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Una columna rusa

Andaba el maestro Juan Martínez, tras un montón de cornadas, camino de Kiev para ganarse las habichuelas. En aquel tren viajaban dos clases de personas. Por un lado estaban los “militares, es decir, campesinos a los que días antes les habían dado un fusil y la autorización para asesinar a los padres que se les pusieran por delante”. Eran los años tempranos en los que la Revolución rusa todavía luchaba por imponerse en todo el espacio vital soviético. Luego estaban allí también los artistas de variedades, “clowns que nos acompañaban y que, como yo, teníamos un aire inconfundible de burgueses, con nuestros cuellos almidonados y nuestros hongos ingleses”. Los milicianos apenas vestían jirones. “Esa gente nos trató a baquetazos”, contaba el bailarín flamenco.

La bronca se organizó en una de las paradas del viaje. “¡Largo de aquí, cochino burgués!”, le dijeron en el andén a Juan Martínez, que llevaba pasando hambre desde que Lenin puso el pie en San Petersburgo. “Pero, ¿por qué?”, se revolvía Juan. “Porque eres un burgués asqueroso, y te vamos a colgar ahora mismo”. Él no se achantó: “Yo soy tan proletario como ustedes. ¡O más!”. A lo que la turba respondió exigiendo que lo acreditara: “O demuestra ahora mismo que se gana la vida trabajando como un obrero o le arrastramos”. Martínez tuvo un momento de inspiración: “¡Mirad, idiotas!”, y les enseñó las palmas de las manos. Estaban completamente deformadas por dos callos enormes de tocar las castañuelas.

"Al menos el judío Grossman salvó el cuello: Stalin murió cuando Vasili ya estaba en una lista"

Me acordé de esta escena inmortal leyendo las penurias de Vasili Grossman para editar su libro Stalingrado, precedente del mítico Vida y destino. Once versiones. Cientos de correcciones y supresiones. Editores adictos al vodka. Plazos que sepultaban otros plazos. Y el escrutinio moroso y errático de media docena de organismos políticos guardianes del celo revolucionario de cualquier cosa que tuviera letras. El libro tardó cuatro años en publicarse. Sólo meses después, cuando la marea antisemita subió todavía más en Moscú, obra y autor fueron repudiados. Al menos el judío Grossman salvó el cuello: Stalin murió cuando Vasili ya estaba en una lista.

"Limónov fue a los toros en 2019 con Chapu Apaolaza. “This is not contemporary bullshit”, sentenció al salir de Las Ventas (hola, ministro de Cultura)"

Por entonces ya estaba también en el mundo Eduard Limónov, cuyo período de gestación coincide casi día por día con la batalla de Stalingrado. Limónov limpió dos cosas. Cuando era niño embetunaba entusiasmado las botas altas de su padre, sin sospechar todavía (lo descubrió de adolescente) que él no era un soldado que hubiera ido a la Gran Guerra Patriótica, sino un simple funcionario con bayoneta que jamás entró en combate. Limónov le despreció desde entonces. Muchos años más tarde, cuando ya peinaba canas en la cárcel, Limónov fregaba la pecera del director de la prisión (rutina diaria de un Limónov ya medio asceta) cuando experimentó el nirvana. “Ya no está en ninguna parte y está totalmente allí. Ya no hay nada y hay todo”. Carrère se recrea en este pasaje. Le define mucho mejor lo de las botas.

Limónov fue a los toros en 2019 con Chapu Apaolaza. “This is not contemporary bullshit”, sentenció al salir de Las Ventas (hola, ministro de Cultura). Eso, eso eran exactamente los callos de Juan Martínez, que lampó por la Unión Soviética (le pilló la revolución dentro y ya no pudo salir hasta 1922) más que Chiquito de la Calzada por Japón. Eso eran esas durezas: una verdad en las manos.

 

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