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Una de los nuestros, por Nuria Labari

Una de los nuestros, por Nuria Labari

En Una de los nuestros, Nuria Labari nos presenta a Marta, la mujer que todo hombre quisiera tener como amiga, que estará presente en sus conversaciones más escabrosas, e incluso comentará y se reirá de cada ocurrencia.

Hombres (y algunas mujeres) es un libro no venal editado por Zenda con once cuentos extraordinarios de escritoras hispanoamericanas que celebran el 8 de marzo, día internacional de la mujer.

En este volumen, ideado, coordinado y editado por Rosa Montero, participan Elia Barceló, Nuria Barrios, Espido Freire, Nuria Labari, Vanessa Montfort, Lara Moreno, Claudia PiñeiroMarta Sanz, Elvira Sastre, Karla Suárez y Clara Usón.

Creo que Marta Maldonado es la única persona en el mundo con la que puedo hablar de cualquier cosa sin sentirme culpable o ridículo por nada de lo que diga. Como cuando le conté la escena donde Patrick Bateman, el protagonista de American Psycho, revienta la cabeza de una chica para después meterle la polla en la boca. Resultó que a ella le gusta Bret Easton Ellis.

Marta se rio cuando Alberto Dominguez, nuestro director de desarrollo de negocio, nos contó que en la fiesta de Navidad se había follado a la becaria por el culo en el cuarto de baño. Ninguno de los dos tenía condones. Cuando se dieron cuenta, él ya tenía la polla fuera y entonces la chica dijo: ¿No vas a embarazarme si lo hacemos por detrás, verdad? Marta se ríe de esa clase de cosas. No hay que fingir ni ocultar nada.

Lo cierto es que hay temas de los que no podemos hablar cómodamente con las mujeres. Con el tiempo he aprendido incluso qué asuntos no debo tocar con mi mujer. No digo que sea siempre más fácil hablar con otro tío, pero sin duda es más sencillo sentirnos fuera de juicio.

Si lo piensas bien, es muy difícil que trabajemos en equipo. El asunto es delicado y cada vez más porque las mujeres se enfadan un poco más cada año que pasa. Marta tiene cuarenta y dos y yo cuarenta y seis. Pero ella no es como las demás. Ella no va con una vara de medir en la mano, que es lo que hacen todas las mujeres con poder de más de cuarenta que conozco. Están siempre midiendo, siempre dispuestas a enfadarse. Miden los sueldos, la talla de sus hijos, sus tacones, nuestras pollas, hasta se miden el contorno de los muslos, por amor de Dios. Pero sobre todo, miden cada una de nuestras palabras. Usan, sin lugar a dudas, uno de esos metros de costura, tan flexibles como una buena soga. Su propia soga, me temo, porque después de todo son ellas las que llevan esa cinta en las manos.

Pasamos muchas horas al día trabajando juntos. La luz en los despachos es blanca como la de un quirófano y a veces, a eso de las ocho de la tarde, la veo envejecer, como cuando en las tardes de otoño contemplo caer las hojas de los árboles en el jardín de mi casa. O mejor. Es casi como cuando veo brotar las hojas en primavera. Si prestas la atención suficiente puedes ver crecer brotes verdes delante de tus narices. Es fácil estar atento cuando no sabes qué hacer o con quién hablar en tu propia casa.

Me gusta mirar a Marta bajo esa luz, de frente, fijándome descaradamente en todo. No es una tía especialmente guapa, tiene los ojos grandes y una boca pequeña que a veces pinta de rojo, media melena oscura que casi siempre está un poco despeinada. Tampoco tiene lo que se dice un cuerpo perfecto, está un poco más gorda de lo que suelen estar las chicas que me gustan, pero se mueve mejor que la mayoría. Reconozco que Marta no es de las más guapas pero es atractiva. Me fijo en el encaje de su sujetador asomando cuando se le despista el primer botón de la camisa. Le miro el culo cuando sale de mi despacho. Observo cuando necesita una limpieza dental o cuando el carmín le ha manchado un diente. Ella también me mira. Nota cuando me corto el pelo o si estreno una chaqueta azul marino, que es el color de todas mis chaquetas. Es una sensación de intimidad increíblemente agradable.

No recuerdo sentirme tan cómodo con una mujer ni en mi época de estudiante, que es cuando más amigas he tenido. Claro que, visto con perspectiva, entonces los tíos éramos aún peores. En los noventa, la mayoría de los actuales CEOs de este país estábamos estudiando contabilidad financiera, marketing, gestión financiera y cosas así. Éramos doce chicos y seis chicas en la promoción de mi MBA.

Las chicas del MBA llevaban chaquetas de cachemira gris y pendientes de perlas. Eran el tipo de tías con que íbamos a casarnos y eran todo lo amigas que podían llegar a ser. Nosotros vivíamos en pisos compartidos cerca del campus, estudiábamos casi todo el día y nos emborrachábamos casi todas las noches. A menudo bebíamos después de estudiar. Entonces nos partíamos de risa aplicando conceptos básicos de marketing a la relación entre hombre y mujer. En aquella época sólo nos interesaba una cosa.

Daniel Azcárate, el número uno de mi promoción, fingía ser nuestro profesor de finanzas en el salón de mi piso. En marketing básico el Universo se puede dividir en dos grandes segmentos: hombres y mujeres, arrancaba whisky en mano. Y a partir de ahí, elaboraba su teoría. Si aceptamos que el primero de los segmentos busca sexo y el segundo busca seguridad, podemos explicar cualquier proceso de compra y cualquier campaña de marketing, ya sea por la búsqueda de la seguridad o la búsqueda del sexo. ¿En qué gastan los tíos? En coches. ¿Para qué? Para conseguir sexo. ¿Queremos conseguir buenos trabajos para qué? Para tener buenas tías para conseguir sexo. En definitiva, amigos míos, si a un tío le ayudas a conseguir sexo, conseguirás venderle lo que sea. Y después de la carcajada general seguía. Eso mismo se aplica al otro segmento. ¿Qué buscan las mujeres? Seguridad. ¿En qué gastan pasta? En sentirse seguras. ¿Qué les hace sentirse seguras? Conseguir hombres que las amen y, a ser posible, ganen un montón de pasta que garantice su seguridad. No es más que el principio de segmentación del marketing más básico. No lo olviden, muchachos.

Por aquel entonces Bret Easton Ellis era nuestro escritor preferido. Por eso le conté a Marta la escena soez de la novela, hablando de uno de los pocos libros que he leído en mi vida. Porque, evidentemente, a ninguno nos interesaba la literatura. Ni entonces ni ahora. A Marta sí, ella lee y sabe un montón de cosas que no aparecen en su currículum. Aquel tío era un bestia, un puto animal y, de alguna manera, era nuestro héroe. No es que quisiéramos ir por ahí arrancando pezones con la boca a las prostitutas como hacía el protagonista de la novela. Por aquel entonces, nosotros ni siquiera íbamos de putas. Era su forma insolente de nombrar el sexo y el dinero lo que nos arrebataba. Éramos unos críos estudiando ocho o diez horas diarias para convertirnos en hombres de provecho, capaces de ganar mucho dinero y cumplir cada uno de los sueños que habían sido diseñados para nosotros. Trajes caros, coches caros, casas caras, mujeres caras, familias caras, colegios caros, barcos caros, casas en la playa caras, drogas caras, divorcios caros. Supongo que ya entonces nos sentíamos demasiado solos. En el fondo, nos sometíamos por voluntad propia a un entrenamiento de alto rendimiento en sumisión. Íbamos a ser hombres justos, comedidos, siempre con traje, siempre educados, casados desde muy pronto, padres cuanto antes. Éramos los orfebres de nuestra jaula dorada y lo peor de todo es que, en el fondo de nuestro corazón, lo sabíamos.

Yo tenía veinticuatro años y conducía un Volkswagen Golf de segunda mano. Me sentía el rey del mundo al volante de aquel coche.

—Tengo un Aston Martin —confesé a Marta una tarde en el despacho. Eran más de las nueve de la noche. Aquella tarde hubiera dado días de vida por subir con ella al Aston y pisar el acelerador. Beber y bailar, no sé. Mandarlo todo a la mierda al menos durante una noche.

—¿Vamos a algún sitio? —preguntó.

—Eres la primera persona dentro de esta empresa a quien se lo cuento.

—¡Quiero verlo! Vamos al parking —respondió. Pensó que le estaba hablando de un coche nuevo.

—Tiene casi dos años. Pero no está aquí, apenas lo saco del garaje de casa.

—Mentiroso.

—Es triste pero es cierto. Era uno de los sueños de mi vida. Me costó más de cien mil euros y apenas lo uso.

—¿Y por qué no lo usas?

—En parte porque sirve de poco un biplaza cuando aún llevas alzadores infantiles en el crossover familiar. Pero también porque me da muchísima vergüenza. No quiero traerlo al trabajo porque la mayor parte de mi equipo cobra un salario anual inferior al precio de los extras que monta mi coche.

—Si te avergüenzan tus sueños, inventa otros. Pide a tu mujer que lo lave en ropa interior o usadlo para follar —dijo—. Dime al menos que no es rojo.

—Es gris antracita.

—Véndelo.

—Lo más enfermizo es que, aunque apenas lo conduzco, me procura un enorme placer el mero hecho de sentarme en el asiento del conductor y oler el cuero. A veces bajo al garaje sólo para encenderlo y escuchar el motor o para respirar en su interior.

—¿Y a qué huele el cuero de un Aston? —preguntó Marta.

—Huele a zapatos nuevos y… a sexo.

Cuando salió del despacho pude ver la cara de Azcárate recordándome desde el salón del piso de estudiantes: “Compramos coches para tener sexo”. Y pensé si le había contado lo del Aston por eso. Me dije que no. Después de todo, Marta no es solo una directiva que se ríe con nosotros y gana tanto como nosotros. Marta es, sin lugar a dudas, una de los nuestros.

Igual que nosotros, Marta también es el sustento principal de su familia. Ella es de las pocas tías de la empresa (y del país) que gana más dinero que su marido. Trabajar a su lado me ha hecho entender cuál es el verdadero techo de cristal de las mujeres. Por qué siguen ocupando sólo el 27% de los puestos directivos en España a pesar de que sus currículums sean imbatibles. El verdadero techo son los grupos de whatsapp donde los hombres que mandamos compartimos chistes guarros. Y alguna que otra infidelidad. ¿Quien quiere que su grupo de confianza lo formen personas que no comprenderían sus secretos?

Creo que todas las compañeras de Marta están casadas con hombres que ganan más que ellas. Y, a cambio, ellas suelen trabajar menos horas que ellos, supongo que son mejores madres que Marta. Aunque, de momento, Marta sólo tiene un hijo. Y no creo que la cosa vaya a más.

Es evidente que las cuotas no van a arreglar nada respecto al techo de cristal de mujeres, pero nuestra tendencia a tener cada vez menos hijos nos hará cada vez más iguales. O, lo que es lo mismo, más hombres.

—Está clarísimo cual es la clase de tío que preferís —solté el órdago a Marta sólo para chincharla—. El que gana más. Más que vosotras, quiero decir. En el fondo os da igual si somos más o menos altos. Pero os gusta que ganemos más.

—No sé en qué estaba pensando cuando me enamoré de mi marido —sonrió—, pero está claro que me ha salido bien caro.

—¿Sabes que los tíos calculamos cuál ha sido el polvo más caro de nuestra vida?

—Ni lo sé ni me lo creo.

—Es un chiste clásico de escuela de negocios —expliqué—, y tú eres una de las pocas tías del mundo que podría jugar. Aunque es más raro que las tías paguéis por ese tipo de cosas.

—Lo que no cuesta dinero no tiene ningún valor —respondió—, es otro clásico de primero de finanzas. A lo mejor por eso me gusta mi marido.

—Eres muy zorra.

—Tú sí que eres zorra —sentenció. Tocado y hundido.

Está claro que una vez descartados todos los de pago y los viajes y los regalos y las cenas y las joyas, el polvo más caro de tu vida es el que echas en casa. Y lo peor es que cada día que pasa es más caro, en tanto el rendimiento es decreciente, porque ella gasta cada vez más y practica menos sexo.

Cuando terminé de contárselo, Marta estaba dividiendo su salario mensual entre ocho en la calculadora de su smartphone.

—No te crees ni tú esa cifra —le digo—. Ocho polvos al mes supone una media de dos a la semana y eso no pasa todas las semanas. De hecho no pasa casi nunca.

—Tendríamos que follar muchísimo más para amortizar esta vida —fue toda su respuesta.

No importa cuanto dinero ganemos ni cómo de bueno sea el bonus a final de año. En realidad, los hombres y mujeres con mejores sueldos de la ciudad vivimos rodeados de muebles de oficina. Algunos directivos exigen que el suelo de su despacho sea de madera y tener las mejores vistas del edificio. Una vez conocí a un CEO que se había hecho una pista de golf en su sala de reuniones. Y no hace mucho visité un despacho en la Gran Vía con acceso a un pequeño jardín con un estanque lleno de peces naranjas. El tipo me explicó que los había traído de Japón. Cuando empecé a trabajar me hubieran parecido unos horteras. Ahora también. La diferencia es que hoy entiendo por qué lo hacen. Estamos hablando de hombres millonarios, tíos que podrían dejar de trabajar mañana y vivir bien el resto de sus vidas. Pero no son nadie fuera de esos despachos. Si perdieran su trabajo, no sabrían qué hacer con su vida. O peor: no tendrían ninguna vida con la que hacer nada.

Para gente como nosotros, los lazos débiles que se estrechan en una sala de reuniones pueden llegar a ser los únicos lazos a los que agarrarnos. Por supuesto está la familia, la pieza angular de cualquier hombre o mujer de éxito, pero no hay tiempo para mucho más a poco que quieras dormir. El problema es que antes o después, la familia se convierte en otra clase de trabajo. Y eso que yo he tenido suerte con mi casa. A mí me sigue poniendo muchísimo mi mujer, no he sido infiel en toda mi vida. Pero lo que tenemos ahora no tiene nada que ver con lo que tuvimos antes.

Ya nunca volverá la tarde de la boda de mi cuñado. En medio del banquete me metió sus bragas en el bolsillo de la americana y me susurró al oído. “Estoy muy sucia, ven a limpiarme”. Y lo siguiente fue aquel cuarto de baño de azulejos rosas y grifería dorada. Con el tiempo llegaron los hijos y los hijos crecieron y mi mujer se convirtió en la madre de mis hijos y yo me convertí en un buen padre. Y ahora mismo, los dos nos sentiríamos muy ridículos si le pido que me la chupe en el Aston. Es como si ya no pudiéramos hacer guarradas sin sentirnos unos ridículos. Puede que ni siquiera eso. A lo mejor es que estamos los dos demasiado cansados. No sé cuantas visitas al pediatra, tardes en Ikea, comedores infantiles, cines en un centro comercial, cumpleaños en parques de bolas y deliciosas comidas familiares puede soportar la tensión sexual de una pareja. El hilo es más fino de lo que solemos pensar. Y en todos los casos que conozco llega un momento en que se rompe o se relaja. No sé qué es peor.

Entonces te queda el trabajo. Aquí es imposible el relax. Siempre tenemos objetivos nuevos. Siempre estamos motivados, dándolo todo, año tras año con el mismo entusiasmo que el primer día. Incluso más. Porque cada año que pasa tenemos algo nuevo que perder y menos oportunidades ahí fuera. Los directivos trabajamos por el bonus, por la prima a final de año, por ganar más pasta que el año anterior. Esa es la forma que tienen las empresas de comprar nuestras vidas. Así es como nos hacen sentir hombres y mujeres realmente importantes y no simples empleados que entregan su tiempo a cambio de dinero. La compañía nos premia si generamos beneficios, nos hace cómplices. Y esa es la razón por la que llevamos una vida mucho peor que cualquier mando intermedio.

En el grupo de ventas tenemos una fantasía: cumplir los objetivos anuales el segundo trimestre del año. Tenerlo todo vendido en el mes de junio, el bonus garantizado para final de año, un verano por delante y tres meses para rascarnos las pelotas. Los ovarios, en el caso de Marta, que siempre puntualiza.

—Cuando llegue ese día vamos a celebrarlo como nos merecemos —asegura Domínguez.

—Ese día vamos a llenar un barco de putas y cocaína y después nos vamos a subir en él —sentencia Antonio Ortega, uno de nuestros mejores consultores.

Algunas veces, cuando tenemos un cierre caliente, nos pasamos enlaces por whatsapp con distintos tipos de embarcaciones para motivarnos. Aunque el mejor enlace lo pasó Marta. Era la noticia de un periódico local de Levante. Junio de 2018: “Alquilan un yate y se hunde por exceso de prostitutas”.

—La verdad es que la imagen del barco funciona mejor con tías. Cuando empiezo a llenar la proa de tíos ciclados en bañador turbo, tengo la impresión de estar en una fiesta gay —dijo—, pero yo voy a subir a ese barco. Me drogaré y os veré follar a todos mientras me tomo un Bellini.

—Deberíamos ir mirando embarcaciones —observó el director de desarrollo de negocio. Porque este año nos salimos.

Fue muy torpe al enviarnos un enlace de compra y venta de yates. Aquella tarde la pasamos bromeando sobre el eterno dilema entre comprar y alquilar. Les conté a todos una escena de película que venía al pelo. Un ex jugador de fútbol americano retirado se había reconvertido en manager de jóvenes talentos y aconsejaba a los jugadores en la cresta de su carrera. “Todo lo que corre, vuela o se puede follar, hay que alquilarlo y nunca comprarlo”. Este tipo de cosas pierden valor en el momento en que las usas por primera vez y cada día pierden un poco más.

La semana pasada cerramos una operación de un millón de euros.

Aquella tarde decidimos irnos de putas.

—Debéis saber todos que yo también voy —dijo Marta.

Y, en el fondo, todos lo sabíamos. Elegimos un bar de alterne del norte de Madrid. Marta se lo pasó en grande durante las primeras tres copas, con todas las tías alrededor y nosotros pidiendo champán y brindando aquí y allá. En el fondo sólo queríamos hacer chistes, estar juntos y portarnos mal. Todos nos pasábamos la mayor parte de nuestras vidas portándonos bien.

Cuando los demás empezaron a estar lo suficientemente borrachos como para tocar a las chicas, Marta las tocó también. Incluso pidió y pagó una ronda para todos que sirvió una mujer rubia que no paraba de flirtear con ella. Pensé que la puta podría ser lesbiana.

Pero como era de esperar, Marta fue la primera que decidió salir de allí. Y, como era de esperar, yo salí con ella.

—Ha sido tan divertido como lamentable —resumió.

Habíamos dejado el coche en el trabajo y ninguno de los dos tenía cómo volver a casa. Tampoco teníamos ganas de volver. Así que comenzamos a caminar Castellana abajo. Estaba claro que debíamos follar aquella noche. Deberíamos tener sexo del bueno, del de antes. Y hasta enamorarnos y hasta divorciarnos y hasta tener hijos con Marta Maldonado y hasta mandarlo todo a la mierda y empezar otra vez. Y hacerlo mejor. Pero algo de mí se resistía a rozarla. De hecho no me acerqué, no de ese modo. Después de todo, Marta había llegado a mi vida para cambiar mi mundo, no mi historia. Creo que voy a masturbarme muchas veces pensando en todas las formas en que pude haber hecho lo que no hice.

Todo aquella noche, las luces de la avenida, los faros de los coches, las oficinas encendidas, los neones en lo alto de algunas torres parecía alumbrar nuestra decisión.

—Tenemos demasiado que perder —dijo ella.

Y los dos sabíamos de lo que estábamos hablando. No se trataba de la familia ni de la vida ni de los planes ni de nuestras historias personales. Era una cuestión estrictamente laboral.

Así que rodeé a Marta por el hombro y la apreté a mi cintura para seguir caminando calle abajo. Con toda nuestra determinación concentrada en deambular sin rumbo.

Marta apoyó su cabeza en mi hombro y miró al cielo.

—Creo que formamos un gran equipo —dije. Y al hacérselo saber sentí un goce nuevo. Una bondad que no había experimentado antes en el sexo y un placer desconocido en el bienestar esponjoso que almidona toda mi vida.

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Coordinadora editorial: Rosa Montero. Autoras: Elia Barceló, Nuria Barrios, Espido Freire, Nuria Labari, Vanessa Montfort, Lara Moreno, Claudia Piñeiro, Marta Sanz, Elvira Sastre, Karla Suárez y Clara Usón. TítuloHombres (y algunas mujeres). Editado por Zenda con el patrocinio de Iberdrola. Descarga gratuita en Amazon 

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