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Urbanidad de Manuel Vilas

El año pasado buscaba novedades literarias en Fnac cuando me topé con una extraña oferta: por comprar dos libros de bolsillo te regalaban una nueva obra de Manuel Vilas que no podía comprarse por separado, según me informó la dependienta. Tomé el libro de Vilas entre las manos. Se titulaba Nueva teoría de la urbanidad. Del modo más paradójico, mostraba en la portada a seis púgiles pegándose entre sí que me recordaron vagamente el duelo a garrotazos de Goya. Hojeé el libro, lo editaba el grupo Random House a través de un sello del que nunca había oído hablar: Carreño Books. ¿Qué sello era ese? Busqué por internet y solo encontré el retrato de un patilludo venezolano con levita que, en 1853, escribió el Compendio de Manual de Urbanidad y Buenas Maneras. El sujeto parecía un petimetre de la época.

De pronto tengo la impresión de que el libro y la oferta puedan ser una broma más de Vilas, quien en su poema “Capitalismo” escribe: “El amor a las ofertas, a los precios tirados, allí está él…”. Como quiera que el autor es uno de mis escritores preferidos y he leído casi todos sus libros, no puedo resistir hacerme con este singular tres por dos; al igual que quien compra dos pizzas grandes y le obsequian con una mediana; como quien echa al carro dos espetecs y experimenta el placer de que le regalen un tercero al llegar a la caja.

"Los buenos modos, la amabilidad, la dulzura, el encanto personal, la capacidad de entusiasmar, la distinción: todo eso es urbanidad"

Con brío, me pongo a buscar dos libros de bolsillo, únicamente para poder adquirir el insólito Vilas (ahora, un año más tarde, advierto que caí en la trampa capitalista de los espetecs o las pizzas). Finalmente me decido por dos libros de Cátedra Letras Hispánicas: La tía fingida, novela ejemplar atribuida a Cervantes y Diario de un poeta recién casado, poemario de Juan Ramón Jiménez. Me gustan estas ediciones originales, tal como se publicaron los libros, ajenas a cortes o antologías, con largos prólogos que indagan en la autoría cervantina o en el viaje de novios de Juan Ramón, etapa de la vida que deparó esta obra maestra.

Vilas comienza por dar una singular definición de la nueva urbanidad como cierto arte de seducir. Los buenos modos, la amabilidad, la dulzura, el encanto personal, la capacidad de entusiasmar, la distinción: todo eso es urbanidad. El mundo, en cambio, es hostil, quiere robarnos nuestro sentido de la elegancia, pero hay que aguantar, merece la pena…

Vilas y Merino en la entrega del Nadal

Lo que tienen los libros de Manuel Vilas es que la singularidad de sus argumentos, de sus puntos de vista —los cuales, por momentos, pueden parecernos sutilmente falaces o malévolos— nos invitan a seguir leyendo, porque queremos saber a dónde desea llegar el escritor, aunque no llegue a ninguna parte o desemboque en una digresión, o en una pregunta. Todos estos quiebros, ya sean en el ámbito del ensayo, de la lírica o de la narrativa, generan mi entusiasmo por su literatura.

El autor la emprende contra el capitalismo, contrario a la urbanidad, según su punto de vista, pues nos encandila para robarnos: nos ofrece tarjetas de crédito, regalos, tarjetas de puntos, noches gratis en hoteles… Pero todo es mentira. Debemos resistir, mantener a ultranza nuestra urbanidad. Para ello es aconsejable pasar desapercibido como un ángel medio invisible, ser delicado hasta rozar la invisibilidad.

"Los males del capitalismo han creado un mundo en que la urbanidad, la distinción, es un acto épico"

Y continúa diciendo que la guapura no garantiza la elegancia ni la distinción, pero sí parece fundamental salir de pobre. Ganarse la vida es algo esencial en el capitalismo y también una de sus grandes virtudes, porque fue el capitalismo el sistema económico que consolidó, tras la Segunda Guerra Mundial, el triunfo de las clases medias. En la sociedad estamental del Antiguo Régimen todos eran pobres; en la sociedad comunista todos son trabajadores sojuzgados por altos burócratas que dirigen el partido único. En cambio, el capitalismo nos permite ser distinguidos y elegantes por solo 180 euros: el coste en Zara de un traje, una camisa blanca y unos zapatos de ante, con calcetines a rayas y calzoncillos incluidos.

Cual pequeño Nietzsche de Barbastro, Vilas abomina de las colas o de la dificultad para aparcar, del tiempo que nos hacen perder las administraciones públicas o los call centers de las grandes empresas: nos impiden dedicarlo a leer a Cervantes, a Platón, a Proust. Ante las asechanzas del mundo actual, la persona elegante y distinguida puede desesperarse hasta el suicidio, pero en caso de tomar tal decisión extrema, el autor aconseja practicarla en hoteles y nunca en el domicilio habitual; más que nada porque los hoteles están mucho mejor preparados que la familia para semejante eventualidad.

Los males del capitalismo han creado un mundo en que la urbanidad, la distinción, es un acto épico. La urbanidad nos convierte en héroes anónimos y casi siempre insignificantes, como el propio Manuel Vilas cuando hubo de caminar durante un kilómetro por un Madrid canicular, con un palo de helado de chocolate entre los dedos, solo por no cometer la vulgaridad de tirarlo al suelo y actuar con elegancia depositándolo en una papelera.

Y por fin, yo, Ricardo Lladosa, sin emplear ya el estilo indirecto libre, concluyo que la urbanidad es un camino sembrado de dificultades impuestas por este capitalismo paradójico, que nos concede libertades para actuar a la par que nos convierte en esclavos de sus trampas. A mí, adquirir Nueva teoría de la urbanidad me costó comprar La tía fingida y el Diario de un poeta recién casado. La paradoja, en este caso, es que la alta cultura salió favorecida del tres por dos.

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