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Visiones de Carlos Fuentes

La vigencia del pensamiento de Carlos Fuentes, al cumplirse su décimo aniversario luctuoso, es sorprendente. Sus temas son múltiples, como es natural en un escritor de una talla intelectual tan poco común como lo fue la del autor de Aura, atento a los vaivenes del alma pero también del mundo: historia y literatura, psicología, filosofía, política y cultura formaron parte sustancial de su musculoso corpus creativo. Acaso, si hay un tema que lo desborda y del que casi no escribe sea la ciencia, pues Fuentes es un escritor concentrado en el espíritu y concibe el tiempo, más que como un mecanismo físico, como imaginación, sin las ataduras de un mundo que ha sobrevalorado el cartesianismo y la infalibilidad científica del positivismo materialista. En ese debate Fuentes prefiere, como Borges, traspasar los velos de la realidad mediante la palabra para penetrar el mundo y sus misterios. Con él están, en este orden, Cervantes, Balzac y Faulkner, después Kafka, y tras ellos un largo etcétera que abarca dos mil años de tradición y que alimentará su literatura para llegar a la conclusión de que la novela, su más refinada herramienta de conocimiento, alimentada de memoria y deseo, pasado y futuro, lenguaje e imaginación, altera la conciencia.

Y es que para Carlos Fuentes (1928-2012) un libro nos enseña a extender simultáneamente el entendimiento de nuestra propia persona, el entendimiento del mundo objetivo fuera de nosotros y el entendimiento del mundo social donde se reúnen la ciudad —la polis— y el ser humano —la persona. El libro, dice, nos habla de nosotros mismos y nuestras facultades para realizarnos en el mundo, en nuestro yo y en los demás. El libro nos dice que nuestra vida es un repertorio de posibilidades que transforma el deseo en experiencia y la experiencia en destino. Nos expone a la existencia del otro y propone que nuestra personalidad no se agota en sí misma sino que se vuelca en la obligación moral de prestarle atención a los demás, que nunca son lo de más. “El libro es memoria verbal de todos los tiempos vividos como deseo aquí y hoy”, escribe en su libro capital En esto creo, publicado en 2002 por la editorial francesa Grasset, donde hace un profundo repaso a los temas e ideas que, ya en su más sólida madurez, sustentan el andamiaje reflexivo de su pensamiento.

"En toda la obra de Carlos Fuentes hay siempre una reflexión central sobre el tiempo, la experiencia y el destino"

Carlos Fuentes fue un explorador de la naturaleza y la condición humanas y llegó a hablar de «renovación del alma» en sus disertaciones más filosóficas, donde la educación como motor de la politización ciudadana es la herramienta central de toda civilización que se precie de serlo. «Para que la cultura viva, se requiere un espacio crítico donde se trate de entender al otro, no de derrotarlo, y mucho menos de exterminarlo”, sostiene.

Para Fuentes, el totalitarismo del siglo XX nos estaba advirtiendo de que tenemos la obligación de ser felices o corremos el riesgo de convertirnos en insectos. «La libertad no nos es dada”, subrayaba, “la debemos hacer, y la hacemos buscándola”. ¿Dónde? En nosotros mismos, por supuesto, ya que somos fruto de la experiencia, la necesidad, el azar y, en última instancia, de la libertad que esta búsqueda nos proporciona.

En toda la obra de Carlos Fuentes hay siempre una reflexión central sobre el tiempo, la experiencia y el destino, donde el presente, como decía Faulkner, empezó hace diez mil años y el futuro está ocurriendo hoy, por lo que nuestro deber es vivir, entender y sufrir el pasado, el presente y el futuro en una tensión temporal que le da una dimensión especial a la historia, la cual nos enseña que en los días luminosos el ser humano crea comunicaciones, artes, adelantos médicos asombrosos, y que penetramos los espacios que aún desconocemos en un universo infinito. Sin embargo, también nos dice que si bien somos capaces de crear amistad y amor, en las noches más turbias de la historia dejamos que se muera de hambre la tercera parte de la humanidad, le negamos la escuela a la mitad de los niños del planeta y le cerramos el acceso a la libertad corporal a la mitad del género humano, las mujeres. En este sentido, Fuentes advierte sin ambages y en tono firme, abriendo una enorme ventana al futuro que ya es presente: “Continuaremos expoliando a la naturaleza como si nuestra arrogante saña llegase a negarle al aire, al agua, a los bosques, el derecho a sobrevivirnos. Retraso moral y político más que progreso científico, material y tecnológico”.

"Igualmente, en su ADN vibra poderosa nuestra America Latina, en la que cree firmemente, pues es, expone, mar de encuentros y puente"

El pensamiento de Carlos Fuentes pertenece a un tiempo, el siglo XX, pero sobrepasa ese marco temporal para situarse en un presente continuo donde nos habla con inteligencia visionaria. Y al hacer un balance de ese tiempo, de las guerras mundiales, del fascismo y la Guerra Fría, nos ofrece una lección que hoy, veinte años después de escribirla, parece un oráculo que hemos olvidado. Fuentes argumenta que la segunda mitad del siglo XX ha vivido hundida en un maniqueísmo a ultranza: los buenos aquí, los malos allá, y que el sometimiento total de la Europa central a la dictadura soviética, tiene un precio: la estabilidad del mundo. Tal cual.

Igualmente, en su ADN vibra poderosa nuestra America Latina, en la que cree firmemente, pues es, expone, mar de encuentros y puente. Y como hijo de un encuentro, consciente del choque, el deseo y la destrucción que le dieron forma, de la catástrofe que representó el nacimiento de eso que llamamos Iberoamérica, el escritor considera que si de ello hemos nacido, nuestra labor es redimir el derrumbe de aquellas grandes civilizaciones que se mezclaron en nosotros, mayoritariamente mestizos.

Carlos Fuentes entiende parte de nuestra cultura como una cultura interrumpida, consciente de su fragilidad y condenada a sucumbir de pura sorpresa, pues las profecías se cumplieron y el otro llegó. El legado, señala, es el debate iniciado por frailes como Bartolomé de las Casas o Antonio de Montesinos, sobre el concepto de lo que desde entonces comenzó a conocerse como derechos humanos y universales. Pero también, agrega, toda una cultura del asombro, la ironía, la paciencia, la memoria y el rencor a veces: la creatividad de Kondori, el indio arquitecto del Perú, del escultor mulato Aleijadinho, de Brasil, de la poeta mexicana Juana de Asbaje, sor Juana Inés de la Cruz. El barroco americano que, sostiene, suple los abismos de la utopía del Nuevo Mundo.

"En el nacimiento de las nacionalidades iberoamericanas, nos muestra Fuentes, vivimos sueños constitucionales y de independencia"

En el nacimiento de las nacionalidades iberoamericanas, nos muestra Fuentes, vivimos sueños constitucionales y de independencia, con héroes como Bolívar, Juárez, San Martín, gracias a los cuales volvimos a tener estatuas. Desgraciadamente, denuncia, no se atajó la desigualdad. Y nacieron los caciques de un aislamiento que, afortunadamente, no impidió el surgimiento de una continuidad cultural de Iberoamérica y una conciencia de la vigencia de las tradiciones que la conforman: afroamericana (Lam, Carpentier), indoamericana (Tamayo, Arguedas), euroamericana (Reyes, Matta, Borges), y con estas, los dos más grandes poetas del siglo XX latinoamericano: el chileno Pablo Neruda y el peruano César Vallejo, al que debemos añadir al mexicano Octavio Paz. Cultura mestiza, resume Fuentes, Iberoamérica ha dado al mundo genios como los de Chávez, Villalobos, Barragán, Niemeyer, Orozco, Kahlo, Portinari, Soto; pero también una cultura popular universal encarnada en personajes como Cantinflas, Sandrini, Discépolo, Lara, Gardel, Lucha Reyes o Celia Cruz.

Pero hay algo más que el escritor mexicano jamás olvida y que, advierte, forma parte de nuestra esencia e identidad al otro lado del Atlántico, nuestra otra mitad: España, la de las tres culturas: judía, árabe, cristiana; la de Alfonso el Sabio, Fernando de Rojas, Cervantes y Velázquez, la «realidad fundada en la imaginación”; Quevedo, Góngora, “Goya y la crítica de la beatitud de la modernidad”. La España de los primeros parlamentos europeos: León, Cataluña, Castilla; la de la Constitución Liberal de Cádiz; la España de la República niña, como recodaba María Zambrano, asesinada por el fascismo en 1939. La España que habla con nosotros la segunda lengua occidental y la cuarta a nivel mundial. Con sus matices, afirma Fuentes, la lengua nos une, pues «somos el Territorio de La Mancha. Manchados, impuros, mestizos, abiertos por fuerza a la comunicación, las migraciones, la confianza en nuestra aportación al mundo. Somos los escuderos de don Quijote».

"No desprendernos de estas promesas de la muerte, aseguraba Fuentes, es la garantía de que podremos sobrevivirnos a nosotros mismos"

Fuentes tenía presente que el sentido de toda cultura es enseñar al espectador a hacerse cargo críticamente de las imágenes que recibe, del mundo que ve y experimenta. Porque, como indica Wittgenstein, a quien Fuentes sigue, hay que poner en crisis todas nuestras ideas fijas, todas nuestras verdades adquiridas, y obligarnos a repensarlo todo, incluso lo que no queremos repensar porque ya es parte de nuestra arquitectura mental y de nuestra armadura moral. Así también nuestras ideas políticas, que para Fuentes son parte central de la experiencia humana en sociedad. En este asunto su postura es bastante clara: “Frente al poder la única oposición viable es la socialdemocracia de centroizquierda”. Y lanza una advertencia al futuro, es decir, al deseo que se hace presente. “Tenemos derecho”, afirma como si estuviera leyendo lo que ocurre hoy y amonestara a nuestros incansables debates políticos, “a confiar en una izquierda democrática postsoviética que le devuelva poder a la gente en un marco de atención a las prioridades del orden social: salud, educación, techo, trabajo, salarios, infraestructuras, derechos de la mujer, cuidado de la tercera edad, respeto a las minorías sexuales y a la libertad de expresión, protección a las etnias, combate al crimen, seguridad ciudadana. Una izquierda menos ideológica y más temática”. Porque la izquierda añorante de lo que ya no fue no puede ser, precisa, una izquierda constructiva de lo que debe ser. “Pero la izquierda en el poder debe admitir siempre la existencia de otra izquierda fuera del poder: la que resiste al poder, hasta cuando (incluso cuando) es el poder de izquierda”. Éste, pondera, será el desafío para la izquierda del siglo XXI: “aprender a oponerse a sí misma para nunca más caer en los dogmas, falsificaciones y arbitrariedades que la mancillaron durante el siglo XX”, un siglo que Fuentes vivió, comprendió y pensó como pocos intelectuales, con tanta lucidez.

Toda materia, y el cuerpo lo es, contiene el aura de lo que antes fue y el aura de lo que será cuando desaparezca, pues vivimos una época que es la nuestra, pero somos espectros de otra época pasada y el anuncio de una época por venir. No desprendernos de estas promesas de la muerte, aseguraba Fuentes, es la garantía de que podremos sobrevivirnos a nosotros mismos. Y ese es, asimismo, el contexto de la mejor arma que tuvo en sus manos Carlos Fuentes para contarnos de manera intermitente, desde el ayer hacia el mañana que siempre es hoy, su visión del mundo: la novela, espacio dichoso donde todo puede decirse e inventarse porque lo no dicho es desdichado y “al decir, la novela hace visible la parte invisible de la realidad”, que es múltiple y nos abarca a todos en un territorio democrático siempre perfectible donde leer es pensar e imaginar, encontrar por nosotros mismos todo un repertorio de posibilidades que, una vez más, transformen el deseo en experiencia y la experiencia en destino. Nuestro propio destino si somos capaces de buscar esa libertad.

Carlos Fuentes, obra ensayística:

  • París: La revolución de mayo, Ediciones Era, México, 1968
  • La nueva novela hispanoamericana, Joaquín Mortiz, México, 1969 (colección Cuadernos de Joaquín Mortiz 4). Contiene doce ensayos: Civilización y barbarie, Revolución y ambigüedad, ¿Ha muerto la novela?, La constitución borgiana, La modernidad enajenada, Un nuevo lenguaje, El afán totalizante de Vargas Llosa, Carpentier o la doble adivinación, García Márquez: la segunda lectura, Cortázar: la caja de pandora, Juan Goytisolo: la lengua común y La palabra enemiga.
  • Casa con dos puertas, Joaquín Mortiz, México, 1970.
  • Tiempo mexicano, Joaquín Mortiz, México, 1971.
  • Cervantes o la crítica de la lectura, Joaquín Mortiz, México, 1976 (colección Cuadernos de Joaquín Mortiz 42).
  • Myself with Others: Selected Essays. Farrar, Straus & Giroux, Nueva York, 1988 (solo publicado en inglés).
  • Valiente mundo nuevo: Épica, utopía y mito en la novela hispanoamericana, Fondo de Cultura Económica, México, 1990.
  • El espejo enterrado, Fondo de Cultura Económica, México, 1992. Basado en el guion de una miniserie de cinco capítulos escrita y conducida por el autor.
  • Geografía de la novela, Fondo de Cultura Económica, México, 1993. Contiene trece ensayos: ¿Ha muerto la novela?, Jorge Luis Borges: La herida de Babel, Juan Goytisolo y el honor de la novela, Augusto Roa Bastos: El poder de la imaginación, Sergio Ramírez: El derecho a la ficción, Héctor Aguilar Camín: La verdad de la mentira, Milan Kundera: El idilio secreto, György Konrád: La ciudad en guerra, Julian Barnes: Dos veces el sol, Artur Lundkvist: La ficción poética, Italo Calvino: El lector conoce el futuro, Salman Rushdie: Una conclusión y una carta y Geografía de la novela.
  • Nuevo tiempo mexicano, Aguilar, México, 1994. Una segunda edición, corregida y aumentada, apareció en octubre de 1995.
  • Por un progreso incluyente, Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América Latina, México, 1997.
  • Retratos en el tiempo, con Carlos Fuentes Lemus, Alfaguara, México, 1998
  • En esto creo, Seix Barral, México, 2002
  • Machado de La Mancha, Fondo de Cultura Económica, México, 2002.
  • Viendo visiones, Fondo de Cultura Económica, México, 2003.
  • Contra Bush, Aguilar, México, 2004.
  • Los 68, Debate, México, 2005 (incluye el prólogo «El 68: derrota pírrica»; el ensayo París: la revolución de mayo, publicado en 1968; el ensayo: «Milan Kundera: el idilio secreto», incluido antes en Geografía de la novela; y «Tlatelolco: 1968», un fragmento de la novela Los años con Laura Díaz). Reeditado en 2018 bajo el título Praga, París, México, 1968 por Ediciones Era.
  • La gran novela latinoamericana, Alfaguara, México, 2011
  • Personas, Alfaguara, México, 2012 (edición póstuma)
  • Pantallas de plata, Alfaguara, México, 2014, sobre su relación con el cine (edición póstuma)
  • Luis Buñuel o la mirada de la Medusa (un ensayo inconcluso), Fundación Banco Santander, Madrid, 2017 (edición póstuma).
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