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Un viaje americano de ida y vuelta (una fábula eno-literaria)

Un viaje americano de ida y vuelta (una fábula eno-literaria)

Esta es una historia de siglos, aunque también podría decirse que es la historia de la importancia metafórica de un mes y, como sucede con el devenir de los meses, una historia de ida y vuelta. Tiene muchos protagonistas, hombres de muy diversas tierras, pero empieza en la más insospechada de todas ellas: en las frías regiones de Groenlandia. Corría el año 999 de la era cristiana y un marino vikingo llamado Leif Erikson, hijo de Erik el Rojo, se lanzaba a la aventura de buscar nuevas tierras que colonizar más allá del tenebroso mar que se extendía al Oeste. Se había criado en inhóspitas praderas, entre fiordos y glaciares, y había heredado de su padre el espíritu arriesgado que había llevado a éste a abandonar Noruega y más tarde Islandia. Ahora era él quien dejaba atrás Groenlandia.

"Leif tomó un racimo de frutos de septiembre como prueba de la bondad de aquel paraje, hizo levantar sólidas cabañas en las que guarecerse y llamó a su nuevo reino Vinland, Tierra de Viñedos"

Tras unos días de navegación e incertidumbre, Leif avistó a poniente unas tierras áridas e inhabitables a las que llamó Helluland (Tierra de Piedras Llanas, en su lengua), en realidad no muy diferentes de su ingrato hogar groenlandés. Así que decidió navegar hacia el sur, siguiendo la línea de aquellas costas, y no tardó en hallar parajes más benignos, cubiertos de bosques y bordeados de amplias playas, a los que llamó Markland (Tierra de Bosques). Sin embargo, aquellas seguían siendo tierras frías y él no había viajado tan lejos para conformarse con un invierno menos riguroso. Puso, pues, de nuevo proa rumbo al sur y navegó costeando durante dos días, hasta que llegó a una resguardada bahía en cuya ribera la vegetación era abundante y el clima suave. Decidió desembarcar allí.

No bien hubieron levantado sus precarios refugios, los hombres de Leif comenzaron a recorrer los alrededores del campamento y, para alegría de todos, uno de ellos regresó con la noticia de que no muy lejos de allí crecían viñas salvajes. ¿Podía haber acaso mejor presagio? Leif tomó un racimo de frutos de septiembre como prueba de la bondad de aquel paraje, hizo levantar sólidas cabañas en las que guarecerse y llamó a su nuevo reino Vinland, Tierra de Viñedos. Pero la adversidad, en forma de enfermedades y de hostiles y desconocidas tribus locales, se cebó con Leif y sus hombres, que apenas pudieron disfrutar de sus nuevas posesiones y terminaron por regresar a los fríos de Groenlandia. Aunque todavía hubo algunas otras expediciones hasta ella, pocos años después la colonia de Vinland fue abandonada definitivamente y poco a poco su mismo recuerdo fue convirtiéndose en un grano de arena más en el desierto del olvido, sin que quedara más eco de ella que lo contado en las sagas islandesas.

"Desde entonces, los viñedos europeos se plantan sobre esas raíces, de modo que bien puede decirse que en gran medida el vino europeo es también vino americano"

Durante siglos, nadie recordó que Vinland había sido el primer nombre de América, pues la tierra que los vikingos de Leif Erikson pisaron estaba en algún lugar de la costa que hoy sirve de frontera entre los Estados Unidos y Canadá, en la bahía de Halifax. Cuando, quinientos años después, el marino genovés Cristóbal Colón tocó de nuevo tierra de Vinland y se inició la colonización del Nuevo Mundo, los europeos dieron nuevo nombre a aquellas mismas tierras, América, y los marinos españoles y portugueses llevaron consigo hasta allí dos artes llamadas a prosperar en ella: el arte de hacer vino y el de la escritura, pues la mayoría de las culturas indígenas eran ágrafas. Ambas artes crecieron sobre el fértil terreno americano: los viñedos se extendieron desde Chile y Argentina hasta México y Estados Unidos; y las literaturas latinoamericanas en lengua española y portuguesa crecieron enriquecidas por el mestizaje con las lenguas y culturas aborígenes. Los imperios crecieron, entre grandezas y abusos, y se eclipsaron con el paso del tiempo, mientras el nuevo continente daba los primeros pasos de su independencia y los hombres seguían con el imparable flujo de sus vidas. Generaciones de emigrantes surcaban los mares de un continente a otro en busca de fortuna, a veces para no encontrar más que una nueva miseria. Y los artistas de un lado y otro del Atlántico hacían volar sus ideas por encima de injusticias, desconfianzas políticas y rivalidades económicas.

En sentido inverso al viaje que el virus de la gripe había hecho de Europa a América en el siglo XVI, causando estragos entre la población indígena al comienzo de la colonización, a finales del siglo XIX la enfermedad de la filoxera viajó de América a Europa y estuvo a punto de acabar con las viñas y los vinos europeos. El mal atacaba a la raíz de las vides y no se hallaba remedio alguno contra él, hasta que se probó a injertar las viñas europeas precisamente sobre raíces de vides silvestres autóctonas americanas que eran inmunes a la enfermedad, aquellas mismas vides que había encontrado Leif Erikson novecientos años atrás y que habían dado nombre por primera vez a América. Desde entonces, los viñedos europeos se plantan sobre esas raíces, de modo que bien puede decirse que en gran medida el vino europeo es también vino americano.

"Pues la literatura escrita en España estaba inscrita en la tradición literaria latinoamericana, sin que nadie pueda considerar que Miguel de Cervantes o Lope de Vega sean autores ajenos a la literatura escrita en América"

Y a mediados del siglo XX, después de la orgía de sangre y destrucción de la Segunda Guerra Mundial, la literatura europea entró en una crisis aguda que se prolongó durante décadas, hasta hacer que una nueva y perniciosa enfermedad, una especie de filoxera de las letras, estuviera a punto de acabar con ella. Aquel mal atacaba directamente a la raíz de la novela: propagaba la idea de que el lector era poco menos que un enemigo a batir y que cuanto más abstruso e incomprensible resultara el texto, mayor era su calidad. Fue un mal que afectó a la literatura europea y que enemistó a gran parte de los lectores con ella, hartos de libros aburridos y pretenciosos que presentaban como su principal mérito el ser capaces de no contar nada. Y en este caso, el remedio para semejante mal también llegó de América.

Los lectores europeos, y los españoles en particular, redescubrieron en los libros de Gabriel García Márquez, Vargas Llosa, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Roa Bastos, Borges, Onetti y tantos otros autores latinoamericanos el placer de una literatura que sabía contar historias sin renunciar a la audacia formal y sin confundir la calidad con el tedio. La gran mayoría de los escritores españoles de mi generación, los que nos iniciamos en la lectura a finales de los años sesenta, nos formamos leyendo a dichos autores que, en un prodigioso viaje de vuelta, de algún modo nos ayudaron también a reconciliarnos con nuestra propia tradición literaria del Siglo de Oro. Pues la literatura escrita en España estaba inscrita en la tradición literaria latinoamericana, sin que nadie pueda considerar que Miguel de Cervantes o Lope de Vega sean autores ajenos a la literatura escrita en América. El resultado de tal influencia es que bien puede decirse que hoy la literatura de España y de buena parte de Europa, por más que muchos editores actuales no se den por enterados, crece sobre la tonificante raíz de las literaturas americanas. Y merece la pena brindar por ello, con una copa de buen vino de Ribera, de Burdeos, de Mendoza, de la Baja California o del Alentejo. Al fin de cuentas todos nacen de las mismas raíces.