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Winston Churchill y su época, de José Ignacio Domínguez García de Paredes

Winston Churchill y su época, de José Ignacio Domínguez García de Paredes

Winston Churchill fue un dirigente político extraordinario y un vital resistente en el trienio 1940-1942, un periodo durante el cual el horror impuesto por los nazis se desató casi sin freno. Churchill tuvo, tuvimos todos, la enorme suerte de la entrada en la guerra de los EEUU y de la URSS, que con unos sacrificios sin límites lograron frenar y derrotar a alemanes y japoneses. Desde la formación de tales alianzas el papel de Churchill se fue diluyendo, y con él el peso imperial de su patria entre las grandes potencias. Winston Churchill fue un hombre dotado de una energía infinita y de un ego descomunal, que en paralelo con su pérdida de influencia combatirá con denuedo para mantenerse en lo alto. Con ello sus graves defectos cada vez estarán más al descubierto y sus errores serán cada vez más costosos, con decisiones terribles como las tomadas en relación al Este de Europa. O con la devolución de prisioneros rusos y yugoslavos a Stalin y a Tito, con un costo de miles de vidas. O con ocasión de las hambrunas en la India, con un abandono del Premier muy consciente y muchos miles de muertos.

En Winston Churchill y su época José Ignacio Domínguez García de Paredes explica con detalle su extraordinaria lucha contra Hitler, y asimismo ese maléfico carácter bipolar de este gigante de la Historia. Zenda ofrece un fragmento de esta obra.

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La Gran Emoción. La Liberación de París

Las Fuerzas Francesas del Interior, las conocidas como las FFI, se pusieron en marcha. El general Pierre Koenig, que era su coordinador en el equipo de De Gaulle, al que se unió desde la primera hora, estudió la conveniencia o no de un  levantamiento en la capital. Parece que deseaban imponer la presencia gaullista. Y así mismo la de su propia y personal representación ante Francia y los propios Aliados, con el objeto de evitar su misma marginación por la formación de un posible gobierno militar aliado en París. Y es que  ya tenían la experiencia de las fortísimas reticencias de los dirigentes políticos aliados hacia De Gaulle, que  habían seguido esa línea en los años pasados. La Francia Libre no solo carecía de fuerza militar —y la que tenía era la que los Aliados le permitían— sino que tampoco tenían su reconocimiento político. Su fuerza radicaba en el interior de su país, con la Resistencia —no única , pero al menos coordinada  y apoyando a De Gaulle— y las FFI.  Éstas en la región de París estaban controladas por un obrero con un mando como coronel y de ideología comunista, Henry Rol-Tanguy. Fue miembro de las conocidas Brigadas Internacionales y comisario político en la batalla del Ebro, durante su participación en la Guerra Civil Española, y se sumó a la Resistencia contra los ocupantes nazis desde la misma derrota en 1940.  Dirigía la acción resistente en el área parisina, desde una sede en la plaza de Denfert-Rocherau, al sur y cerca de la Ciudad Universitaria  parisina.

Era aquella una ubicación de hecho muy simbólica,  pues el nombre de esa plaza hace honor a un militar francés, que dirigió la resistencia en París contra los alemanes, en la guerra de 1870. En la dirección de la sublevación de París estuvo así mismo, durante ese mes de agosto, el representante gaullista Jacques Chaban-Delmas. Este, miembro de la Resistencia igualmente y considerado con un grado de general de brigada, tenía solo 29 años en 1944 cuando llegó con instrucciones de Koenig desde Londres el día 16. Koenig no tenía clara la conveniencia  de alzarse entonces, ya que sabía la intención aliada de dejar atrás  la capital y posponer su liberación hasta septiembre, por lo que prefería esperar y oponerse a la sublevación en ese momento. Pero es que en la capital de Francia los acontecimientos se precipitaban. El 12 de agosto los trabajadores pertenecientes a los ferrocarriles franceses —uno de los núcleos fuertes de la Resistencia— iniciaron una huelga, seguidos de la gendarmería el 13, el 15 la policía parisina y el 16 los carteros, por lo que el propio Chaban-Delmas comprendió que la abstención gaullista provocaría su marginación por los comunistas.Y dio su asentimiento en la reunión mantenida por el Consejo Nacional de la Resistencia el día 17 de agosto, que decidió la insurrección. La pregunta era como llevarla a cabo, pues el armamento del que disponían era escasísimo.

Ese mismo día 17 los alemanes empezarona abandonar la capital —le jour de la grande fuite des Fritz, el día de la gran evasión de los alemanes, como lo llamaron— y se podía observar la salida de los automóviles oficiales, con generales y elegantes rubias a bordo. Una jornada que sería, también, el día del saqueo: Alfombras,cuadros, alfombras, muebles y el vino de las bodegas, salieron de París en esos momentos en los camiones de la Wehrmacht. Los abucheos de la gente ya no se reprimieron, pero los soldados alemanes tampoco y la emprendieron a tiros.

Mientras tanto el general alemán Von Choltitz, recientísimo gobernador del Gran Paris, veía reiteradas las instrucciones de Hitler de destruir la ciudad si los Aliados la pretendíeran  ocupar. Ya vimos al  teniente general  Dietrich Von Choltitz combatiendo en la península de Contentin hasta ese nombramiento, del que tomó posesión el anterior día 9. Parece que Hitler le confió ese puesto por sus duros antecedentes en Rusia, donde cumplió las órdenes recibidas estrictamente para la eliminación de judíos, lo que le atrajo la confianza del Führer. Esa noche de su llegada se había reunido con el gobernador saliente, el teniente general Von Boineburg, y con el jefe de Estado Mayor en París, coronel  Von Hunger, a los que les comentó las instrucciones recibidas, que eran muy breves: “Destruir París si el enemigo avanzaba, y defender la ciudad desde las ruinas.“ Sus interlocutores intentaron convencerle de que no lo hiciera. Pero Choltitz le había prometido a Hitler que echaría abajo la Torre Eiffel con explosivos y que  protegería el paso de los puentes, derribándolos y creando barricadas con los restos metálicos de la Torre. En seguida el nuevo gobernador quiso marcar un estado de fuerza, ante los rumores de un levantamiento, organizando un desfile militar, con 17 tanques panther. Pero la demostración decayó pronto en un bluff, pues de los 25.000 hombres de su guarnición desaparecieron la mayoría, al igual que sus tanques modernos, trasladados para reforzar el frente ante el avance de Patton. El gobernador del distrito del Gran París se quedó, según afirmó luego él mismo, solamente con un regimiento de soldados veteranos, 17 carros franceses antiguos de las requisas de 1940, dos compañías con bicicletas y así mismo algunos destacamentos de antiaéreos. Un verdadero ejército. Choltitz ya estaba pensando en poder asegurar las posibles salidas de la capital, cara  una retirada  al sur y al oeste de París.

El 18 de agosto se procedió a  empapelar muchos  edificios con carteles del PCF, pidiendo a la población que se sumase a la rebelión y convocando la huelga general. El 19  salieron 3.000 funcionarios de la policía parisina para tomar la Prefectura, de paisano pero armados. Destituyeron enseguida y confinaron al jefe policial de París, siendo sustituido por un nuevo responsable nombrado por De Gaulle, Charles Luizet. Se izó la tricolor y se cantaba La Marsellesa. Todo era muy emocionante, pero existía el temor, ya que se desconocía cual iba a ser la respuesta alemana. Choltitz ordenó atacar la ocupada Prefectura. Hubo disparos y se abrieron algunos boquetes en el edificio, pero los alemanes terminaron retirándose. Por la ciudad, cumpliendo las instrucciones de Rol-Tanguy, se disparaba al objeto de crear confusión y ambiente de resistencia, pero para la noche los sublevados casi habían agotado la munición. Las bajas de ese día las evalúa Beevor en 40 muertos y 70 heridos entre los alemanes, y 125 muertos y casi 500 heridos entre los franceses.

Se levantaron barricadas, especialmente en la Rue Rivoli donde se encontraba el Hotel Meurice, sede del cuartel general de  Choltitz y muy cerca de la Plaza de la Concordia. Al día siguiente, el 20 de agosto, un grupo de resistentes gaullistas atacó y ocupó el edificio del Ayuntamiento de París, en la plaza del mismo nombre —antes Place de Grève— , en el distrito IV, en un intento de ir ocupando edificios oficiales e ir poco a poco asentando una nueva realidad política. Choltitz se daba cuenta de  que sólo podría someter la rebelión a sangre y fuego, cumpliendo las instrucciones de Hitler, sin que la conciencia de que esa destrucción iba contra la razón y contra la historia sirviese para nada, pues el militar estaba persuadido de que París estaba condenado. En ese momento se produjo una iniciativa valiente y muy oportuna del cónsul general de Suecia en París, Raoul Nordling, que logró negociar una tregua con Choltitz, que a su vez obtenía así tiempo y un parón en los combates hasta decidir que hacer. Parecía evidente que Choltitz, a pesar de todo, no veía como algo factible la solución del Führer y como una salida realista, ante una ciudad en plena rebelión y los Aliados a sus puertas prácticamente. El día 20 la Resistencia traslada su dirección al centro de Paris, pues la sede antes mencionada en Denfert-Rocherau estaba demasiado alejada. Ese mismo día Petain, que se había negado a abandonar Vichy, cuyo régimen se había hundido tras el desembarco aliado en la Provenza, sería arrestado por los alemanes, para ser a continuación trasladado  forzosamente a la población francesa de Belfort, junto al Rin, pero muy cerca de territorio alemán.

El día  21 los resistentes comunistas rechazaban en París, como una traición inaceptable, esa tregua pactada por los hombres de Chaban-Delmas, en una nueva reunión del Consejo de la Resistencia, aplazándose la lucha solo 24 horas. Pero era un combate para el que las armas y las municiones eran escasísimas, por lo que aquellas acciones de resistencia estaban en grave peligro en realidad. Las escaramuzas pudieron no obstante continuar. El 22 los FFI reanudaron la ofensiva.

La BBC, de cuyas informaciones esperaban indicaciones pertinentes los alzados, guardaba silencio sobre lo que estaba ocurriendo en París. Hitler reiteró ese día 22 a Choltitz su orden de incendiar y destruir París.  En ese momento Leclerc se movió. Ya había tenido discusiones con el mando militar americano, que le conminó a permanecer en el frente asignado, pero el francés forzó una solución de hecho y , con órdenes directas del general De Gaulle, comenzó a  desplazar su 2ª división acorazada de la Francia Libre hacia París el mismo día 22, en una carrera de 200 kilómetros y después de haber acaparado combustible previamente.  El general Gerow, responsable del V Cuerpo, se enfureció al enterarse y le ordenó regresar, pero Leclerc ignoró la orden.

Para solucionar la situación De Gaulle se comunicó con el propio Eisenhower. También lo hizo el general Koenig. Ike lo discutió con Bradley y dio el visto bueno. Esa misma tarde finalmente Omar Bradley autorizó la marcha de Leclerc, que fue sustituido por la  11ª división acorazada británica en Argentan. En la columna y además de la 2ª acorazada de Leclerc, iría también la 4ª de infantería de los EEUU. Y así mismo Eisenhower ordenó que marchase también una unidad británica, pero Montgomery se negó a hacerlo. Beevor indica que la razón de esa negativa es desconocida, igual que la oposición de Monty a estar en París en la prevista visita junto con Bradley y el propio Eisenhower unos días después.

Esa noche Leclerc se encontró con De Gaulle en el castillo de Rambouillet, a una hora de París. En un hotel estaba ya un nutrido grupo de corresponsales, con Hemingway, Capa y Ernie Pyle entre otros. De Gaulle le ordenó a Leclerc entrar en París a  la mayor brevedad.

El 23 Leclerc, obstaculizado en su marcha  por el tráfico y estado de la ruta, quiso asegurar la presencia francesa al entrar en la capital y mandó por delante a La Nueve, una de sus compañías, bajo el mando del capitán Raymond Dronne. Esa compañía estaba básicamente formada por republicanos españoles exiliados, 146 del total de 160 hombres, y cuyos carros y otros vehículos militares aparecían titulados en muchos casos con nombres españoles: Guadalajara, Zaragoza, Ebro, Madrid, Brunete, Teruel, Guernica, Jarama, Belchite … Uno de aquellos  vehículos blindados, asignados a la liberación de París, llevaba bajo el parabrisas un letrero pintado que rezaba así:  España cañí.  Otro respondía por Don Quijote.

Ese mismo día 23 Rumania rompe con los países del Eje, mientras las tropas soviéticas penetran en el país y llegan el 30 de agosto a Bucarest. Así mismo arrebatan al control alemán los importantísimos campos petrolíferos rumanos de Ploesti. Quedaba abierta la ruta hacia las llanuras húngaras y hacia Alemania, amenazando ya la Prusia Oriental.

Allí se encontraba Hitler, en la llamada Guarida del Lobo —cerca de Rastemburg— donde en esos días de agosto el Führer se muestra ausente de los acontecimientos, permaneciendo deprimido y apático en sus habitaciones y echado en la cama, solamente ocupado en arrojar las culpas de los desastres militares a los traidores. O, como venía machaconamente afirmando desde hacía ya bastante  tiempo, considerando al Estado Mayor General alemán como“Un club de intelectuales,”. Göering ni aparecía, ocupado como estaba en pasar aquellos días en su finca  en la misma Prusia Oriental, un antiguo palacete cinegético de la familia real de los Hohenzollern.

Rol-Tanguy, en París, estaba más atareado y había dado orden para crear barricadas en la ciudad  desde el día 22, intentando emparedar a los vehículos y tropas alemanas en espacios cortos, “en islotes y por medio de algunos tanques que hilvanaban torpemente las calles “, como señaló el marido de la escritora Colette. De tal modo que se pudiera mantenerles de hecho como cercados en sus edificios centrales: el mencionado Hôtel Meurice, le Palais de Luxembourg, l’Ecole Militaire , les Inválides, le Palais Bourbon —sede de la Asamblea Nacional— y el cuartel Prince Eugen, junto a la Place de la Republique. Con ese aislamiento los parisinos pasaban a poder controlar la ciudad, desplazándose los resistentes por los túneles del metro y con ello  defendiendo la villa  y acumulando fuerza y defensores en la red de barricadas que se creaban. Se produjo la presencia de numerosos patriotas que se iban sumando, pero también aparecieron saqueadores. Rol-Tanguy ordenó que se fusilase de inmediato a todo saqueador al que se apresase. Había un mar de rumores: que los americanos ya estaban en París;  que 150 Tigers alemanes habían sido enviados a la capital … El recuerdo terrible de la sentencia de muerte y destrucción que había caído aquellos días sobre Varsovia, aún atemorizaba a los ciudadanos,  pero la confianza crecía al ver la inacción germana. Se veían banderas francesas y se confeccionaban otras. Se cantaba la prohibida Marsellesa o se escuchaba el himno emitido por la radio, mientras los vecinos la ponían a todo volumen y abrían las ventanas para que se pudiese oír en la calle.

* Leclerc lanza a la Novena hacia París

Al amanecer del 24 de agosto la 2ª división acorazada de Leclerc emprendió la definitiva marcha hacia París, desde su lugar de descanso en Rambouillet. Las tropas francesas y americanas fueron entorpecidas por algunos focos de resistencia alemanes, provocando bajas y combates esporádicos. También se producían atascos por el gentío que se formaba a su paso. Había emoción y lágrimas, cantos y vítores, besos, flores y vino al paso de los libertadores. Ya con la Torre Eiffel en el mismo horizonte Leclerc se encontró con la Novena, la compañía  del capitán Dronne, instándole a seguir adelante y acelerar su marcha hasta el centro de París de inmediato. “Lárguese inmediatamente a París, al corazón de París “, le gritó Leclerc, tal y como recoge Beevor en su obra.

Le reiteró que debía adelantarse, mientras que el resto de la división llegaría al día siguiente. La mítica Nueve partió a las 19,30, acompañada de algunos ingenieros y unos carros Sherman, tripulados por soldados gaullistas. Estos marchaban bajo las órdenes de un teniente llamado Richard, que resultó ser un cura de los Padres Blancos. Procurando evitar las vías principales y los controles alemanes la unidad francesa entró en París a través  de la Port d’Italie, al sur de la ciudad.  Pasaron el Sena por el puente de Austerlitz y siguieron adelante, hasta entrar en la Plaza  del Ayuntamiento parisino —la Place de l’Hôtel de Ville— a las 21,20 de esa noche. Allí Dronne situó a sus hombres y se personó ante los miembros de la Resistencia en el Ayuntamiento, mandados por Georges Bidault que les recibió emocionado. Bidault, uno de los miembros más importantes de la Resistencia y un colaborador cercanísimo del héroe Jean Moulin, tuvo luego una larga carrera política como político democristiano y ministro de AAEE e incluso como jefe de Gobierno,  pero acabó mal al ser uno de los conspiradores de la OAS por una Argelia francesa, y tuvo que exiliarse en los años sesenta. 

* ¿ Arde París ? 

El público sollozaba de alegría, mientras las campanas de las iglesias, incluida Notre Dame de París, se lanzaban a repicar por la libertad de la ciudad. Colette escribía emocionada celebrando el momento “Cuando la noche se levantó como una aurora.”

Al día siguiente, 25 de agosto y conmemoración del día de San Luis,  patrón de Francia, entraba en París la 2ª división con Leclerc al frente. A las 7,30 entraban también por el sur las tropas americanas de la 4ª división de infantería y así mismo llegan las fuerzas del 38º Escuadrón de Reconocimiento, recibidas con el mismo entusiasmo. Les habían dicho que aquella carrera hasta París estaba motivada por la hambruna existente en la capital, que no permitía esperas, pero los liberadores estaban encantados al ver las hermosuras que les besaban, sin ningún aspecto de hambrientas. El general Gerow llegó dos horas más tarde. Con su base en la estación de Montparnasse del nuevo cuartel general, las fuerzas aliadas se dirigieron hacia los edificios donde radicaba la administración germana en la ciudad.

En L’Ètoile  se juntó una multitud cerca del Arco de Triunfo, con Ives Montand y Edith Piaf en medio de la gente,  como espectadores de la  rendición alemana en el Majestic.

Se envió un ultimatum a Choltitz, dándole un plazo hasta mediodía para rendirse. Una vez que expiró los atacantes invadieron el edificio y tomaron prisionero a Choltitz, que  declaró su rendición y la de todas las fuerzas alemanas en París, siendo conducido a continuación a la Prefectura de Policía de París, donde quedó detenido. Hubo otros casos de militares germanos que fueron linchados después de rendirse. En la Prefectura el general Choltitz fue enfrentado por el general Leclerc, que le presentó para su firma un documento de rendición, que el alemán firmó junto a Leclerc. Al final logró entrar también en la sala  el jefe de la Resistencia  Rol-Tanguy, que también suscribió el documento de la rendición, con harta irritación de De Gaulle cuando se enteró.

Unos oficiales alemanes fueron enviados con emisarios franceses para lograr que se cumpliese la rendición en los distintos núcleos alemanes que aún resistían. Esa noche las tropas aliadas tenían en su poder a más de 14.000 prisioneros. De Gaulle se fue para el Ayuntamiento, donde pronunció un discurso dramático, que es oportuno que repitamos ahora:

Paris ultrajada. París destrozada. París martirizada. Pero París ha sido liberada, liberada por ella misma, liberada por su pueblo, con la colaboración de los ejércitos de Francia, con el apoyo y la colaboración de toda Francia, de una Francia que lucha, de la única Francia, de la verdadera Francia, de la Francia eterna.

En la tarde del sábado 26 de agosto se realizó una marcha popular por los Campos Elíseos, presidida por De Gaulle y con una multitud enfervorizada. El general americano Gerow ordenó por escrito a Leclerc que se abstuviese de asistir con sus fuerzas. Leclerc no le hizo ni caso. La 2ª estuvo y efectivos suyos saludaron a De Gaulle ante el Arco del Triunfo. De Gaulle recorrió en triunfo los Campos Elíseos, acompañado de los generales franceses Leclerc, Koenig y Juin y custodiados por soldados de la Nueve. Beevor cifra en más de un millón de personas las  concentradas en el centro de París  esa tarde. En aquel recorrido hubo disparos, de un origen desconocido, pero atribuidos generalmente a algunos tiradores alemanes aún emboscados en diversos edificios. Se produjeron heridos y así mismo varios muertos.

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JOSE IGNACIO DOMÍNGUEZ GARCÍA DE PAREDES

Es sobre todo un jurista y un analista. Licenciado en Derecho, fue Inspector de Trabajo y SS por oposición desde 1975, con varios destinos. Ejerció así mismo diversos puestos públicos de jefatura: jefe de la Inspección Provincial de Trabajo y SS de Álava, director Provincial del Ministerio de Trabajo y SS de Castellón, consejero laboral de la Embajada de España en Holanda y director general de la Inspección de Trabajo y SS  del Ministerio de Trabajo. Gran amante de la Historia, es un intenso lector siendo la figura de Churchill y su época una de sus metas más tempranas y extensas, imán de su formación y objetivo reiterado de sus análisis, que han podido fructificar ahora en la madurez con este libro. En el mismo ha podido tratar  la figura de  Churchill —a veces tan deformada por el mito y las emociones— que le ha servido especialmente para usarla como guión, para poder analizar la apasionante época en la que vivió. Y hacerlo con rigor y con proximidad a los grandes escenarios y al necesario detalle, para acercar al lector  a los hechos reales,  la violencia y los progresos de la Humanidad en un tiempo clave, que ayuda también a explicar de manera decisiva el tiempo en que vivimos.

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Autor: José Ignacio Domínguez García de Paredes. Título: Winston Churchill y su época. Editorial: Sílex. Venta: Todostuslibros

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