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Yo solo

Este libro en apariencia tan provocador reúne los mejores artículos publicados en la prensa durante los últimos años por Juan Manuel de Prada. Defendiendo a capa y espada una visión cristiana del mundo arraigada en la antigüedad grecolatina, cuando no directamente los dogmas de fe católicos, o, lo que es lo mismo, el pensamiento tradicional, dispara sin piedad contra las corrientes actuales de la filosofía, la política, la economía, la educación y la sociedad en su conjunto hasta abarcar esa “totalidad” cuya enmienda inapelable anuncia ya el mismo título; y lo hace, como no podía ser de otra forma, con su inconfundible estilo.

Desde que se consagró, a la edad de veintiséis años, con Las máscaras del héroe —una de las mejores novelas en español del pasado siglo—, Juan Manuel de Prada cumple la crítica misión de reverdecer con su trabajo diario el noble tronco de nuestro viejo idioma. Sus largas oraciones subordinadas, sus atinados verbos, sus adjetivos audaces y paradójicos, su fecundo léxico y ese despliegue continuo de los más variados recursos literarios convierten su acaudalada prosa en un imponente edificio de altas torres y hermosa fachada, una catedral barroca del mejor castellano.

"En su marco mental de cada día, el de sus artículos en la prensa, él está solo con la Verdad en ristre. Frente a él, un ejército inmundo que le repudia por atreverse a decir la verdad"

Aplicando esa conocida máxima militar y futbolera según la cual no hay mejor defensa que un buen ataque, el autor dirige sus artículos periódicos contra todo aquello que socava en nuestra conciencia la autoridad de la tradición, en cuya cima reinaba antaño la divinidad de Cristo. Con ironía, con desdén, con mordacidad, con ánimo de ofender, denuncia entre otras muchas cosas la traslación de las virtudes cristianas del plano interior de la persona, donde uno se compromete y sacrifica, al plano impersonal y abstracto de las ideologías políticas, donde las causas en boga encubren los intereses más inconfesables y egoístas. Levanta también el velo de esa fraudulenta empresa mercantil que podría llamarse Derechos y Libertades, S.A., poderoso carro de combate ideológico del capital internacional que, asolando fértiles campos de sociedades comunitarias, en cuyo centro estaba la familia, deja a su paso aglomeraciones urbanas de individuos desarraigados y solos que se arrastran por los eriales del ocio y el consumo en busca de identidades y placeres, creyendo que actúan libremente pero sometidos a los intereses del Dinero.

A estos pobres hombres y mujeres de nuestro tiempo el autor los llama una y otra vez “masas cretinizadas”. Los desdeña, los zahiere, los afrenta. Las hordas que configuran estas “masas cretinizadas” no tienen rostro, alma o corazón, tampoco historia, intimidad o circunstancia. No son personas reales y concretas que podamos reconocer sino un monstruo funcional que opera en la imaginación de su autor como el engranaje sobre el que rueda la maquinaria de su pensamiento. En su marco mental de cada día, el de sus artículos en la prensa —no abarca esta crítica sus novelas—, él está solo con la Verdad en ristre. Frente a él (o Él, pues defiende a Dios), un ejército inmundo que le repudia por atreverse a decir la verdad.

"Así podrá seguir creyendo que todos le aborrecen o ignoran por gritar a los cuatro vientos la verdad... y no por sus ironías, sus burlas, sus injurias y su desdén"

Pero todo esto no es más que un juego literario. A nadie se le ocurriría persuadir a otro con las armas de la ofensa y el desdén. Juan Manuel de Prada no quiere convencer a nadie de nada, mucho menos convertir a sus lectores al cristianismo. Eso, a todas luces, le trae sin cuidado. Por ello también sus habituales provocaciones suenan ligeras y hasta alegres, carecen de toda sombra de inquina o rencor. Él mismo, en realidad, aclara estas cuestiones en el prólogo y el epílogo del libro, para que nadie se lleve a engaño. En el prólogo se presenta ante el público lector como un escritor ignorado y marginal, uno de esos malditos de la literatura que tanto le fascinan. O más bien manifiesta su anhelo de convertirse algún día en esa figura pintoresca. De alguna manera nos está exigiendo, en realidad implorando que le sigamos el juego: que finjamos sentirnos agraviados por él como “masas cretinizadas” que por supuesto somos (ya que del infierno de la necedad sólo parece librarse él) y, en desagravio, le injuriemos también nosotros llamándole reaccionario, carca, inmovilista, fanático o talibán. Así podrá seguir creyendo que todos le aborrecen o ignoran por gritar a los cuatro vientos la verdad… y no por sus ironías, sus burlas, sus injurias y su desdén.

Pero también de este modo tan extraño (tan poco serio, tan divertido) estaríamos dispensándole el rebuscado trato que su novelesca psicología precisa. En el bello epílogo del libro hace propia la terca locura de Don Quijote, quien ni siquiera derrotado en la playa de Barcelona, con una punta de lanza presionando su cuello, negó la hermosura impar de Dulcinea… por no faltar a la verdad. A nosotros de forma indirecta y acaso involuntaria nos reserva el difícil papel de Sansón Carrasco, el bachiller inteligente y burlón (pero sobre todo bueno) que fingió lidiar con un caballero andante. Es el precio que debemos pagar como lectores para seguir deleitándonos con su formidable prosa.

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Autor: Juan Manuel de Prada. Título: Una enmienda a la totalidad. Editorial: Bibliotheca Homo Legens. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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