Inicio > Libros > Narrativa > Una buena novela desaprovechada

Una buena novela desaprovechada

Una buena novela desaprovechada

Pensar en la metamorfosis antes de asomarnos a un espejo para descubrir la mentira o la farsa. Elegimos la evocación, entre otros, de una travestida Claude Cahun. Igualmente asoma por ahí el recuerdo de la pequeña Léonor Fini camuflada por su madre ante el temor de que el padre, separado de la familia, cumpla su amenaza de raptar a la niña. O el caso de Aurore Dupin (George Sand) disfrazada de hombre para moverse con mayor beneficio en un mundo machuno. Rainer María Rilke hizo su infancia vestidito de niña para disimular el duelo de la madre que acababa de perder una hija. También aparece por ahí, con su aspecto andrógino, Zinaida Gippius —basta contemplar el hermoso retrato que le hizo Bakst, donde vemos a la rusa con aires de muchacho melancólico sobre fondo amarillo, que es el color de la creatividad— para poner fin a esta apresurada relación de identidades confusas.

Claude Cahun lo tuvo fácil. Sobrina de Marcel Schwob y amante de su propia hermanastra, optó por neutralizar su persona a partir de la imagen artísticamente recreada, o reinterpretada, en aquellas fotografías (autorretratos) casi radiográficas. Incluso aprovechó la imprecisión de su nombre, Claude, que según los franceses tanto sirve para distinguir a un hombre como a una mujer.

Lo que son las cosas. Con semejantes antecedentes rebullendo en nuestra mente, afrontamos la lectura de la novela El niño de arena, del escritor marroquí, afincado en Francia, Tahar Ben Jelloun.

"Todos vamos formando parte del auditorio e internándonos en esa suerte de viaje a través de la noche, periplo necesariamente oscuro pero repleto de imágenes, que así es la noche"

El impulso hacia la lectura nos invita a la expectativa ante una historia sin duda prometedora, literariamente atractiva, toda vez que la novela en cuestión trata de un asunto similar a los antes señalados; si bien, teniendo presente la diferente realidad personal, social y religiosa, de época y costumbres, que de antemano presumimos habrá de retratar el relato de Ben Jelloun, pues la historia recogida en él se circunscribe a Marruecos y sus ancestrales e inamovibles costumbres.

Desde luego, el argumento se anuncia sugerente y francamente apto para ser novelado. Se trata de una niña (la octava de la familia) a la que su padre, sobrepasado por el hecho de que toda su descendencia sean hembras, decide hacerla pasar por niño, como estúpida, pero real, salvaguarda en una sociedad constrictiva, y como mejor forma de acceder a las prerrogativas en un enrevesado entramado social que le otorga todo tipo de privilegios al varón y se los niega a la mujer.

De modo que, con el ánimo azuzado, nos adentrarnos en El niño de arena, la novela de Ben Jelloun que acaba de recuperar la editorial Cabaret Voltaire.

"La sangre que ansía Clarimonde como alimento divino está intrínsecamente ligada al erotismo, pues la sangre es la pasión, pero también es el sacrificio y este, a su vez, es condición de la creación"

En las primeras páginas encontramos a un Ahmed —el hombre falsario— envejecido y entregado a sus últimos pálpitos. Se nos dice que la luz es su enemiga, y con esta información recibimos la primera metáfora, figura retórica —las metáforas— que, con destreza pero también desenfreno, nos acompañará sin remilgos a lo largo del libro.

Ahmed vive aislado en una habitación de la casa familiar —que ahora, fallecido el padre, gobierna con autoridad en tanto único varón— donde, tras su muerte, dejará un cuaderno o libro confesional del que se apropiará el narrador —oral— quien, de momento, reúne en la plaza pública a unos cuantos interesados en escuchar el relato de la vida de Ahmed, incluyendo a quienes la vamos leyendo. Todos vamos formando parte del auditorio e internándonos en esa suerte de viaje a través de la noche, periplo necesariamente oscuro pero repleto de imágenes, que así es la noche.

El hlaykia (contador de cuentos orales en Marruecos) se dirige a sus oyentes como «los amigos del Bien».

"Más allá de prejuicios anclados en una tradición y un entramado social específico, presentimos que nos aguarda una lucha entre la superstición y la empecinada realidad"

Lo dicho. Ni esperando a parir el jueves —día que según cierta tradición queda reservado para que nazcan los varones— la madre de Ahmed consiguió, en su octavo alumbramiento, traer a este mundo un varón. Pero para entonces un desesperado padre ya tenía pergeñado, a partir de un sueño esclarecido, el plan que impondrá al nuevo vástago, nacida hembra; esto es, obligarla a pasar por varón, educarla como tal y, de resultas, asegurarse de que, ante la ausencia de herederos masculinos, su herencia no pase a los hermanos varones del progenitor, como según parece es preceptivo en aquel entorno.

Más allá de prejuicios anclados en una tradición y un entramado social específico, presentimos que nos aguarda una lucha entre la superstición y la empecinada realidad.

Leemos que las calles circulares no tienen final, símil que nos permite conjeturar que estamos ante un relato que se retroalimenta —recordaremos Las mil y una noches— formando un cuento donde se cuentan cuentos hilvanados, unos con otros, sutilmente, así el pasaje en que se detalla el cumplimiento de la preceptiva circuncisión del niño. ¿Cómo afrontar el trámite sin que se descubra el engaño? El padre se las apaña para hacer pasar su dedo por el miembro viril del falso niño, siendo así que sufre en su índice el correspondiente tajo.

Pero hemos de decir que tras los estimulantes inicios poco a poco nos vamos conformando con la belleza de las palabras, pues pareciera que la historia —que tiende a la disipación— ya está contada, por no decir resumida, y por lo tanto nada cabe añadir.

"Es así como vemos que El niño de arena se va apagando, haciéndosenos intrascendente incluso la hermosa conclusión del cuento, cuando la Luna se come la historia borrando con su luz las palabras"

No debería ser así, pero esa es la sensación que nos embarga. Se diría que el autor ha renunciado a la sorpresa y la armazón argumental, lo cual nos permite corroborar que la novela, la literatura, es algo más que un bonito arabesco. Y ese algo más, lo que quiera que sea, se acaba echando en falta en las páginas de El niño de arena debido a un exceso de sentimiento e imagen retórica (por supuesto, hermosa) en detrimento de la anécdota que nuestra curiosidad de lectores/oyentes reclama, así como del tratamiento, no ya del protagonista, por supuesto, sino también de los personajes secundarios (el padre, la madre, las hermanas, la partera, los tíos…), quienes parecen pasar por las páginas de la novela como tímidas sombras tras los visillos. Serían aplicables, al respecto, las bellas palabras de Almoqtadir el Magrebí reproducidas: «Como tuvieron que morir las rosas y Aristóteles».

Es así como vemos que El niño de arena —el relato— se va apagando, haciéndosenos intrascendente incluso la hermosa conclusión del cuento, cuando la Luna se come la historia borrando con su luz las palabras.

Llegamos, pues, a un punto en que precisamos más información acerca de la experiencia de Ahmed en las distintas etapas de su vida, más allá de la amplitud de visiones —incluso versiones— que no hacen sino entorpecer la narración (de modo improvisado computamos hasta ocho voces narradoras: el narrador, Ahmed, el contador de historias en la plaza pública, el hermano de Fátima, ese misterioso interlocutor epistolar, Salem, un ciego y el hombre del turbante azul).

Demasiadas voces para construir la que debería ser una embaucadora historia y magistral novela. Una gran propuesta desaprovechada.

—————————————

Autor: Tahar Ben Jelloun. Título: El niño de arena. Traducción: Alberto Villalba. Editorial: Cabaret Voltaire. Venta: Todos tus libros.

4.8/5 (8 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios