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El Viernes Santo de Mari Tere

Mientras estaba troceando zanahorias, calabaza, patatas, puerros en la encimera de la cocina de la casa de mis padres, ella —mi madre— me dijo como sin darle importancia:

—A Mari Tere la han operado. Tenía cáncer, o lo sigue teniendo. La han extirpado un pecho.

No respondí. No sabía qué decir. Qué se puede comentar en estos casos. Hubo un silencio molesto, tristón. Cada uno seguía a lo suyo.

—Estuve ayer. Volveré esta tarde.

Era Viernes Santo. Acababa de llegar de Madrid. Salí a tomar el aperitivo, comimos y cuando me levanté de la siesta mi madre estaba a punto de salir hacia el hospital. No podía no ir. En el coche, al acercarnos, escribí con la mente: “Mientras Jesucristo era atravesado por una lanza y unos soldados entre risas y haciendo bromas le ofrecían un trapo empapado en vinagre para que saciara su sed, el bisturí de un cirujano rajó el pecho izquierdo de una mujer de unos cincuenta años que ahora dormita en la cama de una clínica. Esa mujer tiene ahora la cara maquillada por harina y no le queda ninguna sombra de sus cejas. No se mueve”.

Atravesábamos la ciudad en calma. En silencio. Mi madre apenas comentó:

—No te asustes, pero está un poco desfigurada.

"Mientras Jesucristo era atravesado por una lanza y unos soldados entre risas y haciendo bromas le ofrecían un trapo empapado en vinagre para que saciara su sed, el bisturí de un cirujano rajó el pecho izquierdo de una mujer de unos cincuenta años que ahora dormita en la cama de una clínica."

Recordé a Mari Tere. Quizá la primera chica en que me fijé siendo un crío. Vivía en el piso de abajo, el 2º B de la calle Vía Vieja de Lezama número 12. Tenía un año o año y medio menos que yo. Y un hermano aún más pequeño, con labios abultados, flaco, hablaba con un extraño ceceo, se llamaba como su padre, Jesús, y nunca le hice el menor caso. Entonces, aun siendo un mequetrefe, sabía que le faltaba un hervor. Nunca supe nada más de él.

Mari Tere y yo siempre estábamos juntos. Incluso ahora me acuerdo que nos fotografiaron sentados en una campa, medio tocándonos con la mano (yo con un niki claro, pantalón corto, sandalias blancas y unos calcetines de rombos que me llegaban hasta la rodilla. Siempre calzaba sandalias, azules o blancas).

La madre de Mari Tere hacía las mejores tortillas de patatas del mundo y su marido (los dos han muerto ya) era un experto en caracoles, que dormitaban en una gran olla marrón oscura durante días y días. Pero cuando nos los comíamos me parecían el mejor manjar que pudiera imaginarse. No sé dónde los encontraba, quizá en la falda de Artxanda, cerca de donde vivíamos (a la espalda del Ayuntamiento, cerca de Zurbarán y no lejos de la Basílica de Begoña, donde nos acercábamos los sábados a jugar a la pelota en los soportales, cuando no se enteraban los curas, o al ajedrez los sábados por la tarde. Bueno, Mari Tere allí no iba, solo los amigos).

"Ahora me acuerdo de Corazón, de Edmundo de Amicis, y muchos de Karl May, que me chiflaban."

Los padres de Mari Tere eran socios del Círculo de Lectores, los míos no. Como entonces yo solía tener fiebre bastante a menudo y me pasaba las tardes en la cama (tardes inamovibles, como la de hoy), siempre solo (era hijo único), mi madre por el salón o la cocina canturreando “si a tu ventana llega una paloma / trátala con cariño que es mi persona”, leía y leía libros de la pequeña biblioteca de los padres de Mari Tere. Ahora me acuerdo de Corazón, de Edmundo de Amicis, y muchos de Karl May, que me chiflaban; había siempre líos entre indios y vaqueros cuyos líderes (Winnetou y Old Shatterhand) intentaban poner remedio porque entre ellos se llevaban bien.

En el 3º A vivía Bego, Begontxu, que tenía dos hermanos menores (chico y chica). La madre se llamaba Auri y el padre Félix. Yo estaba enamorado (hasta donde podía estarlo) de Begontxu. Incluso me declaré mientras nos tirábamos pinzas de un balcón a otro en una tarde eterna.

—Mamá, ya no tienes que buscarme novia. Me casaré con Begontxu. Estamos de acuerdo los dos.

"Nunca había entrado en ese hospital. Es nuevo, enorme, feo y desangelado. No había nadie en los pasillos."

Eso dije cuando debía tener siete u ocho años. Pero con quien más jugaba era con Mari Tere. Los padres de Begontxu tenían más dinero (no sé cómo un crío podría discernirlo pero era consciente) y apenas la dejaban bajar a la calle a jugar con los otros chicos. Yo tampoco estaba ni mucho menos todo el día con ellos. A mis padres les parecían (algunos) sucios y poco educados, y en mi interior les consideraba brutos y violentos, aunque también más hábiles en todo tipo de juegos. Más fuertes, como más hechos.

Nunca había entrado en ese hospital. Es nuevo, enorme, feo y desangelado. No había nadie en los pasillos. Allí bien hubiera podido Coppola filmar esa secuencia de El Padrino en que un jovencísimo Al Pacino cambia de habitación a su padre moribundo (Marlon Brando) porque intuye que lo van a asesinar.

—Es la 711. En el pabellón F.

Tocamos levemente con los nudillos la puerta inmaculada del inmaculado hospital y entramos. Sentada en una silla estaba una mujer en bata, la cara blanca como la sal, sin rastro de las cejas, el pelo (o lo que quedara de él) recogido en un turbante también blanco. Me acerqué a besarla con más valentía que cariño. Le entregué un libro, el Premio Planeta del año anterior que le había traído meses antes a mi madre.

Allí estaba Mari Tere. Pero otra Mari Tere. Salí aliviado.

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