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Una foto en marco de plata

Sucede muchas veces: una persona descubre que se siente ajena a su familia. Le cuelgan de la nariz los labios de su padre, pero está lejos de aquel hombre, casi siempre bueno, que no cumplió su promesa de salir juntos en bicicleta por el monte. Repite frases hechas heredades de su madre, heredadas de su abuelo, aunque no puede afirmar que quiera a esa mujer ya entrada en años que parece cada vez menos egoísta.

Pongamos que es domingo. Pongamos que esa persona-con/sin-familia va en el coche cuando suena por tercera vez el teléfono. Por fin descuelga el manos libres: es su padre. Que cuánto le queda para llegar, que ya están todos allí. “Papá, voy de camino, son las once y hemos quedado para comer”.

No llega tarde, pero tiene la sensación de estar haciendo algo malo por no estar en la casa familiar, perdiendo el tiempo entre conversaciones anodinas sobre fútbol, a propósito de los impresionantes avances de uno de sus sobrinos con la pronunciación de la erre, de lo bueno que está el arroz aunque la madre se empeñe en echar grano integral.

Por fin aparca. Antes de las cinco quiere estar de vuelta. No aguanta a su familia. En realidad, no entiende por qué hay que aguantar a la familia. Desconfía del concepto «familia», sobre todo. Porque son casi todas una farsa, porque todas las familias son infelices.

El aperitivo es una carrera de Fórmula 1

Quitar de la mesa el gran marco de plata con la foto de familia que tus padres actualizan cada año es un acto obsceno, como ver porno a oscuras: te invita a pensar que puedes deshacerte de todo ello, de todos ellos, si tiras el marco y el cristal estalla y rasga el papel con todas vuestras sonrisas falsas de fin de año.

"Comes el arroz, insípido, y añoras el libro que has dejado sobre la mesa. Habla de padres como los tuyos, que no lo han hecho bien pese a intentarlo"

Esa sensación no la advierte el resto mientras tú pones la mesa y tus padres y hermanos ven la Fórmula 1 “porque a ti no te gusta, pringao”, y comen la famosa ensaladilla de la vieja. Te parece una pequeña venganza contra ese núcleo podrido que tus padres han organizado en torno a ellos. Los matas a todos cada vez que retiras la foto: los niegas, como Pedro, una y otra vez, y no habrá llaga en forma de enfermedad, de nacimiento, de noticias de nuevo trabajo o de muerte que te hagan creer en eso que llaman lazos de sangre.

No es solo tu caso: todas las familias son infelices, todas infelices, todas las familias infelices.

El plato principal es un arroz insípido

Comes el arroz, insípido, y añoras el libro que has dejado sobre la mesa. Habla de padres como los tuyos, que no lo han hecho bien pese a intentarlo; de hijos como los de tus hermanos, fríos y malcriados y malqueridos y malhablados; de hermanos como los tuyos, envidiosos, cafres, estúpidos, de personas como tú: ruines, egoístas, enfermas de maldad.

Qué acertado está el autor, Ramón Bascuñana, al titular su libro de relatos Todas las familias infelices (Ediciones Chamán, 2019). Elaboras un catálogo en tu cabeza mientras tratas de tragar las bolas del arroz más triste que recuerdas: no puedes decir que ni una de las familias que conoces es genuinamente feliz. El que no bebe se acuesta con otras, la que parece encantadora no hace más que ocultar su capa de rencor para gritar cada noche a la hora de la cena.

Así son todas, te dices, todas. Como aquella que narra el escritor alicantino en uno de los primeros relatos del libro, en el que una saga de músicos obliga a sus hijos a formar parte de un exitoso cuarteto de cuerda, más allá de preferencias, gustos, vocaciones. Cuestión de linaje, parecen decir, cuando deberían reconocer que solo tratan de canalizar en los vástagos el deseo de éxito de las generaciones pasadas.

"Son, todos los relatos, una forma de reconocer que en todas las familias hay un algo, una fibra mínima que siempre está a punto de quebrarse hasta que lo hace"

O como ese otro niño sin padre que se pasa los días atado a la cama porque la madre, cristiana y abnegada, necesita descansar de un hijo al que Dios le ha privado de su mirada.

O como esa madre depresiva y sola que piensa que está salvando a su hijo de lo que hicieron con ella cuando, en realidad, lo que ocurre es que le está imponiendo una vida. Distinta a la que le obligaron a elegir a ella, sí, pero impuesta y sin derecho a réplica.

Algunos más: el viejo que muere y deja a los hijos el problema de qué hacer con una madre que jamás les ha dedicado una palabra amable; el bebé deforme que supone el fin del matrimonio, el fin de la vida del hermano mayor, el fin de su propia vida…

Ramón Bascuñana, que acumula en este libro una veintena de cuentos, casi todos premiados en diversos certámenes, dota al conjunto del tono a media luz de esas casas repletas de maletas antiguas y muebles grandes, inmensamente grandes y oscuros, como de nogal.

Son, todos los relatos, una forma de reconocer que en todas las familias hay un algo, una fibra mínima que siempre está a punto de quebrarse, hasta que lo hace. Y sucede todo: los reproches, el miedo, la huida.

El postre es una tarta helada de fabricación en serie

Casi todos los protagonistas de Bascuñana en Todas las familias infelices le hablan al lector en un largo monólogo. Palabras que oprimen el pecho, que obligan a una lectura frenética, agobiante, en un afán porque resulte sencillo ubicarse en el lugar exacto de su historia.

"Son personajes que han comprendido el trauma, pero se niegan a asumirlo y continuar cerca de los culpables"

Son personajes que han comprendido el trauma, pero se niegan a asumirlo y continuar cerca de los culpables. Hay una rotura, pasada, futura o presente, que desencadena la narración. Y sobre ella, que es una y es muchas, se generan las historias. Parecen como distintas versiones de lo mismo, pues al fin, cuando se cierra el libro, es fácil comprender que Bascuñana escribe sobre aquello que prácticamente cualquier persona ha vivido de un modo más o menos intenso: esa sensación de no haber sido querido lo suficiente, de no haber sabido querer por igual.

Ahí está el origen. Lo que viene después es una tarta helada de fabricación en serie que se derrite sobre la mesa porque tus hermanos quieren ver cómo el piloto cruza la meta en la última vuelta.

Son las cinco. Te despides. “Gracias, mamá, ha estado todo genial, nos vemos el domingo”. Vuelves a tu casa, a tu vida rota por una historia rota como las que se quiebran en las 250 páginas de Todas las familias infelices. Por fin solo. Por fin solo.

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Autor: Ramón Bascuñana. Título: Todas las familias infelices. Editorial: Chamán ediciones. Venta: Todostuslibros y Amazon 

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