Según cuenta Selva Almada, cuando quiso poner en papel la historia de una desaparición, la desaparición de una familia trabajadora en el campo, optó por un narrador tradicional, omnisciente. Sin embargo, se vio obligada a volver atrás y reescribir cuando el texto fue cobrando vida y la voz que se impuso fue otra: una primera persona, testigo, pero una primera persona que no era humana.
Esta decisión narrativa, lejos de resultar accesoria, define por sí sola la imagen precisa que se materializa en Una casa sola: distanciada, pero cariñosa con los protagonistas, reposada, colmada de preguntas y, al mismo tiempo, concreta, material, cercana a los objetos, a las plantas y a los insectos que la habitan. La casa habla de sí misma desde antes de existir y narra acontecimientos que abarcan un periodo histórico inmenso, traducidos en un lenguaje de lo más heterogéneo. Éste es un punto especialmente hipnótico en la novela. El despliegue lingüístico resulta exuberante: localismos de distintas épocas, habla coloquial, de gauchos, lenguaje culto, juegos lingüísticos, flora y fauna del monte… En sus páginas leemos aguaribay, gurí, petiso, yuyo, tarascón, mamúa, orejano, chambón, y el texto adquiere, a través de su forma, una entidad personificada que lo aleja de la frialdad fácil a la que lo arrojarían los hechos, situados, de principio a fin, entre interrogantes.
Aparecen también, junto a la casa, las voces espectrales de muertos que se han quedado en el monte, errando y contemplando a los protagonistas. Pero estos fantasmas, lejos de presentarse como augurios inquietantes de una fatalidad, están en las antípodas de las brujas de Macbeth: dialogan entre bromas, matan el tiempo hablando de trivialidades, con humor, como testigos inocentes. A su lado conocemos a la perra Miní y a sus cachorros, a la Tata, que vuelve a la casa vacía, en busca de respuestas, y un poco más allá al patrón, que se pasea por la zona, en ocasiones con intenciones desconocidas.
En el centro de este paisaje viviente se encuentra Damián Lucero, un trabajador firme, parco en palabras, que llega a la casa deshabitada, lleva allí a Lorena, su mujer, y tiene con ella varios hijos. La vida de estos personajes es contemplada así por la casa, satisfecha y silenciosa, que los ve llegar, los ve quererse, frustrarse, trabajar e irse, sin que nadie sepa, ni ella misma, adonde han ido a parar ni por qué.
Selva Almada podría habernos contado una trama criminal, una maraña de engaños, y haberla desenredado hasta darnos respuestas. Pero eso le habría impedido componer el paisaje emocional que nos da un relato contado por una pequeña casa abandonada. Sólo así, en la voz de este testigo de la intimidad de los personajes, cercano y a la vez lejano, la historia logra transmitirnos el silencio y el vacío que dejan tras de sí las personas desaparecidas.
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Autor: Selva Almada. Título: Una casa sola. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.


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