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Viaje al fondo del cerebro

Edoardo Boncinelli (1941-2025) propone en su libro Cómo nacen las ideas un viaje alucinante a través del cerebro. Resulta inevitable, según avanzan sus páginas, no recordar la película de Richard Fleischer de 1966, titulada precisamente Viaje alucinante, o su secuela El chip prodigioso, de Joe Dante, que dejó boquiabiertos a los espectadores de los años 80.

Ambas películas plantean la posibilidad de miniaturizar una nave y a sus tripulantes hasta el extremo de que puedan navegar por el interior del cuerpo humano a través del torrente sanguíneo. En el caso de la primera película, el fin es que un equipo médico realice una operación quirúrgica de gran precisión en el cerebro para disolver un hematoma que mantiene al paciente en coma. En la segunda, realizar un experimento científico para el que se ha presentado voluntario el piloto encarnado por Dennis Quaid.

"Hay una pista infalible para saber qué zona del cerebro se ocupa de cada tarea. Cuando una determinada parte está en actividad recibe un poco más de sangre que la suministrada al resto de zonas"

Cómo nacen las ideas, editado ahora en España por Círculo de Tiza con traducción de Salvador Cobo, plantea un viaje al interior del cerebro a través de las terminaciones nerviosas, aunque no tiene nada de ciencia ficción. Responde al reto planteado por el profesor Boncinelli, uno de los más reconocidos genetistas europeos. Se trata de acercarse al proceso de formación de las ideas con el objeto de “identificar una especie de trasfondo mental de la creatividad”.

Lo primero, antes de iniciar el viaje, es intentar una definición del pensamiento. El autor aventura una hipótesis. “Todo lo que ocurre entre un estímulo que nos alcanza y nuestra respuesta”. Y matiza: “Tal vez debería decir todo lo que pasa por nuestra cabeza entre el estímulo y la respuesta, pero eso sería limitarme porque la cabeza no es todo”. No lo es todo, porque dejaríamos fuera del proceso el resto del imprescindible sistema nervioso.

Al hablar de estímulo-reacción, cualquiera diría que se está utilizando un lenguaje más propio de los animales, pero es que los seres humanos, como precisa el autor, “no somos simplemente animales, pero también somos animales”.

"En el libro también se da cuenta de cómo los avances tecnológicos han cambiado por completo la observación de la actividad cerebral"

Hay una pista infalible para saber qué zona del cerebro se ocupa de cada tarea. Cuando una determinada parte está en actividad recibe un poco más de sangre que la suministrada al resto de zonas del cerebro que en ese momento se hallan en descanso. Eso permite a los investigadores asociar zonas con funciones. En suma, realizar un mapa de funcionalidades. Así, por ejemplo, se sabe que hay un área específica que se ocupa de nuestra primera lengua, y otras para las lenguas secundarias.

Tenemos un área para los nombres comunes y otra para los nombres propios, una para los sustantivos y otra para los verbos. Una para el reconocimiento de las formas, otra para la escucha de música. Otra para el asco y otra que activa para nuestra función motora. Esas áreas especializadas no son las únicas que participan en esas funciones, pero sí las que juegan un papel más importante. En realidad, el trabajo del cerebro es un trabajo en equipo, solidario, entre diferentes regiones.

En el libro también se da cuenta de cómo los avances tecnológicos han cambiado por completo la observación de la actividad cerebral. TACs o Resonancias Magnéticas, de uso común hoy, permiten ver lo que antes solo se veía post mortem o se intuía por cambios conductuales en determinadas patologías.

"El libro avanza enfrentándose a otras cuestiones apasionantes como la diferencia entre la idea y el concepto, o el eterno debate sobre si las ideas tienen un origen innato"

La invención del ordenador o los avances en la IA fueron otros factores que contribuyeron de forma decisiva al estudio del cerebro. Proyectar, recordar, traducir, calcular, son funciones hoy asignadas a los ordenadores o a la IA, pero para desarrollarlas ha habido que inspirarse en cómo las realiza nuestro cerebro.

Boncinelli sigue el método socrático en su investigación. Se va haciendo preguntas a las que intenta dar respuesta. Por ejemplo: “¿De qué se nutre nuestro pensamiento? De ideas”. ¿Qué son las ideas? Son la gramática del pensamiento, el residuo mental de cada palabra escuchada y de cada imagen percibida, y el embrión de cada discurso, proyecto o acción futura”.

El libro avanza enfrentándose a otras cuestiones apasionantes como la diferencia entre la idea y el concepto, o el eterno debate sobre si las ideas tienen un origen innato, es decir, se encuentran en nuestro cerebro y emergen ante un estímulo exterior o son el fruto de percepciones que nos llegan a través de los sentidos o de sensaciones como el dolor o el placer.

"Al finalizar el viaje, Edoardo Boncinelli se despide con un diálogo consigo mismo, marcado por el escepticismo propio de todo buen científico."

La creatividad es uno de los asuntos en los que más se detiene el autor. Sostiene que se trata de “una facultad quizás aún más compleja que la inteligencia” y la define como “la capacidad de producir algo —ideas, objetos, proyectos—, que parezcan nuevos u originales (…), de transformar lo conocido en formas y dimensiones nunca antes exploradas”.

Llega a la conclusión de que la inteligencia y los conocimientos no son suficientes para garantizar el potencial creativo de una persona. “También se necesita —explica— la práctica y la puesta a prueba continua de nuestras capacidades”. Así, cita el ejemplo de personalidades indudablemente creativas, que tuvieron graves problemas de aprendizaje en sus años de formación, como el caso de Darwin, Einstein o Churchill.

Boncinelli deja para el final la parte más apasionante de su reto. Llegamos a la corteza cerebral, “el órgano más preciado, el que nos distingue de los demás seres vivos”. Ahí se encuentra la corteza prefrontal liberada de tareas específicas y rutinarias, libre para dedicarse a tareas “superiores”, como la elaboración de recuerdos, la asociación entre conceptos, el pensamiento abstracto, la imaginación, la creación, la conciencia, las emociones.

"Tras la lectura del libro, no sabremos con precisión cómo nacen las ideas, porque cada dilema resuelto abre otro nuevo. Lo que sí es seguro es que ahora conocemos mucho mejor nuestro cerebro"

La parte del cerebro que se ocupa de las funciones rutinarias —moverse, comer, reproducirse…— deja espacio libre para esa otra zona prerrogativa exclusiva del ser humano, “la región silente”, una parte que no tiene una función biológica pero que sin ella no nos diferenciamos de otros mamíferos. Está situada en la parte anterior o frontal de la corteza, es “el cerebro del cerebro”, el “centro de control”. Ahí se fragua la imaginación, la fantasía, nuestra relación con lo invisible… Como concluye el autor, “cosas inútiles, ideas triviales, extravagantes y, a veces, geniales”.

Al finalizar el viaje, Edoardo Boncinelli se despide con un diálogo consigo mismo, marcado por el escepticismo propio de todo buen científico.

“—Pero, en definitiva, ¿sabemos que es una idea?

—No.

—¿Sabemos cómo puede surgir una buena idea?

—Yo diría que no.

—¿Podemos hacer algo para favorecer el surgimiento de nuevas buenas ideas?

—Lo dudo.

—Entonces, ¿por qué has escrito este libro?

—Ha sido solo una idea…”

Tras la lectura del libro, no sabremos con precisión cómo nacen las ideas, porque cada dilema resuelto abre otro nuevo. Lo que sí es seguro es que ahora conocemos mucho mejor nuestro cerebro.

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Autor: Edoardo Boncinelli. Traducción: Salvador Cobo. Título: Cómo nacen las ideas. Editorial: Círculo de Tiza. Venta: Todos tus libros.

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