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Vida secreta de Cristina Campo, de Cristina de Stefano

Vida secreta de Cristina Campo, de Cristina de Stefano

Cristina Campo (Bolonia, 1923-Roma, 1977) se revela en estas páginas como una figura significativa para entender el panorama de las letras y la vida cultural europea tras la Segunda Guerra Mundial. No en vano fue, como traductora, un cruce de caminos donde se dan cita autores clásicos y sobre todo contemporáneos, especialmente de habla inglesa, como Katherine Mansfield, Virginia Woolf, William Carlos Williams o John Donne. A Simone Weil, a quien también tradujo, y cuyos textos, empezando por La gravedad y la gracia, dejaron un hondo poso en ella, la unió una profunda amistad espiritual.

Zenda publica las palabras previas con las que Pedro Luis Ladrón de Guevara introduce la edición española de este libro, escrito por Cristina de Stefano y publicado por la editorial Trotta.

CRISTINA CAMPO Y SU TIEMPO

Pedro Luis Ladrón de Guevara

Cristina De Stefano comenzó su carrera de escritora dedicada a la vida de mujeres insignes con esta biografía de Cristina Campo, después llegaría Americanas aventureras (2007), con especial referencia a la fotógrafa Berenice Abbott, y más tarde una monografía dedicada a Oriana Fallaci, Oriana. Una mujer (2013). En el título original del libro, Belinda y el monstruo. Vida secreta de Cristina Campo, De Stefano pone de manifiesto la importancia que Cristina concedía a la fábula, tal y como puede leerse en su ensayo Parque de los ciervos: «Y sin embargo me gusta mi tiempo porque es el tiempo en que todo se desvanece y es quizá, precisamente por esto, el auténtico tiempo de la fábula». Y toma como referencia «Belinda y el monstruo», fábula original de la escritora francesa del siglo XVIII Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve, que nosotros conocemos en la versión de La bella y la bestia, que comienza con un padre que busca una rosa para la hija en pleno invierno. Escribe Cristina: «Ciertamente no pretendo con ello la era de las alfombras voladoras y de los espejos mágicos, que el hombre destruyó para siempre al querer fabricarlos, sino la era de la belleza fugaz, de la gracia y del misterio a punto de desaparecer, como las apariciones y los signos arcanos de la fábula: todo aquello a lo que ciertas personas no renuncian nunca, que tanto más les apasiona cuanto más parece perdido y olvidado. Todo aquello por lo que se parte para reencontrarlo, aunque sea a riesgo de la propia vida, como la rosa de Belinda en pleno invierno. Todo aquello que de vez en cuando se esconde bajo los restos más impenetrables, en el fondo de los más horribles laberintos».

Como escribiera el poeta Mario Luzi: «La fábula y el misterio son las palabras recurrentes, las palabras claves del mundo de Cristina Campo. Misterio como depósito, como recipiente de fábula: lo que quiere decir un misterio que se manifiesta a través de la fábula; fábula que es la garantía del misterio».

Pero quién era Cristina Campo. En realidad, es el principal y definitivo pseudónimo de Vittoria Guerrini, nacida el 29 de abril de 1923 en Bolonia y fallecida en Roma el 10 de enero de 1977. Otros pseudónimos secundarios fueron Pisana, Puccio Quaratesi, Bernardo Trevisano, Giusto Cabianca, Benedetto P. D’Angelo, Massimiliano Putti.

Su padre era el maestro y compositor musical Guido Guerrini, y su madre Emilia Putti, hermana del célebre traumatólogo Vittorio Putti. Su salud fue frágil debido a una malformación congénita del corazón que le impidió llevar una vida similar a la de otros niños, razón por la cual vivió los primeros años de su infancia en el parque del hospital Rizzoli de Bolonia donde vivía su tío, y estudió en casa, no siguiendo un normal proceso de escolarización.

En 1928, tras pasar tres años en Parma, su padre asume la dirección del conservatorio Cherubini de Florencia, ciudad en la que Cristina vivió la primera mitad de su vida, hasta su definitivo traslado a Roma. En la adolescencia establece una fuerte amistad con Anna Cavalletti, con la que compartiría lecturas y pasión por la literatura. La muerte de Anna en un bombardeo el 25 de septiembre de 1943 fue un duro golpe. Diez años más tarde, en marzo de 1953, Cristina publicó una antología de sus diarios, «Diario di Anna», en el número dos de la Posta letteraria del Corriere dell’Ada e del Ticino.

Tras la muerte de Anna, y mientras aún sigue la guerra, conoce al estudioso y traductor de latín, griego y especialmente del alemán, Leone Traverso, que le presenta a los principales escritores y críticos que viven en Florencia, ligados muchos de ellos a lo que algunos críticos han llamado la Escuela hermética o Segunda generación del hermetismo, movimiento poético italiano en el que se incluye como precursor a Dino Campana, y a los poetas Giuseppe Ungaretti y Eugenio Montale. En el grupo florentino Cristina entabla amistad con Mario Luzi, Piero Bigongiari, Oreste Macrì, Carlo Bo, Tommaso Landolfi… Famosas eran las reuniones en los cafés literarios de Piazza della Repubblica, Giubbe Rosse y Paszkowski, a las que se uniría Jorge Guillén de la mano de Oreste Macrì.

Es entonces cuando Cristina intensifica sus relaciones con la poesía hermética. La une a los herméticos el rechazo a cualquier intención de oratoria ético-política, la redefinición de los vínculos lógico-sintácticos, pero su poesía anhela una metafísica que va más allá. Por otro lado, parece sentir una cierta aversión por determinada poesía hermética de influencia francesa, tal y como se lee en una carta a su padre después de la muerte de su amiga, con apenas veinte años, donde le pide la opinión sobre sus poesías: «Ahora me consume el deseo de saber por ti (cuando tengas el tiempo y la amabilidad de indicármelos) cuáles son los pasajes que te han parecido herméticos ¡y (¡un escalofrío recorre mi espina dorsal!) con reminiscencias francesas! Nada más lejos de mi intención, lo sabes, la idea de haberlo hecho conscientemente, aunque todavía más lejos de mí permanecer pura a todas esas influencias». En aquella época le recuerda a su padre las lecturas que había hecho en el pasado del poeta alemán Hans Carossa, escritor de fuerte humanismo cristiano del que Traverso publicaba en 1943 Los casos del doctor Bürger para la editorial Guanda.

Traverso también le enseñó la figura que para ella sería uno de sus pilares básicos, Hugo von Hofmannsthal, del que Leone había hecho la traducción y la introducción de Líricas y dramas para la editorial Sansoni en 1942 y preparaba para la editorial Cederna sus Obras (Andreas, La mujer sin sombra y otros cuentos, Electra, Viajes y ensayos, Las bodas de Sobeida, El caballero de la rosa) que se publicaron entre los años 1948 y 1959.

De 1943-1944 son las primeras traducciones de Cristina: Conversaciones con Sibelius de Begnt von Törne (1943) y Una taza de té y otros relatos de Katherine Mansfield (1944).

La ausencia de la amiga fallecida hace que ya no tenga un destinatario conocido. El lector genérico es algo demasiado abstracto y solo importa la pureza del texto, razón por la cual escribirá poco y deseará toda su vida haber publicado todavía menos.

Cristina se siente alejada de la literatura del momento, salvo de los pocos amigos con los que establece un diálogo intenso. La crítica y amiga personal Margherita Pieracci Harwell, «Mita», con la que mantuvo correspondencia epistolar hasta la muerte de la escritora, puso de manifiesto cómo Cristina establecía las relaciones personales utilizando la literatura como elemento de unión, pero «No porque la Campo redujese la vida a la literatura, sino al contrario, porque la literatura era para ella vida en el más alto grado de intensidad y de transparencia».

Nos encontramos en años de patente antifascismo y de un omnipresente neorrealismo que se había ido abriendo paso la década anterior frente a una cultura oficial fascista acomodada, ajena a cualquier crítica, y que idealizaba las condiciones de vida cotidiana del pueblo italiano. Ya antes de la caída de Mussolini, que se produjo en la reunión del Gran Consejo del Fascismo del 25 de julio de 1943, Elio Vittorini había seguido la estela del neorrealismo con la novela Conversación en Sicilia, afiliándose al Partido Comunista Italiano (PCI) en los años cuarenta, donde permanecería hasta 1951. Comienza aquel año el realismo cinematográfico: Roberto Rossellini empieza a rodar Roma, ciudad abierta en enero de 1945, Ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica es de 1948, del mismo año La tierra tiembla de Luchino Visconti, basada en la novela verista de Giovanni Verga I Malavoglia. Entre las editoriales de prestigio destaca Einaudi, de marcado carácter antifascista y de un liberalismo radical, que surgió y tenía como motor a un grupo de amigos: Giulio Einaudi, Leone Ginzburg (asesinado por los nazis en 1944), Cesare Pavese, Elio Vittorini, Norberto Bobbio, Italo Calvino. Posteriormente se añadiría Natalia Ginzburg, escritora y viuda de Leone. La editorial publica la revista Il Politecnico (1945-1947), que no se limitaba solo a cuestiones literarias, sino también sociales, y las importantes colecciones Coralli, Supercoralli e I gettoni que en los años cincuenta promueven nuevos autores: Bebbe Fenoglio, Lalla Romano, Anna Maria Ortese, Rigoni Stern, Leonardo Sciascia…

En 1948 Cristina había traducido para la editorial Cederna Poesías de Eduard Mörike, apareciendo la traducción con su verdadero nombre, Vittoria Guerrini. Aquel mismo año el PCI pierde las elecciones, aunque continúa interviniendo fuertemente en la política cultural italiana, caracterizada por un proceso memorialista para recuperar un pasado de lucha, de dolor, de represión que la literatura del fascismo trató de negar al ofrecer una literatura alejada de la realidad.

Ciertamente este ambiente literario está muy alejado de Cristina, tanto por su distanciamiento de una literatura colectiva con fuerte presencia social como por su posición política: su padre fue filofascista y mantuvo cargos directivos en el conservatorio durante el periodo del fascismo, teniendo que rendir cuentas por ello ante el comando inglés entre noviembre de 1944 y agosto de 1945; no fue un caso único, recordemos que a Giuseppe Ungaretti se le abrió expediente por la cátedra de Literatura Italiana en la Universidad La Sapienza de Roma concedida per chiara fama tras su vuelta de Brasil en 1942, siendo absuelto y readmitido en 1947, tal y como le ocurriera al padre de Cristina, al que ese mismo año se le comunicó su reincorporación a su puesto de trabajo, aunque no en el conservatorio de Florencia, sino en el de Bolonia.

El espiritualismo de la escritora está muy alejado del materialismo dialéctico propugnado por Antonio Gramsci, implicado activamente en cuestiones sociales, organizador político-cultural. Y no hablemos del escritor como agitador cultural, asistente a congresos, cargado de una responsabilidad pública que trasciende la labor de pensador al considerársele portador de esperanzas políticas y sociales. Nada más alejado del carácter intimista, espiritual, en busca de un misticismo cada vez más fuerte de Cristina, la cual prefiere el cara a cara de su interlocutor, el contacto personal que condiciona sus lecturas y sus maestros o modelos que imitar: Leone Traverso, Elémire Zolla, Mario Luzi… Además, Cristina tiene una visión elitista de la existencia y de la creación literaria: se escribe solo para unos pocos capaces de comprender la complejidad de lo escrito. Por todo ello, cuantos la conocieron y escribieron sobre ella (Mario Luzi, Guido Ceronetti, Margherita Pieracci Harwell…) han insistido en la imposibilidad de adscribirla a cualquier grupo o corriente literaria.

Desde luego el estilo antiliterario, casi de crónica, de la lengua hablada inmediata del neorrealismo, se contraponía a esa búsqueda metódica y obsesiva de Cristina por encontrar el auténtico valor de la palabra exacta y precisa.

En 1947 Mario Luzi le regala el libro de Simone Weil La gravedad y la gracia, Cristina queda fascinada, encuentra en Weil afinidades profundas e idéntica visión de la vida, poseedoras de una inflexible coherencia en la búsqueda por descifrar las señales y los misterios ocultos en la realidad. Se procura todos sus libros en francés, convirtiéndola en su autora de cabecera. Durante seis horas leerá de un tirón La condición obrera. Escribe sobre ella y en 1959 traduciría su drama Venecia salvada. A Simone le dedica su poesía «Elegía de Portland Road», ultima residencia de Simone Weil en Londres («Cosa prohibida / oscura la primavera // Yo voy bajo las nubes, entre cerezos / tan ligeros que ya están casi ausentes / ¿Qué cosa no está casi ausente salvo yo, / de tan poco muerta, llama libre?»).

El tema de la llama será consustancial a la figura de Cristina. La amiga y filósofa María Zambrano, tras su muerte, le dedicó un capítulo, precisamente titulado «La llama», en su libro De la aurora. La dedicatoria muestra la duplicidad del nombre de su amiga: «A Vittoria-Cristina, in memoriam», y el texto nos lleva a la mente los puntos comunes de sus pensamientos. Escribe María:

«Luz que al encenderse anuncia su extinción, su darse únicamente en identidad que se hace al par que se consume […] Y se eleva así la llama como una pregunta que es en su arder la respuesta […] Y ella misma restituida a su ser de criatura indefinida, pálida, indeciso balbuceo de la palabra, lábil y diáfano vaso donde la concepción del Verbo tomaría el tiempo, ese tiempo que para eso, por eso solo habría de estar. La palabra única que consume todo tiempo, todo fuego antes de que el fuego exista por su cuenta». Según recoge Maria Pertile, en la introducción a su precioso libro sobre las cartas de Cristina a María, Cristina y María se habían conocido en casa de Elena Croce, la hija de Benedetto Croce, en el prestigioso barrio de Parioli, en via Tre Madonne 16, lugar de múltiples encuentros hispano-italianos, donde también iban escritores como Jorge Guillén y pintores como Ramón Gaya: «Elena se ha empeñado en presentarme a media Italia y estoy lleno de compromisos», cuenta el 16 de enero de 1959 Ramón Gaya a Salvador Moreno.

En el epistolario de Cristina encontramos su opinión sobre María Zambrano en la carta del 24 de noviembre de 1961 a la amiga Anna Bonetti: «María Z., que conocía y admiraba a Rafael [Lasso de la Vega, marqués de Villanova], es una mujer de altísima calidad, una filósofa ilustre y una de esas criaturas que sobre la tierra hacen de intermediarias porque no hay en ella nada (inspiración, energía, riqueza) que ella no regale inmediatamente a los demás». De su obra El hombre y lo divino escribirá entusiasmada Cristina a María el 9 de noviembre de 1971:

«Es maravilloso tener entre las manos, como un pequeño precioso icono, cargado de vivencias y de afectos, el volumen de El Hombre y lo Divino. ¡Cómo lo ha enriquecido el tiempo, en todos los sentidos, María! (¿Hay algo en el mundo más bello que la madurez?) […] tu libro le ha dado [a Elémire Zolla] las palabras perfectas, que encontrarás en un ensayo suyo dentro de poco».

En 1951, tras un debate con el amigo Gianfranco Draghi, escritor y psicoanalista cuya tesis de licenciatura sobre Leon Battista Alberti había sido dirigida en la Universidad de Florencia por el prestigiosísimo historiador de filosofía Eugenio Garin, nace La Posta Letteraria del Corriere dell’Adda e del Ticino que serviría como punto de encuentro de nuevos escritores. En aquellos años Cristina asume como propia la obra de Simone Weil, convirtiéndose, junto a Hofmannsthal, en uno de sus autores preferidos. Como ha escrito Encarna Esteban: «Estamos ante dos escritoras consideradas místicas cristianas, pero que se apartan de toda norma. Dos pensadoras de difícil clasificación, pero de gran calado literario espiritual. A ninguna de las dos les preocupan mínimamente las convenciones sociales, el juicio ajeno, ni siquiera el sentimiento de pertenencia a un grupo estructurado. Sin embargo, en las dos se da con una fuerza vehemente el deseo de pertenecer a la soñada ‘religión de la armonía del mundo’». Se busca conseguir la perfección en la unión de belleza y verdad.

Son años en los que va aumentando el distanciamiento de Traverso, el cual marcha a Urbino para impartir clases en la universidad de la que su amigo Carlo Bo es rector. Es entonces cuando Cristina establece una fuerte amistad con Margherita Pieracci. Les une la pasión por Simone Weil, tanto es así que les gustaría ir a París para ver a la madre de Simone y los documentos existentes en su casa. Ante la imposibilidad de viajar Cristina por motivos de salud es Margherita la que va. En la casa de Weil visita a la madre de la escritora y conoce al pastor protestante afroamericano Dwight Harwel que estudiaba los textos de Simone. Con él se casaría más tarde Margherita, yendo a vivir a los Estados Unidos, e impartiendo clases de Literatura en la Universidad de Illinois de Chicago. Las cartas de Cristina a Margherita se publicarían con el título Cartas a Mita.

En 1952 Mario Luzi publica el libro de poesía Primicias del desierto que ejerció una gran influencia sobre ella. Cristina se siente atraída por él, pero Luzi está casado. Solo veinte años más tarde el poeta se separará de su esposa, Elena Monaci. Así respondía Mario Luzi a Jorge Guillén y a su mujer Irene el 10 de abril de 1973 ante el anuncio de su próxima llegada a Florencia y las preguntas que le hacían sobre su esposa: «Mi condición es actualmente la melancólica de un hombre solo, en via Bellariva 20. Por el momento, no tengo ni tan siquiera teléfono / De todas formas espero verle junto con Irene, a la que saludo con devota amistad. Suyo, Mario Luzi».

Mario Luzi nunca olvidó a la amiga. En conversación con Giorgio Tabanelli sobre escritoras recordaba décadas después: «No hay que olvidar a Cristina Campo, a la que yo conocí en Florencia; tuve ocasión de regalarle un libro sobre Simone Weil, que se convirtió para ella en figura predilecta. Campo publicó en 1956 su primer libro de poesías, Paso de adiós, y en 1962 el volumen de ensayos Fábula y misterio». A Mario Specchio, Luzi le recordaba en los años noventa del siglo pasado las palabras de Cristina: «el significante debería ser tomado en su máximo de significatividad».

Sobre los sentimientos de Cristina por Luzi es significativo este fragmento de una carta de ella escrita el 30 de diciembre de 1958:

«Recuerdo una nota tuya de hace dos años: cómo me acompañó durante el año, lo ayudó a florecer. Quisiera de nuevo ese talismán, la silenciosa protección de tu pensamiento: lo querría hoy como siempre, hoy más que nunca».

En 1953 comienza Cristina el ensayo «Atención y poesía» que posteriormente se publicaría en L’approdo letterario en 1960 y lo recogería en Fábula y misterio. En el ensayo escribe: «Poesía es también atención, esto es, lectura en múltiples planos de la realidad que hay en torno a nosotros, que es verdad en figuras. Y el poeta, que diluye y recompone esas figuras, es también un mediador: entre el hombre y el dios, entre un hombre y otro hombre, entre el hombre y las reglas secretas de la naturaleza». Concepto demasiado alejado de las neovanguardias que surgen entorno al «Grupo 63», año en que escritores como Umberto Eco, Edoardo Sanguineti, Nanni Balestrini, Antonio Porta y Alfredo Giuliani se reúnen en las afueras de Palermo para teorizar sobre un experimentalismo lingüístico extremo que niega la comunicabilidad de la poesía y aboga por la autonomía del significante.

La editorial Casini de Roma anunció en 1953 una antología de poesía escrita por mujeres, Libro de las ochenta poetisas, edición a cargo de Cristina que haría la antología y algunas de las traducciones. Pese a estar casi terminado el manuscrito se perdió. En 1954 aparecen unas notas sobre el diario de Virginia Woolf que estaba traduciendo y que llegaría a publicarse en 1959 en colaboración con Giuliana de Carlo.

Su padre hacía años que había sido destinado a Roma, donde había sido nombrado director del conservatorio de Santa Cecilia y presidente del Colegio de Música; fa il pendolare, esto es, vive entre las dos ciudades, hasta que en 1955 convence a su esposa y a su hija para trasladarse a la capital, decisión que había sido postergada por miedo a las consecuencias que podía tener en la salud y estado de ánimo de Cristina.

A Cristina le cuesta acostumbrarse a la ciudad, siente agorafobia, la inmensidad de sus plazas y de la propia ciudad le agobia. Por otro lado, allí encuentra a nuevos y viejos amigos: María Zambrano, Francesco Tentori, Gabriella Bemporad, Ignazio Silone, Corrado Alvaro, el psicoanalista Ernst Bernhard… Mantiene contactos con Pasolini, Manganelli, el poeta Bertolucci (padre de los dos directores de cine) y Bobi Bazlen, hombre culto, gran lector, asesor de editoriales, se convertiría años más tarde en la figura central de la novela de Daniele Del Giudice El estadio de Wimbledon. Compartía con Cristina su nulo interés por publicar. La propia Cristina solicitó a los amigos que le devolviesen las cartas, quería destruir todo lo que había escrito antes de 1957, y respecto a sus publicaciones, y a pesar de que no fue muy extensa su obra, consideraba que tenía que haber publicado menos.

En 1956 comienza a colaborar con la RAI, la televisión pública italiana. Ese año se desarrolla el proceso contra Danilo Dolci, el llamado Gandhi de Sicilia o el Gandhi italiano, aunque esta última distinción se la disputaría con Aldo Capitini, motor de la marcha por la paz entre Perugia y Asís el 24 de septiembre de 1961. Danilo Dolci fue acusado de desórdenes públicos. Cristina lo apoya y se implica en la lucha a favor de los pobres que llevan a cabo ciertas comunidades de base del cristianismo, reprochando que se dejara la defensa de Danilo —y por extensión de los desfavorecidos— a socialistas y comunistas. Aquel mismo año aparece su primer libro de poesías Paso de adiós, publicado por el refinado editor Scheiwiller en su editorial All’Insegna del Pesce d’Oro, editorial que también publicaría a Guillén (La Fuente. Suite italienne). En 1957 conoce las poesías de William Carlos Williams al que comienza a traducir y con el que intercambiaría algunas cartas. Williams encontró en Cristina el alma digna de traducirle y estudiarle sin que él se sintiera incómodo. Las cartas fueron publicadas posteriormente por Vanni Scheiwiller en 2001. Scheiwiller publicó en 1958 quince poesías de Williams traducidas por Cristina con el título La flor es nuestra señal. En 1961 la editorial Einaudi amplió la antología con el título Poesías, traducidas y presentadas por Cristina y el poeta Vittorio Sereni.

Cada vez más le atrae todo lo relativo a la espiritualidad, a la mística. En 1959 comienza una relación que duraría hasta su muerte con Elémire Zolla, que se había separado de la poeta Maria Luisa Spaziani. Zolla estaba muy interesado por la mística y las literaturas orientales. Obtuvo la cátedra de Literatura Angloamericana en la universidad romana de La Sapienza y entre sus alumnos tuvo al jovencísimo Roberto Calasso, que años más tarde publicaría en la editorial Adelphi la obra de Cristina. En aquellos años Zolla trabaja en una antología de Místicos de Occidente (Garzanti, 1963) para la que Cristina traduce junto con él poesías de Herbert, Crashaw, Vaughan. Las de san Juan de la Cruz se le atribuyen enteramente a ella porque así se lo cuenta a una amiga, pues aparecieron bajo el pseudónimo de Giusto Cabianca.

El 15 de febrero de 1959 Jorge Guillén está en Catania, donde recibe el prestigioso Premio Etna-Taormina por Luzbel desconcertado. El premio es difundido en toda Italia, lo que lleva a Cristina a escribirle el 1 de marzo 1959: «Queridísimo don Jorge: / Quería escribirle para contarle mi alegría, tras el Premio Taormina. Pero estoy destinada, siempre, a verme precedida por su bondad. // Le he visto en la televisión, una noche por casualidad. Leía un libro, con el Etna a sus espaldas. Incluso a través de los aparatos más monstruosos se pueden recibir hermosas y preciosas imágenes. / Le envío William Carlos Williams. Quisiera que le alegrara. Los poetas italianos han quedado conmovidos. Pero si un día tiene media hora de tiempo para leer a Cristina (y hablarle severamente) seré feliz. / Con el afectuoso recuerdo de la Pisana, le saluda su amiga Vittoria».

En la carta se evidencia su animadversión por los aparatos de la modernidad que mostrará siempre —la televisión, los ventiladores en las iglesias— y su pasión por los pseudónimos —Pisana—. Le envía la edición de Scheiwiller La flor es nuestra señal.

Entre las amistades españolas de Cristina Campo se halla el poeta modernista y epicentro de las vanguardias Rafael Lasso de la Vega, marqués de Villanova. Es evidente que la defensa de la modernidad y la vanguardia del poeta español estaban muy alejadas de las ideas de Cristina, pero eso no impidió que se establecieran lazos afectivos. Años después, al saber que había muerto, Cristina le escribe a Anna Bonetti el 9 de enero de 1960: «¡Qué dolor! Después de años de silencio, esta noticia me hace sentir a Rafael más cerca que nunca —es más horrendamente escuálido este mundo, del que desaparecen los hombres de su talla. El Caballero se presenta a su Rey, del que ha llevado su estandarte a tantos países extraños. Y la Mesa Redonda queda vacía. // Quisiera escribir a su hermana pero no sé en qué lengua. Intentaré hacerlo en español, dentro de un día o dos. Quisiera tanto saber algo de los últimos años de Rafael, desde que cesó nuestra correspondencia».

En el grupo de españoles destaca el pintor y escritor murciano Ramón Gaya, viejo amigo de Jorge Guillén, y María Zambrano. En 1960 Ramón publica en Italia Il sentimento della pittura. Cristina queda impresionada por la fuerza del escritor-pintor. A Traverso le escribe en junio de 1960, comparándolo con su admirada Simone Weil: «Gaya es de la misma raza. Dice cosas todavía más extremas, si es que eso es posible. Es realmente el loco del pueblo, el enano de Velázquez o el de Shakespeare, a los únicos que se les permite decir la verdad. Después de la muerte de Pasternak, descubrir a Gaya me ha sido un gran consuelo. Léelo, te lo ruego. Espero que tú también escribas sobre él. Es uno de esos libros, de esos hombres, que entran en nuestras vidas de golpe, y se quedan. (Aquí, gracias a Dios, escapan todos con solo nombrarlo: es el escándalo del día)».

El 14 de junio de ese año Tomasso Carini le escribe a Gaya para anunciarle que el 25 de junio a las 18.30 Vittoria Guerrini (Cristina Campo) hablará sobre su librito Il sentimento della pittura. Para Cristina, «Nos hallamos en ese lugar misterioso que es el cruce de lo temporal con lo eterno, el perfecto cumplimiento en el perfecto desaparecer. En este lugar (opuesto al histórico, que intenta continuamente guiarnos en el tiempo) se sitúa un crítico que es también un artista: el pintor español Ramón Gaya». Y añade: «Para el artista puro la creación no es más que obedencia, respuesta a esa realidad que quiere ser salvada, llegar a transparentarse a través de él, es decir, a través de un alma desnuda […] El libro entero es, por lo demás, una sucesión de toques fulminantes, carente de un sistema aparente, un conjunto de aproximaciones fulgurantes y de precisas hipérboles, un diario sellado y clarísimo, escrito en una lengua que es no obstante (y no es esto su encanto menor) prisionera de la misma expresividad que con cada palabra deshace».

El 14 de agosto de 1960 le confesaba a Traverso: «tengo un artículo sobre Ramón Gaya». El 26 de mayo le había escrito sobre el texto: «Lo que llevé conmigo [al Mattino de Florencia] era demasiado largo. Lo daré al Approdo, junto con otro sobre el estupendo ensayo de Ramón Gaya Il sentimento della pittura, un librito de pocas páginas que quisiera que tú leyeras, si te es posible». Y el 11 de mayo del año siguiente le vuelve a preguntar «¿Escribirás sobre Gaya?». El que sí escribiría el 28 de mayo de 1960 en la Gazzetta del Popolo de Turín fue su compañero Elémire Zolla, con el título «La pintura y la nada». En el artículo Zolla afirma: «No conozco la pintura de Gaya, pero su libro tiene valor autónomo» y añade: «Es este de Gaya un breviario de purificación de todo prejuicio, que debiera capacitar al artista a abandonarse a su destino sin dejarse deformar por el peso de esta maraña polémica que de día en día resulta más total. Se trata de un breviario que puede parecer […] casi un desvarío sublime, o lo que es lo mismo, un arrojarse al vacío, un zarpar hacia un mar desconocido. Pero, precisamente, esto es el Arte».

Dos años más tarde Cristina le regalará a Ramón Gaya su libro Fábula y misterio (1962) con la siguiente dedicatoria: «A Ramón Gaya / per gratitudine / Cristina Campo / Natale ‘62».

En aquellos años Cristina publicó en la prestigiosa revista Paragone el ensayo sobre Jorge Luis Borges (abril de 1960) y sobre Chéjov (diciembre de 1960), además de traducciones de poemas de John Donne (agosto de 1960) y de Héctor Murena (1961).

En 1960 Alessandro Spina publica en Paragone el relato «Junio ‘40», asombrando a Cristina, que en febrero de 1961 le escribe: «Me ha parecido una cosa de una calidad muy rara, como hacía tiempo que no me sucedía […] Pero sobre todo me ha turbado ese fondo de gracia, de libertad y de horror. El sentimiento de la costumbre como muerte viviente, la fuerza de querer romperla». Comenzaría entonces un largo epistolario que duraría hasta diciembre de 1975. En 1963 realiza la introducción a la traducción del árabe de Alessandro Spina de Historia de la ciudad de Bronce para el editor Vanni Scheiwiller.

En 1962 se publica su primer volumen de ensayos Fábula y misterio con la editorial Vallecchi de Florencia y en 1963 la traducción de Venecia salvada de Simone Weil, con algunas apostillas exegéticas. En este momento están muy presentes las figuras de T. S. Eliot y de T. E. Lawrence. El 3 de febrero de 1964 publica «Homenaje a Borges», en Elsinore.

La noche de Navidad de 1964 muere su madre. Entre quienes le mandan sus condolencias están Jorge Guillén e Irene Sismondi, su segunda esposa. A ellos escribirá el 12 de enero de 1965:

«Queridos amigos: / Todo duele en estos días. Incluso hablar, escuchar. / En silencio, os agradezco vuestras silenciosísimas palabras, delicadas palabras. / Afectuosamente / Vittoria Guerrini». En junio de 1965 moriría también su padre.

Es un periodo difícil, a la muerte de sus progenitores se unen las conclusiones del concilio Vaticano II, que cercena la liturgia en latín. Ella prefiere el rito oriental y añora cada vez más el canto gregoriano que poco a poco va desapareciendo de las abadías y monasterios. Consigue que el funeral de su padre se celebre en la abadía de San Anselmo en Roma con una misa de réquiem cantada por los monjes.

Entre los amigos españoles de aquellos años no solo está el pintor Ramón Gaya, sino también la escritora Nieves de Madariaga, hija de Salvador de Madariaga, conocida por el apellido de casada, Nieves Mathews. Sin embargo, su salud, su carácter demasiado irritable, su modo de trabajar demasiado exigente con ella misma y con los demás, le van cerrando puertas que solo los muy allegados consiguen abrir. No muestra ningún interés por entrar en el mundo literario romano y necesita calma y serenidad para leer, traducir y crear, alejada del «circo» en el que llega a convertirse la actividad cultural. Ella prefiere concentrarse en el trabajo que hace, profundizar en sus lecturas, ir más allá de la realidad cotidiana y social para adentrarse más en su alma. No le interesa ser leída pero reconoce la necesidad de serlo aunque solo por unos pocos lectores exigentes. Buscaba la perfección de la belleza en sus textos hasta la exasperación.

Desde su aparición en 1969 y hasta su muerte en 1977, publica en la revista fundada por su compañero Elémire Zolla, Conoscenza religiosa. Allí se publica en el número 1 de 1971 el texto del amigo Ramón Gaya «Velázquez, pájaro solitario» (pp. 64-79), allí aparecen sus poesías Misa romana (enero-marzo, 1969), La tigre ausencia (julio-septiembre de 1969), Diario bizantino y otras poesías (póstumo, enero-marzo de 1977). Pero el mundo social y literario le es cada vez más ajeno, se siente atraída por el rito, por el misticismo, por la vida de los monjes cistercienses, de los trapenses, consciente de que es un mundo en extinción. Le gusta ir al monasterio de Subiaco en el valle de Aniene. Ver micrófonos o ventiladores en las iglesias le aterra. Apoya a monseñor Marcel Lefebvre en su reivindicación de la liturgia preconciliar, aunque afortunadamente no llegaría a vivir el cisma que provocaría más tarde en la Iglesia católica. Escucha el canto de los monjes y el silencio. Más tarde Elémire encontrará para ella el Pontificium Collegium Russicum, dedicado a la cultura y la espiritualidad rusas con el rito bizantino-eslavo que le fascina. La atmósfera de este rito amortigua su inquietud, la llena de serenidad y le inspira Sentidos sobrenaturales y el Diario bizantino.

En 1971 colabora con la editorial Rusconi y publica La flauta y la alfombra. Su interés por los autores místicos aumenta y se fortalece, interesándose por textos religiosos de Oriente y Occidente a los que realiza introducciones para la citada editorial: El hombre no está solo de Heschel (1970), Relatos de un peregrino ruso (1973) y Dichos y hechos de los padres del desierto (Apophtegmata Patrum) de 1975.

Tras cinco años de trabajo intermitente, a veces intenso, y otras, abandonado por falta de fuerza física, consigue entregar exhausta su traducción e introducción de los poemas de John Donne. La editorial Einaudi la publicó en 1971 con el título Poesías amorosas y teológicas. Su salud se agrava, pasa épocas terribles. Una muestra de ello la tenemos en la carta que envía a Mita en 1973: «Hay días en los que no puedo ni tan siquiera coger  el bolígrafo de lo que sufro. Hoy es menos violento (¿hasta qué hora?) y quiero decirle hasta qué punto la quiero, cómo deseo que estuviera, cómo le hablo, a veces durante horas. Esta misteriosa y tremenda purga que Dios ha destinado para mí debería serme querida: sé hasta qué punto tenía necesidad. Pero hay momentos en los cuales ‘solo la flor de la presencia’ puede limpiar el sudor de la sangre». Su vida se ve afectada por la constante enfermedad y la fuerte melancolía que a veces la inundaba.

Cada vez más aislada, se distancia incluso de Zolla como pareja, aunque él estará junto a ella hasta el final. Su vida se ciñe a sus lecturas y a las visitas a la iglesia con su rito ancestral, símbolo de la belleza, la belleza en la forma. Muere el 10 de enero de 1977.

De ese último periodo es su poesía «Misa romana» donde expresa el ansia de inocencia: «Dónde va / este Cordero / que a nosotros los matadores no nos es dado / seguir con los señalados / ni huir / sino sollozando suavemente concebir / en el oscuro regazo de la mente / usque ad consummationem / mundi? / / No se puede nacer pero / se puede morir / inocentes».

Poco propensa a publicar, ha sido el joven alumno de Zolla, hoy famoso escritor y alma de la editorial Adelphi de la que fue presidente, Roberto Calasso, el que ha ido paulatinamente publicando su obra y la correspondencia. En su editorial aparecieron Los imperdonables (1987) donde se recogen sus ensayos publicados; La tigre ausencia (1991) que comprende los treinta poemas editados por ella y los inéditos, así como las traducciones de poesía, incluido san Juan de la Cruz; Bajo falso nombre (1998), ensayos y escritos publicados con diferentes pseudónimos ilocalizables hasta entonces; Cartas a Mita (1999), las cartas a Margherita Pieracci Harwell; Caro Bul. Cartas a Leone Traverso (1953-1967) (2007); Mi pensamiento no os deja. Cartas a Gianfranco Draghi y a otros amigos del periodo florentino (2011) comprende las cartas a Gianfranco Draghi, Piero Draghi, Mario Luzi, Anna Bonetti, Venturino Venturi, Giorgio Orelli, e incluye la carta al padre anteriormente citada. El epistolario con Alessandro Spina fue publicado parcialmente por Vanni Scheiwiller con el título Lettere a un amigo lontano y posteriormente en 2007 por la editorial Morcelliana de Brescia con el título Carteggio.

Con el pasar de los años se están publicando la correspondencia a los diferentes destinatarios, así como congresos, homenajes y diversas monografías que se reeditan cada cierto tiempo, muestra palpable de que es una autora que habiendo querido vivir fuera de un contexto histórico determinado trasciende lo temporal del momento por su búsqueda de la belleza y de la perfección.

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Autora: Cristina de Stefano. Traductora: Laura Muñoz Villacañas. TítuloVida secreta de Cristina Campos. Editorial: Trotta. Venta: Todos tus libros, AmazonFnac y Casa del Libro.

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