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Una ciudad que fue

Quintín Cabrera, cantautor uruguayo que se instaló en España allá por 1968 y terminaría desarrollando aquí toda su carrera, nos explicó en un estribillo célebre que las ciudades eran libros que se leían con los pies. No hay nada que objetarle, puesto que a poco que uno haya recorrido algo de mundo sabe que sólo se acierta a conocer bien un lugar gastando suela por todos sus rincones, desde los más divulgados por las postales turísticas hasta los menos favorecidos por la fotogenia. Ocurre que la frase admite una vuelta, como si se tratara de una de esas prendas reversibles, porque también hay libros cuya lectura equivale a pasear, con rigor y detenimiento, las calles de la ciudad que cobra vida en sus páginas; y, en consecuencia, no es raro que esa experiencia tan íntima y tan estrecha de la ciudad leída se termine superponiendo a la de la ciudad vivida o que la contamine, si es que hablamos de un espacio conocido y experimentado de antemano. Desde que en el siglo XIX las ciudades empezaron a coger empaque, o al menos a adquirir su identidad tal y como hoy la conocemos, el sujeto urbano ha ocupado el centro nuclear de obras y trayectorias que se han terminado haciendo indispensables para comprenderlo. Por limitarnos al hecho literario, pocos dudan de la importancia que diversos autores han cobrado en la percepción que de sí mismas tienen ciudades como Dublín —inevitable James Joyce—, París —Victor Hugo, Honoré de Balzac, Marcel Proust, Julio Cortázar—, Londres —Charles Dickens, por supuesto—, Buenos Aires —que unas veces es una gran capital y otras un sueño que soñó Jorge Luis Borges—, Estambul —que hasta dio título a uno de los mejores libros de Orhan Pamuk— o Nueva York —con Truman Capote, Francis Scott Fitzgerald o Paul Auster, por citar sólo tres de sus principales cronistas oficiosos—. En España, cuesta imaginar un Madrid que no se remita a los textos de Benito Pérez Galdós, Francisco Umbral o Mariano José de Larra, del mismo modo que resulta imposible pensar en Barcelona sin que acuda a la mente la triada prodigiosa conformada por Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán y Juan Marsé.

"Si por algo destaca En la ciudad sumergida es por una amenidad que en ningún momento colisiona ni con el gusto por el detalle ni con la necesidad de contar todo lo que merezca la pena ser contado."

También tiene Palma de Mallorca quién le escriba. Lo hace, y muy bien, José Carlos Llop en un libro que lleva por título En la ciudad sumergida y que, tras ver la luz por vez primera en 2010, reedita ahora Alfaguara con gran merecimiento. El libro obtuvo una mención especial del jurado del Prix Mediterranée Étranger en 2013 y, aunque en la solapa del volumen aparezca mencionado en el capítulo de las novelas, uno se pregunta si no debería figurar más bien como una atrevida y eficaz miscelánea en la que se dan cita perfiles humanos, retablos de costumbres y hasta ácidas perspectivas sobre una contemporaneidad que parece haber llegado para arrasar todo cuanto conocimos y añoramos. Llop, que nació en Palma en 1956 y tiene tras de sí una intensa trayectoria en la que, además de diarios y ensayos de diverso calibre, ha navegado por la poesía (La avenida de la luz, Cuando acaba septiembre, La vida distinta) y recalado más de una vez en los puertos de la narrativa (El informe Stein, Háblame del tercer hombre, El mensajero de Argel), tomó la determinación de embarcarse en el libro que nos ocupa cuando, en los comienzos de este siglo, tuvo la certeza de que el mundo (ergo, la ciudad) al que pertenecía estaba a punto de desaparecer. Un loco destrozó la imagen del Sant Crist de la Sang —por la que los mallorquines sienten gran devoción— y un terremoto agitó el subsuelo de Palma. Falleció el obispo de Mallorca y un vendaval azotó la isla causando graves desperfectos, entre ellos el desprendimiento de un arbotante de la iglesia de Santa Eulalia y del pináculo que coronaba su campanario. Apenas dos años después, un nuevo temporal se cobró un muerto. Un hombre antiguo, escribe Llop, habría interpretado esta concatenación de sucesos como «signos de un cambio irreparable». Para un hombre moderno, en cambio, no podían ser más que «la constatación de un fin de época». «Cuando hubo pasado todo», añade, «pensé en la ciudad distinta y en la literatura como en un testamento del tiempo».

De esa reflexión surgió el germen de un libro que arranca con unas notas históricas ancladas en los tiempos napoleónicos para avanzar poco a poco hacia una crónica personal y familiar en la que las evocaciones puramente personales se combinan y retroalimentan con las grandes narraciones colectivas. Hay en la obra de Llop memoria de lo vivido, pero también de lo leído y conocido a través de terceros, y un inventario de mitologías personales urdidas en esos años en los que la realidad y la ficción son partes complementarias de un todo dúctil y permeable. La ciudad no es aquí un simple escenario, sino un ente vivo que es la suma de los corazones que la han habitado y que la habitan. Se corría el riesgo cierto, al contar con tan abundantes materiales, de que el libro naufragase o se perdiera en el despliegue de una erudición tan prolija como, a decir verdad, innecesaria. Hay que aclarar que no es el caso. Si por algo destaca En la ciudad sumergida es por una amenidad que en ningún momento colisiona ni con el gusto por el detalle ni con la necesidad de contar todo lo que merezca la pena ser contado. Quizás tenga que ver en ese logro el tino con que se ensamblan textos que en su origen debieron de tener una naturaleza dispersa y la destreza en el uso de un lenguaje que logra ser transparente sin renunciar a todas sus capacidades connotativas, apresando entre sus recovecos el alma de esa ciudad que, pese a haber dejado de existir, permanecerá apresada para siempre en unas páginas hermosas y fascinantes.

Autor: José Carlos Llop. Título: En la Ciudad sumergida. Editorial: Alfaguara. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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