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Vida y ficciones del abate Marchena

Vida y ficciones del abate Marchena

Este volumen de relatos contiene ocho aproximaciones, escritas por Jesús Maeso de la Torre, José Luis Corral, Espido Freire, Alfredo Taján, José Calvo Poyato, Care Santos, Adolfo García Ortega y Alberto González Troyano,
a la figura del revolucionario utrerano.

Zenda ofrece el prólogo, escrito por Eva Díaz Pérez, de Vida y ficciones del abate Marchena.

PRÓLOGO

Entre los personajes de la Historia de España hay pocos tan singulares e inclasificables como el andaluz José Marchena, conocido para la posteridad como abate Marchena. Un nombre cargado de sarcasmo, pues no siguió la carrera religiosa sino que se convirtió en uno de los hombres más críticos con la Iglesia. Marchena estuvo marcado por la heterodoxia y por un carácter indomable. Su biografía es la de un revolucionario, anticlerical y hereje. De hecho, en su casa de París colocó un letrero con el que zanjaba toda duda sobre sus creencias: «Aquí se enseña ateísmo».

Marchena nació en los años aún dorados de la Ilustración, pero vivió con intensidad los tiempos recios de la Revolución francesa convirtiéndose además en destacado protagonista. Fue una figura en la época de tránsito del Antiguo al Nuevo Régimen, una transición en la que él tuvo un papel relevante, audaz e incluso temerario. Participó como polemista incansable, agitador y teórico de las ideas, primero de la Ilustración más avanzada y, más tarde, del liberalismo revolucionario cuyas ideas introduce de manera clandestina en España.

José Marchena (Utrera, Sevilla, 1768-Madrid, 1821) fue poeta, ensayista, dramaturgo, periodista, traductor, erudito e historiador de la literatura española. Por eso sorprende que la historia de un intelectual tan completo sea tan poco conocida en su país. Marchena es un buen ejemplo de la galería de heterodoxos apartados de la memoria oficial tan habitual en nuestra Historia. Su biografía desvela a un personaje fascinante: traductor al castellano de las obras de Rousseau, Voltaire y Montesquieu; introductor de las ideas de la Revolución francesa en papeles que lograron atravesar el cordón sanitario de los Pirineos; líder político que estuvo a punto de ser guillotinado por Robespierre en la época del Terror; propagador desde el exilio de las ideas liberales más avanzadas en la España de Fernando VII; fabulador de un falso texto perdido de Petronio con el que engañó a la comunidad académica de su tiempo y huido de la Inquisición por su afición a la lectura de obras prohibidas. ¿Cómo es posible que este personaje de epopeya haya pasado desapercibido en nuestras crónicas históricas?

La respuesta está clara. Había que silenciar a un hombre que declaraba su ateísmo y al que se debían las traducciones de los libros prohibidos que habían servido para repensar el mundo y entrar en otra época. Este silencio ha continuado hasta nuestros días. La posteridad ha sido esquiva con José Marchena. Siglos después de su muerte sigue siendo un desconocido, a pesar de su papel principal en nuestra historia intelectual.

Menéndez y Pelayo lo rescataría con papel principal en su Historia de los heterodoxos, publicada a finales del siglo XIX. El polígrafo hizo un retrato salvajemente crítico que en buena parte ha mediatizado la imagen que se ha tenido en España del revolucionario español: «propagandista de impiedad», «corruptor de una gran parte de la juventud española», «sectario intransigente y fanático». Aunque también descubre cierta admiración por las erudiciones del personaje: «El viento de la incredulidad, lo descabellado de su vida, la intemperanza de su carácter, en que todo fue violento y extremoso, inutilizaron en él admirables cualidades nativas; y hoy sólo nos queda de tanta brillantez el recuerdo de la novela de su vida y el recuerdo mucho más triste de su influencia diabólica y de su talento estragado por la impiedad y el desenfreno».

El hecho de que Marchena participara como funcionario josefino en la Guerra de la Independencia ha sido determinante para que la tradición historiográfica lo haya considerado como un traidor afrancesado. Sin embargo, esta visión negativa no se ha limitado a su país natal. También en Francia tuvo muchos enemigos, probablemente a causa de su mal carácter. En demasiadas ocasiones las anécdotas, las leyendas tergiversadas y su retrato grotesco predominan en los recuerdos que le dedicaron sus coetáneos en diversas semblanzas. Para desacreditarlo como pensador subrayaban los defectos físicos de aquel extravagante «hombrecillo de tres pies y ocho pulgadas de altura» al que acusaban de traidor, pecador, hereje y ateo. Se sugería así que la fealdad física era también una alegoría de su vida de desorden y exceso.

En un repaso apresurado se descubre el tono de las descripciones que se hacían de él, como ésta aparecida en el Courrier de Paris: «Dicen que unos farmacólogos han encontrado estos últimos días, entre perro y lobo, al español Marchena, que arrancaba ciertos pasquines rechinando los dientes y haciendo horribles contorsiones».

Sin embargo, en sus últimos días ya en la España del Trienio Liberal, Marchena consiguió el reconocimiento entre cierto sector del progresismo político. Además, su figura contó con entradas en diccionarios y enciclopedias en Francia en las primeras décadas del siglo XIX, pero su memoria se fue desfigurando poco a poco.

A nuestros días ha llegado un personaje que necesita una revisión. Su historia está siendo recuperada en estudios académicos, análisis de su obra y aproximaciones rigurosas como la de Juan Francisco Fuentes: José Marchena. Biografía política e intelectual. En buena parte, la contralectura que supuso esta obra o el rescate de José Manuel Fajardo en La epopeya de los locos españoles en la Revolución Francesa han ayudado a su incorporación con naturalidad en la historia de nuestra cultura. El historiador Pedro Sánchez Núñez también ha aportado interesantes novedades en su reciente El abate Marchena. Biografía de un utrerano entre Robespierre y Riego.

Y Alberto Romero Ferrer, profesor de la Universidad de Cádiz y editor del libro colectivo Sin fe, sin patria y hasta sin lengua: José Marchena, explica el interés que inspira a los investigadores actuales: «Hay que compensar aquellos retratos desafortunados a todas luces, y paliar con ello una injusticia histórica que había relegado a este excéntrico hombre de letras, en el mejor de los casos, a los terrenos de la heterodoxia».

UN PERSONAJE DE EPOPEYA

Este personaje incómodo, extravagante, raro y descarado que atraviesa los grandes episodios de su tiempo, se ha colado incluso en el terreno de la ficción. Como recordaba Menéndez y Pelayo, el recuerdo de su vida de novela ha seducido a muchos literatos. No es extraño, ya que su vida fue una auténtica epopeya, el fascinante itinerario de un hombre en el furioso oleaje de un tiempo de tempestades.

Benito Pérez Galdós, en su novela El audaz, se inspira en él para su protagonista ateo y revolucionario. Y Marchena también aparece en las páginas de los Episodios Nacionales en los volúmenes Juan Martín el empecinado, La batalla de los Arapiles y El equipaje del rey José.

Vicente Blasco Ibáñez lo convierte en uno de los protagonistas de su novela La explosión y lo vemos surgir en Viva la República. Pío Baroja también lo rescata en El amor, el dandismo y la intriga o en El aprendiz de conspirador. Y en Con la pluma y con el sable incluye la anécdota que contaban algunos contemporáneos acerca del jabalí domesticado que Marchena tenía en su casa y que al morir ofreció a sus amigos en un banquete, dedicándole además un hermoso epitafio.

Los hermanos Machado lo rescatan en su obra de teatro La Diosa Razón, un drama protagonizado por Teresa Cabarrús, madame Tallien, célebre por su leyenda de salvadora de numerosos personajes durante la Revolución francesa, aunque otros dieron una versión cruel de ella. Madame Tallien fue una de las tres famosas damas del Directorio, junto a Josefina Bonaparte y madame Récamier. Y fue la anfitriona de un salón literario, al estilo de madame de Staël, del que Marchena fue asiduo. En este texto dramático los poetas sevillanos hacen entrar en escena a Marchena, aunque con el nombre fingido de abate Llerena, que ejerce de preceptor de la hermosa Cabarrús. La Diosa Razón es la última obra de los hermanos Machado junto a Tardes de la Moncloa, escritas ambas en los últimos días de la Segunda República, cuando se vivía un clima de radicalismo ideológico. Los Machado proyectaron en un espejo narrativo las inquietudes que tenían hacia el devenir de la República en esta obra que sucede en la época más violenta y extrema de la Revolución francesa. Argumentaban cómo la razón se tuerce en ciertos momentos de la Historia. Nuestro abate Marchena-Llerena es así recuperado por la pluma de los Machado como uno de los españoles presentes en el torbellino de la Revolución.

José Marchena también se coló en la novela El siglo de las luces, donde el escritor cubano Alejo Carpentier aborda algunos momentos de su vida al igual que haría el catalán Joan Perucho en Pamela. Y así hasta llegar a ejemplos literarios recientes como el de Arturo Pérez Reverte, que en Hombres buenos crea el trasunto del abate Bringas, personaje que no sale bien parado en la novela, o Goytisolo en su Carajicomedia, donde el revolucionario es trasladado al mayo francés del 68. Entre lo más reciente, el autor utrerano Pedro López Núñez ha publicado la novela El regreso del Abate convirtiéndolo en protagonista.

Aunque está por explotar cinematográficamente, la figura excéntrica y singular del abate Marchena también apareció en la serie de televisión Los desastres de la guerra (1983), coproducción hispanofrancesa dirigida por Mario Camus. El actor Mario Pardo interpretó a nuestro personaje en la época en la que viaja a España como funcionario josefino durante la Guerra de la Independencia. Vida y ficciones del abate Marchena. Un revolucionario de Utrera a París intenta continuar esa tradición literaria del revolucionario que pasea por las páginas de la ficción recordando su vida de novela, como apuntaba Menéndez y Pelayo.

Su biografía heterodoxa anima la imaginación y lo hace protagonizar capítulos curiosos y singulares en los relatos de ficción que hemos reunido en este volumen. Pero antes de disfrutar con José Marchena a través de la pluma de ocho destacados escritores descubramos quién fue este intrigante fantasma de nuestra Historia.

BIOGRAFÍA DE UN HETERODOXO

José Marchena nace en la localidad sevillana de Utrera el mes de noviembre de 1768. «Soy español, nacido en Utrera, en Andalucía, reino de Sevilla, y soy hombre de letras», escribió sobre sus orígenes. Su padre era Antonio Marchena Jiménez, abogado y bachiller en Leyes, agente fiscal del Consejo de Castilla y propietario de tierras en la localidad, que se casó con doña Josefa Ruiz de Cueto. Cuando nace Marchena, en España reina Carlos III. Son los años prósperos en que el monarca lleva a cabo su programa ilustrado para reformar el país. Una época feliz antes de los tiempos convulsos que habrían de llegar y que coincide con una etapa de cierta bonanza económica. La Sevilla en la que estudiará el joven Marchena había vivido el intento de reforma de un hombre de Carlos III, un hijo del Siglo de las Luces: el asistente Pablo de Olavide.

Cuando Marchena llegó a Sevilla, el recuerdo de Olavide no era más que una sombra incómoda, pero algo había conseguido cambiar en la ciudad desde su cargo de asistente, es decir, de gobernador y alcalde. Sevilla se había convertido en laboratorio de la Ilustración a raíz de sus iniciativas para reformar la Universidad, el ordenamiento urbano y el reglamento de las cofradías y devociones populares. Olavide vivió el dolor y el fracaso de la Ilustración al encontrar la oposición de la Iglesia y de los sectores más reaccionarios. Así sufrirá el famoso autillo de la Inquisición que lo declaró «hereje, infame y miembro podrido de la religión».

En esa Sevilla, truncada en su reforma ilustrada, conoció Marchena a los jóvenes intelectuales que se reunían en la Academia de Letras Humanas para leer volúmenes de filosofía y letras francesas: Alberto Lista, José María Blanco White, Manuel María Arjona, Félix José Reinoso, Manuel María del Mármol y Justino Matute, entre otros. Con algunos de ellos coincidiría muchos años después, a su regreso tras el exilio en Francia formando parte del cuerpo de funcionarios del ejército de José Bonaparte durante la Guerra de la Independencia.

El joven Marchena partió pronto a Madrid para estudiar lógica, metafísica y filosofía natural en el Colegio de Doña María de Aragón. Luego recibió estudios de filosofía moral en los Reales Estudios de San Isidro, un centro conectado con las enseñanzas que triunfaban en otras instituciones docentes de Europa. El Madrid por el que paseó Marchena es la capital de Carlos III, que ya ha iniciado sus reformas urbanísticas para que entren las luces en los planos callejeros. Es una ciudad feliz, alegre y un tanto despreocupada. Se vive un tiempo tranquilo, justo esa sensación de calma que precede a las grandes tempestades.

Es entonces cuando Marchena pasa a estudiar leyes en Salamanca, donde conoce a profesores que marcarán definitivamente su biografía: Diego Muñoz Torrero, que llegaría a ser diputado liberal en las Cortes de Cádiz, Ramón de Salas o Juan Meléndez Valdés. Son personajes que intentaron renovar la Universidad de Salamanca y que iniciaron al joven en las lecturas prohibidas: Voltaire, Rousseau y Montesquieu, Locke, Mably o Adam Smith. Marchena frecuentaba las librerías de la ciudad que vendían secretamente la literatura prohibida y acudía a las tertulias en las que circulaban estos volúmenes demandados por profesores y alumnos interesados por lo que estaba ocurriendo en Europa.

Sin embargo, la atrevida aventura libresca termina mal cuando el profesor Ramón de Salas sufre un proceso inquisitorial. A partir de entonces reinarán la autocensura y el silencio en las tertulias y en los círculos universitarios. Pero en Marchena ya ha prendido la semilla del agitador, el polemista, el joven que quiere cambiar el mundo. Así, resuelve utilizar un medio de difusión fundamental en una época en la que se estaba fraguando la opinión pública: la prensa. El abate Marchena fue además un incansable periodista a lo largo de toda su vida, ya que era consciente de la importancia de la difusión de las nuevas ideas para la creación de un estado de opinión acorde con los cambios. La primera de sus audaces empresas periodísticas es la que inicia en los tiempos de estudiante en Salamanca y que provoca su primer conflicto con la Inquisición.

MARCHENA Y EL SANTO OFICIO

La polémica de Marchena con el Santo Oficio tiene su origen en las lecturas prohibidas de libros franceses y en las páginas de El Observador, un periódico que aparece a finales de 1787 y que contó con seis entregas. Los discursos que escribe en sus páginas no dejaron indiferente a nadie. Allí reflexiona sobre el teatro como instrumento para la reforma, apunta una sátira contra la Universidad española, critica el casticismo y la literatura escolástica, y cuestiona los cimientos del Antiguo Régimen defendiendo la relevancia del individuo frente a la trascendencia de lo religioso. Argumento que provoca la ira de la Inquisición al considerar que contiene «doctrina falsa, errónea, temeraria que ofende a los oídos piadosos, inductiva al puro materialismo, y con imágenes obscenas».

La cuarta entrega de los discursos en El Observador es uno de los textos más originales de la literatura española: el viaje imaginario a la Luna, una estrategia narrativa en la que el autor contaba la travesía a un mundo lejano pero que contenía veladas críticas sobre la época. Marchena relata en su crónica cómo después de un intenso sueño un viento lo arrastra a la Luna donde se encuentra con la sociedad de los selenitas. Esta visita sirve al escritor para hacer una severa radiografía de la sociedad de su tiempo, atacando especialmente a la intolerancia religiosa.

La serie periodística de Marchena en El Observador queda interrumpida cuando en febrero de 1788 el inquisidor general Rubín de Ceballos remite al Consejo Supremo del Santo Oficio una denuncia para su examen y calificación. Pero, entonces, en el verano del año siguiente cambiaría la Historia con la toma de la Bastilla en París. Marchena siente que es el momento de acudir a la ciudad-laboratorio en la que se está experimentando una transgresión histórica. Inspirado por los agitados vientos, escribirá su Oda a la Revolución Francesa, una de las primeras obras de propaganda revolucionaria que se escriben en España.

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Autor: Varios. Título: Vida y ficciones del abate Marchena. Editorial: Fundación José Manuel Lara. Venta: Amazon

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