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Un rompecabezas salvaje

Un rompecabezas salvaje

Hay un aspecto de la vida del escritor que o bien no suele abordarse de manera pública o se hace muy por encima.

En líneas generales, la idea que los lectores suelen tener es que un escritor es una persona que se sienta en su escritorio y da forma a eso que suele llamarse su «mundo interior» (sea esto lo que sea). Los hay metódicos y también caóticos. Los hay de fin de semana o a jornada completa; los hay que se ponen a escribir cuando ya tienen toda la historia trazada en su cabeza y otros que van escribiendo sobre la marcha…

"Esta mañana me he levantado con la palabra «salvaje» en la cabeza. Por instinto, que es como suelo obrar, he ido a mi biblioteca y he buscado un ejemplar de El salvaje, de Guillermo Arriaga"

Pero una pregunta que rara vez suele ser formulada es ¿y qué hacen mientras tanto? ¿Cuál es el sustrato del que se nutre ese «mundo interior»? ¿Qué ideas o acontecimientos entran finalmente en él y pasan a formar parte de la historia?

Me gustaría compartir con vosotros y con vosotras una parte de mi proceso creativo —que suele compartir no pocas similitudes con el modo en que se desarrolla mi día a día—. Huelga decir que no pretendo demostrar las bondades de mi estilo ni sugerir un método de trabajo (nada más lejos de mi intención). Tampoco pretendo hablar de mi libro (a decir verdad, ni mi libro ni yo somos relevantes en esta historia). El motivo, por tanto, es única y simplemente poner de manifiesto, sacar a la luz, un aspecto del universo literario que rara vez es aireado.

Lo haré mediante un ejemplo.

Esta mañana me he levantado con la palabra «salvaje» en la cabeza. Por instinto, que es como suelo obrar, he ido a mi biblioteca y he buscado un ejemplar de El salvaje, de Guillermo Arriaga (doy por sentado que ya lo has leído y, si no, deja este artículo y corre a tu librería más cercana a hacerte con él). Lo he abierto al azar y esto es lo que he encontrado:

Realizo mis ejercicios de meditación y bajo a la cocina a prepararme un café, confiando en que el puzle se resolverá a lo largo del día dentro de mí.

Me dispongo a echar un vistazo a la prensa. Doy con un artículo sobre Ramón y Cajal. Me llama la atención un detalle sobre sus hábitos de vida saludables (ni fumaba ni bebía alcohol), el boxeo y su envidiable forma física. Y no puedo evitar acordarme del maestro Arriaga. Meneo la cabeza al advertir el modo en que yo mismo fuerzo las conexiones y cómo me dejo llevar por el realismo mágico.

En ese mismo instante recibo un whatsapp de mi maestro de aikido, al que hace un año que no veo. Me froto los ojos al caer en la cuenta que esta misma noche he soñado que practicaba aikido con mi hijo Adrián.

Recuerdo que ayer vi que una conocida plataforma de venta de libros había incluido en su sección mexicana a mi hijo Adri como ilustrador de mi última novela (no voy a hacer publicidad, que no cunda el pánico). Por otra parte, se da la circunstancia de que mi hijo es una especie de prematuro «erudito» sobre el manga, el anime y la cultura nipona en general.

México, Japón, Transilvania… ¿De qué demonios va esto?

A la hora del almuerzo, mi esposa y mi suegra me piden que las acompañe. Deciden llevarme a un restaurante japonés. Empiezo a sospechar que nos atenderá una persona de origen mexicano. Tal vez esa persona pueda ofrecerme alguna pista sobre el rompecabezas.

Pero no es así. No nos atiende ninguna persona de origen mexicano.

Lo que sí recibo es un mensaje de mi hermano y otro de un amigo, Javi, al que considero un hermano también. El mensaje de Javi contiene esta imagen:

La razón es que mi última novela acaba de ser adquirida por una prestigiosa editorial japonesa para ser traducida a ese idioma y mi amigo ha querido enviarme un cariñoso guiño (esto es accidental).

Abandonamos el restaurante.

"¿Habrá querido el azar que haya recibido una oferta de traducción de Rumanía? No ha sido así"

Llego a casa y me dirijo al estudio. Quiero echar un vistazo al correo electrónico. ¿Habrá querido el azar que haya recibido una oferta de traducción de Rumanía? No ha sido así. Lo que he recibido en su lugar es una carta de aceptación de un artículo sobre posverdad, poscensura y oclocracia que envié a una revista académica (en un universo paralelo, soy profesor universitario).

Esto se pone cada vez más raro.

Advierto que uno de los gatos ha sacado de la estantería un ejemplar de Watchmen. Lo cojo para ponerlo en su sitio y recuerdo mi escena favorita, que, por cierto, creo que no aparece en el cómic.

Sonrío.

Acabo de comprender el rompecabezas. La respuesta es bastante personal, de modo que queda para mí.

Empiezo a escribir.

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