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Vila-Matas se reinventa

Érase un novelista llamado Enrique Vila-Matas que un buen día dejó de escribir. Así nos lo cuenta en su última novela, Montevideo. Sucedió tras concluir la primera parte de esta obra, titulada «París». ¿Y qué le ocurrió a Vila-Matas? —te preguntarás, querido lector—. Pues bien, el caso es que, cada vez más inclinado al ensayismo, comenzó a redactar la citada «París», que definió como una biografía de mi estilo; pero, al poco de empezar, cayó un rayo mientras paseaba por los Champs-Élysées —quizá el primer presagio de este libro de presagios— y cambió de opinión: el rayo parecía decirle que en modo alguno estoy escribiendo una “biografía de mi estilo”, si acaso unas prosas intempestivas, unas leves notas de vida y letras con las que estaría buscando averiguar quién soy y quién es mi escritor preferido.

Con este prurito memorialista y crítico, Vila-Matas arranca contándonos su llegada a París en 1974, cuando era un joven que soñaba con ser escritor de los años veinte —una suerte de miembro de la Generación Perdida, un Hemingway cazador de leones— y, en medio de este delirio consciente, termina por convertirse en otro personaje que no escribe nada y pasa los días del modo más bohemio, consumiendo drogas y trapicheando con ellas.

"Tabucchi responde: A Corvo se va por ir. No hay, por tanto, una razón para el viaje, que se convierte en novela sin trama ni argumento"

Los años han pasado y, entre medias, recuerda cuáles han sido sus libros preferidos, como Moby Dick, donde Melville trazó una inmensa metáfora de la inmensidad, de la inmensidad de nuestra oscuridad. Esa misma inmensidad está presente en toda la obra de Thomas Wolfe, quien trató de aunar en su narrativa todos los lugares que visitó, todas las personas que conoció, todos los sucesos de los que tuvo noticia. Afirmaba buscar el gran lenguaje olvidado, el perdido sendero.

Tan infinita como Moby Dick y la literatura de Wolfe le parece a Vila-Matas Tristram Shandy, de Sterne, columna vertebral de toda su obra, de la cual le sorprende su levísimo contenido narrativo, donde, como es sabido, el narrador no nace hasta bien avanzada la novela. ¿Cómo va entonces a cumplir su función de narrar?

En cierta medida, «París» es una reflexión sobre la desaparición de las narraciones. Una de las múltiples metáforas de esta idea la expone Vila-Matas al relatar el viaje que emprende junto a Antonio Tabucchi a una suerte de finis terrae: la isla de Corvo, territorio más occidental de las Azores, en pleno océano Atlántico. Al desembarcar, se les acerca un lugareño y pregunta a qué han venido. Tabucchi responde: A Corvo se va por ir. No hay, por tanto, una razón para el viaje, que se convierte en novela sin trama ni argumento.

"La parálisis nace, precisamente, tras advertir que sus novelas preferidas apenas poseen acción: son puro estilo, lenguaje, ritmo"

Pero quizá, estimado lector, la mayor paradoja de este libro de paradojas surge de una conversación apócrifa, la del poeta decimonónico Mallarmé y el músico de jazz Miles Davis en casa de aquel: la mítica vivienda en el 89 de la rue de Rome. El primero cavila acerca del futuro y concluye que llegará el día en que la literatura será un fin en sí mismo, sin Dios, sin ideologías, un campo autónomo… Davis, que ha dejado la trompeta sobre un sillón modernista, responde: ¿Y no será que usted escribe sobre aquello que le impide escribir?

Esto último es justo lo que pone en práctica Vila-Matas, porque a partir del final de «París», el libro es un relato, una reflexión acerca del bloqueo que le impedirá escribir una sola palabra durante tres años. La parálisis nace, precisamente, tras advertir que sus novelas preferidas apenas poseen acción: son puro estilo, lenguaje, ritmo; las tramas pueden resumirse en apenas tres líneas. Así sucede con el Ulises y también con el Quijote, además de con las mencionados Moby Dick o Tristram Shandy (debo confesar, apreciado lector, que discrepo en lo tocante a la novela de Cervantes).

Isla de Corvo, en el archipiélago de las Azores.

Para soportar la tesis de la futilidad de las tramas, Vila-Matas se apoya finalmente en Paul Valéry, quien no solía soportar las novelas porque sus grandes escenas, cóleras, pasiones y momentos trágicos, lejos de entusiasmarme, me llegan como míseros estallidos, estados rudimentarios en que toda necedad se desata, en los que el ser se simplifica hasta la memez. En suma, Vila-Matas prefiere la fría e incisiva inteligencia, lo que alguien llamó la temible disciplina del espíritu.

Cuando el autor y protagonista de la obra se bloquea y confiesa que no pudo escribir durante un trienio, es cuando se produce una nueva paradoja: el libro se vuelve más narrativo, el relato vital se antepone al relato de ideas y la trama parece fortalecerse a través de diversos viajes que son en realidad búsquedas, sucesión de epifanías entre sublimes y grotescas que nos llevarán a Cascáis, a Montevideo, a Bogotá… En estos periplos, reales o imaginarios, el Vila-Matas narrador se relaciona con el personaje Vila-Matas como Fellini lo hiciera con Guido Anselmi, protagonista de su película Fellini 8 ½. Anselmi es un cineasta también víctima de un bloqueo creativo que le impide rodar películas, pero su vida en la pantalla resulta al espectador creativa en grado sumo. Lo mismo sucede con Montevideo, donde vemos a Vila-Matas protagonizar aventuras, presagios, revelaciones sin cuento que involucran a arañas venenosas, momias egipcias, organizaciones masónicas, ranas muertas, habitaciones secretas, puertas ocultas tras armarios, playas perdidas en el Pacífico… Y poco más puedo contar, querido lector, si no deseo hacer spoiler, como suele decirse. Solo déjame insistirte en que Montevideo es un libro escrito con absoluta libertad, al que pueden aplicarse con justicia las palabras de Morelli —personaje de Rayuela de Cortázar— sobre la novela: un género que ha ido cambiando sus reglas a lo largo del tiempo y que, en realidad, no tiene que someterse a ningún formato.

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Autor: Enrique Vila-Matas. Título: Montevideo. Editorial: Seix Barral. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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