Priscila tiene una vida aparentemente envidiable, pero la descoloca algo que no sabe procesar y se manifiesta en una ira incontrolable. En un intento por canalizar esa emoción empieza a practicar roller derby, un deporte de contacto donde la violencia es parte del juego y donde su linaje y su fortuna no significan nada.
En este Making Of, Inma Miralles explica cómo escribió Una temporada con las Malva Roller Dolls (Manos de Pan).
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Hay dichos, incluso teorías, que afirman que quienes escribimos no somos del todo poseedores de nuestra obra: desde musas a cauces elevados de conexión, murmullo de espíritus o brujería, nos sería revelado lo que tenemos que escribir (al menos parcialmente), cosa que, cumpliéndose, restaría mucha importancia al “yo” autorial en el producto definitivo. Sin adscribirme explícitamente a ninguna de estas teorías, no puedo estar más de acuerdo con ellas. Cuando termino de escribir una novela, un relato o un poema, no me siento custodia del resultado. Más bien, me siento como una participante más: quien ha empuñado la pluma o embestido la tecla, pero otros impulsos, intuiciones, más difíciles de circunscribir, también han estado ahí.
La particularidad principal de esta imagen era su carga energética. Yo percibía la magnitud de su enfado de un modo muy explícito, me energetizaba a mí, que estaba, en principio, perfectamente, paseando por la playa o disfrutando de un bonito paisaje (era verano). Y no fue hasta que sobrevino en mi vida real una etapa asimismo de mucho enfado, que conseguí transcribir a Priscila. O canalizarla, más bien.
Tanto Priscila como las demás protagonistas de esta historia, Mery, Lurdes y Amelia, experimentan, cada una a su manera, injusticias (de mayor o menor calado) que comparten la peculiaridad simple y llana de actuar exclusivamente sobre individuos con esa característica: ser mujeres. Ellas forman parte de un equipo, y yo también formaba parte de ese equipo, y todas con mayor o menor consciencia de ello, lo que convertía la singularidad de una respuesta furiosa en algo susceptible de ser globalizado. Sin embargo, en mi mandato de autora, en la parte que a mí me tocaba, también había una inclinación clara a singularizar los personajes, dado que proceden de ámbitos sociales, económicos, académicos, muy distintos. Quería que, en este sentido, cobrasen una individualidad genuina, potente, lo que supuso un reto.
Así, recurrir al trabajo exhaustivo de la “voz” como recurso narrativo me dio la respuesta. En el caso de Priscila, en primera persona, la guía era alternar un flujo de conciencia ciertamente epileptógeno con la narración de los sucesos, atravesados por el tamiz de un juicio muy incisivo. Las otras tres co-protagonistas comparten la tercera persona, pero muy particularizada. En el caso de Lurdes, la guía era la digresión, un alto empleo de subordinadas y un lirismo tendente a lo abstracto. La voz de Mery está basada en el movimiento: en una acción prácticamente continua de inmersión superficial pero sostenida por imágenes, salvo cuando hay flashbacks o quietud literal del personaje, que entonces reflexiona. Y, por último, Amelia, como su propia idiosincrasia, no para de hablar: su voz narrativa está basada en el diálogo y en una breve descripción nostálgica del entorno.
Obviamente, dar con estas cuatro voces y sostenerlas durante toda la novela no fue tarea fácil. Por suerte, tengo varias vocaciones frustradas y una de ellas es la de actriz. Hay una vertiente de la escritura que, al menos para mí, tiene un claro componente de “acting”, y, en esta novela, tan orientada por el uso de la “voz”, ese “meterse en el personaje” me resultó extremadamente útil. Para “interpretar” a Priscila, me ponía música dance a todo volumen y decía en voz alta todo que se me pasaba por la cabeza, mientras daba vueltas por mi casa sin parar. Lurdes fue la más difícil: tenía que tumbarme en la cama por lo menos media hora, a oscuras, con los auriculares en silencio, con la suspensión de ruido, y obligarme a describir mentalmente algo muy simple, como unas cortinas, de una manera muy elaborada. El caso de Mery y Amelia me resultó mucho más natural, más ligado espontáneamente a mi voz narradora.
Por supuesto, el empleo abusivo del café tuvo su lugar en el proceso de escritura de Una temporada con las Malva Roller Dolls. Fue una experiencia de las más reveladoras que he tenido como autora. Al menos, en la literatura, Una temporada con las Malva Roller Dolls fue también para mí una temporada de fe perfecta.
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Autora: Inma Miralles. Título: Una temporada con las Malva Roller Dolls. Editorial: Manos de pan. Venta: Todos tus libros.


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