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Vidas paralelas

Hoy en día Guillermo de Torre es conocido (cuando es conocido) como “el cuñado de Jorge Luis Borges”. Pero hasta mediados de los años cuarenta fue Jorge Luis Borges quien era conocido (cuando era conocido) como “el cuñado de Guillermo de Torre”. No es improbable que, durante esas primeras décadas, Borges acumulase un cierto resentimiento hacia un hombre, que, además de haberle “arrebatado” a su compañera de juegos de la infancia, la pintora Norah Borges, poseía una energía y unas habilidades sociales envidiables, que lo llevaron a ser leído y admirado por los principales escritores de su época, desde André Breton a Ramón Gómez de la Serna, quien llegaría a bautizarlo como el Tito Livio de las vanguardias.

Sería exagerado decir que la vida literaria de Borges consistió en alcanzar, sobrepasar y abandonar en la nube de polvo del olvido a Guillermo de Torre. Pero tampoco conviene minusvalorar la importancia de ese diálogo, tensión o competición, a la hora de comprender a Borges, quien pudo aprender de su cuñado la vía del cosmopolitismo y un cierto clasicismo moderno, que, sin duda, le ayudaron a superar lo que él mismo llamaría “mis pecados de juventud”: el nacionalismo, el vanguardismo y el barroquismo.

"Según muestra Ródenas, cometeríamos un error si viésemos a Guillermo de Torre como una mera excusa para comprender mejor a Borges"

En esa carrera, Guillermo de Torre fue la liebre, y Borges, la tortuga. Los paralelismos son llamativos. Los dos publicaron su primer libro importante en 1925: Literaturas europeas de vanguardias e Inquisiciones, respectivamente. Pero, mientras que el primero colocó a Guillermo de Torre en el centro del campo cultural hispánico, por no decir europeo, el segundo pasó sin pena ni gloria, incluso para el propio Borges, que, llegado el momento, lo desterró de sus Obras completas. El problema, quizás, es que el éxito mató a Guillermo de Torre, quien se desangró en innumerables artículos, prólogos, conferencias e iniciativas editoriales, mientras que el descansado fracaso de Borges le permitió prosperar, lenta pero inexorablemente, como la tortuga de la aporía, con la que quizás se identificaba, aprendiendo de sus propios errores, hasta llegar a alcanzar una altura literaria con la que ni él mismo debió, ni debió de, atreverse a soñar.

Todo esto, y mucho más, explica Domingo Ródenas en El orden del azar: Guillermo de Torre entre los Borges (Anagrama, 2023), una obra que bien podría añadirse a los veintidós pares de biografías que constituyen las Vidas paralelas, de Plutarco. Una obra en la que el sacerdote mayor de Apolo, en Delfos, se propuso comparar la vida de un personaje griego y otro romano, con el objetivo de que cada una de ellas, con sus diferencias específicas, sirviesen de exemplum.

"El orden del azar nos presenta a un Guillermo de Torre, que, no sólo fue obscenamente precoz, sino que también fue una especie de síndrome de Asperger del vanguardismo"

Según muestra Ródenas, cometeríamos un error si viésemos a Guillermo de Torre como una mera excusa para comprender mejor a Borges. Pues Torre es una figura interesante por sí misma, que, además de haber sido un verdadero conector o passeur cultural, que supo establecer un diálogo triangular entre España, Europa e Hispanoamérica, y cumplió un papel fundamental en la reivindicación y la reinserción de la literatura del exilio en la Península, nos ha dejado obras importantes, que siguen mereciendo nuestra atención, como: Literaturas europeas de vanguardias, cuya edición de 1925 poseía la frescura de la historiografía gonzo, y su reescritura de 1965, la amplitud de una verdadera enciclopedia de las vanguardias; Menéndez Pelayo y las dos Españas, de 1943, donde trata un tema que nos hiela el corazón, y que, lamentablemente, vuelve a preocuparnos; Valoración literaria del existencialismo, de 1948; o Problemática de la literatura, de 1951, donde el que fuera apóstol del vanguardismo se enfrenta a la pendiente nihilista del arte contemporáneo, proponiendo modos de trocar “la negatividad en positividad”.

Pero empecemos por el principio. El orden del azar nos presenta a un Guillermo de Torre, que, no sólo fue obscenamente precoz, sino que también fue una especie de síndrome de Asperger del vanguardismo. Antes de los veinte años ya había logrado establecer una insistente correspondencia con la mayoría de las primeras figuras del vanguardismo español y francés. A los dieciséis años acuñó el término “ultraísta”, que Rafael Cansinos Assens intentaría robarle, y que el mismísimo Ortega y Gasset citaría en La deshumanización del arte, de 1925. Su pasión entomológica por las vanguardias le valió que Lorca le dedicase un anaglifo (una especie de haikú vanguardista inventado por Pepín Bello), que decía:

“Guillermo de Torre
Guillermo de Torre
la gallina
y por allí debe andar algún enjambre.”

"Cabe preguntarse cómo puede ser que una de las personas que mejor y más profundamente comprendió las vanguardias de aquel momento no fuese capaz de escribir una gran obra"

Son interesantes los consejos que Rafael Cansinos Assens le propinará a un jovencísimo Guillermo de Torre, que lo asediaba con una prosa barroca y un tanto cursi, que no deja de recordarnos —todo sea dicho— al Borges de Inquisiciones: “¡Duro! —le dice— Insistir, insistir todas las noches. Reformar y reformar el estilo, amasar y amasar.» Y en otra carta: “Sencillez, querido epígono.” No puedo evitar pensar que son los mismos consejos que mereció Borges, quien también contó a Cansinos Assens, entre sus maestros. Unos consejos que confirmaría Alfonso Reyes, quien, en Trayectoria de Goethe, reflexionará sobre cómo Goethe logró trascender el romanticismo, para erigirse en un clásico, y que parece ser una biografía literaria del mismo Borges.

En 1923, Guillermo de Torre publicará su poemario Hélices, que no era ni muy bueno ni muy malo, y que le llevaría a renunciar a la carrera poética. Cabe preguntarse cómo puede ser que una de las personas que mejor y más profundamente comprendió las vanguardias de aquel momento no fuese capaz de escribir una gran obra. Según Ródenas, Guillermo de Torre puede ser visto como uno de esos artistas incapaces de producir grandes obras, pero cuyo trabajo de desbroce y comprensión es fundamental para que otros creadores alcancen logros más perdurables. Y es que, también en el ámbito literario, el término “vanguardia” es un eufemismo de “carne de cañón”.

Señala Alan Pauls, en El factor Borges, que, hasta los años treinta, Borges aseguraba haber nacido en 1900, porque quería parecer moderno, pero que a partir de ese momento, recuperó su fecha original de nacimiento, 1899, pues, en tanto que aspirante a clásico, ya le interesaba haber nacido en el siglo anterior. Guillermo de Torre nació en el año 1900, y fue siempre fiel a su idea de vanguardismo, que concebía como la responsabilidad que tiene todo escritor de no traicionar el mandato de su momento histórico, o Zeitgeist (si bien podría haber añadido que éste resulta incognoscible). Un mandato al que le añadió, con el tiempo —con el mal tiempo—, otro, que consistía en evitar las pulsiones antihumanistas del mundo moderno, a las cuales la vanguardia no había sido ajeno, o no la habían dejado permanecer ajena.

"El orden del azar también nos informa de cómo el joven Borges ya estaba familiarizado con los temas que luego trataría en su obra"

Resulta también interesante ver, de la mano de Ródenas, cómo Guillermo de Torre se interesó por la literatura y el pensamiento catalán, como puede verse en diversos artículos, como el artículo titulado “El movimiento intelectual de Cataluña”, que publicó en la revista Cervantes. De hecho, fue él quien puso en contacto a un Borges de veinte años, que se hallaba de paso por Barcelona, donde había de tomar el barco que le llevaría de regreso a Buenos Aires, en contacto con el poeta vanguardista catalán Joan Salvat-Papasseit. Si bien el encuentro fue un desencuentro, porque, olvidadizo de su propio nacionalismo criollo, Borges rechazará el nacionalismo catalán de su interlocutor, tal y como consigna en una de sus cartas: “Ayer lo vi, a Salvat-Papasseit. Es un chico inteligente, pero con una serie de prejuicios absurdos: cree que los castellanos no pueden ser poetas porque les falta la visión del mar. (…) Le rebatí todo eso, le dije que la poesía ética y política eran -por regla general- un asco.”

El orden del azar también nos informa de cómo el joven Borges ya estaba familiarizado con los temas que luego trataría en su obra. Unos temas que todavía no se había animado a introducir en su obra literaria, pero que asomaban la cabeza, de la forma más natural y espontánea, en sus conversaciones y escritos cotidianos. Véase, por ejemplo, de qué modo describe, en una carta de 1920, el Café Colonial de Madrid: “un café lleno de luces y de espejos que lo ensanchan, que lo hacen infinito, que multiplican las panojas de luces de oro, que fructifican los racimos de rostros, que le dan algo de laberinto, algo de estar en el centro del universo, a partir de las neblinas de la prehistoria y marcha a venideras auroras”. Más de una década tardaría Borges en permitir que esas ideas e imágenes apareciesen en la escritura de relatos como “El Aleph” o “Tlön, Uqbar, Orbis tertius”. Uno creería que aprender a escribir es aprender a librarse del escritor que creemos ser.

"Su intención era reconstruir los puentes rotos. Como que, si hubiese podido, habría apisonado los Pirineos, y drenado el Cantábrico"

Otro pasaje apasionante de El orden del azar es aquel que nos muestra a Borges en Mallorca, contagiándose progresivamente del nihilismo de Jacobo Sureda, hasta escribir a su amigo de bachillerato en Ginebra, Maurice Abramowicz: “Tout tombe en ruines”. Quizás pensase en él cuando tuvo que imaginar a los desanimados bibliotecarios de su “Biblioteca de Babel” o al agobiado visitante de “Utopía de un hombre cansado”. Ródenas también menciona una carta en la que un Borges recién regresado a Buenos Aires le dice a Guillermo de Torre, que se halla “empozado en la metafísica, en la bibliomanía y en la erudición de versos”, y que se está aclimatando a Buenos Aires “como quien se acostumbra a tomar el té sin azúcar”. Quizás su criollismo sólo fue un intento de amar el lugar que el destino le había deparado. Una forma de resignarse, que lograría desplazar finalmente con otras formas de amor.

Regresando a Guillermo de Torre, El orden del azar hace la historia de una de sus obsesiones mayores, que era reunir a España con Europa, de la que se había descolgado siglos atrás, cuando expulsó a los erasmistas, a los novatores, a los afrancesados y a los republicanos (por no decir a los judíos y a los moriscos). Su intención era reconstruir los puentes rotos. Como que, si hubiese podido, habría apisonado los Pirineos, y drenado el Cantábrico.

Resulta imposible resumir todo lo que este libro incluye: análisis comparado de manifiestos vanguardistas; repaso de las reseñas que Guillermo de Torre y Jorge Luis Borges escribieron sobre sus respectivas obras; la telaraña epistolar de Guillermo de Torre con todo tipo de autores, editores y artistas; las trifulcas entre dadaístas y surrealistas; breves biografías de personajes fascinantes, como Teresa Wilms, que se suicidó por sobredosis de Veronal la nochebuena de 1921, y de la que Ramón Gómez de la Serna diría que “no sabía qué hacer con su belleza”; la correspondencia amorosa entre Guillermo de Torre y Norah Borges, quien se nos revela como una inteligencia alegre y original, que seguro que influyó y fue influida por su hermano; la lectura que Torre realiza de La deshumanización del arte, de Ortega, cuya hipótesis fundamental rechazará, por considerar que “la nueva sensibilidad” no está “dominada por un asco a lo humano en el arte”, sino, en todo caso, “por la forma humana reconocible”; la incomodidad que sintió Macedonio Fernández cuando algunas reseñas señalaron a Borges como su plagiario; la importancia, en los años cincuenta y sesenta, del “Congreso por la libertad de la cultura”, que iba a ser “el gran submarino de los Estados Unidos contra la penetración del comunismo en la esfera cultural de Occidente”, y que promocionaría a Borges como “el arquetipo del escritor sudamericano cosmopolita y anticomunista, que convenía a ocupar al rango de autor de referencia mundial, convirtiéndolo en un contra modelo del perfil de escritor comunista que representaban Pablo Neruda o Miguel Ángel Asturias, y los que vendrían con la revolución cubana desde 1959”; las afinidades del fascismo con las vanguardias, que se pondrán de manifiesto en los años treinta, que también y tan bien tratará Roberto Bolaño en Estrella distante, y que Guillermo de Torre comprendió con mucha lucidez en su momento; la conferencia de la mano gigante de Ramón Gómez de la Serna; el paso de Torre y de Borges por la universidad argentina en los también polarizados años cincuenta. Y mucho más.

"Sin duda, se nota que el autor ha pasado más de diez años reescribiendo un texto que, en un origen, se hallaba destinado a un público académico, pero que felizmente hoy cualquiera de nosotros puede llegar a disfrutar"

El orden del azar está escrito con un estilo ágil y vibrante. La melodía fluye ágil, y a la vez llena de armónicos. No es un aria, rápida y ligera, ni una cantata, lenta y densa (todo lo cual está muy bien); es una fuga, en la que los motivos melódicos se combinan con todo tipo de armonías temporales y espaciales, literarias, filosóficas y pictóricas, históricas y sociológicas. Lo cual sólo puede hacerse cuando se domina bien una materia y, como los cocineros, se ha reducido el caldo de lo académico, para lograr la salsa del ensayo. Y dejo las metáforas culinarias, que me entra el hambre. Sin duda, se nota que el autor ha pasado más de diez años reescribiendo un texto que, en un origen, se hallaba destinado a un público académico, pero que felizmente hoy cualquiera de nosotros puede llegar a disfrutar.

Ayudan, y no poco, las numerosas felicidades que pueblan el texto, muchas de las cuales no hubiesen disgustado a Borges. Pienso en la paradoja con la que se inicia el segundo capítulo, que afirma que Guillermo de Torre “fue en todo precoz”, y que “esa sería su rémora”; que se dedicaba “a leer con avaricia y a escribir con esperanza”; que “estudió derecho por prescripción paterna”; que “reunía en sí los perfiles del estudioso y del hereje”; que “parecía inmune al rechazo tácito”; que “había perfeccionado con pasmosa inconsciencia el arte de caer mal”; o que Ramón Gómez de la Serna “rebasaba y rebosaba el papel de conferenciante.”

Además, la estructura del libro es tan original como efectiva. Pues, siguiendo la observación de Kierkegaard, quien afirmó, en uno de sus cuadernos, que la vida se vive hacia delante, pero se comprende hacia atrás, el libro combina capítulos narrativos, que narran la vida de Guillermo de Torre de forma lineal, desde su juventud hasta los cuarenta años, con otros capítulos, de corte retrospectivo, que son una especie de meditación focalizada en el mismo Guillermo de Torre anciano, que resume y comenta lo que pasó desde sus cuarenta años hasta su muerte. Como decía Schopenhauer, hasta los cuarenta años se escribe el libro, y a partir de los cuarenta, el comentario. También se cuenta que, ya en su vejez, un visitante le preguntó a Goethe si había sido feliz, y éste le respondió que sí, pero que, si no recordaba mal, en todos y cada uno de los días de su vida se había sentido infeliz.

"En resumen, El orden del azar, de Domingo Ródenas, es un libro que logra unir lo mejor del trabajo académico, al que jamás deberíamos renunciar, y lo mejor del ensayístico, al que nunca deberíamos haber renunciado"

En el caso de Guillermo de Torre sucede un poco lo contrario. El día a día de su vida se despliega ante nosotros febril y alegre, lleno de proyectos, amistades y descubrimientos. Mientras que la reflexión, oscurecida por la Guerra Civil, el exilio, el olvido y la vejez, parece invadida de una cierta melancolía. Una melancolía que no es sólo individual, sino también colectiva. Porque una de las preguntas fundamentales que nos despierta este libro, y que surge de la admiración de la vitalidad del panorama cultural español de los años veinte y treinta, del que Guillermo de Torre contribuyó a forjar, es: ¿hasta dónde hubiese podido ser de la literatura, el pensamiento y la ciencia en España, si la Guerra Civil y cuarenta años de franquismo no hubiesen arrasado con todo?

En resumen, El orden del azar, de Domingo Ródenas, es un libro que logra unir lo mejor del trabajo académico, al que jamás deberíamos renunciar, y lo mejor del ensayístico, al que nunca deberíamos haber renunciado. Por si esto no fuese suficiente, se lee con placer, se subraya sin cesar, pone en circulación las nuevas ideas de siempre, que conviene no dejar de recordar, ofrece una visión global y descentralizada de la cultura occidental, y, al mismo tiempo que recupera una figura imprescindible de nuestra historia cultural, nos muestra estrategias y actitudes para volver a reanimarla. Quizás, gracias a Domingo Ródenas, Guillermo de Torre pueda descansar, por fin, en su tumba del cementerio de la Recoleta. Y puede que Borges también lo haga, en su tumba del Plainpalais de Ginebra, donde debe de trabajarlo la mala conciencia por haber contribuido a su olvido. De lo que no me cabe duda es de que los lectores de El orden del azar saldrán comprendiendo mejor nuestra historia literaria y cultural, lo cual siempre resultará beneficioso a la hora de insuflarle una nueva vitalidad.

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Autor: Domingo Ródenas de Moya. Título: El orden del azar: Guillermo de Torre entre los Borges. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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