1873: una pareja sin hijos decide abandonar España para instalarse en Jalisco (México). Una novela, pues, sobre la migración, la revuelta revolucionaria, el sometimiento femenino y la resistencia de los oprimidos. Una historia sobre quienes se enfrentan a su destino desde el sitio que ocupan mucho antes de nacer.
En este making of Mónica Rojas cuenta cómo escribió A la sombra de un árbol muerto (AdN).
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Mi abuela materna tenía un ojo color marrón y uno gris por las cataratas. Ella me explicaba, muy convencida, que tenía el “ojo muerto” porque ya no tenía ganas de seguir viendo a los muertos, los espíritus y las brujas. Decía que tenía “sombra”. Se la había heredado su madre.
A la sombra de un árbol muerto es una historia multigeneracional que entreteje memoria, olvido y trauma. Inicia con una pareja en Santander, España, en 1873. Magdalena es una quinceañera recién casada que carga a cuestas una condición biológica no elegida: no puede tener hijos. Terrible desgracia para ella y para Juan, su esposo. La infertilidad de ella condena su tierra a la infertilidad, pues en aquellos años quien no tenía descendencia no tenía mano de obra. “Mujer sin matriz no es mujer”.
En busca de una tierra donde empezar una vida nueva, el matrimonio migra a México, donde un pariente los recibe. Ahí, en la región de Los Altos de Jalisco, a Juan y a Magdalena el destino los dirige —o quizás los condena— a resistir a su propia condición de extranjeros en un pueblo donde el patrón es el que viene de lejos. Hay obediencia y también resentimiento.
Porque nadie elige el cuerpo que ocupa, ni la tierra en la que nace, ni la lengua que habla…
Y ante eso no podemos hacer nada. Ni siquiera migrar.
Esa historia primigenia va atravesando casi un siglo de historia. Pasa por la Revolución Mexicana, la Guerra Cristera y encuentra su final en tiempos de la matanza de Tlatelolco, a finales de los años sesenta, episodios de los que aprendí desde la voz de mi abuela, mucho antes de haber entrado a la escuela.
¿Dónde está la gente de a pie que cantaba rondas y corridos?
¿Dónde están los teporochos?
¿Dónde están las mujeres?
¿Dónde están los niños?
Cierro los ojos y me recuerdo niña preguntándome todo aquello mientras la maestra cargaba el pizarrón de nombres y fechas. Siempre nombres masculinos. Siempre fechas utilizadas para conmemorar los actos heroicos de los hombres.
Vuelvo a cerrar los ojos.
Ahora me veo en el teclado con ganas de recordar todo eso y de ver lo que a mi abuelita le provocó las cataratas para contar la historia desde la subalternidad. Desde las que fueron mujeres porque así les tocó, las que se alzaron, las que no tuvieron otro remedio que tomar las almas, y también las que se resignaron. Ese fue el mayor reto: visibilizarlas a todas ellas; a todas nosotras, mejor dicho. Pero también a ellos. Porque el mandato social también es cárcel de los hombres. Un hombre que maternaba no era suficientemente hombre. Uno que agarraba el violín en tiempos de revuelta tampoco. Otro que no podía “embarazar a su mujer” menos.
Y así se van de la tierra, dejando sembrada la semilla de sus traumas.
De los difuntos quedan sus ecos y también quedamos nosotros, mientras estemos vivos.
Ahora que lo pienso quizás, sólo quizás, estrechar este lazo haya sido la verdadera razón de mi escritura, que es en realidad un pacto: para que a los vivos no se nos olvide que nos vamos a morir y para que a los muertos no se les olvide que alguna vez estuvieron vivos.
Que queden los ecos…
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Autor: Mónica Rojas. Título: A la sombra de un árbol muerto. Editoriales: AdN. Venta: Todostuslibros.


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