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1 de noviembre de 1936: Los Mañas abandonan su casa

1 de noviembre de 1936: Los Mañas abandonan su casa

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Domingo, 1 de noviembre de 1936: Los Mañas abandonan su casa

Una cama de roble con calentador de cobre, un armario con espejo de cuerpo entero, una palangana esmaltada sobre pie de hierro, un arcón al pie de la ventana, una mesa sobre la que se apilaban sus libros de Derecho —el temario de Notarías—y una silla, el suelo de baldosas rojas bien enceradas, y en la pared, presidiendo el dormitorio, un cuadro de san Francisco. Eso era su cubil, el espacio en el que había pasado los últimos quince años, desde su llegada a Carabanchel. Allí creció, casi sin darse cuenta.

Jamás pensó que lo dejaría así.

Meneando la cabeza, Pepe Mañas le dirigió una última mirada. No cogió ningún libro. Con un suspiro casi inaudible, cerró las contraventanas. En la semioscuridad, cerró la puerta y bajó por las escaleras. Era el día de Todos los Santos.

—Pepito, ¿dónde estás?

"Desde que habían matado a su marido, muchos vecinos dejaron de venir a la tienda por miedo a que los relacionasen con la familia de un «paseado»"

Mariana y sus primas, Rosa e Inés, ya habían cerrado la tienda. Las tres aguardaban en la puerta de la cocina, que daba a un lateral de la casa. Llevaban muchas bolsas llenas. Hacía un aire gélido, cortante. Dos sindicalistas esperaban en la entrada al patio, la que daba a General Ricardos por la acera impar. En la calle, por donde aún pasaban automóviles, aguardaba el camión de la Comisión de Abastos. En la puerta de la tienda todavía relucía, de puro limpia, una placa metálica: ULTRAMARINOS, GRANOS, SEMILLAS Y SALVADOS. LUIS MAÑAS.

—De todas formas, últimamente apenas había género. Casi no se vendía —dijo Mariana.

Era así. Desde que habían matado a su marido, muchos vecinos dejaron de venir a la tienda por miedo a que los relacionasen con la familia de un «paseado».

—Esperad, que me olvido una cosa —dijo Inés—. ¿Tiene la llave, tía?

Inés volvió corriendo a la tienda. La abrió y desapareció dentro: la puerta quedó abierta. Se la oyó moverse en el interior. Dos milicianos se acercaron a decir con malos modos que se diera prisa. Cuando salió, traía su sartén preferida bajo el brazo. Iba a echar la llave, pero uno de los milicianos, el que les avisó de que se requisaba la casa para el frente, negó con la cabeza.

—¿No ves, compañera, que en cuanto os vayáis, las milicias van a echar abajo la puerta y ocupar todo?

Inés aun así echó la llave y el hombre se encogió de hombros. Se encendió un pitillo. Inés se acercó adonde esperaban los demás. «Serán frescos, esos». Pepe se encaramó al camión, las ayudó a subir.

Se instalaron los cuatro en la parte trasera como buenamente podían. Nada más saber que les requisaban la tienda, Ángel Navarrete se preocupó de que les asignasen un piso en uno de los edificios abandonados del barrio de Salamanca: era hacia donde se dirigían.

—¿Ya estáis todos? —preguntó el conductor.

—Puedes arrancar —dijo Ángel Navarrete.

Por General Ricardos se veían muchos milicianos armados. Otros vecinos también abandonaban sus viviendas y partían, con sus bártulos, camino del puente de Toledo. Según se alejaban, Pepe Mañas prefirió no mirar atrás. Ya nunca volvería a su casa de Carabanchel.

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