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Un mundo de (estúpidas) fronteras

Un mundo de (estúpidas) fronteras

Muy justo de ingresos debía de ir Rulo, ex cantante de La Fuga, cuando compuso aquello de “que yo no tengo dinero para comprarte la luna, yo tengo los billetes en guitarras y en cantinas”. Y es que poseer un acre de la luna no sale nada caro. 24,99 dólares para ser exactos.

En 1980, recién divorciado y con mucho tiempo libre, el estadounidense Dennis M. Hope tuvo una idea que podría estar entre las mejores muestras de picaresca empresarial de la historia: vender parcelas en la luna y varios planetas del sistema solar. Hope utilizó un resquicio legal en el Tratado del Espacio Exterior, en el cual se establece que los cuerpos celestes no pueden pertenecer a ningún Estado, pero no dice nada sobre los individuos. De esta forma, el empresario, tras enviar un comunicado con sus intenciones a la Organización de Naciones Unidas y no recibir respuesta, procedió a registrar, subdividir y vender las propiedades de la luna y varios planetas del Sistema Solar a través de su empresa Lunar Embassy.

A día de hoy, Lunar Embassy cuenta con 6 millones de clientes, una constitución creada en 2004 y un sistema de presidencia, el llamado Gobierno Galáctico, con moneda y bandera propias.

Dividir la luna, dividir la Tierra

Entre los clientes de Lunar Embassy, aparte de Clint Eastwood y George W. Bush, se encuentra Rubén Martín de Lucas, artista visual y antiguo miembro fundador del grupo multidisciplinar Boa Mistura. Inspirado por el peculiar negocio de Dennis Hope, Martín de Lucas realizó en 2015 un proyecto artístico llamado Stupid Borders. En él, el autor creó repúblicas mínimas de 100 metros cuadrados, de un día de duración y habitadas por una sola persona, las cuales exhibió a modo de piezas visuales en diferentes galerías del territorio español.

"Todo se funde o colapsa, donde se mezclan los idiomas y los rasgos, donde el odio adquiere las características de un ser vivo que nace y muere."

Dos años después, ese proyecto aparece ampliado, junto a otros dos de sus trabajos, Génesis 1.28 y La traza vacía, en la exposición Geometrías de una Presencia Efímera, en el Centro de Arte Caja de Burgos. En ellos, el autor reflexiona sobre el comportamiento del ser humano hacia la tierra y el paisaje. Génesis trata sobre el mensaje bíblico de “creced, multiplicaos y someted la Tierra”. La traza vacía muestra 18 fotografías aéreas de sectores de la Península Ibérica elegidos al azar en los que el artista cubre de pintura negra todo espacio donde exista la huella del hombre. “El resultado es tremendo porque siendo algo aleatorio hay entre un 70 y un 80% de negro. El espacio que el hombre deja para que el resto de especies puedan fluir libremente es menor del que imaginamos” dice Martín de Lucas mientras conversamos en la mesa de su estudio en Madrid.

Para Rubén, el ser humano aun está inmaduro como especie porque permanece apegado a conceptos como país, frontera y bandera. Estos son entidades que son “solo una idea dentro del imaginario colectivo, pero no son reales por sí mismas. Una montaña sí representa una realidad física. Nos pelamos por cosas ficticias, inexistentes”. En 2016 hubo 33 conflictos armados y 87 escenarios de tensión en el mundo, según el informe anual redactado por la Escola de Cultura de Pau de la Universitat Autònoma de Barcelona. Gran parte de estos conflictos fueron provocados por motivos de territorio y frontera, esos lugares donde “todo se funde o colapsa, donde se mezclan los idiomas y los rasgos, donde el odio adquiere las características de un ser vivo que nace y muere” como escribe Virginia Mendoza en Heridas del viento, su libro de crónicas sobre Armenia, uno de los territorios que más veces ha visto cambiar sus fronteras a lo largo de la historia.

Heredarás la tierra

Poseer un trozo de la luna nos parece algo cómico, ridículo, pero ¿y un trozo de la Tierra? ¿Cómo podemos poseer algo que nos trasciende en edad?“. Esta es la premisa que el autor toma como eje central del corto documental Stupid borders, que acompaña a la exposición. Existe una idea muy presente en los seres humanos, que es la de pertenecer a un lugar como una forma de tener noción de nosotros mismos. Nuestras vidas, nuestra memoria e incluso nuestra identidad están entretejidas con los lugares que habitamos, pero muchas veces el concepto de pertenecer se confunde con el hecho de poseer. “Nos creemos dueños de la Tierra y entendemos como algo natural el hecho de que un trocito de su superficie nos pueda pertenecer, cuando nuestra presencia aquí no significa apenas nada en el cómputo global del planeta“, señala Martín de Lucas.

"Nuestro concepto de paisaje y de naturaleza siempre lo visibilizamos como algo que está ahí fuera, alejado de nosotros."

En Fuera del mapa, título publicado por la editorial Blackie Books, el escritor y profesor universitario de geografía social Alastair Bonnet habla sobre el concepto de propiedad a través de la figura del artista Gordon Matta-Clark. A comienzos de los años setenta, para su proyecto Fincas falsas, Matta-Clark comenzó a comprar en la ciudad de Nueva York pedazos de suelo denominados espacios residuales. Estos son territorios inservibles que quedan entre edificios contiguos. Matta-Clark llegó a comprar hasta quince de estos espacios y, durante los años siguientes, se dedicó a fotografiar y a coleccionar todos los documentos burocráticos existentes relacionados con cada una de estas propiedades.

Esta desconcertante obsesión por los espacios inútiles no tenía otro objetivo que servir de crítica mediante la reducción al absurdo del concepto de propiedad privada. En Object to be destroyed, su estudio sobre la obra de Matta-Clark, la historiadora de arte Pamela M. Lee explica la motivación del artista basándola en el concepto de Marx sobre la propiedad privada, que “nos ha vuelto tan estúpidos y cortos de miras que un objeto solamente es nuestro cuando lo poseemos“.

Documental Stupid Borders

Un desierto humano

Otro de los puntos principales en los que se centra Geometrías de una Presencia Efímera es el concepto de ecosistema. En Génesis 1.28, Martín de Lucas muestra el error de base en el que caemos al “supeditar y poner todo al servicio del ser humano. El hombre pertenece a un ecosistema en el que todos los nodos tienen la misma importancia. De hecho, nuestro concepto de paisaje y de naturaleza siempre lo visibilizamos como algo que está ahí fuera, alejado de nosotros“.

"Los seres humanos tenemos la capacidad de crear nuestros propios ecosistemas y separarnos del resto de seres vivos y, a su vez, dentro de nuestro propio medio, creamos fronteras para separarnos entre nosotros mismos."

Esta percepción de lejanía respecto a la naturaleza se ve incrementada por el aumento de población en las ciudades, las cuales son el “gran preservativo”, como define el artista . “La ciudad nos aísla del resto de las especies: pisamos asfalto y aceras, entre los edificios apenas vemos el horizonte, no hay otros seres más allá de los animales domésticos, nos relacionamos a través de internet, una red creada por y para nosotros. Vivimos en un ecosistema fabricado solo para los humanos.

 

Pero no solo las ciudades aíslan al hombre en su propio ecosistema. El espacio fuera de las áreas urbanas, aun despoblado, está formado por enormes retales de tierra, en su mayoría monocultivos. A estos monocultivos el artista los llama “desiertos, porque donde hay un monocultivo significa que predomina una sola especie, y un sitio donde solo hay una especie no es un ecosistema, eso no se mantiene por sí solo“. De esta forma, como una figura geométrica perfecta, la exposición se cierra, volviendo al tema tratado en La traza vacía. Ese espacio en negro pintado sobre las 18 fotografías aéreas no es otra cosa sino un desierto. Un desierto humano.

Los seres humanos tenemos la capacidad de crear nuestros propios ecosistemas y separarnos del resto de seres vivos y, a su vez, dentro de nuestro propio medio, creamos fronteras para separarnos entre nosotros mismos. Fronteras dentro de fronteras, enclaves dentro de otros enclaves, como infinitas muñecas rusas que se fagocitan unas a otras, cada cual más pequeña y más oculta, hasta llegar a un límite en el que la única solución sea comprar un acre en la luna y soñar con que, algún día, una nave nos aleje de este planeta que alguien pintó completamente de negro.

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En esta ocasión en La Orquesta del Titánic toca un violinista de dedos habilidosos, oído fino y gran talento, Dani Keral. Blogger creativo, cronista de la anécdota y cuyos libros espero estén en breve en las estanterías de mi librería favorita.