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Ya nadie reza en el Partenón

Ya nadie reza en el Partenón

I Do Not Care If We Go Down In History As Barbarians, de Radu Jude.

Hay algo bello en la imagen de un hombre musculoso
que se masturba para evitar las relaciones sexuales. […]
Es algo helénico, como de escultura del Partenón.

Las personas acuden a las ruinas del templo con aspecto de solemnidad. La barbilla arriba, los labios sellados, los ojos inquietos. Las largas columnas blanquecinas y agrietadas se elevan alrededor, formando una cáscara que separa el mundo de ese espacio sagrado. Todos los visitantes rodean el cubículo en silencio, respetando el silbido inerte del mármol. Una chica se saca una cheeseburger del bolsillo y le pega un mordisco. Piensa: «¡qué hambre tenía! Me comería otras cinco de estas». Un joven hace scroll en Facebook buscando alguna foto de la persona que le gusta. Piensa: «no me ha dado like a mi última publicación. ¿La habrá visto?» Todos caminan en silencio por el Partenón. Ya nadie reza, claro: el politeísmo grecolatino ha muerto. Sin embargo, ¿qué importa? Las personas siguen pisando esos suelos antiguos.

I. Simón Soria es demasiado guapo para dedicarse a la política.

Lo que sí es seguro es que Simón, a diferencia de sus
compañeros, no se veía acabando sus días en el partido;
para
él todo aquello no era más que una aventura circunstancial.

Me estoy riendo en alto. Miro a mi alrededor: una señora me mira fijamente, alerta; la mayor parte de las personas continúan sumergidas en sus respectivos mundos. Entre mis manos, un ejemplar de Candidato, la tercera novela de Antonio J. Rodríguez (Literatura Random House). Va, con brevedad, que no tenemos todo el día: este libro es una prensa hidráulica. Debajo está la clase política; las páginas van cayendo, implacables, sobre unas espaldas malogradas. Asistimos, letra a letra, a la decapitación lúdica de un estrato de la sociedad que ha decidido desmarcarse de ésta.

Acaso la pregunta más importante, antes de formular todas las demás, sea la siguiente: ¿cuál es el miedo? Simón Soria se autodiagnostica rápido: el miedo fundamental mira a la muerte, claro. Por eso él —catedrático universitario, liberal europeísta con pasado anarcosindicalista, escultórico hombre emparejado con amantes eventuales— evita ese pensamiento fúnebre con una rutina que lo mantiene debidamente enjaulado. Se levanta antes de amanecer, pone camino al gimnasio y allí se contempla reflejado en los cristales mientras sus piernas se desplazan por la cinta.

Simón podía correr un maratón entero mirándose
a sí mismo en el reflejo provocado por los
escaparates
de su gimnasio en la calle Atocha.
Para él, su reflejo
era una imagen motivante.

Este es el curioso lugar desde el que Antonio J. Rodríguez escribe: la intimidad revestida de plástico de un hombre desajustado, aterrado ante la posibilidad —¡qué digo posibilidad! ¡la certeza!— de su extinción. Este es, pues, su diagnóstico, no sólo para explicar el arranque de banalidad con el que se perfilan los contornos de la clase política contemporánea, sino también para aproximarse a la genética de los miedos humanos.

Sin embargo, la figura de Simón Soria está recorrida por una cubierta de modernidad que juega a la disuasión. Igual que ocurre con muchos de los agentes políticos del panorama español actual, él procede de un ámbito ajeno a la dinámica de partidos: el universitario. Su rigurosa formación académica, su juventud y su permanente contacto con la sociedad civil le proporcionan un prisma de visión mucho más amplio que el que poseen sus compañeros de partido, así como sus rivales. Simón Soria es demasiado inteligente para ser político; sus ideas de teoría económica son demasiado sólidas y su apego hacia ellas demasiado fuerte para ser político; Simón Soria es demasiado guapodemasiado esbeltodemasiado honesto, demasiado perfecto para ser político. Él mismo lo sabe. De esta manera, el personaje central —que no es narrador: Antonio J. Rodríguez elige colocar la cámara tras él pero no en el interior de sus ojos; le interesa ver a través de Soria pero también verlo a él— sirve como mecanismo intelectual crítico respecto a los hábitos viciados de la clase política tradicional. Él desmonta a la vieja guardia; la novela lo desmonta a él.

II. Simón Soria es demasiado guapo para NO dedicarse a la política.

Si te decía que eras un mediocre, es porque así lo sentía.
Le ponía triste que no estuvieses
a la altura. Le ofendía.

Simón Soria no es una deformación del prototipo de político contemporáneo. Es posible que el principal triunfo de Candidato sea haber conseguido que la antipatía que el lector siente hacia su protagonista vaya, de forma inevitable, acompañada por una relativa sensación de lástima. Antonio J. Rodríguez presta especial atención a perfilar con humanismo a un personaje detestable, provocando que nos reconozcamos en sus vicios más deleznables, sacados a la superficie por un mundo excesivo y plateado. El mundo de los mítines, de las adoraciones públicas, del estrellato imposible.

La desbordante inteligencia estratégica de su protagonista se palpa merced a una cuidadosa disposición de los diálogos, que en todo momento se ajustan a la psicología de cada uno de los personajes centrales —pese a que, como es lógico, ninguno está descrito con la precisión y el tino con el que se construye a Simón Soria—. Asimismo, Antonio J. Rodríguez no escatima a la hora de absorber recursos formales de otros campos. Bebe del puro género documental en un pasaje en el que recoge entrevistas con los alumnos universitarios de Simón; pronto se repliega para lanzar conatos de lirismo —»Estaba tan deprimido que afuera siempre era de noche»—. La flexibilidad de su narrador en tercera persona le permite ajustarse a múltiples registros, adoptar distintas formas como escritor: al final, lo único que importa en Candidato es que el lector se deje imbuir por su juego de contrastes dialécticos. Es una sarcástica danza alrededor de un político impostado que, a su vez, aplica otra sarcástica danza alrededor de los políticos que todos reconocemos. Al final, el único paréntesis conclusivo en el que aterriza la novela responde a la misma pregunta: ¿cuál es el miedo?

La noche en que Simón supo que Salzedo estaba enferma sintió descanso.

El pasaje que rompe la balanza en contra de Simón Soria —desde el punto de vista del lector— es aquel en que, tras describir el narrador una serie de desencuentros entre el protagonista y Anna-Marie Salzedo, una de sus profesoras universitarias en París, Soria descubre que ésta se encuentra gravemente enferma. Su reacción —poco menos que jubilosa— lo distancia definitivamente del lector, al revelarlo como un individuo carente por completo de empatía. Si la muerte es su inquietud central, el motivo de su aceleración diaria y de que estreche sus días hasta liberarlos de segundos libres, ¿cómo es posible que se aproxime a la desaparición de una persona cercana con ese nivel de frialdad, aunque su relación haya sido meramente competitiva? Queda en evidencia, de hecho, que la muerte para Simón Soria no es sino otro ejercicio comparativo. Si él muere después que su rival, él habrá ganado.

Él, a fin de cuentas, es demasiado guapo para morir. Sería una pena. De hecho, es tan guapo que sería una barbaridad por su parte no meterse a político. ¿Quién no querría que lo representase un ejemplar tan fantástico de su especie?

III. Hoy es el día de Simón Soria (o no).

Ya sé que estamos en campaña y que nada de lo que digamos
tiene por qué realizarse en cuanto tomemos el poder.

Hoy es 28 de abril, día convenido para llevarse a cabo las Elecciones generales españolas. Digamos que Simón Soria es un fantasma que planea sobre nuestra realidad, como si de algún modo hubiese aprendido de ella para inscribirse con tamaño latido en las páginas de ese novelista tan divertido, mordaz y rotundamente original en el que Antonio J. Rodríguez se ha convertido a la altura de su tercer libro.

Una vez más, todo esto sirve como diagnóstico, pero no soluciona nada. Candidato se plantea a sí misma como una novela que dialoga con la realidad sociopolítica, claro está, pero la deforma desde el humanismo de una manera en que resultaría imposible que nosotros, ciudadanos de a pie, accediésemos a los organismos de gobierno actuales. La intimidad es un territorio extinto en este caso: no tenemos cámaras que desgranen si las voces que escuchamos a través de la televisión se alzan con convencimiento o como meras pantallas estratégicas.

¿Cuál es el miedo?, preguntamos hoy. Algunas voces responden: la muerte; otras dicen: Simón Soria. Cabría pensar, de hecho, si no son acaso lo mismo. Los paseantes imaginan voces que retumban en las paredes del Partenón, pero no hay fantasmas espartanos que recorran nuestro mundo presente. Lo que hay es un silencio conformado por palabras huecas. Y así vamos a las urnas, con Simón Soria en la cabeza: pensando que echamos de menos un amor que, en realidad, nunca llegamos a conocer.

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Autor: Antonio J. Rodríguez. TítuloCandidato. Editorial: Literatura Random House. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.

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