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Venecia, vía Antártida

Venecia, vía Antártida

En la cita íbamos a hablar de si escribía un ensayo sobre la Antártida. Un par de años antes, participé en la primera bienal de arte del continente blanco. Aunque había publicado ya varios artículos sobre la experiencia en La Vanguardia y un reportaje en la revista Ajoblanco, me seducía la idea de regresar mentalmente allí para escribir un libro. Pensé que dedicaría el primer capítulo a mi ruta por las librerías de viejo de Buenos Aires, antes de volar a Ushuaia, en busca de relatos sobre los primeros exploradores. Proseguiría con el último sol de la tarde incendiando la cubierta del barco en los primeros meandros del Beagle y luego, ya a mar abierto, con la narración de la travesía del temible pasaje de Drake.

"Me di cuenta pronto de que mis frías soledades antárticas no encajaban con esa sensación de dulce abandono que evocaban las portadas de ambos"

Pero pronto vi que mi exposición no impresionaba a mi interlocutora. Ester Pujol, editora de Enciclopèdia Catalana, me escuchaba con interés, pero sin ese brillo en los ojos que tienen los de su profesión cuando reconocen una buena historia. Entre café y café, me dijo que le gustaría que yo escribiera la tercera entrega de una colección llamada La joie de vivre, en los sellos Catedral (en castellano) y Univers (en catalán). Mis antecesores eran Diana Athill, con un libro sobre Florencia, y Rafel Nadal, con una remembranza de su experiencia vital mediterránea. Me di cuenta pronto de que mis frías soledades antárticas no encajaban con esa sensación de dulce abandono que evocaban las portadas de ambos. La Antártida inspira muchas emociones, pero no exactamente ese tipo de alegría de vivir que me estaba proponiendo mi futura editora.

Le hablé de un viaje reciente entre Livorno y Génova, pero tampoco se le encendió la mirada.

—A ver, ¿cuál ha sido tu última escapada fuera de Barcelona?

—Fuera de Barcelona… el fin de semana pasado fui a la boda de una amiga en Venecia.

—¡Una boda en Venecia!

"¿Quién soy yo para escribir sobre Venecia, después de que lo hayan hecho Byron, Brodsky, Chéjov, Donna Leon…?"

—Sí, una de esas bodas que duran tres días. Me dio tiempo hasta de dar un largo paseo en solitario. Me perdí literalmente durante cinco horas, entre la boda propiamente dicha y la fiesta del día siguiente. Es fascinante cómo, incluso en plena temporada turística, por poco que te alejes de los sitios más concurridos descubres una Venecia que te está esperando solo a ti. Por supuesto. Me encantan. Como esas callejuelas que van a morir al Gran Canal. Cuando llegas allí y ya no puedes avanzar más descubres que son miradores privilegiados, como si los hubieran construido para que tú observaras desde allí el tránsito de los vaporetti, de los táxis acuáticos, de las góndolas de las funerarias, con todos esos reflejos de las lámparas amarillentas en las aguas grises. ¿El menú? Claro que estuvo bien. Nos llevaron a un restaurante de una estrella en la isla de Mazzorbo, en una finca donde crecen las únicas viñas autóctonas de la laguna. Allí compartí mesa con el ex marido de la novia. Por cierto, al salir me propuso ir con él a visitar bares de tapas, pero yo preferí dar ese paseo que te contaba. Llevaba mucho tiempo deseando perderme por Venecia. ¿Por dónde? Empecé por Cannaregio, esa Venecia sin palacios pero con canales y fachadas que contagian la melancolía que siempre esperamos de Venecia. La vista de la isla de los muertos desde Fondamente Nuove, un club de jazz, la ciudad de Wagner, otro club jazz, la Salute, la calle donde vivió Ezra Pound, la Fenice y el laberinto de calles que la protegen… Sí, escuchaba música durante el paseo, jazz y clásica. Quizás lo que más, ese concierto que dio Keith Jarrett en la Fenice. ¿Los reflejos? Claro, ese momento en que el verde del musgo y el ámbar del sol se abrazan en las fachadas húmedas. ¿Las invitadas? Por supuesto. Recuerdo a una muy elegante que no tenía necesidad de sujetarse cuando surcábamos con un barco la laguna. Me dijo que las moscovitas nunca se agarran a nada cuando viajan en metro, y no por ello pierden el equilibrio. ¿Cómo? Oye, no estarás sugiriendo que escriba sobre Venecia… ¿Quién soy yo para escribir sobre Venecia, después de que lo hayan hecho Byron, Brodsky, Chéjov, Donna Leon…? ¿Lo estás diciendo en serio? ¿Con tapa dura? ¿Con un prólogo y un epílogo? ¿Puedo situar el epílogo en la Antártida?

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Autor: Miquel Molina. Título: Cinco horas en Venecia. Editorial: Catedral. Venta: Todostuslibros y Amazon

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