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Cómo volar Por encima de la Lluvia

Si tengo que ser honesto conmigo mismo (la forma más difícil de honestidad, coincidirán), he de reconocer que pocas veces alcanzo a comprender el remotísimo origen de mis historias. En este caso no es distinto. Hay un principio intuitivo, una sombra de duda que sobrevuela el día a día, ciertos destellos de lucidez que pronto desaparecen en la vorágine cotidiana sin tiempo a concretarse. Poco a poco, esa inquietud gana terreno, empieza a canalizarse en pequeños detalles, una imagen detonante, una conversación escuchada por casualidad, una canción… Hasta que finalmente esa niebla se disipa brevemente y atisbo algo que podría ser el inicio de una historia. A partir de ese momento ya no cejo hasta atraparla. Solo después, a posteriori, cuando el papel ha hecho real el pensamiento, me atrevo a elaborar un discurso originario, discurso que se irá enriqueciendo con matices distintos aportados en conferencias, tertulias literarias, clubs de lectura. A fin de cuentas, lo que trato de decir es que en principio Por Encima de la Lluvia nace más de la inquietud que de la certeza.

Hablemos, pues, de inquietud. Porque a mi modesto entender, es la inquietud la raíz de toda creación, sea literaria o de cualquier otra forma de expresión.

"Yo vengo de familia obrera, muy modesta, acostumbrada a la derrota y a la ausencia de excusas. Lejos de arrojarme a la resignación melancólica mis orígenes y mis referentes me han dotado de una extraordinaria vitalidad en el sentido estricto de la palabra."

En algún momento de nuestra vida, la mayoría de nosotros hemos vislumbrado el horizonte de la vejez, más o menos cercana. Más allá lo único que se ve es un espacio inconcreto, abismal, que cubrimos según nuestro talante de religiosidad, espiritualidad o indiferencia. La muerte siempre me ha preocupado menos que la vida, su sentido es demasiado misterioso para mí y la vida exige  suficiente esfuerzo como para dedicarle toda nuestra energía. Yo vengo de familia obrera, muy modesta, acostumbrada a la derrota y a la ausencia de excusas. Lejos de arrojarme a la resignación melancólica mis orígenes y mis referentes me han dotado de una extraordinaria vitalidad en el sentido estricto de la palabra. Poco tiempo para el futuro, menos todavía para la nostalgia, y máxima presión para el aquí y el ahora. Esa ha sido mi manera de entender la existencia a lo largo de 49 años. Sin embargo, como un caballo desbocado que agota su esfuerzo en una huida hacia adelante en algún momento ese afán se ralentiza y el galope cede paso al trote. Ya no hay tanto que demostrar ni tanta necesidad de explicarse, ya no concentramos todos nuestros sentidos en sobrevivir y por primera vez, empezamos a vivir. Ese momento, cruzado cierto ecuador personal, no es solo necesario sino que resulta inevitable. Rearmarnos, hacer balance de en qué se han convertido aquellas primeras ilusiones, calibrar el efecto que las inevitables derrotas y las relativas victorias han provocado en nuestra voluntad. Para mí ese momento llegó tras la consecución del Premio Nadal 2016. Recuerdo lo que me dijo mi madre pocas semanas después, en plena efervescencia: “Tú estás bien armado para superar esto sin perderte”

Poco después de esa conversación un tanto mistérica (a veces nuestros mayores nos ofrecen una sabiduría arcana que les es ajena, dada por la simple voluntad o el deseo) coincidí en un viaje en avión con un señor decimonónico en su vestir y en sus modales extremadamente gentiles al que los años parecían haber dotado de una calma a prueba de turbulencias. Con sus gafas de pasta y su bigote prusiano perfectamente recortado contemplaba la monotonía del horizonte con la masa de nubes a nuestros pies. Hablamos poco porque hoy en día entablar una conversación cordial con un desconocido se ha convertido en un acto de intromisión sospechoso pero aún así logré saber algunos detalles de una vida que imaginé azarosa, intensa y, probablemente, no siempre satisfactoria. Y a pesar de ello destilaba esa paz y esa calma de quien ha salido intacto de un huracán y ya no puede ver las cosas como los demás. Pensé en Ulises, uno de mis héroes mitológicos preferidos, en su viaje de regreso a Ítaca, la felicidad del reencuentro con Penélope, la seguridad confortable del hogar. Y se me ocurrió que cuando Penélope le preguntó por aquellos años de viaje, el viejo rey solo pudo guardar silencio y esbozar una ligera sonrisa. ¿Cómo podría explicar a quien no lo había vivido el viaje, su transformación? No, Ulises solo podía compartir el silencio con sus viejos camaradas, los marineros, los soldados. Solo ellos podían entender lo extraordinario de aquella experiencia.

"Cada pensamiento encuentra su propio camino. Y sin darme cuenta, me vi escribiendo en mi cuaderno, apoyado en la bandeja del incómodo asiento una pregunta: ¿Cómo seré yo cuando sea viejo?"

Cuando yo era muy niño mi abuelo era esa figura lejana y silenciosa que solo se acercaba de vez en cuando a tocarme distraídamente la cabeza. Yo estaba fascinado con sus arrugas, con la manera que tenía de mover la boca cuando se quedaba ensimismado como si rumiara los recuerdos. Tardé muchos años en descubrir lo fascinante que había sido su vida, como luego lo sería la de mi padre. Una vida extraordinaria que ellos nunca vieron como tal. Simplemente el camino estaba ahí y a ellos les tocaba seguirlo. Pero fueron más lejos que cualquier otro. Héroes ordinarios. Mi abuelo no era un abuelo novelístico ni novelero, aunque a mí me gusta creer que se parecía un poco al personaje inolvidable de La Sonrisa Etrusca, duro y tierno al tiempo. No era hombre de palabras definitivas, pero una vez me dijo algo: “La vejez es un premio. Para llegar a viejo hay que merecerlo”

Por qué aquel anciano del avión me hizo pensar en Ulises y por qué Ulises me trajo el recuerdo de mi abuelo es algo que no sé. Cada pensamiento encuentra su propio camino. Y sin darme cuenta, me vi escribiendo en mi cuaderno, apoyado en la bandeja del incómodo asiento una pregunta: ¿Cómo seré yo cuando sea viejo? ¿Cuánto de mis sueños infantiles habrá sobrevivido? Me di cuenta entonces, mirando con disimulo las manos de aquel hombre, manos limpias de esfuerzo, dedos finos y bien cuidados, que tal vez no sean los años los que nos hacen viejos, tal vez solo sea el miedo.

Me enfrasqué en la escritura hasta que la azafata me avisó de que debía recoger la bandeja. Estábamos iniciando el descenso hacia el aeropuerto de Barcelona. Al atravesar el manto de nubes se abrió un claro.

“Fíjese que fenómeno tan curioso. Estamos volando por encima de la lluvia” Efectivamente, a nuestra derecha se veían esas cortinas de agua lejanas mientras que a nuestra izquierda lucía un sol espléndido.

Sonreí. Sabía que tenía por delante la historia de mi vida y que iba a escribirla.

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