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Verdugos, garrotes y rosquillas de san Blas

Verdugos, garrotes y rosquillas de san Blas

La churrería de la madrileña calle de Santa Ana, fundada a finales del siglo XIX, no parece haber cambiado mucho desde la época galdosiana. Es apenas un tabuco que atufa a fritanga, pero hace unos churros sabrosos, sustanciosos. Juan Eslava Galán, que me suele traer a desayunar aquí cuando nos vemos temprano en Madrid, compra churros y chocolate para dos. Al no ser tiquismiquis ninguno de nosotros nos los comemos en la calle, apoyando los vasos de plástico en una papelera. Y mientras mojamos el churro, hablamos de su último libro, A garrote vil, una sobrecogedora historia de la pena de muerte en las diferentes civilizaciones. Como soy hambrón y los tallos —como les decían mis mayores— están exquisitos, la primera pregunta viene sola:

—Llama la atención las comilonas que se pegaban los reos la noche antes de ser apiolados. Es como si la muerte llamase a voces a la vida.

—La llamada “comida del verdugo” fue una de esas instituciones españolas que nos da que pensar. Había una cofradía piadosa supuestamente dedicada a consolar al condenado a muerte y acompañarlo en sus últimos momentos, en lo que yo veo más morbo hipócrita que piedad. Esa cofradía se apiadaba del reo y le ofrecía una comida de despedida con los manjares que pidiera. El reo, por lo general un pobre diablo de humilde extracción, aprovechaba para pedir las gollerías a las que nunca había tenido acceso.

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La churrería no es tan finolis como para repartir servilletas, así que, para limpiarnos los dedos, rasgamos el borde de la bolsa de papel de los churros para quitarnos con él la pringue, y como de repente me acuerdo de que llevo en el bolsillo un paquete de pañuelos, nos limpiamos las manos como Dios manda, sin riesgo de dejar lamparones en la ropa.

—Y ahora, vayamos tranquilamente hasta la plaza de la Cebada —dice Juan.

Caminamos sin prisa, charlando de nuestras cosas. Me gusta la palabra «garrote», pero no su acepción letal, sino la de «palo grueso usado como bastón»; aunque prefiero feminizarlo y llamarlo «garrota», e incluso «gancha». Y también me gusta emplear el verbo «agarrotado» cuando tenemos los músculos rígidos como consecuencia del frío o de la inactividad prolongada. De la misma manera, en lugar de decir «pasamontañas», prefiero denominar a dicha prenda «verdugo», como se decía cuando era niño y me lo encasquetaban antes de salir a la calle, para que no se me enfriara la cabeza. Qué curioso, todas esas variantes léxicas me las ha despertado la lectura del libro.

El escritor planetario gasta tirantes, anda con cierto bamboleo y nos detenemos cada dos por tres para recalcar algún aspecto de la conversación o reírnos sin rebozo. Juan Eslava es tan zumbón que la risa se le sube a borbotones a la boca en mitad de una anécdota, y cuando quiere remarcar la extrema importancia de algo, unas señales lo delatan sin que se percate de ello: achina los ojos, habla más despacio y baja el tono de voz, como un buda que imparte magisterio sin proponérselo.

Llegamos a la anodina plaza de la Cebada. Siempre me ha parecido un lugar insulso, desvirtuado por los vaivenes del tiempo, si bien las fotos y grabados antiguos ya muestran el aspecto desaliñado del que nunca consiguió deshacerse. Parecemos dos cineastas buscando localizaciones macabras, pero para eso hemos venido a este rincón. En este escenario urbano le daban matarile en el siglo XIX a los reos. Al general Riego lo arrastraron por las calles de Madrid metido en un serón hasta la plaza de la Cebada, y el que fuera un militar y político echado para adelante, al verse ante la horca, cantó la gallina. En 1823, al frente de un ejército liberal, Riego perdió su última batalla contra los Cien Mil Hijos de San Luis y los voluntarios realistas. El combate tuvo lugar en la ciudad de Jaén, en la Senda de los Huertos. Riego huyó a la desesperada hacia Granada, pero fue apresado en un cortijo jiennense, desde donde los trasladaron a la villa y corte para darle matarile. Como Juan y yo somos del terruño jaenero, evocamos la escena con pesadumbre. Tras ahorcarlo, el cuerpo de Riego fue troceado y los pedazos diseminados por Madrid, en una siniestra charcutería muy del gusto de la época.

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—Hace algo más de treinta años escribiste Verdugos y torturadores, pero A garrote vil no es una mera revisión de dicho libro, sino una reescritura.

—Aquel libro se limitaba a España. Desde entonces he abierto el objetivo, coleccionado nuevas noticias, investigado en algunos archivos y visitado cuantos museos de la tortura topaba en mis visitas al extranjero. Era uno de esos proyectos que a cierta edad parece que nunca abordarás, pero mi mujer insistió en que lo hiciera y me ayudó con la documentación y con las espeluznantes ilustraciones que acompañan al texto, como esa de una muchacha china y su bebé decapitados de un solo sablazo por un oficial japonés en 1935.

—Este libro lo escribes al alimón con Isabel, tu mujer. ¿Qué tal funciona el tándem literario?

—Ha sido una experiencia muy satisfactoria, porque permite contrastar opiniones según se va avanzando e ir introduciendo retoques y aclaraciones que uno solo, con las correspondientes anteojeras, no percibiría.

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Nos alejamos de esta plaza que es ni fu ni fa, y lo hacemos en dirección a la plaza Mayor, que son palabras mayores. A ambos nos gusta pasear por el barrio de la Latina y pararnos delante de los escaparates de las tiendas antiguas, vendan lo que vendan, porque los comercios atrapados en el tiempo nos atraen sin remisión, como una vamp. De la misma manera que los años no le merman a Juan Eslava su aspecto profesoral, éstos acentúan la listeza de sus orígenes familiares agrarios, algo que se resume en la capacidad para calar a las personas como si fuesen melones y en desenfundar la inteligencia práctica a las primeras de cambio.

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—El sentido del humor, al igual que el amor al cine, son dos de las marcas reconocibles de tu literatura. Digo esto porque en la obra está muy presente el tipo de humor que Berlanga proyecta en su película El verdugo.

—El verdugo es mi película favorita de Berlanga. Expresa muy bien el ambiente del garrote vil en el Ministerio de Justicia y en las prisiones donde se aplicaba, aunque el entrañable verdugo encarnado por José Isbert no se corresponde con los personajes siniestros que fueron los ejecutores de la promoción de 1948.

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Hace varios años, en Formas de leer un libro relaté en Zenda mis propensiones y manías al abordar la lectura. Pues bien, en A garrote vil comencé repasando los santos, es decir, las ilustraciones. La mayoría de ellas las desconocía, por inéditas, y desempolvarlas telemáticamente debió de ser para la pareja de autores una labor de chinos (por cierto, pueblo de refinado sadismo en el tema que nos ocupa). Soy un fan irredento de Tarantino, que reconoce que las pelis gore tienen su punto, pero confieso que pasé de puntillas por algunas de las fotos por su crueldad, al ser dignas de los cromos que coleccionarían los compañeros de celda de Hannibal Lecter en El silencio de los corderos. Después leí de un tirón el libro sin hacer caso de las notas a pie de página, agrupadas al final de la obra, las cuales leí por último con delectación malsana, por las panzadas de reír que me daba. Dichas notas a pie de página constituyen un paratexto con manguerazos de sentido del humor, necesarios para desengrasar de tanta ruindad y violencia como chorrea una historia de la pena de muerte.

Llegamos a la plaza Mayor. Después de la de Salamanca, la de Madrid es mi preferida de España; y de toda Europa, la plaza del Comercio de Lisboa, sin duda.

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—En su tiempo, para documentarte, hiciste una tournée por las audiencias provinciales de España que tenían un garrote en sus almacenes. ¿Cómo conseguiste los permisos?

—El ministro de Justicia, don Enrique Múgica Herzog, me facilitó los permisos.

—¿Sabrías utilizar con maña un garrote?

—He armado y desarmado varios, de distintos modelos, para comprender su funcionamiento y para fotografiarlos (algunas fotos están en el libro). Es un aparato muy simple, cualquiera podría manejarlo.

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Miro unos segundos la estatua ecuestre de Felipe III, un monarca apocado emparedado históricamente entre la omnipotencia de su padre, Felipe II, y la melancólica personalidad de su hijo, Felipe IV, el Rey Planeta. El ambiente populoso de la plaza me encantó desde la primera vez que me trajeron de niño. Me gustan los camareros con chaquetilla que mantienen o bien una seriedad austrohúngara o una gracia castiza, heredera del imaginario de las películas de los años sesenta; aunque me repatea la mala costumbre de algunos camareros —adquirida en otros países turísticos— de atosigar a los viandantes para que entren en sus respectivos locales. Es curioso, una plaza tan icónica y tan desaprovechada por nuestros cineastas contemporáneos. No lo entiendo. O sí.

En esta plaza porticada que mantiene incólume la esencia del Siglo de Oro lo mismo se celebraban autos de fe que corridas de toros, espectáculos ante los cuales el respetable aplaudía y vociferaba movido por los prejuicios, el odio, el valor y las emociones. Y también se organizaban procesiones, fiestas de máscaras, fuegos artificiales, obras de teatro y los botellones de la época cuando había que celebrar alguna sonada victoria de los tercios españoles.

El duque de Lerma, el valido supercorrupto de Felipe III, tenía a su vez un lugarteniente, Rodrigo Calderón, que tras la caída en desgracia de su protector, fue juzgado, sentenciado a muerte y ejecutado en esta misma plaza. Los madrileños acuñaron el refrán «Más orgulloso que Don Rodrigo en la horca», pues aunque, en calidad de gran señor, no fue colgado —sino degollado—, el hombre se comportó con entereza en los postreros momentos y no se riló las patas abajo, como solían hacer muchos condenados.

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—Aunque no sea políticamente correcto admitirlo, las ejecuciones públicas, la contemplación de la muerte, todo eso genera morbo entre el respetable. ¿Estás de acuerdo?

—Se calcula que un niño de diez años ha presenciado unas cien mil muertes en la tele, en el cine o en sus juegos. Seguimos siendo aquel público romano que acudía a ver los cruentos espectáculos del circo.

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Hace casi cuarenta años, cuando Juan Eslava saltó a la fama gracias al Planeta, no sólo entró en el canon de la novela histórica española, sino que cambió sin pretenderlo los moldes narrativos de dicho género literario. Lógico, su creatividad se cimentaba en un monumental conocimiento de los clásicos españoles y anglosajones tanto en literatura como en historia, algo desusado por aquel entonces en nuestra geografía. A su faceta literaria sumó la viajera (en su juventud se pateó Europa y el norte de África) y la cinematográfica, incorporando la estructura y narrativa del séptimo arte a la novela. Él siempre fue un integrado y no un apocalíptico, según la definición académica de Umberto Eco. Y además Juan Eslava, al simultanear la escritura novelística con la ensayística, no sólo consiguió el doblete del éxito, sino que, como en la crecida del Nilo, sus libros de historia se vivificaron con el limo de su narrativa, lo que explica que todos sus libros copen las listas de los más vendidos. Ése el el secreto de su fórmula magistral.

Como él vive cerca nos vamos de la plaza Mayor a paso de flâneur y atravesamos el hormiguero humano de la Puerta del Sol. Es inevitable pasar por ahí sin que yo mire sonriendo el reloj de la Casa de Correos. Embocamos la calle Mayor, entramos en el estrecho portal de un edificio antiguo, entramos en un angosto y viejo ascensor cuyos herrajes chirrían al cerrar la puerta y entramos en su casa, cuya amplia y soleada sala de estar, de techos altísimos, está presidida por una gran mesa de madera donde trabajaban los joyeros del taller de joyería que antes era dicho inmueble. Nos sentamos junto a los ventanales. Yo, en un sofá, bajo unos cuadros de mucho valor sentimental para el escritor planetario; Juan, en su sillón habitual de escritura, de una ergonomía tal que parece el asiento de un astronauta.

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—Es sorprendente el ingenio humano para el mal, para causar dolor en las torturas. De las civilizaciones estudiadas, ¿cuál te ha parecido más refinada o cruel para aplicar la pena de muerte?

—En la antigüedad se inventaron métodos horripilantes: empalamiento lento, crucifixión (cuyos fundamentos fisiológicos explico en este libro) o soterrar al reo desnudo envuelto en una piel fresca de animal, dejando la cabeza fuera para que lo devoren vivo los gusanos.

—Velázquez, al retratar a los bufones de la corte de Felipe IV, los dotó de dignidad. ¿Cómo harías tú el retrato literario de los verdugos españoles del siglo XX? Es que, para mí, son carne literaria del tremendismo de Cela.

—He conocido indirectamente a tres y directamente a uno de ellos. Los retrato en mi libro. Ninguno estaba dotado de dignidad. Eran simples delincuentes que se acogían al oficio por la paga.

—Desde luego, tras leer el libro, la sensación que deja es la de un alegato contra la pena capital.

—Muchos probos ciudadanos son partidarios de la pena de muerte, que no olvidemos sigue vigente en tres cuartos de la humanidad. Me parece un recurso a la barbarie. Está estadísticamente demostrado que no disuade a nadie.

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Juan me hace un gesto pausado con la mano. Se levanta para preparar un plato de queso manchego con rosquillas que comemos tras brindar con vino (no entendemos eso de la cerveza). El libro lo terminó el 3 de febrero, san Blas, abogado de los males de garganta. En la Edad Moderna, la difteria era conocida popularmente como «garrotillo», porque los síntomas atenazaban la garganta de los niños impidiéndoles respirar, muriendo muchos de ellos asfixiados a consecuencia de dicha enfermedad infecciosa. Antes del descubrimiento de las vacunas, la medicina religiosa popular atribuía a las rosquillas bendecidas el día de san Blas la facultad de proteger la garganta de las enfermedades, por lo que en las alacenas de las casas se guardaban durante tiempo rosquillas benditas que se comían para prevenir el garrotillo y otros males. En nuestra tierra olivarera gustamos de acompañar el queso y el jamón con rosquillas, así que sonreímos conforme tomamos el aperitivo.

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—Que san Blas nos guarde de los males de garganta —digo, acordándome del garrotillo y del abrazo fatal de su hermano de hierro, el garrote.

—Dios aprieta pero no ahoga.

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Volvemos a brindar, celebrando la amistad, la literatura y el mero hecho de estar vivos y poder contarlo.

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Ernesto Falconi
Ernesto Falconi
10 meses hace

Hermoso paseo por Madrid durante su muy interesante entrevista.
Muchas gracias.