La hija del Fénix no es la primera obra publicada por Fernando Bonete, pero sí su primer título de ficción: hasta ahora solo habíamos leído, y disfrutado, de sus ensayos. Adentrarse en la ficción por primera vez es siempre una tarea al menos arriesgada, y Bonete lo hace por una puerta difícil de abrir con elegancia: la de la novela histórica. A las exigencias propias de toda novela —calidad narrativa y estilo—, este género suma una más: un sólido conocimiento de la época, que el autor debe poner al servicio del relato sin que lo eclipse. Es un giro arriesgado, pero adelanto que Bonete sale más que airoso.
El autor es conocido, y así se refleja en la solapa, por su celebridad como comunicador literario en redes. Un medio que favorece el mensaje corto y sencillo. Podía mantenerse en esa línea y entregarnos una novela de estructura básica; sin embargo, nos encontramos con un aparato bastante complejo. Diversos saltos temporales se aposentan sobre un armazón estructural variado: lo componen tres cuadernillos atribuidos a Sor Marcela, en los que se recoge no solo parte de su obra literaria, sino también fragmentos autobiográficos y opiniones sobre su padre. A ellos se suma una variada correspondencia entre figuras señaladas de la época, siempre orbitando alrededor de Lope. Junto a cuadernos y cartas, aparece un tercer elemento que llama la atención por su novedad y que, como he señalado en otros lugares, apunta a un nuevo paradigma narrativo: la voz de un narrador en tercera persona, formalmente objetivo, pero con juicio propio. Un narrador que, sin convertirse nunca en personaje, opina, matiza, ironiza y describe los acontecimientos desde el futuro. Esa figura, perfectamente tradicional en la literatura occidental hasta la irrupción del narrador puro de Flaubert, parecía haber quedado proscrita por una norma que se daba por inamovible. Lo que muestra esta novela, junto a otros títulos recientes, es que ese narrador sesgado en tercera puede aportar hoy un punto de originalidad e, incluso, de modernidad.
En cuanto al estilo literario, podríamos decir algo similar respecto a la estructura. Bonete podría haber optado por una prosa de lectura llana, de frase corta y mordaz. Lejos de ello, su escritura exige un notable trabajo formal, además un esfuerzo de inmersión histórica. Predomina un tono que cabría llamar razonablemente barroquizante, más acusado en la correspondencia, pero presente incluso en el narrador externo: períodos amplios, vocabulario rico, arcaísmos puntuales y estructuras retóricas propias de la época. El resultado es una prosa de gran densidad estilística y notable complejidad sintáctica, con oraciones subordinadas que en ocasiones llenan una página entera. Más allá del placer textual, esta opción permite aproximarse al Siglo de Oro y confirma el dominio del autor sobre variados registros.
El argumento está engarzado en las pesquisas y las intrigas de la época. La documentación es minuciosa: leemos de primera mano la política interna y los pulsos que libra Lope para sostener su hacienda y proteger a los suyos frente a los poderes cortesanos. El Fénix que aquí se nos presenta no es complaciente ni está edulcorado: aparece con su genialidad y con sus limitaciones, con sus miserias y defectos, que no fueron pocos. En ese retrato Bonete se mantiene rigurosamente objetivo, o incluso diría que se adivina cierta distancia al valorar al gran nombre de las letras españolas.
La hija del Fénix es una primera ficción ciertamente madura: arriesgada en la elección de género, exigente en lo formal y honesta en lo histórico. Bonete rescata a una figura postergada sin convertirla en bandera, retrata al Fénix sin reverencia ni antipatía, y todo ellos escrito con una prosa exigente. El resultado es una novela sostenida tanto por el oficio del escritor como por la finura del crítico que late detrás: un placer para la mente lectora.
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Autor: Fernando Bonete. Título: La hija del fénix. Editorial: Espasa. Venta: Todos tus libros.


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