Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Sábado, 31 de octubre de 1936: ¡A paseo!
En las oficinas de Abastos, José María Tárrega y los hermanos Mendívil comentaban los fusilamientos de Maeztu y Ledesma. Se decía que a Maeztu, al despertarlo en plena noche, el carcelero le dijo que adonde iba podía ir en pijama. El escritor vasco, ya ante del pelotón de ejecución, había espetado: «Vosotros no sabéis por lo que me matáis, pero yo sí sé por lo que muero. ¡Muero para que vuestros hijos sean mejores que vosotros!».
Las ejecuciones más conocidas se comentaban cada semana, como antes los toros o el fútbol, durante la pausa para el café, Mañas escuchaba callado, sin participar. Sentado en su pupitre, recordó que su amigo Basilio le había pasado algún número de la revista de Ledesma, La Conquista del Estado. Luego, no volvieron a hablar del tema. Entonces no sacó las conclusiones que correspondía. Que hubiera acabado en el cuartel de la Montaña, en el fondo, era una evolución lógica. ¿Y la mía?, pensó, ¿cuál es mi evolución, qué lógica hay en ella?
Con la muerte de padre todavía planeando en su mente, el contexto favorecía el pensamiento mórbido. La crudeza de las anécdotas, la manera en que se recibían, demostraban lo fácil que se adaptan los hombres a la realidad más hosca, lo gruesa que llegan a tener la piel. Aunque podía ser que todo sirviera precisamente para insensibilizar a la gente y ayudarla a soportar la presencia continua de la muerte en sus vidas…
Aquellas conversaciones agudizaban el sentimiento de precariedad de la existencia y le llevaban a intentar imaginar cómo reaccionaría frente a la muerte inminente, si sería capaz de enfrentarla con dignidad…
De repente se le vino a la cabeza Edipo Rey, de Sófocles, cuando al final de la obra se proclama que hasta el día de su muerte no se puede decir de nadie que ha sido verdaderamente feliz. La guerra era un laboratorio para ver a la gente vivir sus últimos momentos. La cercanía de la muerte exalta los sentidos y, en muchos casos, agudiza las ganas de vivir. Cuando no hay nada que perder, todo está de alguna manera permitido, pensó.
A esas alturas el Gobierno había dado buena publicidad a la muerte de buena parte de los militares sublevados. El general Fanjul, antes de ser fusilado pidió casarse: le fue concedido. Se casó, en la cárcel, con su compañera de hecho durante los últimos años. Con él hubo cierta clemencia, que pudo contribuir a que afrontara su final con resignación y estoicismo.
Otro caso era Goded. Tras fracasar su intento de controlar Barcelona, fue hecho prisionero y recluido en el barco-prisión Uruguay. Allí tuvo un momento de desánimo cuando vio el escaso apoyo de su sublevación, y al caer la Capitanía General, donde resistía, intentó pegarse un tiro. Solo que cuando apretó el gatillo la munición le falló…
Después, ante el consejo de guerra se mostró altivo. Cuando fueron a buscarle para fusilar, se le permitió ir uniformado, de general. Durante el paseo en barco hasta la costa se fumó un último pitillo con una sangre fría que impresionó a quienes lo acompañaban al paredón. Claro que los militares —y más los de alta graduación— estaban condicionados, por su oficio, para controlar sus nervios en ese momento.
Menos tiempo tuvo Sanjurjo, a quien el destino gastó una broma pesada. Listo para dar el salto a España desde su exilio y ponerse al frente de la sublevación, con un baúl lleno de uniformes y medallas con los que presentarse ante los españoles, como a él le gustaba, luciendo galones de general para borrar aquella otra imagen humillante en el penal del Dueso, vistiendo de preso. Triste muerte para un militar, muerte sin gloria en un accidente de aviación absurdo, carbonizado ante la vista de su mujer y quienes le despidieron al pie del avión…
Pero la muerte más trágica y sin sentido hasta el momento era la de López de Ochoa. Militar progresista, republicano y masón, que había negociado la rendición de los mineros de Belarmino Tomás y en condiciones adversas logró la pacificación de Asturias, era por eso uno de los generales más odiados por socialistas, anarquistas y comunistas, que lo consideraban, junto con Franco y Yagüe, uno de los «carniceros» de Asturias. De él escribió María Teresa León en Ayuda, el periódico del Socorro Rojo Internacional: «López Ochoa, aventurero sin escrúpulos, su crueldad era conocida, responsable de la caza de fugitivos, violación de las mujeres, machacamiento de los niños… ¿Enfermo en Carabanchel? Quizás por miedo a que las masas le ajusticien».
A López de Ochoa le valió de poco su lealtad a la República. Fue sacado en pijama y ejecutado. Una turba le cortó la cabeza y la paseó por todo Carabanchel clavada en una bayoneta.
Resultaba difícil decir que estos hombres hubieran tenido una vida feliz.


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