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Patria en carne propia

Zenda publica el comienzo del epílogo que Fernando Aramburu ha escrito para la edición especial de Patria, que la editorial Tusquets acaba de poner en librerías.

Desde septiembre de 2016 en que salió, la novela se convertiría en uno de los mayores fenómenos literarios de los últimos tiempos, con 112 semanas en las listas de libros más vendidos, 32 ediciones y más de un millón de lectores.

Para celebrarlo, Tusquets Editores lanza una edición especial en tapa dura con sobrecubierta y estuche, que incluye un “epílogo» del autor, escrito especialmente para la ocasión, y las lecturas de Jordi Gracia, ensayista, crítico y catedrático de Literatura Española en la Universidad de Barcelona; Bruno Arpaia, escritor, periodista y traductor de Patria al italiano; Paul Ingendaay, escritor y periodista del Frankfurter Allgemeine Zeitung; Pierre Assouline, crítico y novelista francés que colabora en Le Monde y Le Nouvel Observateur, y Aitor Gabilondo, responsable de la serie basada en Patria que produce HBO para la televisión y que empezará a rodarse en 2019; será la primera creación de la productora en España y constará de 8 capítulos dirigidos por Pablo Trapero y Félix Viscarret.

En el verano de 2009, tras parlamentar con mi familia, puse fin a veinticuatro años de docencia en la República Federal de Alemania, donde resido. Me movía la voluntad de cumplir una vieja aspiración. Ya de joven soñaba con disponer alguna vez de la jornada entera para dedicarla a la escritura. Al no ser acaudalado, mi única opción pasaba por profesionalizar mi actividad, lo que en la práctica equivaldría a redactar textos de encargo, colaborar asiduamente en prensa, llevar a cabo traducciones, impartir conferencias o implicarme en actos culturales diversos y, a la vez, intentar reservar el mayor espacio posible para la creación literaria.

El primer paso era tan ineludible como arriesgado. Consistía en dejar mi puesto fijo de profesor y, con él, la garantía de un sueldo mensual. O tomaba la decisión sin demora, recién cumplidos los cincuenta años, antes de adentrarme en las peligrosas ciénagas de los achaques y de la pérdida de facultades mentales, o me resignaba a la frágil esperanza de alcanzar la fecha de jubilación en un estado de salud más o menos llevadero.

"La redacción de Patria abarcó aproximadamente tres años de encierro laborioso"

Hice mis cuentas. Yo no podía sostenerme con la venta de mis libros. Por fortuna, mis textos hallaban buena acogida en periódicos de diferentes grupos multimedia de comunicación. Mantenía, además, una columna semanal en un suplemento de cultura. Sólo faltaba, pues, decidirse, y me decidí. Mi cálculo, sin embargo, no había previsto la crisis económica que ya había empezado a abatirse sobre España, pero cuyos efectos, en forma sobre todo de recortes, aún no eran del todo perceptibles, al menos no con la crudeza con que los padeceríamos algún tiempo después.

Desde todos los medios de comunicación en los que colaboraba regularmente fueron llegándome notificaciones que anunciaban una reducción de los honorarios, en un caso de casi el cincuenta por ciento. Al mismo tiempo, vi que se me cerraba por completo el recurso de las invitaciones a actos públicos, una fuente adicional de ingresos, además de una excelente ocasión de conocer ciudades y gentes. La circunstancia de residir en el extranjero me convertía en un autor «caro». Contar conmigo para un simposio, una feria de libro, un festival de literatura, suponía un pasaje de ida y vuelta en avión y, como mínimo, dos noches de hotel. Así las cosas, entiendo que los organizadores favoreciesen a autores que, por vivir cerca, generasen menos gasto.

La situación derivada de la grave crisis económica tuvo para mí dos importantes consecuencias, una negativa y otra positiva. La negativa, se deducirá fácilmente, fue de naturaleza pecuniaria. Recuerdo meses sin ingresos y no sólo, como de costumbre, en septiembre, tras la interrupción anual de colaboraciones en agosto.

La otra consecuencia está ligada a una lección que aprendí de joven y que procuro poner en práctica siempre que se tercie. Me refiero a la lección que enseña a transformar, hasta donde sea posible, en energía positiva las adversidades. Para empezar, la falta de encargos, la reducción del trabajo periodístico y el fin casi completo de los viajes remunerados me abastecieron, y en grandes cantidades, de esa materia prima con la que también se hacen los libros y en realidad cualquier cosa que requiera tenacidad y método: el tiempo. Y quien dice tiempo, dice intensidad y concentración para entregarse a lo que sea que uno se traiga entre manos. En esas condiciones óptimas, con un abundante ramillete de horas diarias para el cuidado de cada página, se gestó mi novela Patria, cuya redacción abarcó aproximadamente tres años de encierro laborioso.

"Si tuviera que resumir en pocas palabras el tema central de Patria, mencionaría sin vacilar a las gentes de mi tierra"

Por aquellos días, dos bosquejos de novela esperaban encima de mi escritorio. Tenía que decantarme por uno de ellos. Ambos convidaban a la narración de historias de gentes vascas vinculadas al terrorismo de ETA, ya fuera como víctimas, como agresores o de cualquier otra forma, sin descartar la complicidad o la indiferencia. No había más que sentarse a la mesa y echarle al asunto empeño y horas. Abordar de manera simultánea la escritura de dos novelas representa un trabajo para el cual carezco de fuerzas y paciencia. Había, pues, que elegir. Lo consulté por teléfono con mi amigo Irazoki, y le aclaré que, tal como yo había concebido las dos narraciones, una se encuadraría en un género cercano al esperpento, con tramos susceptibles de merecer la consideración de jocosos, y la otra tendría una naturaleza de novela seria. Él, desde su casa de París y en consideración a la época histórica en que nos encontrábamos, con el anuncio todavía reciente del cese definitivo de la actividad armada por parte de ETA, no titubeó: primero, la seria. La seria era Patria; la otra, acabada en el instante de escribir estas líneas, un día se conocerá.

Si tuviera que resumir en pocas palabras el tema central de Patria, mencionaría sin vacilar a las gentes de mi tierra. La novela trata principalmente de ellas, bien que representadas por un puñado de personajes a los que también tocó vivir una época sangrienta y triste del País Vasco. El relato de sus existencias privadas fue mi tarea. Me abstuve en todo momento de emitir juicios políticos, morales o de cualquier otra índole sobre los personajes, y de sustituir en el interior de ellos la humanidad por la ideología. No quise, como en el ajedrez, jugar una partida de blancas y negras o, si se quiere, de buenos y malos. En mi libro cada cual lleva como quien dice su novela a cuestas. Atañe a los lectores interpretarlas, hallarlas o no veraces y emocionarse quizá con ellas. Digo, con el corazón en la mano, que me habría gustado no tener que escribir un libro como Patria; pero la historia de mi país natal no me permitió otra opción. El largo empeño de algunos por consumar un proyecto político mediante el ejercicio organizado del crimen no me deja indiferente. Me propuse levantar testimonio literario de ello y contribuir así, con la debida modestia y si el olvido no lo impide, a que las generaciones futuras sepan que hubo vascos que, en días de bombas y pistolas, de funerales y familias rotas, dijeron no al terrorismo de ETA.

Nada más lejos de mí que haber abordado la escritura de una novela como Patria porque el tema me hubiese parecido fascinante o porque en un momento determinado hubiera despertado mi interés. De hecho, me cuesta darle una consideración simple y fría de tema al terrorismo de ETA y a sus funestas repercusiones en la sociedad donde me crie, entendiendo por tema un asunto al que uno acude con el fin de hacer una serie de indagaciones y efectuar después el correspondiente traslado a un discurso. Yo no tengo que acudir en este caso a ninguna parte. Me basta con mirar dentro de mí, en mi vivencia interiorizada del terrorismo y en el dolor que me ha causado desde hace largo tiempo. La existencia de otras violencias, dicho sea de paso, no contrarresta ni mitiga lo más mínimo dicho dolor. Me acojo a este respecto a un aforismo: En política, como en todo, lo contrario de un golpe con el puño derecho no es un golpe con el puño izquierdo, sino un abrazo.

"Si empleábamos los métodos de quienes nos oprimían, ¿cómo íbamos a ser mejores que ellos?"

A Patria la precede, pues, una experiencia personal del autor sin la cual la novela no habría sido posible, aun cuando los episodios narrados en ella no constituyan un testimonio directo o, si se prefiere, literal de la experiencia referida. La novela no cuenta hechos de mi vida; pero la vida, mi vida, me ha impuesto una perspectiva que es tanto como una idea de los asuntos humanos, desde la cual escribo mejor o peor mis libros. El fenómeno del terrorismo de ETA me ha acompañado desde la niñez. Me es tan próximo que me cuesta verlo como un objeto al que sólo puedo llegar por vía informativa o documental.

Que yo recuerde, la primera vez que oigo el nombre de ETA con cierta conciencia de lo que tras dichas siglas se escondía fue en diciembre de 1970. Tenía yo por esos días invernales once años; estaba a punto de cumplir doce. Las muertes del guardia civil José Antonio Pardines; de su ejecutor, Txabi Etxebarrieta, horas después, y del inspector-jefe de la Brigada Político Social, Melitón Manzanas, con fama de torturador, en 1968, sucedieron siendo yo aún muy niño, lo que seguramente me impidió hacerles un hueco en la memoria. En 1970 sin duda también ignoraba el significado del llamado proceso de Burgos, cuyas sentencias se hicieron públicas en esos días. Nadie me lo explicó ni en casa ni en el colegio…

 

 

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El epílogo completo figura en la edición especial de Patria, de Fernando Aramburu, publicada por Tusquets en noviembre de 2018.

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