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Un proyecto editorial hispano

Un proyecto editorial hispano

Dice en su página web casi como una declaración de principios: “Drácena pretende difundir textos editados y extraviados en el tiempo y, por supuesto, tantos cuantos inéditos nos gusten, con una única condición: que hayan sido concebidos en lengua española”. Y añade más abajo: “No importa de dónde sean [los autores] y cómo vengan, ni ellos, ni sus textos; lo que importa es su uso acendrado y particular de la lengua para recrear el mundo. A eso, a su literatura, nos atendremos siempre para editar un texto”.

Con solo este puñado de frases bastaría para definir a Drácena: una editorial que solo edita originales concebidos en castellano, de este o de aquel lado del Atlántico, o quién sabe de dónde. Sin embargo, como esta intrépida “dragoncilla” de las letras suma ya un puñado de años, acumula su historia, minúscula pero salpicada de avatares. Y como suele suceder, estas circunstancias no han sido siempre halagüeñas; ha habido sus chascos y hasta sus desengaños, de los que no conviene culpar a nadie, sino hacer de tripas corazón y enmendarse la plana. Dejemos pues algunos jalones de esta pequeña memoria de la editorial.

"La editorial suma veintiocho ejemplares publicados, clasificados entre sus tres colecciones"

En la primavera de 2012, cuatro amigos se reunieron, en un café de Madrid, para editar en formato ebook un blog: Los cuadernos de un amante ocioso, de Gastón Segura. Como su autor —uno de los cuatro— se negara, salvo que constituyesen una editorial para que este título se viera arropado por otros hermanos de camada, los cuatro —más bien escasos de cuartos— decidieron crear una asociación cultural. Así nació Drácena, en junio de 2012, y sus primeros títulos fueron este, más Crasheado, del mexicano Blas Valdez y el primer escrito, inédito en España, de Roberto Arlt: Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires.

De inmediato pasaron a la edición llamada “impresión bajo demanda”, que facilitaba y facilita Amazon. Y como quiera que el asunto no marchaba mal del todo, consiguieron interesar a ese hombre inefable y siempre generoso que es Diego Hidalgo para que patrocinara el empeño. Hidalgo reunió a un puñado de sus amigos, pusieron un pequeño capital y, en enero de 2015, Drácena comenzaba a distribuir sus títulos entre las librerías españolas.

Desde entonces hasta ahora suman veintiocho, clasificados entre sus tres colecciones: “ficciones y relatos” —la más nutrida—, “ensayos y memorias” y “singulares”, que recoge textos literarios que, por unas razones u otras, no se acomodan plenamente con lo que prescriben las leyendas de las dos anteriores.

"Drácena no ha olvidado a nuevos autores, ateniéndose a su manifiesto de la web, "

Y desde entonces hasta ahora, Drácena ha conseguido rescatar y poner en los estantes de las librerías españolas la monumental Trilogía bananera de Miguel Ángel Asturias, los últimos relatos —magistrales ejemplos de eso que convenimos en llamar “novela histórica”— de Arturo Úslar Pietri, un par de novelas inéditas en España de Manuel Mujica Láinez, un joya de Ricardo Güiraldes, al jocundo Alfonso Reyes, y rescatar de un desmerecido olvido al siempre emocionante José María Arguedas, entre otros autores ineludibles de nuestra América hispana, como Arlt, Yáñez o Icaza… Pero no por ello y ateniéndose a su manifiesto de la web, ha olvidado a nuevos autores; valgan como ejemplo los títulos de Blas Valdez, de Gastón Segura o de Ignacio Miquel. En fin, que Drácena, con una férrea voluntad, ha logrado hasta el momento aquello que se proponía: poner al alcance de los lectores españoles literatura y solo literatura, aunque a veces pudiera antojarse a los melifluos gustos actuales demasiado curtida o “acendrada”, como rezaba el manifiesto.

Su equipo es —no puede ser en estos momentos de otra forma—, muy reducido; apenas tres personas, consumados —a fuerza de sobresaltos— hombres orquesta que salen al paso de cualquier menester, auxiliados por dos extraordinarios distribuidores, Antonio Machado y Les Punxes, más los generosos amigos dibujantes, como Inma González Salvadores, Belén Rodríguez Díez y Pablo Vázquez, y cuando la ocasión lo requiere, los fotógrafos para las cubiertas: Francesco Pistolesi, Beber Ormeling o Juan Martín.

Solo añadir un detalle humorístico; tal como sucede con Fondo de Cultura Económica, el nombre Drácena se originó por una errata. Pues los cuatro fundadores pretendían adscribir su editorial bajo una rareza mitológica: la hembra del dragón, la dracena —palabra llana y por tanto menos sonora en español—. Cuando se percataron de que habían errado al inscribirla como Drácena en el registro de asociaciones, prefirieron dejarla así, como la flor de la Canarias, por ser esta voz esdrújula —más sonora y recordable en español— y de paso por homenajear, aunque fuese de improviso, a la espléndida editorial mexicana.