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Una casa en Noviercas

Es Noviercas una de tantas aldeas, en tierras sorianas, con el sagrado Moncayo al fondo, que poco pueden decir al viajero que transite en dirección a Ágreda. Su silueta en el horizonte se muestra, no obstante, inequívoca: un alto torreón cuadrangular y la torre de su iglesia a unos cien metros; el caserío, al pie de ambos, apenas si de lejos se percibe por lo minúsculo y espaciado, todo ello sobre una colina donde en verano el sol refulge sobre las mieses que la circundan, creando una flama que desvirtúa los perfiles. Y sin embargo, estamos ante uno de los enclaves literarios españoles de mayor y más estremecedora significación humana.

"No es una leyenda, ni un melodrama, es la página amarga de aquel poeta que fue acusado de escribir suspirillos germánicos"

Los hechos fueron así, los hechos escuetos. Estamos en 1868, otoño. Huyendo de los efectos revolucionarios de la Gloriosa, que le es hostil, Gustavo Adolfo Bécquer se refugia en Noviercas, en el número 27 de la calle del Moral: una casa sórdida, de doble planta, una ventana en la baja, dos en la primera, y otra en el sobrado, bajo el tejado con chimenea a la derecha, según se mira. La puerta, adintelada y rústica, queda bajo la vertical de la chimenea, la ventana del sobrado y una de las ventanas de la primera planta: casa de piedra, angosta, primitivísima, sombría. Delante de la casa, donde hoy transcurre la calle, había un huerto. En este huerto es fama que Casta Esteban, esposa de Gustavo Adolfo, faenaba con el azadón las horas que las tareas domésticas le dejaban libre. Apoyado en el flanco derecho de la casa, había un muro haciendo escuadra, y tras él un corral. Tras de su puerta, Gustavo Adolfo, avisado de que, en su ausencia, Casta recibe a un hombre, acecha, aprovechando que ha salido de madrugada con su hermano Valeriano, volviéndose después sin que nadie le viera. Y allí oculto tras la puerta, ve, en efecto, que un hombre llama a la puerta de la casa, se le franquea, y Casta y el hombre se besan en el mismo umbral. No es una leyenda, ni un melodrama, es la página amarga de aquel poeta que fue acusado —por Valera, nada menos— de escribir “suspirillos germánicos”. Un hombre, en fin, atormentado, como tantos otros cuyo talento crea disparidad con la vida. Pero que supo, a diferencia de todos ellos, sus contemporáneos, poner la poesía al alcance del hombre de las multitudes y, simultáneamente, abrir la perspectiva al simbolismo, del que nace toda la poesía posterior… Esto, y las secuelas derivadas de la sífilis, que padeció.

Gustavo Adolfo Bécquer, retratado por su hermano

"La gente del pueblo, cuando Emilín vino al mundo, murmuraba que tenía toda la cara de su verdadero padre"

El hombre es Hilarión Borobia, el novio que Casta dejó para casarse con Gustavo Adolfo en mayo de 1861; hombre corpulento, irascible, espeso, bronco. Le ha seguido a Casta a Madrid, convirtiéndola en obsesión de su vida. Hilarión reta a Gustavo Adolfo en la plaza del pueblo y por poco no le mata. Acto seguido, allí en Noviercas mismo, Gustavo Adolfo abandona a Casta junto con los dos hijos mayores de ambos; el pequeño, nacido en diciembre de ese mismo año de 1868, se queda con Casta. No volverán a encontrarse hasta que Gustavo Adolfo esté próximo a morir en 1870, en el piso de Claudio Coello, en Madrid. De los tres hijos que tuvieron, Gregorio terminará, con el tiempo, en la cárcel, acusado de robar para mantener a su propia familia, Jorge sienta plaza de soldado raso en Orán y su rastro se pierde en la historia, y Emilín ya no es hijo de Gustavo, sino de Hilarión. El primogénito y el benjamín habían sido bautizados en Noviercas, el pueblo de los padres de Casta —ella había nacido en la vecina Torrubia del Campo— de quienes era la casa, en su iglesia parroquial de los santos Justo y Pastor; está al confín de la calle del Moral, con sólo ascenderla. Entre la iglesia y el torreón se ubica la mencionada plaza pública. Allí se alzaba la fuente, donde Casta iba a por agua. La gente del pueblo —unas trescientas almas, en la época—, cuando Emilín vino al mundo, murmuraba que tenía toda la cara de su verdadero padre.

"Casta es, indiscutiblemente, la mujer de la vida de Bécquer"

Bécquer había inspirado en Casta un solo poema, apenas una cuarteta de versos forzados, pero premonitorios; en él Gustavo Adolfo se ve como “un corazón para el amor ya muerto”, mientras que a ella la mira como la flor de un páramo: “Tú creces de mi vida en el desierto / como crece en un páramo la flor”. Julia Bécquer, sobrina del poeta, hija de Valeriano, que tan cerca estuvo de ella en la infancia, nos la describe diciendo que “era guapa, pero antipática; tenía en la cara algo trágico y desagradable”. Pero lo cierto es que, fuera como fuese, Casta es, indiscutiblemente, la mujer de la vida de Bécquer, y no sólo porque fuera la madre de dos de los hijos de ambos. La misma escasez de inspiración que provocó en el poeta revela, precisa y paradójicamente, lo cerca que estuvieron uno de la otra, tanto que no fuera preciso plasmar otros sentimientos que los de la vida diaria. A todo esto, Gustavo Adolfo había tenido múltiples amores y descuidaba la vida hogareña hasta extremos desesperantes para toda mujer. En Noviercas, ella se hace cargo de todo, siempre, además, con la reticencia de Valeriano, cuya relación con su cuñada era pésima. En la casa de marras, en una era cercana, es fama que Valeriano trazó el famoso retrato de su hermano, el que pasará a la historia, entre tantos, como arquetípico y definitivo. Casta, además, cuidaba de los dos hijos de éste y su esposa Winnefred, una irlandesa al parecer insoportable también para Casta.

"Casta era una hija del Moncayo. Igual que la machadiana Leonor. ¿Qué tienen las hijas del Moncayo, que enamoran a los poetas andaluces?"

A dos años de la muerte de Gustavo, Casta vuelve a casarse, esta vez con Manuel Rodríguez Bernardo, hombre calmo, afable, recaudador de Hacienda, sin otro talento que procurar un buen pasar a su familia. Borobia le mata a la salida de un baile de carnaval de donde había sido expulsado, de un trabucazo, en 1873. Borobia muere poco después en Beratón, aldea soriana donde sitúa Bécquer el escenario de su leyenda La corza blanca. Es sorprendido robando su iglesia con una partida de malhechores, y el pueblo le mata allí mismo. Ya era conocido como el Rubio. Casta queda en situación de desamparo. Conocidos eran sus sablazos a los amigos y conocidos del poeta, quienes, finalmente, colaboran en un libro firmado por ella, titulado Mi primer ensayo. No se resuelven sus penurias y su estado mental empeora. Casta Esteban muere en el madrileño hospital de la Princesa víctima de horrorosas quemaduras, al prenderse en su casa sus vestidos con el aceite de un quinqué, incendio previsiblemente intencionado. Cuando en 1913 se rescaten de la madrileña Sacramental de San Lorenzo los restos mortales de ambos hermanos Bécquer para trasladarlos apoteósicamente a Sevilla, nadie se acordará de ella. Pero lo cierto había sido que Casta se casó ilusionada, con veinte años aún no cumplidos, y la vida con Gustavo fue amargándola: sus desvíos, sus infidelidades, su trato tantas veces displicente, como también sus numerosísimas ausencias. Era una hija del Moncayo. Igual que la machadiana Leonor, nacida en Almenares, a poco de aquí. (¿Qué tienen las hijas del Moncayo, que enamoran a los poetas andaluces?). No podía ser, la vida juntos. Gustavo sí, tuvo sus devaneos, sobre todo con marquesitas, que le encantaban, a diferencia de las encallecidas manos de su esposa, pero también es cierto que se desvivió porque nada les faltara a su familia; su correspondencia epistolar con Casta refleja un carácter benévolo, e incluso débil, de que Valeriano le acusaba. Ninguno tuvo la culpa.

Esta casa de Noviercas está hoy en el abandono. Sobre las rejas de la ventana de la planta baja, que da al cuarto donde el poeta acostumbraba a escribir, hay un letrero de “se vende”. Un vecino, a mi pregunta de cómo la Diputación soriana no mete mano en el asunto, me dice que pertenece a una señora que vive en Cataluña y que vende sólo con la condición de quedarse con la primera planta. Uno no comprende. Un poco más allá, siguiendo la calle que desemboca en un caminillo entre las mieses, se llega a un paraje singular, como son todos éstos que dan con el Moncayo, desde aquí una inmensa pirámide azul, en el centro transversal de la península, lugar sagrado donde las tribus célticas terminaron uniéndose en sus ritos con los iberos: lugar el más simbólico de la Hispania primitiva. Y de todo ha quedado un resón, una atmósfera poderosísima, una vibración telúrica que todo lo impregna, de lo que Bécquer se nutrió, tanto aquí como en la inminente Veruela. O como en esta ermita, a donde va a dar el sendero que sale de su casa en Noviercas: Virgen de los Remedios, se llama. Y es tradición que aquí estuvieron los cuerpos descabezados de los Siete Infantes de Lara, antes de ser trasladados a Salas de los Infantes. Y hasta este paraje se llegaba Gustavo Adolfo con sus bártulos de escribir, como de pintar, Valeriano. Y de aquí, de este aire, y estas espesuras misteriosas, es la leyenda Los ojos verdes.

Es Noviercas. Aquí está.