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Una lección de Mailer

Se ha pasado tanto tiempo persiguiendo héroes en los libros que uno se olvidó de buscarlos en la vida real. Un viejo reportero me relató sus encuentros con Young Martín, el zurdo de Cuatro Caminos. Cuando le preguntó por su último triunfo en el cuadrilátero, el campeón respondió:

—La victoria no es ganar, sino poder comprar una casa a mis padres.

Cuando conocí a Miriam La Reina Gutiérrez la precedía su nombre, pero lo primero que me salió al paso fue la persona. Ella cumple esa definición no escrita de que un púgil es su corazón y no las onzas de sus guantes. Norman Mailer, vecino en su periodo del Bronx de Arthur Miller, quien lo definió como un hombre con la mirada poseída de ruido y furia, describía en su libro La cima del mundo cómo una mano mágica de Joe Frazier tumbaba a Muhammad Ali en el decimoquinto asalto del que fue el primer combate del siglo.

"Mailer, que más que una literatura es una leyenda, sabía que muchas veces la épica del boxeo no es noquear al adversario, sino levantarse"

Mailer, que más que una literatura es una leyenda, sabía que muchas veces la épica del boxeo no es noquear al adversario, sino levantarse. Cuando en esa velada en el Madison Square Garden, con olor a puros y birras, y Frank Sinatra en las gradas, el loco de Louisville, el rey de ring, el más grande deportista de todos los tiempos, Ali se incorporaba con la mirada todavía nublada, Mailer comprendió antes que nadie que América entera también se incorporaba con él.

Miriam La Reina Gutiérrez obtuvo su primer título en ese Omaha Beach que es la existencia, la real, que es donde se dan cita las peleas más duras. Donde otros hubieran tirado la toalla, ella mordió el bucal con arrojo y salió a plantar cara a los negros fantasmas que la acosaban, que es donde su talla adquiere más estatura, como supimos todos por aquel chivatazo literario que resultó El boxeo es vida, vive duro, de Jerónimo Jero García, un tipo que vino al mundo con la misma alzada que un senador romano. Miriam no boxea, hace boxeo, que es muy distinto; o sea, que hace arte, que es lo complejo, en la lona y en cualquier oficio. Sus combates son una demostración de lo que tienen en común la dulce ciencia con las aspiraciones de la arquitectura: en ambos casos consiste en apropiarse de un espacio y abrir huecos. Ella crea en su entorno vacíos, simas por donde agonizan los golpes de los rivales. Sus esquivas son como cinceles, que van tallando en el aire la imagen de su propia figura. Ahora, en un match que hubiera disfrutado hasta el displicente Hemingway, le ha arrebatado el título de Europa a Samantha Smith, una británica que traía la firme convicción de que sabía boxear y que, ante los recortes de la reina, ha asumido que lo suyo tiene más que ver con batear.

"A uno le gustaría puntualizar que llegó al pugilismo por mero azar, cuando ya se estaba harto de tanto correr y nunca ir a ningún sitio"

La escritora Joyce Carol Oates, en ese clasicazo que es Del boxeo, que dedica a los contrincantes, aceptaba la proposición de que la existencia es una metáfora del boxeo y que el mayor adversario eres tú mismo. Miriam demuestra, como los místicos, que uno siempre puede elevarse por encima de sí mismo, aunque sea difícil y exija esfuerzos, una lección a tener en cuenta en una sociedad como ésta, que ha extraviado el significado de la palabra «voluntad­». Su título nos reconcilia, por una vez, con la vida, y nos invita a creer que de vez en cuando, en esta carrera, también ganan los justos.

A uno le gustaría puntualizar que llegó al pugilismo por mero azar, cuando ya se estaba harto de tanto correr y nunca ir a ningún sitio. Suceso que algunos interpretarán como imagen del hombre que deja de huir para enfrentarse a las profundidades que lo habitan. Ya se había leído América, de Norman Mailer, ese volumen donde el escritor reunía parte de sus crónicas pugilísticas, y creía que allí iba a encontrar un deporte pero lo que encontró al pie de ese cuadrilátero, aparte del doloroso hallazgo de que pocos tipos han tenido menos cualidades para subir a la tarima, fue a una tribu de colegas; entre otros, a Miriam —una mujer de la que se ha aprendido que el verdadero pesaje de una persona es su humanidad— y a ese paterfamilias que es Jerónimo Jero García, su entrenador, un prenda con alma de Temístocles. Uno aún sonríe al recordar sus primeras palabras:

—Chaval, tienes una nariz bonita, así que refugia la barbilla en el pecho.

Y empleó exactamente ese verbo, «refugiar». Un poeta.

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