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Viaje al Londres victoriano y detectivesco

Viaje al Londres victoriano y detectivesco

El paisaje urbano y sus desordenados misterios constituyen el ecosistema del hombre moderno. No existe material más atractivo y novelable que ese mundo múltiple organizado a base de leyes, códigos, restricciones, reglamentos, señales, sanciones, intentos todos artificiosos y milenarios de contener y educar la fiereza destructiva del ser humano. Lo más hermoso y lo más abyecto de la humanidad se engendra en la urbe como en ningún otro lugar, como si ésta reuniese por entre el asfalto, los jardines, la muchedumbre, las azoteas o las cloacas, aquellas condiciones necesarias para la extensión de una cepa de hongos venenosos. Y la naturaleza humana, contenedora a la vez de lo detestable y lo sublime, en las ciudades da rienda suelta a su capacidad de desplegar, con complejidad y alevosía, esa esquizofrenia congénita.

"En este contexto no es de extrañar que la imaginación creadora vuelva una y otra vez a la novela negra; a la novela policíaca"

En este contexto no es de extrañar que la imaginación creadora vuelva una y otra vez a la novela negra; a la novela policíaca. Hay una necesidad de contar ese mundo como justificación legítima del interés por explorar, ordenar, explicar el caos que aflora siempre sobre cualquier intento de razón, filosofía o belleza, por lo que la pulsión de lo malvado no solo es materia narrable en estado puro para mentes creadoras sino que se convierte en un producto de consumo casi de primera necesidad.

En el comienzo de la modernidad del mundo qué duda cabe que “la ciudad” por antonomasia fue el Londres victoriano, un espacio en continua metamorfosis, creciendo enfebrecido bajo la espesa niebla verdosa como sopa de guisante. El tenebroso barrio de Whitechapel, atestado de habitaciones insalubres donde se hacinaban familias de obreros tísicos, public houses de mala muerte y putas deambulantes (había una normativa que les prohibía expresamente ejercer su profesión “paradas” en mitad de la calle) contrastaba con la elegancia de Knightsbridge, las distinguidas incursiones femeninas a Harrods o  Burlington Arcade, los oxigenados paseos por Kensington o Saint James’s Park o el exclusivo refugio masculino del Boodle’s o el White’s Gentlemen’s Club.

"Sin embargo, había una cosa que convertía a esta ciudad en esencial, única, envidiable y fascinante: su amor secular a los libros"

Sin embargo, había una cosa que  convertía a esta ciudad en esencial, única, envidiable y fascinante: su amor secular a los libros. Ciudad lluviosa, literaria y lectora a partes iguales, cuesta imaginar algo más feliz que un paseo por Charing Cross Road en una mañana gris de mitad del siglo XIX hojeando las novedades literarias que atestaban las librerías: Lo último de Oscar Wilde, Bram Stoker, Stevenson, Carroll, Dickens, Conan Doyle, Wilkie Collins, Kipling, Hardy, Conrad, Rider Haggard , Eliot

"Y en aquellos restos coagulados germinó una nueva especie de animal poderoso e imparable: la mujer"

Esta nómina apabullante de gigantes no era una rareza sino tan solo uno más de los elementos de una cultura poderosa y brillante (pintores, músicos, arqueólogos, arquitectos, científicos, viajeros, pensadores) que fluía a borbotones con una fuerza imparable, como la sangre de una aorta seccionada por Jack el Destripador. Y en aquellos restos coagulados que fue dejando la sangre viva, auténtica, cargada de fructífera cultura del Londres victoriano, germinó una nueva especie de animal poderoso e imparable: la mujer.

Salían de todos los rincones del mundo, de todos los estratos sociales, desembarazándose de su mutismo centenario, dispuestas a demostrar todo lo aprendido durante siglos de observación y silencio. Había mujeres cuyo esfuerzo y talento habían abierto el camino, como Jane Austen; aventureras intrépidas como Lucy Atkinson; pintoras de batallas, como la suiza Elizabeth Thompson (Lady Butler); comprometidas feministas como Josephine Butler y Sarah Emily Davis, crueles asesinas, como Amelia Dyer; viajeras literarias como la norteamericana Nellie Bly; musas inmortales como la bella Jane Barden y por supuesto, grandes mujeres escritoras: Las Brontë, George Eliot, la tímida Dickinson, la gran Elisabeth Barrett-Browning, y una tardía victoriana, Agatha Christie, que obtuvo su primer gran éxito tras la publicación en 1920 de El misterio de Styles, el primer caso del mítico, puntilloso detective Hercules Poirot.

Y es que en este universo de papel, las novelas detectivescas pronto se convertirían en la manera moderna de contar una realidad que rodaba hacia el futuro, arrastrando con ella las negruras escondidas en el envés de la trama.

"Es así como nacería un movimiento literario tan interesante como desconocido: el de las detectives victorianas"

Qué duda cabe de que en Londres Holmes y Poirot, mirándose en el espejo atlántico del maestro Poe, habían de alzarse como la pareja de moda, basando la resolución de sus casos en el uso de la razón e ignorando, de paso, los arcaicos procesos de la policía de la época, incapaz de resolver la mayoría de casos asignados. Pero ¿y ellas? Pues también las mujeres se convirtieron en carne novelable para la trama detectivesca decimonónica, y es así como nacería un movimiento literario tan interesante como desconocido: el de las detectives victorianas.

"Esas mujeres eran expertas en observar, escabullirse, razonar, conjeturar, disimular, mentir, imaginar mejor que cualquier varón."

Mujeres como protagonistas de la investigación en un mundo regido por otra mujer, la reina de luto, la “viuda de Windsor”, terminaron adquiriendo en la pluma de los escritores un protagonismo inusual, fresco, maravilloso. Criaturas perfectas para este cometido, esas mujeres eran expertas en observar, escabullirse, razonar, conjeturar, disimular, mentir, imaginar mejor que cualquier varón. Podían ser frías como un reloj en un bloque de hielo o falsamente apasionadas si así lo exigía el guion. Se habían alzado con el poder de seducir en el planteamiento, perseverar en el nudo y brillar en el desenlace desapareciendo, solas y libres, antes del The End.

Estas mujeres literarias desconocidas u olvidadas (antecedentes de la famosa Miss Marple) están ahora por fin reunidas en una magnífica antología editada por Michael Sims y acertada y bellamente publicada en España por la Editorial Siruela que por primera vez recoge la nómina de las grandes luchadoras contra el crimen de la época (y también, cómo no, algunas selectas delincuentes), como Loveday Brooke, Dorcas Dene o Lady Molly, predecesoras de las modernas damas del crimen.

Y como en una de aquellas deliciosas tramas detectivescas canónicas cuando el misterio ya está creado, reunidas las pruebas, e informados los sospechosos acomodados en los sillones de cuero de una biblioteca, sólo faltaría que la detective nombrara al asesino y que éste, derrumbado, terminara confesándolo todo. Pero me temo que esta vez no vamos a proceder así, pues lo que han de hacer es seguir su instinto de sabuesos lectores, acudir a la librería más cercana, rastrear y adquirir esta magnífica pieza; este ejemplar de Detectives victorianas, cuidando evitar los callejones oscuros y los cocheros embozados en negros cabriolés. Procuren así llegar sanos y salvos a casa y allí, a la luz de la chimenea, acomódense dispuestos a vivir, por fin, estas 11 aventuras de mujeres singulares que les están esperando.

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Autor: Michael Sims (edit.). Título: Detectives victorianas. Editorial: Siruela. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro