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Una mirada a lo largo del camino

Sobre Asombro y desencanto, de Jorge Bustos

A Jorge Bustos se le ve un seguro escritor. Más allá de otros géneros que haya podido practicar, como la columna periodística, en la que es tan celebrado, Bustos cultiva aquí un género que en su pluma resulta puramente literario para lectores que gustan de la literatura, aunque surgiera de un encargo (a Cela el Viaje a la Alcarria se lo encarga la Revista de Occidente). La inteligencia y la cultura de Bustos se adaptan muy bien al género, tras los pasos de Azorín, Pla y otros. Viajar es un placer que enriquece el alma, la ensancha, fuente de felicidad, al igual que lo hace un buen libro de viajes, y éste en mi opinión lo es.

La literatura no es una lista de obras favoritas, ni de éxitos, ni de premiados y finalistas, sino más bien un viaje, una forma de vivir—, pero puedo decir que este libro de Bustos me gusta más que La ruta de Don Quijote, de Azorín, cuyo encumbramiento, el del libro, nunca he acabado de entender —más allá, por supuesto, del tema, del género y del autor—, y que el volumen de Bustos me ha hecho recordar, siendo muy diferente, los libros de Cela, con los que tanto disfruté y aprendo. En cualquier caso, encuentro que Asombro y desencanto (Libros del Asteroide) no desmerece en absoluto los mejores libros de viajes que conozco, incluyendo los de Javier Reverte, que nos ofrecen una propuesta y un estilo muy diferentes, pero llenos también de sabor y amenidad.

"El autor escribe con conocimiento, con cultura, con soltura: como todos los buenos narradores quizá, empuña firmemente la pluma"

Al igual que ocurre con los de Javier Reverte, con el libro de Bustos recorremos mucha cultura y mucha tierra, La Mancha, el Quijote, Quevedo, Francia, Montaigne, Flaubert, París… todo lo que el viajero se topa y da cuenta, lo que lleva consigo, que es mucho, y lo que va aprendiendo en su mirada, que es amplia, leída e irónica. Pero yo sobre todo tengo la sensación de que en este libro al que de verdad conocemos, muy por dentro, es al propio viajero, al propio Jorge Bustos, o a ese personaje a medias literario a medias real que aparece en su libro, como todos los narradores quizá, y que estoy seguro que tanto se le parece a él mismo, hasta trascenderlo incluso.

El autor escribe con conocimiento, con cultura, con soltura: como todos los buenos narradores quizá, empuña firmemente la pluma. Sin duda su ejercicio periodístico, constante, así como su carrera de Filología Clásica y su especialidad en Teoría de la Literatura, le han ayudado mucho en todo ello. Este libro, con los años, podría permanecer junto a otros clásicos de la literatura de viajes. No veo por qué no. Está escrito con pasión y con devoción, aunque también con cierto desapego que equilibra y armoniza el conjunto.

Un género puramente literario, he escrito y me lo parece, éste de los viajes, pero en realidad los textos del presente libro, los de La Mancha, o algunos al menos, nacieron del periodismo, de un encargo, al igual que La ruta de Don Quijote, de Azorín. Pero también hay que recordar que el periodismo es o puede ser literatura, que el artículo es o puede ser un género literario. Que se lo digan a Ruano, a Camba, al mismo Pla. A tantos grandes articulistas, escritores en el periódico. De todos modos Jorge Bustos me ha dicho que el 70% de su libro es inédito, mientras que el 30%, el viaje a La Mancha, lo publicó en su día El Mundo para celebrar el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote.

"El autor leonés habla de lo importante que es la mirada en un libro de viajes, también en la vida"

Completa el volumen un prólogo de Andrés Trapiello lleno de contenido, con su estilo habitual de cuidada literatura. El autor leonés habla de lo importante que es la mirada en un libro de viajes —también en la vida—, y cómo Bustos la tiene. Por supuesto Trapiello la posee, y muy ejercitada, como sabemos los lectores de sus diarios y de otros textos. Recuerdo ahora que Arturo Pérez-Reverte siempre sostiene que un escritor es su mirada. Quizá ésta sea una buena definición, breve y sintética, de lo que es un escritor, de su punto de partida, tal vez de su punto de llegada: “Un escritor es su mirada”. También afirma a menudo Pérez-Reverte al hablar de sus novelas y de lo que bulle en ellas que “nadie pone lo que no tiene”, y el lector puede deducir cómo es Jorge Bustos, lo que “tiene”, por todo lo que “pone” en este libro, que es mucho, de cultura, de escritura, de personalidad. De tiempo y de espacio. De vida.

Para escribir este artículo he podido hacerle unas preguntas al autor de Asombro y desencanto, y éste ha sido el fruto de mi curiosidad.

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—Me has dicho que este libro es, quizá, lo que más te gusta de todo lo que has escrito. ¿Por qué crees que esto es así?

—Por la edad, claro. Es el último. Y la escritura es un proceso de maduración. Me reconozco más en este estilo que busca la exactitud, una cierta depuración. Pero supongo que el siguiente me gustará más que este.

—¿Qué libros llevabas en la mochila? ¿Por qué esos libros?

—En realidad los libros no se llevan en la mochila sino en la memoria, incluso en el subconsciente. Pero al viaje manchego llevé por razones obvias La ruta de Don Quijote de Azorín, que terminó muy manoseado, y al viaje francés llevé Las ciudades del mar de Pla, La educación sentimental de Flaubert y El temperamento español, de Victor Pritchett. También por razones obvias.

—¿Qué da escribir viajes al escritor que no se lo da otro tipo de literatura?

—El género de viajes es muy agradecido porque es un género de géneros: permite el ensayo, la poesía en prosa, la autobiografía, el diálogo teatral… La única condición es que el autor posea una mirada que unifique y confiera una tonalidad reconocible y medianamente original al recorrido. Trapiello dice que la tengo: ojalá tenga razón.

—¿Y al lector qué le dan de especial estos textos?

—Nada especial, solamente literatura de observación. Pero según Pla es superior a la literatura de imaginación.

—¿Qué es el viaje, literariamente hablando, y qué no es?

—El viaje es un marco, una estructura que abre posibilidades narrativas constantes y que se corresponde con la vida en una metáfora perfecta. En el origen de la literatura, de Homero a Cervantes y de Melville a Propp, está el viaje.

—El libro tiene mucho humor, o, más todavía, ironía. ¿Te brotó con naturalidad?

—Digamos que es parte de mi forma de mirar, sí. También en el periodismo.

—¿Qué le aporta Francia, hoy, a un escritor?

—Hombre, eso es como preguntar que le aporta el Bernabéu a un futbolista.

—¿Qué te aportó a ti?

—Un afrancesamiento consciente, placentero. Uno de los rostros más armoniosos de la civilización.

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