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Un mal día lo tiene cualquiera

Una editora muy perspicaz me pidió que intentara narrar, durante un verano entero, historias de amor y pasiones ocultas de personas comunes y corrientes. Esto sucedió hace catorce años en el diario La Nación de Buenos Aires. Con mi libreta de apuntes y mi experiencia de reportero salí a la calle en busca de esos relatos que iban a ser ilustrados por Liniers y que intentarían capturar tramos secretos e intensos de la vida privada. El periodismo no tiene las herramientas para narrar los sentimientos, y salvo excepciones, tampoco el permiso para exhibir en carne y hueso —más allá de una visión panorámica y sociológica— lo que todos y cada uno ocultan. Muchos argentinos se mostraban deseosos por contarme sus peripecias, sus deleites y sufrimientos amorosos, y sus increíbles vueltas de tuerca. Pero a poco de conversar, me pedían que cambiara los nombres y las circunstancias, las profesiones y los lugares, y que desdibujara sus identidades mezclando su historia con otras, porque el temor a ser reconocidos era paralizante. Fue así que debí recurrir a la ficción para contar la verdad. Tuve que literaturizar las historias ciertas para poder relatarlas de un modo acabado. Utilicé deliberadamente el tono de comedia, porque no otra cosa es a veces el enamoramiento, si uno es capaz de verlo desde fuera. La serie se llamó “Corazones desatados” y se publicaba en la revista dominical, con un éxito estremecedor: llegaban 1500 cartas y correos por semana a mi despacho, donde a la vez yo escribía mis columnas políticas. Al final de esa experiencia, publiqué todo el material en un libro de Alfaguara, en el que se agregaron textos más largos como “El amor es muy puto”, “La teoría de los mamíferos” y “Un mal día lo tiene cualquiera”. A lo largo de los años, muchísimos lectores me han escrito sobre esta serie, que se transformó también en lectura nocturna por Radio Mitre. Llega por primera vez a Zenda Libros una comedia narrativa por capítulos, donde se prueba que el amor crece en las incertidumbres y que te puede dar muchas sorpresas.

***

El mundo se arreglaba y desarreglaba todos los días en Ravignani y Paraguay. Remiseros, taxistas y colectiveros de la línea 95 convergían, como una fatalidad, en el cruce de ese meridiano y ese paralelo modestamente llamado bar Montecarlo donde a veces una historia, una anécdota, un simple recuerdo imantaba los relojes, enmudecía a los mozos, congelaba los cafés y secaba las bocas. El joven Fernández, que escuchaba de lejos esas largas discusiones de la vida, y que en una solitaria mesa de un costado trataba de completar un poema interminable en un cuaderno escolar de tapa dura, solía sustraerse de los fuegos artificiales del fútbol y de los entreveros de la política, pero se quedaba prendado de todo cuanto tuviera que ver con la filosofía del sufrimiento, la química letal de ciertas mujeres y la metafísica incomprensible del amor.

Fernández era en aquel entonces, se entiende, un joven periodista que estaba leyendo a Flaubert, y que había vivido en su adolescencia algunos desengaños. Así que abrió los ojos y paró las orejas no bien una tarde cualquiera un comentario derivó en una sentencia, ésta en un refrán y éste en el boceto a mano alzada de una leyenda barrial, ejemplificadora y supuestamente moralizante.

Lo que allí se relataba, y aquí se transcribe, tiene relación con la prehistoria de un tal Bruno Tolosa, muchacho maduro y emprendedor que purgaba cadena perpetua en Sierra Chica por un crimen que no había cometido. Además de ser un hombre taciturno y malquerido que había escapado sistemáticamente del matrimonio, Tolosa era un porteño típico que paraba la olla con su heroico Renault 12 y sus quince horas diarias de yiro y banderita. Un burrero sentimental, un devoto de Ceferino. Un ocasional levantador de minas que terminaba siempre solo.

A Bruno Tolosa le pasó, entonces, esto que empezó una mañana en las inmediaciones del viejo correo de la calle Serrano. Se ve que la mujer había despachado una carta o una encomienda y que ahora buscaba, indecisa, un taxi para volver a casa, parada y agarrada de su cartera justo en la vereda del Rosedal, aquel cine que luego se cayó a pedazos y donde, según dice la tradición oral, el padre soñó alguna vez con ser Tyrone Power y Carmina se enamoró perdidamente de Gary Cooper. Tolosa, que quizás nunca había visto ni vería Sangre y arena pero a quien el destino urdía irónicamente su hora señalada, frenó en el cordón y permitió que la señora se le metiera por la puerta trasera. Y le cambiara bruscamente la vida.

Era, para resumirlo de algún modo, una pelirroja que rajaba la tierra. Bruno le encontró los ojos verdes en el espejo retrovisor y le adivinó el busto firme, la cintura delgada, las piernas suaves. Le calculó, a vuelo de pájaro, treinta y ocho recién cumplidos y una posición económica más bien holgada. Hasta Malabia y Córdoba, decretó ella sosteniéndole la mirada, y encendió un cigarrillo. La mujer no era muy original: parecía una gata en celo. Cualquier tachero con cierta experiencia sabe que una de cada cincuenta cumple el rito de ser esa clase de dama, y que la encrucijada exige perder la cabeza o hacerse olímpicamente el otario. Tolosa no quería pasar por lo que no era, así que no bajó la vista ni el pabellón, y le sacó conversación como quien afila un lápiz. Al rato la pelirroja se moría de risa y el galán se ufanaba secretamente de sus destrezas. Pero el trayecto era demasiado corto para tanta suerte, y Bruno debió contentarse con una propina. La mujer se apeó en la sombra de un edificio altísimo y taconeó tres baldosas, se detuvo como si hubiera olvidado algo y volvió hasta la ventanilla abierta. Usted me cae simpático —le dijo al chofer, y éste se cayó metafóricamente de culo—. ¿No tiene un teléfono donde ubicarlo? A veces hago viajes largos y preferiría recurrir a gente de confianza. No sé si me entiende… —Pero cómo no voy a entenderla. Le garabateó en un papelucho un número de seis cifras, y le miró las nalgas orgullosas alejándose por la vereda y la última sonrisa al cerrar desde adentro la puerta de cristal.

Luego pasó cinco días esperando una llamada y hasta merodeó la avenida Córdoba buscando una carambola. Y al cumplirse una semana soñó que la dama era la mismísima Rita Hayworth. Soñó que, en realidad, aquella mañana milagrosa ella no había salido del correo sino del cine Rosedal y que Bruno Tolosa era un torero caído en sus brazos y bajo sus pérfidos influjos. Lo despertó la cornada final de un toro, y en la oscuridad de su pieza confundió por un momento su transpiración con la sangre y su turbación con la muerte, y se dio cuenta de golpe que estaba enamorado.

A la noche siguiente sonó por fin el teléfono y Tolosa escuchó la voz deseada. Era muy tarde y el taxista debía montar guardia en Malabia hasta que la dama saliera. El destino de aquel viaje nocturno permanecía en la nebulosa, pero por supuesto a Bruno eso le importaba un comino. A Bruno sólo le interesaba una cosa. Se perfumó, se acicaló, se peinó tres veces, se vistió como para ir a una fiesta, y puso su ahora reluciente Renault 12 en la calle solitaria. Sintonizó unos tangos de Magaldi y juntó orina durante más de una hora. Cuando miró su reloj era medianoche.

Cuando levantó la vista descubrió a la pelirroja atravesando el umbral y corriendo hasta el auto. Enseguida percibió que algo andaba mal. Aquella hembra no podía correr en vano, no iba con su naturaleza. Y aquellas manchas que le bajaban de la cara, le abrillantaban los brazos y le mojaban el vestido color pastel no parecían pinceladas de tintura roja. Parecían exactamente lo que eran: líquido de venas, arterias y filamentos. Fluido humano, pruebas irrefutables de una tragedia. ¡Sáqueme de acá, por favor, sáqueme de acá!, le gritaba ella con voz inaudible. Tolosa imaginó a un caballero persiguiéndola por el pasillo con los ojos desorbitados y un cuchillo de carnicero en la mano derecha. Trató entonces de hacer dos o tres movimientos desesperados, como bajarse y pedir auxilio en esa cuadra sombría y desierta, o proteger con el suyo el cuerpo de la señora. Pero no atinó más que a encender el motor, y a comprobar que el asesino del cuchillo no existía y que la pelirroja se había zambullido de nuevo en el interior de su Renault 12. Arrancó irreflexivamente y salió arando adoquines como si se lo estuviera llevando el diablo. Y efectivamente así era, aunque Bruno Tolosa no lo admitiera jamás.

¿Qué pasó? —le preguntaba a cien por esos oscuros caminos del infierno—. ¿Qué pasó, por Dios? Rita Hayworth permanecía atornillada a su silencio, petrificada contra el vidrio, ensangrentada sin soltar prenda. Con la mirada desvariada y las uñas clavadas en el tapizado. Con el aliento cortado y la boca abierta.

Veinte cuadras después, Tolosa tuvo el primer impulso racional de toda la noche.

—Tengo que llevarla a una comisaría —dijo.

—Doble a la izquierda —oyó entonces que ella le ordenaba: le castañeteaban los dientes, le flameaban los huesos. Tolosa, más por desconcierto que por subordinación, obedeció ciegamente: su auto giró por Niceto Vega. A la izquierda —repitió la mujer—. Siempre a la izquierda.

Para cuando logró recuperar plenamente sus sentidos, Bruno y su macabra pasajera estaban estacionados en los apagados ecos de una playa techada. La playa de un hotel alojamiento. Sin que nadie le dijera nada, el taxista demudado puso la cara y recogió la llave. La habitación quedaba en el primer piso. La pelirroja entró en el baño, se desvistió con la puerta entornada y se refregó enérgicamente el cuerpo bajo la ducha. Tolosa era un mueble. No podía levantarse de la cama, donde había caído sentado, con los hombros derrumbados y el alma perdida. De tanto en tanto, respiraba profundamente como para espantar las náuseas. De repente, preguntó sin intención de que le contestaran: ¿Está herida? ¿No quiere que la lleve a un hospital? La mujer cerró las canillas y emergió desnuda del vapor. Tenía la carne sana, segura y enrojecida por el frenesí de la esponja. Una cifra infinita de pecas y pezones violáceos, y un vello púbico que hacía juego con aquella cinematográfica cabellera. Abrazame, le dijo.

En las tertulias del Montecarlo, un colectivero que la iba de gomía juraba por los Santos Evangelios que varias noches después de aquella noche de locos, Tolosa se sinceró por única y última vez. Y que en aquella histórica oportunidad confesó todo lo que luego negaría: la mujer se lo había fornicado sin pausa y sin desmayos hasta las tres de la madrugada. Y por fin entonces, boca arriba, le había contado la verdad. La verdad era que la señora acababa de asesinar a su marido. Pero no se trataba de un homicidio premeditado y a sangre fría. La dama alegaba defensa propia, justa causa y emoción violenta. La dama incomprendida era una mujer golpeada.

Tolosa, a esa altura, no estaba para discernir si calentaban más las brasas que el fuego. Y los atenuantes judiciales no le quitaban precisamente el frío. Pero la mujer era, como casi todas las mujeres, demasiado persuasiva, y esa boca lo sacó a tiempo del escepticismo y los miedos, y le hizo recordar que lo suyo era amor a primera vista. Un amor correspondido. En este mundo, lamentablemente, no hay perdón para los incautos. Y el taxista embrujado en ese amanecer inolvidable perdió la lucidez, saboteó su instinto de supervivencia, rompió la lógica, se dejó envolver por aquel tardío entusiasmo juvenil y se transformó así en un autómata desfalleciente de pasión, dispuesto íntimamente a probar que a veces la locura tiene sentido.

No fue ajena a esa metamorfosis la pelirroja compungida, quien desplegaba sobre las sábanas una historia regada de martirios sobre su matrimonio y alusiones más o menos fantásticas sobre aquel fortuito encuentro entre dos almas gemelas. Es difícil creer en las casualidades. Y como Marlowe bien sabía, tampoco en ciertas pelirrojas. Pero Tolosa no había leído a Chandler, y en su nuevo delirio ahora no cabían los temores ni las suspicacias. Se quedó dormido con el odio en las entrañas, soñó con aquel malvado golpeador de mujeres indefensas y se despertó con ganas de volver a matarlo. Se vistió con rapidez y bajó hasta el estacionamiento. Sacó del baúl un mameluco lleno de grasa y gasoil, subió y despertó a su amante con una caricia, y le ordenó con un beso en el vientre que se lo pusiera. Recogió mientras tanto las prendas ensangrentadas, las metió dentro de una bolsa de residuos, y limpió con su propio pañuelo los pequeños rastros que la mujer ya había limpiado en los rincones de aquel baño aséptico. Pagó lo que se adeudaba en la planta baja, rodó por Fitz Roy hasta Soler, giró y arrojó la bolsa en un baldío, y siguió viaje hasta Dorrego. Tomó hacia el oeste y apagó el motor frente a un gigantesco inquilinato lleno de helechos, malvones, gitanos, paraguayos, italianos, gordas ociosas, chicos de caras sucias y cotorras enjauladas.

En aquel bullicioso mundo de piezas húmedas y calentadores, que alguna vez existió en los confines de Palermo Pobre y donde Bruno vivía como un fantasma desde que tenía memoria, nadie miraba a nadie. Nadie se fijó, por lo tanto, en el taxista y su amiga de pelo recogido y mameluco de mecánico. Nadie la oyó gritar cuando él arremetió contra ella por detrás en una mutua y sorda confirmación de que ambos anhelaban cruzar juntos, y con premura, todos los límites y fronteras. A nadie le importó que, pese al batifondo, los enamorados durmieran hasta que cayera el sol. Nadie registró la furtiva salida del Romeo en busca de otro vestido y de un bocado para la cena. Y, finalmente, nadie se percató, porque todos reposaban, de que Bruno Tolosa condujo su Renault hasta Malabia y Córdoba, que abrió con llavero prestado la puerta de cristal y que subió en ascensor hasta el tercer piso.

El cadáver, el cuchillo y la sangre permanecían donde la mujer los había dejado. El hombre, en mangas de camisa, yacía sentado contra una estufa, en un costado del living. Tenía los ojos abiertos, la piel acerada, la carne rígida y tres puñaladas entre el mentón y el escroto. Había dejado de sangrar luego de haber sangrado como un cerdo. Y el río coagulado llegaba hasta la cocina. Tolosa levantó el cuchillo, lo observó de cerca, lo lavó con detergente, lo secó con repasador y lo devolvió al cajón. Con ese simple acto de limpieza, ambos dejaron de ser lo que parecían: el arma homicida y el muchacho inocente.

Bruno se quitó la ropa, los zapatos y las medias, se quedó en calzoncillos, se sirvió un whisky y puso manos a la obra. Primero movió el cadáver hacia la derecha y luego lo arrastró trabajosamente hasta la bañadera. Lo acostó, abrió la canilla y dejó que la lluvia caliente purificara largamente ese cuerpo vestido y mancillado por los coágulos. Echó lavandina, amoníaco, jabón en polvo y otras sustancias lacerantes sobre el piso anegado, y removió con cepillo y virulana durante horas aquel enchastre. Terminó agotado. Se tomó otro whisky y cerró la canilla. Después buscó cuerdas en el lavadero, corrió una mesa y dos sillas, tiró de una alfombra y la acercó hasta el baño. Con sus últimas fuerzas, consiguió acostar el cadáver en ella, enrollarlo y atarlo como a un matambre, y sacarlo al palier. Lo abandonó allí unos minutos, en la oscuridad, mientras se vestía, ordenaba lo desordenado, cuidaba los detalles y encontraba en una cómoda las llaves del auto y la cochera.

La voz de la mujer, que a esa hora velaba insomne en un lejano inquilinato de mala muerte, lo guiaba por ese terreno desconocido. La mujer le había dicho que tenían un Falcon color crema. Tolosa y su paquete bajaron en ascensor hasta aquel cementerio de autos dormidos sin cruzarse con ningún ser humano. El paquete goteaba agua turbia, pero no se resistía. Fue a dar con sus huesos al baúl y se quedó calladito durante todo aquel periplo demencial. Bruno manejaba tranquilo por una ciudad tormentosa. Paró en una estación de servicio para comprar un bidón de nafta, salió a la ruta y le pegó duro hasta que la pampa y el amanecer comenzaron a insinuarse. Se metió entonces por una tranquera abierta de par en par, cruzó pajonales inhóspitos y se detuvo bajo una alameda. No había una luz a cien mil metros a la redonda. Roció la carrocería con la nafta. Abrió la tapa del tanque, empapó una franela, colocó una punta adentro y otra afuera, y prendió con su encendedor la mecha. Pudo correr veinte metros antes de escuchar la explosión y recibir de espaldas la onda expansiva. Resbaló, cayó en el barro y, aturdido, vio cómo las llamas envolvían al Falcon y lo convertían en una enorme calavera.

Siguió corriendo sin mirar atrás, salió por una huella hasta el asfalto, y trotó por la banquina hasta que los pulmones lo dejaron boqueando espuma. Después siguió caminando y caminando en la negrura, sin intentar detener los camiones que pasaban a su lado como flechas. Cuando se hizo de día, sintió que era invulnerable. Alcanzó un pueblito, subió a un micro, se bajó en una estación, tomó un tren, paró un colectivo, entró en la pieza y penetró a la mujer. Luego hablaron en voz muy baja, fumando y chequeando punto por punto el plan maestro, y se vistieron a desgano.

Sabían que lo ineludible sobrevendría, y que el momento exigía espíritu de sacrificio, temple de acero y amor a prueba de tiempo y distancias. Por razones que escapaban a la razón, los dos confesaban el súbito deseo de ser uno para ahora y para siempre. Decían, obviamente, no haber experimentado nunca antes sentimiento tan sublime y que todo lo ocurrido estaba escrito en alguna parte. Y en esto último, al menos, no se equivocaban. El taxista había levantado a la pelirroja en la vereda del Rosedal para que los sueños de James M. Cain revivieran, para que el pacto de sangre se cumpliera por fin y para que el cartero llamara dos veces. Pero ninguno de los dos podía tener conciencia de que existían bajo esos designios, así que siguieron adelante escribiendo un libro que ya estaba escrito, subieron a un taxi y regresaron a Malabia.

Él pagó y se mudó discretamente a su Renault. Ella cruzó la calle como un hada y desapareció por el vestíbulo. Él arrancó despacio y se mimetizó en los remolinos del tránsito. Ella entró en su departamento, limpió obsesivamente lo que ya estaba limpio y marcó el 101.

Poco y nada sabían los narradores de leyendas urbanas que anidaban en el bar de Ravignani sobre lo que pasó durante aquel lunes signado por las incertidumbres y los engaños. Imaginaban, a lo sumo, que algún principal aburrido había tomado la denuncia y la había archivado en el anaquel de las personas desaparecidas. Conjeturaban, sin embargo, que Bruno Tolosa había sufrido más que nadie el aislamiento. Y que se habría enterado una semana más tarde, y quizás sólo gracias a la enjundia de los vespertinos, que agudos detectives ya investigaban en el sur los esqueletos de un hombre y su Falcon color crema.

Es fácil deducir que el taxista, como la primera vez, yiraba y yiraba esperando una llamada, una noticia, un aviso. Se emborrachaba en la cama, mirando el techo, recordando el roce íntimo de los cuerpos ardientes y escuchando el escándalo lejano de las cotorras. Sufría alucinaciones, penaba por lo que se le había resbalado y pensaba seriamente que ni siquiera lo había merecido.

Un día, inopinadamente, un vecino le gritó que tenía teléfono en el pasillo, y salió a atender en pijama y camiseta a ese patio de cinco grados bajo cero. La voz de ella le vino como un rayo y le electrocutó el corazón. Era, no obstante, una voz fría, impersonal. La voz de quien se siente espiada y no puede dar rienda suelta a sus emociones. Tolosa le siguió el juego: reprimió el tuteo, postergó la alegría y aceptó pasar a buscarla a la seis en punto con rigor profesional.

A las seis y un minuto la pelirroja se coló por la puerta trasera y le dijo, en tono lacónico y falsamente autoritario: Voy al centro. Bruno bajó la banderita y simuló concentrarse en aquella doméstica misión. Me están vigilando —le explicó ella en un susurro—. Dan por hecho que fue robo seguido de muerte, pero igual insisten en molestarme. Habrá que tener paciencia. —Soy la persona más paciente del mundo. Era una mentira dentro de otra gran mentira. Ella le habló nerviosamente de amor. Él no pudo contener una lágrima. Estaban tan cerca y tan lejos. Se prometían purezas y obscenidades con cara de póquer, pendientes del espejo, separados por un asiento, crucificados por esa conversación esquizofrénica que ella cortaba de tanto en tanto para bajar en alguna vidriera. Una comedia sexual, un drama de locutorio mientras él fichaba una fortuna y ella iba graciosamente de compras.

De regreso en Malabia y Córdoba, Rita Hayworth le dio un billete sin tocarle la mano y se bajó con una espina en la garganta. Tolosa tapó con gamuza la banderita, buscó los baños de un restaurante y se vomitó hasta los zapatos. A partir de entonces, una vez por semana, la pelirroja que rajaba la tierra volvía a convocarlo para algún paseo intrascendente. Bruno vivía el resto de su vida para esos fugaces encuentros donde aprendieron a conocerse mejor y a adivinarse el pensamiento.

Al final de una vuelta, a casi dos meses de aquella desgracia, el chofer aceleró por Niceto Vega, se metió en el hotel alojamiento y le arrancó a la dama algunos gritos de placer. Esa imprudencia rompió para siempre la rutina y los persuadió de que el caso estaba definitivamente cerrado.

Los polemistas del Montecarlo llegaban a este punto con opinión unánime. Aquella mujer era ya la mismísima encarnación del demonio. La tradicional instigadora, la organizadora de conjuras, la homicida ambiciosa, calculadora y traicionera que usaba y tiraba a los hombres. La viuda negra. El gomía de Tolosa, que no tocaba de oído, los dejaba venir al pie con una sonrisa canchera. Los demás tejían conjeturas, apresuraban conclusiones, dictaban doctrinas. En lugar de reexaminar el centro del problema, salteaban el desenlace y concentraban sus esfuerzos en reconstruir el fantasmagórico itinerario de aquella Rita Hayworth de los suburbios del mundo, que ahora mismo nadaba por la vida libre de culpa y cargo.

Después de los extraordinarios sucesos, la pelirroja había cobrado la herencia, había vendido a buen precio el departamento de Malabia y había desaparecido. Unos decían haberla visto en la cola de un cine de Olazábal y Cabildo. Los tacheros sensibles de Flores, con quienes había periódicos contactos, informaban de un episodio similar pero en un escenario distinto: un teatro en decadencia que luego fue un teatro en ruinas, una casa de masajes, una financiera y, muchísimos años después de aquel año truculento, un shopping. Otro remisero que había pasado por otario confesaba haberla subido en Chacarita y haber eludido, como quien elude el canto de las sirenas, esos ojos verdes en el espejo de las miradas fatales.

Todos se preguntaban de qué material estaba hecha aquella hembra. De insidia y celuloide, pensaban algunos. De humo y cicuta, pensaban otros. Del material con que se fabrican los sueños, parafraseó de repente el gomía del susodicho, que no conocía a Hammett pero que parecía ser el dueño de la pelota. Hubo una nueva ronda de cafés, el silencio cayó sobre las mesas y Fernández cerró el cuaderno como quien cierra la urna con las cenizas de un amigo. La verdad, entonces, se impuso. Y nada fue lo que aparentaba en un principio.

Porque aquella pérfida pelirroja se había propuesto ir contra la corriente y reescribir la historia clásica, seguir fiel y enamorada de aquel hombre insignificante, fantasear con el matrimonio y gozar para siempre con aquella comunión de corazones desatados. Era ella quien lo arrastraba por esos meses de felicidad y plenitud. Era ella quien le rogaba libreta y convivencia. Era ella quien motorizaba esa pareja romántica que vagaba por Buenos Aires en busca del tiempo perdido. Bruno Tolosa llegó a amarla tanto, en ese interregno maravilloso, que por doler le dolía hasta el aliento. Notaba, como un adolescente, que su cuerpo cambiaba. Que sólo la poesía española, recitada por ella durante las horas que proseguían al orgasmo, interpretaba cabalmente su ardor. Y que la inesperada idolatría que profesaba y recibía formaba una nueva dimensión, lo elevaba a un estado de gracia nunca alcanzado y lo colocaba en el peligroso Olimpo de los amantes capaces de todo.

Ocurrió, en medio de ese océano de éxtasis, lo que no debería haber ocurrido jamás. Remando una tarde por los lagos de Palermo, Tolosa sorprendió una sombra en los ojos de su compañera. Comprendió, en un instante, que pese a tanta querencia, algo perturbaría hasta el fin de los tiempos a la mujer que le había enseñado la luz. Esa perturbación tenía que ver con aquella muerte. Con aquellas compulsivas puñaladas, con aquella sangre. Se dio cuenta de que la dama jamás llegaría a ser verdaderamente feliz porque aquel acto deleznable había instalado un cáncer que no podía extirparse con el olvido. Y que, con el correr de los años, esa enfermedad crearía metástasis y terminaría corrompiendo lo que ellos habían fabricado en aquellas semanas infinitas de unión y deleite.

Cuando esta sensación sedimentó en el alma de Bruno Tolosa y la sombra de la culpa persistió en el semblante de la mujer de su vida, el taxista errante se golpeó la cabeza contra la pared, se emborrachó una noche y resolvió durante un amanecer que el amor, en su última escala, más allá de la barrera del sonido, puede incluso correr el riesgo de ser unilateral. Y que para borrar el peso de aquella muerte, debía apoderarse de ella y empezar a nombrarla en primera persona.

Con una excusa, uno de esos atardeceres Bruno se jactó del homicidio como si realmente él lo hubiera perpetrado. Pasó de ser cómplice a ser autor material. Y aunque su dama de compañía lo reprendió en voz baja, no pudo o no quiso en los días siguientes desbaratar tanta convicción. El crimen, que siempre había sido omitido en sus conversaciones pero que se había mantenido allí latente, se transformó como por arte de magia en una obsesión monotemática y riesgosa. Tolosa repetía una y otra vez los procedimientos imaginarios mientras paseaban tomados de la mano, y la mujer no se atrevía a llevarle la contra. El asesino que no había asesinado forzó así la realidad y se hizo cargo de la sombra, que paulatinamente fue pasando de la mirada de la mujer a la mirada del hombre.

Y hubo un momento en que la mentira repetida cien veces se convirtió en verdad, y en que ninguno de los dos fue capaz de distinguir quién había hecho qué cosa durante aquella noche maldita. Tolosa, cumplido su cometido, comenzó a llevar su cruz, abusó del whisky y de la ginebra, se encerró en sí mismo, se dejó carcomer por la culpa y se sintió, en el ocaso de su calvario, indigno del amor. La pelirroja trató de ayudarlo, pero fue rechazada y convencida, por los hechos y por los deseos de exculpación de su propia conciencia, de que aquel hombre abruptamente violento y soez nunca había sido quien había simulado ser, y que su pecado mortal jamás sería perdonado por Dios. Ni por ella misma.

Sin recordar lo que antes había dicho a su confesor de Ravignani y Paraguay, Tolosa volvió a embriagarse en presencia de su gomía y a contarle cómo había deseado a la mujer de su prójimo, cómo había acechado la llegada de su marido, cómo lo había acuchillado y cómo había quemado, bajo una alameda las evidencias del caso. En esa remozada historia, Bruno era un taxista obsesionado por una mujer casada que no le daba calce. Y que luego, a pesar de la temprana viudez y la obvia soledad, había seguido ignorándolo. El gomía percibía de alguna manera que Bruno había enloquecido pero también que la dama lo acompañaba en ese insólito sentimiento. No se veían más porque, en realidad, nunca había habido nada entre ellos dos. Y todo lo que quedaba ahora era el legítimo desconsuelo de la viuda que había perdido esposo, y los remordimientos de un criminal que había matado en vano. No tardó mucho en entregarse a la policía.

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