Pocas novelas tan ancladas a la realidad como esta: el protagonista vive sus primeros años de independencia en una habitación de un piso compartido de Madrid. Un lugar en el que es imposible echar raíces, pero en el que se puede defender la amistad, la honradez y la soledad.
En este Making Of, Rodrigo Gervasi cuenta cómo escribió La grieta (Sexto Piso).
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Siempre me han interesado los espacios. La forma en la que nos relacionamos con ellos. Entendiendo que los lugares que habitamos conforman la forma en la que estamos en el mundo y, por ende, quiénes somos.
Está claro, entonces, que a la hora de ponerme a escribir, para mí es fundamental la forma. En el primer libro que publiqué, Recorridos mínimos, esta tomaba la forma de trayectos: una acumulación de los diferentes recorridos cotidianos que realiza una persona a lo largo de su vida para entenderla tal y como la vive y experimenta. Comprender que esos espacios intermedios bastan para reflejar una vida, y que la vida, en sí misma, es en realidad lo único que me interesa. Atender a la forma como esqueleto de una obra lo aprendí de Cusk con su trilogía Outline y de Mishima con su Pabellón de Oro. El entender que la experiencia vital puede sostenerse sin grandes nudos lo aprendí de todo autor que me ha emocionado: Chantal Akerman, Roser Vernet o Bárbara Jacobs.
Tan importante es para mí la forma que, una vez la tengo —en este caso, narrar una historia con un límite temporal y espacial, tres años en el interior de una casa— paso a añadir limitaciones que, una vez establecidas, me permitan moverme con libertad dentro de ellas. En este caso fue decidir que la novela fuera concisa, con dos tiempos —la narración y los saltos al futuro— y dos ritmos —el narrativo y los diálogos en prosa—. Al introducir estos dos tiempos y dos ritmos, quise depurar el resto: prescindir de capítulos, eliminar los guiones de diálogo, mantener cierta pulcritud y circunscribir el caos a esos dos elementos.
Una vez decidido el esqueleto de la novela, una vez trazados los planos del edificio y comprobado que pueden sostenerlo, toca encontrar el contenido. Para ello, me dejo guiar por la cita de John Keats: “Beauty is truth, truth beauty,—that is all.” Es decir, trato de guiarme en todo momento por la verdad. Lo cual no implica dejar de lado la ficción, sino todo lo contrario, pero entendiendo que en cada frase debe haber una sinceridad que la sostenga. Me interesa transmitir la vida, de lo concreto a lo amplio, a través de escenas cotidianas que, en conjunto, conforman un mosaico de algo más grande. Huyo de la artificialidad y de lo impostado: toda frase tiene una función y cada palabra sostiene una idea, un matiz; de lo contrario, la elimino. Pienso en la economía del lenguaje, en el minimalismo, en encontrar las palabras justas para decir exactamente aquello que tengo en mente. Cada página debe ser, por lo tanto, un fin en sí misma y, a la vez, parte de un todo.
Por último, como lector, entiendo la importancia de la reflexión: de leer textos que incomoden, que planteen preguntas y no resulten complacientes. Por eso, una vez establecida la forma y encontrado el contenido, el último matiz es buscar esa incomodidad, exponer aquello que preferiríamos no mirar. Temas ambiguos, que revelen las distintas caras de una misma realidad. En este caso, el tema fue el consentimiento: entenderlo y exponerlo como parte de un todo, como un comportamiento individual que se inscribe en una estructura social más amplia y en las tensiones que la atraviesan.
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Autor: Rodrigo Gervasi. Título: La grieta. Editorial: Sexto Piso. Venta: Todos tus libros.


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