo otras cosas. Pero nada es tan mío como la higuera.
Veréis. Por la casa y la tierra pago un alquiler, o cumplo unos deberes que para el caso es igual. Cuando deje de cumplirlos, me quedaré sin ellas. También tengo una radio. La compré y gasté bastante dinero. A pesar de ese bastante dinero que di, la radio no es el todo mía. Cada año pago una contribución para poderla conservar. El año que deje de pagar me quedaré sin ella. Esto es algo difícil de digerir.
Hace tiempo tuve un perro. Este perro se llamaba León. Lo mismo podía haberse llamado Tigre, para el caso es igual. Este perro tampoco me costó ni cinco. Lo encontré pequeñito, que lo iban a matar, porque su madre había sido demasiado prolífera. Me lo quedé. Se hizo grande y vivió catorce años. Cada año tuve que comprarle una chapa, una especie de contraseña para que pudiera deambular libremente. Además, cada verano tenía que vacunarlo; eso estaba bien. Si un año dejaba de comprarle la chapa me exponía a que me lo quitaran y fuera a parar a la panza de alguna fiera del zoológico. Si hubiera dejado de vacunarlo y hubiera mordido a alguien tal vez me la habría cargado. A veces, el perro León se iba a la calle sin chapa, sin bozal y sin collar, esto es: sin documentación, sin carnet de identidad y sin atuendo. Últimamente lo pescó la perrera. Estaba viejo y achacoso y no fui a dar veinte duros como otras veces había hecho, el precio de su libertad. Pensé que me ahorraban el tenerlo que matar. Así es que después de tantas precauciones su destino fue igualmente la panza de una fiera del zoológico.
En mi casa tengo, como todo el mundo, algunos muebles: unas camas, bastantes sillas, una mesa, un bufete, un armario. Pero esto corre el peligro de un embargo y me quedaría sin ello. Cuando el juicio por uno de mis libros, estuvo a punto de ocurrirme eso. A veces creo que la palabra “mío” es un mito, o si no, una tontería.
También tengo una biblioteca con libros. Decir esto es un poco necio, porque una biblioteca sin libros no sería una biblioteca. Sería un armario, una alacena… Aunque podría ser como las casas que construyen para los recién casados y permanecen vacías unos días antes de la boda. A pesar de no tener inquilinos son igualmente viviendas. Así es que una biblioteca puede carecer de libros y ser una biblioteca. Pero esto es un poco absurdo.
Mi biblioteca sí que tiene libros. Pocos, pero tiene. Un diccionario, unos Santos Evangelios, una enciclopedia, una historia del Arte y bastantes novelas: policíacas, de aventuras, sentimentales y, sobre todo, literarias, o con esas pretensiones.
Muchos amigos me piden prestados libros. Siempre se llevan las novelas. El diccionario, la enciclopedia y la historia del Arte nadie los toca. Los Santos Evangelios aún menos. La historia del Arte me la pidieron una vez para una consulta y no la he vuelto a ver más. Con las novelas sucede tres cuartos de lo mismo; quizás sucede más de tres cuartos, pues de veinte novelas prestadas sólo recuperé dos. Muchas personas confunden el prestar con el dar. Puede que la palabra “prestar” también sea un mito, u otra tontería, como la palabra “mío”. Puede que sí, puede que no. También puede que sea olvido. Olvido intencionado en algunos casos, desde luego, pero esto es difícil de demostrar.
Yo tengo un jilguero. Antes tenía otro. Se escapó y dejó de ser mío. Encima se lo comió un gato. Dejó de ser él y él pasó a ser del gato y gato. También tengo un periquito. Es tonto y no aprende a hablar.
Tenía una madre. Se murió. Ahora sólo tengo su recuerdo.
Tenía cinco mil pesetas. Las primeras que me dieron por una novela. Las más bonitas. Murieron de un sablazo.
Yo ya no sé lo que es mío y lo que no es mío. Tampoco sé lo que es tener y no tener. A duras penas sí comprendo lo que es prestar.
Yo tengo un reloj…
Pero es inútil cansaros más. A lo mejor esto ya lo conté antes. Aunque creo que no era un reloj; era una higuera. Puede que fuera un reloj. No, no. Era una higuera.
Qué poca memoria tengo.
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Autor: Paco Candel. Título: Un hombre va: Antología de relatos. Editorial: Lapislàtzuli. Venta: Todos tus libros.


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